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 Inflamación, o vivir inflamado, no es algo que le desee a nadie, ni siquiera a quienes me caen mal. El cuerpo se siente lento, agotado, torpe. La mente, por su parte, deja de hilar correctamente las ideas, y esa sensación de estar incompleto resulta agobiante. No de una forma física como tal, sino como cuando sabes que algo hace falta y no recuerdas qué es.

Sentirse incompleto y ralentizado por culpa de la inflamación te enseña cómo ciertos hábitos terminan teniendo un efecto destructivo dentro del organismo. El problema aparece también en la personalidad. Me vuelvo más áspero, más cínico y brusco en el trato con los demás y con las actividades cotidianas. Mi límite para el fastidio y el hartazgo queda a una interacción absurda o un momento incómodo de distancia.

Entonces el agotamiento se vuelve interno. Aparecen pequeñas dolencias en los hombros y el cuello, como si hubiera sostenido peso durante horas. La falta de claridad intelectual se hace evidente cuando toca resolver pendientes o corregir errores. Tú mismo alcanzas a notar lo insoportable que te percibe el entorno, y lo único que quisieras es convertir el día en una pausa absoluta: quedarte tirado en la cama, sin hacer nada, sin hablar con nadie.

Quieres ponerte los audífonos supresores de ruido, encender el aire acondicionado tan frío como lo soportes, apagar todas las luces y encerrarte en la habitación insonorizada, con las cortinas blackout desplegadas. Tomar ese libro que llevas a medias y leer hasta quedarte dormido al final del día, rendido por la percepción de nulo avance, pero todavía confiado en que un mal rato no define tu vida. Esperanzado en que mañana puedas despertar con bríos renovados y recuperar lo que no conseguiste durante el día que tuviste que obligarte a descansar.

Un solo día entre semana de desconexión tiene el potencial de devolverte la sensación de ser tú mismo. Un escape breve de esa realidad incómoda que provoca aquello que te aqueja puede revitalizar el resto de la semana. Y es que nos hicieron creer que la vida se mide en ciclos exactos de siete días consecutivos, cuando en realidad cada persona avanza conforme su cuerpo, el cansancio, el desarrollo y la nutrición se lo permiten.

Vivimos atrapados en una promesa sostenida por falacias: que la productividad necesariamente te convierte en una mejor persona; que trabajar sin descanso te vuelve funcional, admirable o exitoso dentro de una sociedad que, vista con suficiente honestidad, parece agotada también.

Y terminas entendiendo que un simple malestar físico, provocado quizá por no haberte nutrido bien durante las horas recientes, puede transformarte en alguien hastiado. Un ente que no encuentra su lugar en el mundo y que carga un cansancio intelectual constante por lo que lo rodea, por lo que no consigue, por la debilidad que percibe en sí mismo, por la falta de ideas y por esa sensación persistente de estancamiento.



Inflamación

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 Inflamación, o vivir inflamado, no es algo que le desee a nadie, ni siquiera a quienes me caen mal. El cuerpo se siente lento, agotado, tor...

 Me debo algunas lecturas, o mejor dicho, me debo muchas lecturas en días recientes. Epubs abiertos en la computadora, pestañas guardadas en el navegador, libros empezados que dejé a la mitad porque he tenido que priorizar otras cosas. Supongo que así funciona la vida adulta cuando intentas sostener demasiados frentes al mismo tiempo: algo termina esperando.

Primero está el trabajo, con actividades que requieren más atención, más seguimiento y completar etapas concretas porque si no lo hago, me atraso. Y cuando uno empieza a atrasarse, el estrés no tarda en llegar. Después están mis propósitos personales, esos que decidí tomar en serio aunque a veces parezcan enormes frente al tiempo disponible.

Por eso me ven acá escribiendo como obseso.

Porque uno de mis propósitos, y quizá el más sencillo de conseguir en comparación con otros, es escribir cincuenta textos durante el año. Y aunque suena manejable cuando lo dices rápido, la realidad es que sostener la constancia tiene algo de combate silencioso. Hay días donde escribir sale solo y otros donde parece que cada párrafo tiene el peso de una piedra.

Sin embargo, continúo.

Tal vez porque necesito demostrarme que todavía puedo construir algo con disciplina. Tal vez porque escribir se convirtió en una manera de no perderme del todo entre pendientes, preocupaciones y hábitos que llevo arrastrando desde hace años. O quizá porque cuando no escribo, siento que algo dentro de mí comienza a llenarse de ruido.

Habiendo mencionado lo anterior, termino el día con un cansancio corporal importante. Y eso que hoy ni siquiera fui a caminar como en días anteriores. Pero el cansancio se siente igual, instalado en el pecho, detrás de los ojos, en la forma en que pienso más lento conforme cae la noche.

Tampoco ayudó no haber dormido correctamente la noche anterior debido a una mala decisión tomada justo cuando ya iba a pegar la cabeza a la almohada. Y no lo digo desde la culpa. Antes sí lo habría hecho. Antes cualquier error terminaba convertido en una especie de juicio interno interminable. Ahora intento entenderlo desde otro lado.

Estoy aceptando mi vulnerabilidad como parte esencial de mi persona.

Porque sin ella sería solamente una máquina intentando cumplir tareas. Y yo no quiero convertirme en eso. No quiero vivir como alguien incapaz de equivocarse, incapaz de cansarse o incapaz de admitir que a veces pierde contra sí mismo.

Lo que trato de hacer es mejorar mi experiencia de vida. Y para lograrlo, he entendido que necesito trabajar por etapas. Rescatar aquellas partes de mí que todavía funcionan, fortalecerlas y luego colocar los cimientos para la siguiente fase. Poco a poco. Sin intentar reconstruir toda mi existencia en una sola semana.

Ese cambio de paradigma quizá sea una de las pocas cosas que en verdad me han dado tranquilidad recientemente.

Porque durante mucho tiempo intenté abarcar demasiados frentes a la vez. Quería mejorar mis hábitos, mis finanzas, mi salud, mis proyectos, mi disciplina, mi descanso y hasta mi manera de relacionarme conmigo mismo, todo al mismo tiempo. Y aunque ninguna de esas metas era imposible, el simple hecho de ser un adulto responsable e independiente terminaba colocando la vara demasiado alto.

Entonces llegaba el agotamiento.

Confundido a veces, desesperado otras, lo que veo en el espejo cuando me aproximo es alguien lleno de defectos y necesidades. Un ser humano que no deja de intentar levantarse, pero acostumbrado también a caer rendido por las circunstancias de la vida y por sus propias decisiones.

Y sí, como he dicho antes, mi susceptibilidad a los deseos inmediatos y a ciertas pasiones me ha llevado a repetir errores de forma casi rutinaria. Atrancones alimenticios. Desvelos absurdos. Escroleos interminables frente al teléfono. Pequeñas autodestrucciones disfrazadas de descanso.

Lo complicado no es reconocerlas.

Lo complicado es aceptar que forman parte de mí.

Porque cuesta creer que alguien que ha pensado tanto en cambiar todavía siga tropezando con la misma piedra. Pero quizá el problema era imaginar que el crecimiento personal se veía como una línea recta, cuando en realidad se parece más a avanzar arrastrando partes viejas de uno mismo.

Y aun así, aquí sigo.

Cansado. A veces decepcionado. Otras veces motivado.

Pero todavía intentando.



Aquí Sigo

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 Me debo algunas lecturas, o mejor dicho, me debo muchas lecturas en días recientes. Epubs abiertos en la computadora, pestañas guardadas en...

 Mantenerme ocupado es quizá una de las mejores estrategias para permanecer ajeno a las cosas que me hacen daño. Algo parecido sucede con quitarme el dinero de encima, porque si tengo un superpoder en la actualidad, probablemente sea el de consumir cualquier cantidad de dinero que traiga conmigo. El monto resulta irrelevante. Se va porque puede irse. Como si el dinero en movimiento evitara que ciertos pensamientos se estacionen demasiado tiempo en mi cabeza.

Dicho así, quedo bastante mal parado respecto a mi responsabilidad financiera, o al menos ésa es la impresión que prefiero proyectar. En una sociedad donde parece importar más lo que posees o lo que traes puesto, verte simple, incluso ligeramente inferior, puede convertirse en una ventaja enorme para tus finanzas. La gente suele asumir demasiadas cosas basándose en la apariencia. Y la verdad es que, si uno lo piensa con calma, cómo nos vemos también es una forma de revelar cuánto espacio ocupa la opinión ajena dentro de nosotros.

Porque sí, nos importa. Mucho más de lo que solemos admitir.

De hecho, quienes dicen que "la opinión de los demás no les importa en absoluto" tendrían que vivir desnudos, sin asearse, insultando a cualquiera y caminando por el mundo sin ninguna intención de encajar. Obviamente no funciona así. Claro que nos afecta cómo nos perciben los demás. Lo que cambia es el peso específico que le damos a ciertas opiniones sobre otras. Hay voces que atraviesan la armadura con facilidad y otras que apenas rozan la superficie.

En mi caminar por el estoicismo he aprendido que una de las tareas más importantes consiste en trabajar lo que ocurre dentro de uno mismo. Las circunstancias jamás son iguales para todos. Hay personas que nacen en ambientes hostiles y otras que parecen avanzar sobre terreno acolchado desde el inicio. Aun así, parte de la influencia que el entorno ejerce sobre nosotros puede delimitarse a través de hábitos, disciplina y decisiones pequeñas que repetimos todos los días.

Aunque decirlo resulta mucho más sencillo que practicarlo.

Las emociones no siempre obedecen. Sobre todo cuando llevamos una vida en constante roce con el riesgo, el cansancio, la ansiedad o los límites personales. Ahí es donde el orden empieza a adquirir valor. No como una obsesión estética ni como un discurso de gurú barato, sino como una estructura mínima para no derrumbarse. Dormir mejor. Comer mejor. Gastar menos. Pensar antes de reaccionar. Hay cierta dignidad silenciosa en intentar poner orden en una vida que por dentro a veces se siente caótica.

Y el punto tampoco consiste en evitar que sucedan incidentes, decepciones o momentos incómodos. El esfuerzo real está dirigido hacia algo mucho más largo. Más estable. Más difícil de medir.

Porque, por ejemplo, ver a una mujer hermosa sentarse frente a ti a beber un latte mientras se queda mirándote durante algunos segundos puede tener una explicación tan simple como que ella es libre de mirar a quien quiera. Nada más. La verdadera cuestión es cuánto permiso le das a tu parte más pasional para fabricar una historia completa con alguien que ni siquiera conoces.

Ahí entra el ego. Ahí entra la necesidad de sentir validación.

Porque, dicho de otra forma, mientras no des el primer paso, no existe ninguna interacción real. Todo ocurre dentro de tu cabeza. Y eso duele desde varios ángulos distintos. Desde el ego, porque acercarte implica aceptar la posibilidad de no gustarle a alguien. Desde la comodidad, porque pocas cosas resultan tan cómodas como quedarse quieto imaginando escenarios donde nunca eres rechazado. Y desde la realidad misma, porque a veces uno descubre que fantasear consume menos energía que vivir.

Pero también consume más tiempo.



 Esta mañana entendí algo: el gasto se asume como carga dependiendo de cuánto tiempo tardes en recuperarlo. No es lo mismo comprarte un celular de última tecnología con un costo de cincuenta mil pesos cuando ingresas cien mil al mes, que cuando ingresas solamente veinte mil. ¿Y a qué viene eso? A que en el mundo que nos rodea hay muchas cosas que brillan más de lo que ofrecen, con la simple intención de quitarnos un poco de encima.

Y si ese poco que te arrebatan te colapsa económicamente, bueno, estás en un escenario del que debes salir de inmediato para no volver a caer. Dicho lo anterior, fui a cenar anoche, un corte en un lugar muy caro. La comida estuvo bien, la experiencia, sin quejas. Cuando vi llegar a un joven, de esos que mis prejuicios me hacen catalogar de inmediato como alguien dedicado a negocios turbios, sentí muchísimo fastidio, lo reconozco, porque llegó acompañado, muy cariñosamente, de dos mujeres guapísimas.

En retrospectiva entendí que mi fastidio o desprecio no era otra cosa que envidia disfrazada, porque si asumí mal, eran unos amigos pasándola bien juntos; pero si asumí bien, era un hombre disfrutando de los privilegios que el dinero trae consigo, dinero mal habido o bien habido. Como dije, prejuicios solamente. Pero mi incomodidad no era consecuencia del origen de los fondos, sino de que yo no estaba en una condición similar.

Por eso me he puesto a pensar en el peso que tienen los pensamientos negativos y la pasionalidad sobre mi toma de decisiones. He intentado mil veces dejar atrás ciertos comportamientos y actitudes en los que permito que el entorno me influya más de lo que debería, y termino dándome cuenta de que soy un humano cualquiera y que, en mi débil humanidad, confieso que me siento atraído y caigo rendido ante la superficialidad y la belleza. Como dije, entiendo mi condición y no estoy acá con intención de justificarla en absoluto, sino de tratar de llegar a un acuerdo conmigo mismo.

Mi boca me ha hecho caer tanto o más que mi cerebro y mis ojos, por eso la gula es uno de los pecados más presentes en mi persona. Convertir esos errores en oportunidades de mejora me hace pensar que al final, si mis intenciones, anhelos y deseos están bien encaminados, y tengo una estructura de protección fuerte para evitar caer en los mismos males que quiero superar, podría, después del tiempo y esfuerzo suficiente, salir adelante.

Sin embargo, la vida es una y es más corta de lo que uno cree. Hoy estamos, mañana ya no. Por eso vivir autodestruyéndose es sinónimo de vivir en modo supervivencia. Lo mejor sería tener un entorno óptimo de recreación y desarrollo que no niegue la existencia de los riesgos, pero que se enfoque en lo que de verdad importa: el camino correcto, lo positivo.

Tengo que aprender a disfrutar de parecer pobre en medio de riquezas antes de pretender ser rico en un mundo de carencias. La superficialidad no me llena ni tiene nada que ofrecerme. Mi intención de vida no es demostrar mi valía a un grupo de gente en específico, sino identificar a aquellos para quienes soy valioso y gozarme con ellos.



 Nada es igual cuando te caes y te arrastras por el piso sin entender qué te está sucediendo, a nivel hormonal, a nivel espiritual, a nivel emocional; cada evento es una carga, en cierto sentido, una que te lleva al arrepentimiento, arrastrando por horas dolor, incomodidad, terror.

Cada día se siente como un nivel dentro de un juego de supervivencia, donde por cada error que cometes, pierdes lo que tenías en el inventario y te toca empezar de nuevo, desde el nivel inicial; y eso es horrible, toda esa responsabilidad de ver lo inclinado que está el horizonte, solo de darte cuenta el pánico se apodera de ti, y cuando digo se apodera, es porque realmente, impone su autoridad sobre ti.

Es cuando entiendes que deberías darte un respiro. Sí, pedir perdón es importante, es crucial para seguir adelante, pero también debes aprender a comprender que no eres una máquina, que te equivocas y la fastidias, aceptar las cosas como lo que son y perdonarte, quitar las ataduras que te mantienen encadenado, respirar profundo, y volver al ruedo.

¿Por que sabes cuándo se van a terminar los errores? Exacto, nunca.

Levántate, pide una galleta y pon una sonrisa en tu rostro; no como acto de rebeldía, sino como determinación de que entiendes que no eres perfecto, pero estás consciente de que nunca llegarás a serlo.

Sé cómo trabajar contra algunos de mis vicios, y sin embargo, hay unos que se sienten mucho más difíciles de manejar que otros. Qué sería de mí si fuera capaz de lidiar con lo que me proponga por el simple hecho de mentalizarlo; no, la vida tiene su propio nivel de complejidad, y ni hablar.

Herramientas y más herramientas, eso debería de ser útil para navegar en un mundo que constantemente bombardea por donde te duele, y no, no es culpa del entorno, al menos no siempre, no cuando se es consciente, no cuando eres tú mismo el que va a embriagarse con el veneno que tanto mal sabe que le hace.

Tiendo a pensar que se requiere de fuerza de voluntad, y probablemente sí, pero también a veces soy muy crudo en cuanto a los juicios contra mi propia persona. Y eso es intenso. Navegar por la vida flagelándose le quita todo el sentido a la misma, terminas sintiéndote como un zombie que está solo porque sí, sin razón de ser, sin un factor determinado o esperanza siquiera, eso es crudo y a decir verdad, cruel. Pero no hay finales felices ni fórmulas mágicas.

Y aun así, incluso en medio de todo ese desastre interno, existe una parte diminuta de uno mismo que no se rinde. Una voz cansada, golpeada, casi sin fuerza, pero que sigue apareciendo cuando abres los ojos por la mañana y decides levantarte otra vez. A veces no es esperanza, ni disciplina, ni valentía; a veces es pura inercia humana, el instinto de seguir avanzando aunque no entiendas hacia dónde. Y curiosamente, muchas reconstrucciones empiezan así, sin épica, sin discursos motivacionales, solo con alguien sobreviviendo a su propio caos un día más.

Tal vez ahí está el verdadero acto de resistencia: no en convertirse en una versión perfecta de uno mismo, sino en dejar de declararse la guerra todos los días. Hay suficiente hostilidad afuera como para además cargar con un verdugo interno que nunca descansa. Aprender a vivir también implica aprender a tratarse con cierta compasión, aunque cueste, aunque se sienta extraño, aunque una parte de ti crea que no la merece. Porque nadie puede sostenerse por mucho tiempo odiándose a cada paso.



 Comer mal me hace estragos, más de los que debería. Me empiezo a sentir terrible de inmediato, comienzan las dolencias en mi organismo, una sensación de cortisol elevado se apodera de mí, y algunos puntos de mi cuerpo se incomodan en sobremanera.

Inicio el día arrepentido, arrepentido por no tener todavía la suficiente estabilidad mental y emocional para evitar caer en tentaciones pasajeras, en promesas vacías de una experiencia agradable, cuando lo único con lo que termino es con falta de agudeza en mi cabeza y la sensación de que todo se ve a través de un plástico borroso.

Un error a la semana se siente como si la construcción de meses se viniera abajo, como si te volvieran a colocar una carga en los hombros más pesada que tu propia vida, te sientes señalado, avergonzado, débil. Lo peor es que ocurra en el transcurso de la mañana, pues todavía te resta el día para lidiar con ello.

Cuesta aceptar nuestra condición humana, falible e imperfecta; si tan solo tuvieras el control tanto de lo que piensas como de lo que haces, y la consciencia plena y clara e imperiosa antes de cometer cualquier error, una que te hiciera sentir libre, pleno, entero.

Pero en lugar de eso, percibes un líquido recorrer tu cuerpo de abajo hacia arriba, hacia el cerebro, y una sensación de temor se apodera de ti, "no quieres ser tú". Deberías estar contento, deberías estar feliz, deberías sentirte agradecido, y en lugar de eso, hay miedo, el cuerpo tiembla, la cabeza duele, estás magullado, moralmente asustado.

Me asombra lo rápido que el cuerpo cobra factura por aquello que la mente intenta disfrazar como recompensa. Un café de más, una comida improvisada, una madrugada mal dormida, y pareciera que todo el sistema entra en huelga. Como si hubiera una parte de ti observándote desde dentro, decepcionada, recordándote que cada pequeño exceso deja una marca diminuta que se acumula hasta volverse visible en el ánimo, en los pensamientos, en la manera de caminar por el día.

Y aun así, hay algo extraño en seguir levantándose después de sentirte así. Porque incluso en medio del miedo, del dolor de cabeza y de esa sensación amarga de haber fallado otra vez, existe una pequeña resistencia que no termina de apagarse. Tal vez no eres la versión disciplinada y perfecta que imaginabas hace años, pero sigues aquí, intentando comprenderte, intentando corregir el rumbo aunque sea un centímetro a la vez. Hay personas que dejan de intentarlo por mucho menos.

Quizá la verdadera batalla no consiste en jamás caer, sino en dejar de convertir cada tropiezo en una sentencia definitiva sobre quién eres. Porque un mal día no borra meses de esfuerzo, así como una buena decisión tampoco arregla una vida completa. Somos acumulaciones extrañas de hábitos, impulsos, cansancio, heridas y pequeños actos de voluntad. Y tal vez crecer consiste en aprender a hablarte con un poco menos de crueldad mientras atraviesas el proceso.



 ¿Qué pasa cuando no te quieren? ¿Es posible modificar la percepción ajena con un poco de inversión? Inversión, no necesariamente de dinero, sino de energía agradable y gentil, digo lo anterior porque fui a un restaurante hace rato, tenía ganas de comer boneless y fue lo que se me ocurrió, ya había ido con anterioridad y mis experiencias habían sido de regulares a buenas en cuanto al servicio; pero hoy, hoy estuvo muy malo.

En primer lugar no tenía en mente que hoy era día de semifinal de futbol entre el local Chivas y Cruz Azul, en ese contexto, el restaurante al que fui usa los eventos deportivos como imán para adjudicarse clientela en esas fechas.

Al llegar, como una hora antes de dicho partido, se estaba empezando a llenar, familias completas. Me querían asignar un lugar en la barra porque asumieron que mi plan era beber y ver el juego, a lo que dije que no, que preferiblemente me gustaría estar en una mesa porque iba a comer. Con cara de pocos amigos la recepcionista me llevó a una mesa al fondo, donde cinco minutos después llegó la que sería mi mesera, con una actitud estresada, desesperada por que hiciera mi pedido. Me aventó la carta y al pedirle una naranjada sin jarabe me respondió en tono de reclamo: "¿Algo con alcohol?"

Le negué las cervezas y pedí de una vez mis boneless, además con una entrada, que de inmediato me rechazó porque: "No hicieron". Bueno, está bien, dame un par de minutos por favor. Y se fue.

Al rato llegó con mi bebida y pedí un guacamole. No se presentó ni se dio una vuelta a preguntar si algo me hacía falta (cosas que por lo general hacen los meseros de ese lugar), cuando me llevó mi plato de comida me dispuse a degustar los alimentos. Todo bien con los boneless, aunque noté que eran un tercio menos de los que habitualmente sirven, sin quejas.

Al cabo de poco tiempo mi primera naranjada se había terminado y deseaba pedir otra. Duré varios minutos con la mano levantada cazando a mi mesera, sin éxito. Después vi pasar a otra mesera del lugar, quien muy amablemente me dijo que si se me ofrecía algo, le comenté y dijo que pasaría mi recado. Después de unos veinte minutos de esperar mi segunda naranjada ya habiendo pasado un rato de finalizado mi plato, pasó corriendo la mesera asignada, le pregunté por mi bebida y con un ademán de desagrado me dijo: "Ya ya", aseverando que el pedido se había hecho a cocina.

Pedí la cuenta al recibir mi vaso y para este punto los platos y demás loza utilizados seguían en mi mesa, es raro que no los hubieran recogido después de terminar, pero bueno, ni hablar. Tardó más tiempo, pero bastante, y pasó a recoger lo sucio, incluyendo el último vaso ya también vacío.

Cinco, diez minutos después llegó con la cuenta, y de nuevo su actitud de "me caes mal" cuando ni la conozco, ni le dirigí la palabra intentando amistar, ni nada, yo solo fui a consumir. Cuatrocientos veinte pesos... Tomé uno de quinientos, lo dejé sobre el ticket y me retiré junto con mi dignidad a cuestas.

Ahora, vengo aquí a contar lo anterior no con la finalidad de exponer la mala experiencia de servicio que tuve al comer el día de hoy. Porque al final, como platicaba con un amigo, en parte la culpa es mía por haber acudido este día ignorando el hecho de que había un partido importante de futbol.

Saliendo de ahí pasé por la computadora a la casa y vine directo al café de la esquina, en ése que ya me tratan como de la casa cuando me ven llegar, hasta me encontré a Isa en una de las mesas, una ex-empleada que me conoce y me saludó sonriente diciendo: "Hoy vengo de civil". En fin, mi compromiso es conseguir que quienes me sirven en el restaurante al que acudí hoy, cambien su actitud para conmigo, y me empiecen a tratar con calidad, como ocurre en el café. Por eso vine a dejarlo aquí escrito, a modo de declaratoria.



La Mesera

Por
 ¿Qué pasa cuando no te quieren? ¿Es posible modificar la percepción ajena con un poco de inversión? Inversión, no necesariamente de dinero,...

 Zapopan es mi casa, es el lugar en el que me siento cómodo tanto de estar, como de desplazarme. Me gusta lo que veo cuando salgo, me agradan los lugares que frecuento, me alegra saber que tengo múltiples opciones todavía por explorar, que hay gente con características muy diferentes, que una salida por café puede convertirse en una verdadera aventura si uno lo desea.

Así es aquí, pluricultural, suficientemente grande como para hacer planes, pero no tanto como para colapsar en el trayecto de conseguirlos, es una ciudad viva y llena de vida, con distintos eventos sucediendo al mismo tiempo, y a la vez es una ciudad que se percibe autocontenida, donde mi propia vida puede suceder en el radio de un kilómetro a la redonda sin sentirme aburrido.

Aquí puedo ir a hacer mandado al super, pasar por un esquite, ver a diez mujeres tan guapas como modelos, comer una hamburguesa gigante, asistir al cine en una sala VIP, quedarme una hora en la cafetería mientras leo un libro, recibir un masaje relajante, cenar un corte fino, ver una exposición artística, caminar en el parque, estrenar ropa y ejercitarme en el gimnasio, todo en una misma tarde y a pie. Así de multifascético se siente todo, es un deleite.

Y quizá lo más extraño de estos días es que, en medio de todo ese movimiento, he conseguido volver a escribir con disciplina. Mil palabras al día. A veces más, a veces apenas las suficientes para cruzar la meta personal que me propuse, pero constantes, solo tuve que dividir mis textos en dos al día. Y no sé, hay algo profundamente satisfactorio en eso. Como si después de mucho tiempo mi cabeza hubiera encontrado un pequeño orden entre tantas distracciones, ruido y pendientes.

Supongo que también tiene que ver con el ánimo que me provoca la ciudad. Salgo, camino, veo gente, regreso con ideas nuevas. Todo parece alimentar algo. Las conversaciones ajenas, los lugares, los rostros desconocidos, incluso el simple hecho de sentarme una hora en una cafetería con el teclado enfrente y sentir que las palabras vuelven a salir sin tanta resistencia. Mil palabras no parecen mucho hasta que descubres que llevas varios días cumpliéndolo y que, sin darte cuenta, vuelves a sentir entusiasmo por escribir.

Aunque no nací aquí, me hace muy feliz que ésta ciudad me haya adoptado y hecho parte de ella. Y no importa que haga calor afuera, siempre puedo pasar a mi cuarto, encender el aire acondicionado, tirarme un rato y ponerme a leer, escribir, ver algo en la computadora o darme un merecido sueño. Además ya tengo amigos, o personas que se acuerdan de mí, que me saludan cuando me ven y me hacen sentir en como un personaje local más y eso es muy bonito.

En resumen, Zapopan tiene todo lo que me gusta: Mujeres hermosas, un clima agradable, abundancia, espacios abiertos, eventos, oportunidades, plazas comerciales, buena gente, trabajo, cultura, historia, personalidad. Estoy muy agradecido de vivir aquí ya más de once años y espero que sean muchos más.



 Anoche tuve mucho calor, consecuencia tal vez de no haber cenado correctamente, y no, no culpo al corte que me comí, sino al café. Por cierto, la mañana en el pueblo se siente tranquila, quizá demasiado tranquila. No hay más allá de un par de negocios abiertos en el Centro, salí a buscar qué comer antes de regresarme... O en una de esas le doy una oportunidad más el día de hoy y me regreso hasta mañana, todavía no tomo una decisión.

Hay algo extraño en los pueblos cuando uno llega con la cabeza acelerada. Parecen invitarte a bajar el ritmo, pero si vienes arrastrando cansancio o ruido interno, el silencio termina pesando más de la cuenta. Creo que eso me pasó desde que bajé del autobús, como si yo hubiera llegado en una velocidad distinta a la de este lugar.

A ver, la estadía de ayer no fue la mejor experiencia, llegué y fui a un restaurante, me comí un muy buen vacío, aunque el lugar estaba solísimo y eso se siente raro. Después salí al parque, di un par de vueltas por aquí, bastante gente, empezó a llover y se fue la luz. Es como si la naturaleza me tratara de boicotear la experiencia anoche.

Y aun así hubo momentos curiosos. El sonido de la lluvia pegando sobre las banquetas, la gente corriendo a meterse al café en el que también terminé yo cuando regresó la luz. Por un instante pensé que quizá de eso se trataba venir aquí, de aceptar que las cosas no tienen que salir bien para sentirse reales.

Ese café, ese bendito café del que hablé hace un momento, me reventó el estómago, la estaba pasando horrores anoche; y los roomies, ah porque nadie me dijo que el cuarto estaba parcialmente compartido cuando reservé, incomodísimo.

Y entonces lo que sentía dentro de mi cuerpo sumado a que el exterior no era nada propicio para pasar un rato agusto, me obligó a quedarme encerrado a partir de las diez de la noche. Afuera, a un par de cuadras, seguía la fiesta, pude escucharla en varias direcciones a la redonda.

Hay noches donde uno descubre que la incomodidad física puede arruinar cualquier paisaje. Puedes estar en un lugar bonito, distinto, incluso interesante, pero si el cuerpo entra en conflicto, todo alrededor empieza a perder color. El calor, el ruido, el estómago hecho pedazos, la sensación de no tener un espacio propio. Todo termina mezclándose en la cabeza.

Luego, ya en mi cuarto, se soltó el calor, es un horno, sin ventilación, sin que se sintiera el circular del aire siquiera y sin poder abrir la puerta porque ahí estaban los otros inquilinos, no siento la verdad que merezca seguir pasando una experiencia mediocre, y tal vez tenga que irme hoy para darle otra oportunidad más adelante, en dos semanas que regrese. Quizá venir más temprano en la semana, y darme más días por aquí, rentar un lugar con aire acondicionado e independiente para mí solo.

Porque al final creo que eso resume todo, la experiencia de estar acá no ha sido catastrófica, pero sentir que todo me ocurre a las prisas no me permite disfrutar las bellezas de un pueblo que tiene su propia identidad y sobre todo su propio ritmo de vida.



 Solo. Es como llegamos al mundo y, en cierto sentido, como nos vamos a ir. Estoy viendo interacciones en la ciudad mientras la rondo en soledad. ¿Qué está pasando? ¿Por qué parece que la gente sigue patrones similares? Los observas un poco: caminan, se toman de las manos, se sientan un rato en el parque, deciden ir por un café. ¿Y qué más? No puede ser tan aburrida una noche de viernes después de lo que significa la jornada laboral de toda la semana.

Aquí hay algo que no he comentado. Tengo que hacerlo, aunque me provoque cierta pena ajena: se suben a los coches y salen a dar vueltas por el Centro con música a volumen elevado. Crucé miradas con más de un conductor que me devolvió una sensación evidente de mutua repugnancia, y eso, de hecho, no es malo. Que sus formas de "divertirse" y "pasar el tiempo" sean tan distintas a las mías no tendría por qué significar algo negativo.

Diría que es ridículo, pero eso no sería otra cosa que la proyección de mis propios sesgos. Quería experimentar algo diferente, y lo estoy haciendo, sintiéndome más ajeno que nunca a aquellos años pasados en los que también cumplía el papel de foráneo, aunque con el ego inflado en el pecho de estar en Plazas como Andares o Galerías, viendo pasarelas en tiempo real de mujeres adultas en cuerpos llamativos, como pez en el agua.

Toda la Zona Centro se quedó sin electricidad. Un apagón. Afuera, la lluvia no daba tregua. Bastantes personas seguían caminando por la calle, y eso se lo doy como mérito, porque de donde yo soy la gente es de azúcar: comienzan a caer un par de gotas y salen huyendo a casa. Aquí no. Aquí se mantuvieron estoicos. Asumo que conocen muy bien sus climas y saben cuánto puede durar la lluvia. Y así fue. Apenas media hora.

Después de eso, la gente siguió en las mismas: circulando en sus coches, platicando, ocupando las bancas, compartiendo, entrando a los cafés. ¿Acaso es envidia lo que estoy sintiendo en el pecho?

"Un café y un panino" más tarde, pienso que no es realmente el exterior lo que me incomoda, ni lo que nunca me ha provocado incomodidad como tal, sino la falta de pertenencia. Soy un inadaptado que les pone las cosas difíciles a quienes intentan aproximarse a sus círculos cercanos. Tal vez por eso soy bueno redactando las ideas que hacen pasarela en mi cabeza conforme paso tiempo frente al procesador de textos. Aunque no es el procesador en sí: es mi cerebro intentando desenmarañar un muladar de ocurrencias y eventos aleatorios ocurriendo en distintos niveles de absurdismo. ¿Y por qué? Ni siquiera tiene sentido que impersone a un crítico.

La crítica es de lo más ruin que podemos aportar, siendo honesto. No hace nada, no produce nada, ni se expone a menos que alcance cierto nivel de influencia. Es el placebo de la productividad.

Una señora con una niña caminando a su lado llegó a pedirme dinero para comer. Cómo me duele que me pidan dinero para comer, porque yo sé lo feo que es no poder hacerlo. O que el dinero no alcance ni siquiera para eso. Me lo dijo con los ojos llorosos. Y aquí está su corazón de pollo, que terminó abriendo la cartera aun sabiendo que los billetes de menor denominación que tenía eran de doscientos. Tome uno. "A comer, pues", le dije a secas.

Escribo lo anterior no con intención de mostrar compasión o empatía en ningún sentido, sino como el engrane que malfunciona dentro del microcosmos que me rodea. El que abruptamente es sacado de su ensopor mientras tira frases en la computadora. ¿La víctima perfecta? Si se quiere pensar así. O quizá el más ingenuo de los que estamos aquí: por la soledad, por el aspecto, por la laptop, por los lentes, por cualquier cosa.

Y ya es todo. No hay remate que funcione. Probablemente he quedado peor parado que en otras ocasiones al narrar desde la honestidad. Porque un cerebro honesto no necesariamente es ajeno a cometer errores; muy por el contrario, suele estar habituado al desliz fácil.



 "De una", una frase común de escuchar aquí. Significa hacer las cosas sin miramientos ni dilación; entrarle al momento, sin repensar, actuar porque es lo que hay que hacer. Puede que fracases, que rompas lo que servía, que te partas la cara contra un muro al intentarlo, pero ni modo.

Nada hace más daño que la quietud. La comodidad de quedarse en el mismo lugar haciendo exactamente lo mismo: muriendo, pudriéndote, entumecido por la falta de movimiento. Estamos hechos para producir, para ser, para crecer y aportar conforme tengamos posibilidades, de acuerdo con nuestros contextos y las habilidades que hayamos desarrollado. El chiste es enfrentarse a lo que venga.

Escribo lo anterior porque hace unos días una persona me dijo que no podemos vivir con temor a lo que nos pueda pasar, haciendo del miedo nuestra bandera y refugio. Que si quieres conseguir algo debes entender que hay riesgos: quizá te estafen, quizá te lastimen, quizá te engañen. Lo importante es que, por lo menos, hayas podido experimentar, y eso, a largo plazo, trae sus recompensas.

Digo lo anterior convencido de que no todos tenemos las mismas oportunidades. No de forma discursiva, sino con la convicción de que la única garantía de seguir igual es no hacer nada. También es cierto que la mayoría de éxitos provenientes desde abajo, si los observamos a través de una lupa, son la consecución de múltiples errores, humillaciones y fracasos.

Y a nadie le gusta sentirse humillado o fracasado, pero es lo que toca enfrentas cuando no vienes de orígenes tan privilegiados que te brinden cobertura suficiente para levantarte después de múltiples descalabros.

Existir es difícil. Elegir lo que te conviene antes de lo que te atrae o entretiene lo es todavía más, lo confieso. Y sin embargo, creo que es una vida que merece ser disfrutada, porque al final de todo, cuando hagas cuentas, cuando medites en tu pasado, es un privilegio llegar a una meta que te hayas propuesto, o a todas ellas si tuviste la fortuna suficiente.

Pues en la ruleta de circunstancias que pueden tocarte, con los condimentos específicos, si tuviste la dicha de caer de pie, cada día se convierte en una victoria. Cada anochecer es un funeral de lo que aprovechaste o no durante las horas que tuviste disponibles. Y no lo digo desde el optimismo, porque es comprensible que a veces, por mucho que nos esforcemos, la obtención de méritos jamás llegue.

También es cierto que habrá quien, con hábitos cuestionables, habilidades inexistentes y una personalidad deplorable, termine mejor que tú. Y ¿sabes qué? No importa. Así es vivir: darte cuenta, cada cierto tiempo, de que poder sentarte a escribir agradeciendo la lucidez que has tenido hasta ahora ya es un triunfo suficiente para alegrarte el rato.



De Una

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 "De una", una frase común de escuchar aquí. Significa hacer las cosas sin miramientos ni dilación; entrarle al momento, sin repen...

 La versión del día de hoy piensa diferente, tengo la bandera de "se les acabó su gordito" poco en broma, poco en serio en la mente desde que amaneció. Ayer en la tarde comí algo que me hizo sentir terrible, después fui a caminar pero el estrés mismo no dejaba de provocarme incomodidad, por lo que opté por un camino todavía más austero en cuanto a los alimentos.

Generalmente tenía la costumbre de venir al Starbucks y pedir un combo en la mañana para desayunar. No lo más nutritivo, sin ser garrafal, un sandwich de pavo panela con un latte con leche de coco. ¿Y ahora? Pues ahora ni eso, hoy vine únicamente como acto de iniciación por un Cold Brew, bastante rico y fuerte, tengo que decirlo.

Se aproxima un fin de semana con algunas modificaciones en mi entorno personal, en primera instancia, quiero finalmente habilitar la cámara que tengo dentro de la casa, y para eso, es necesario que limpie de una vez la casa. Espero al final del día tener energía suficiente para hacerlo. Desde la óptica de trabajo, hay que sacar un par de pendientes que tengo atrasados, quiero también conseguirlo el día de hoy. Respaldando la lógica de la frase que encabeza este texto, he decidido aumentar en dos mil pasos el total que me he puesto como reto para cada día, lo cual he de mencionar se convierte en un reto, porque tengo que iniciar mis mañanas con caminatas de aproximadamente una hora y media para poder mantener el ritmo.

Todo esto viene como consecuencia de varias modificaciones en las cosas con las que suelo tener contacto diariamente. Mi intención es mejorar la mente en primer lugar —sacarla del estado de somnolencia que luego me aflige—, y después, el cuerpo con todos los beneficios que ello agrega.

Necesito una cabeza más ágil el día de hoy, una que sea capaz de lidiar con las responsabilidades correctamente sin caer en las contemplaciones del absurdismo filosófico, una que sea apta para resolver problemas, encontrar bugs y desplegar cambios como una máquina en óptimo funcionamiento.

Algunas cosas he dejado de hacer por salud desde hace poco, por ejemplo: Ya no hay alarmas en mi celular para despertar. Despertaré hasta la hora que mi cuerpo quiera hacerlo, y al final, me levanto cada día más temprano, pero duermo profundamente, sin conflictos de sueño durante la noche.

En materia de lo esencial, lo más importante: Los alimentos, mientras más naturales, mejor. He tenido reacciones a ciertas salsas y aderezos que con solo consumirlos me provocan incomodidad, si hubieran visto la bolsa enorme de basura que tiré hace algunas semanas, con todas esas botellas que dejaré de consumir. Y múltiples trastes de plástico que tajantemente he quitado de mi vida. Todavía me falta, todavía me quedan algunas botellas, trastes y productos de consumo que son dañinos, conforme tengo oportunidad estoy cambiando eso también.

Adiós a los quesos, a los lácteos en general, a los embutidos, al cerdo, a las grasas saturadas, a los azúcares añadidos, a las harinas, a los carbohidratos dañinos, a los procesados, a los dietéticos.

Otra cosa que hice fue cambiar algunos productos de higiene: Pasta dental, shampoo. Inconscientemente estamos en contacto con múltiples venenos que nos destruyen todo el tiempo. Desde el agua que sale de nuestra regadera hasta la crema que usamos para "protegernos del sol", siento que vivimos sumergidos en un capitalismo insaciable que con tal de vendernos, nos vuelve dependientes de los productos productos que nos ofrece.

Ahora, eso no significa que lo consiga siempre, como dije al inicio de mi texto, ayer mismo comí algo que me hizo daño y me forzó a actuar de forma rotunda. En la intención no queda el cambio, la acción es obligatoria.

En fin, vine aquí a dejar un compromiso conmigo mismo, con mi yo que vendrá en un futuro cercano agradeciendo por lo que estoy por comenzar. Una nota que se quede en la bitácora de mi existencia como prueba de hacia dónde quiero llegar y lo que estoy construyendo con mi persona. Una bebida como símbolo de introducción a una vida todavía más simple y saludable.



Cold Brew

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 La versión del día de hoy piensa diferente, tengo la bandera de "se les acabó su gordito" poco en broma, poco en serio en la ment...

 Somos un chiste... Ok, tampoco es la mejor manera de empezar un texto que intenta acercarse a la gente. No es precisamente la clase de apertura que uno usaría para construir una audiencia enorme —como si tuviera una—, pero supongo que cierta honestidad empieza justo en esos lugares incómodos donde uno deja de intentar sonar inteligente.

Y además es verdad.

Somos un chiste raro. Una colección de contradicciones mal acomodadas intentando verse profundas en internet mientras el algoritmo premia bailes, escándalos y personas absurdamente hermosas tomando café frente a una ventana.

A veces pienso que gran parte de mi vida ha consistido en mirar demasiado alto. No hablo solo de expectativas o sueños; hablo de esa costumbre casi involuntaria de fijarme en cosas particularmente inalcanzables. Personas, estilos de vida, ideas, futuros posibles. Cosas que brillan mucho cuando están lejos.

Una vez un amigo me dijo algo que se me quedó pegado más tiempo del que debería:

“Pues claro, te gustan las que a todos nos gustan”.

Y sí. Tenía razón.

Ni siquiera pude defenderme porque entendí exactamente a qué se refería. Lo que me atrae suele ser evidente, casi estadístico. La clase de belleza que entra a un lugar y reorganiza la atención de todos sin pedir permiso. Lo más curioso es que uno quisiera creer que tiene gustos complejos, sofisticados, distintos, pero no siempre es así. A veces uno es brutalmente simple. Ridículamente humano.

Y creo que ahí nace parte de mi frustración.

Porque mientras más arriba colocas la mirada, más difícil se vuelve sentir suficiente para alcanzar algo. Tus estándares dejan de ser una preferencia y empiezan a comportarse como una especie de castigo silencioso. Ves algo hermoso y en lugar de inspirarte, comienzas a calcular distancias.

Distancia económica.

Distancia física.

Distancia social.

Distancia emocional.

Distancia entre lo que eres y lo que imaginas que deberías ser para merecer ciertas cosas.

Lo peor es que esto no se limita al amor. Se infiltra en todo.

En la carrera que elegiste.

En la persona que imaginaste convertirte.

En la versión de ti que jurabas que existiría a estas alturas de la vida.

Y entonces pasa algo extraño: sobrevives, avanzas, haces cosas relativamente funcionales, incluso logras ciertas metas, pero por dentro sigues sintiéndote a medio preparar. Como fruta picada esperando dentro de una licuadora que alguien olvida encender.

No estás destruido. Tampoco terminado.

Solo suspendido.

Como si una parte de ti siguiera esperando el momento exacto donde por fin todo tenga sentido, donde la disciplina dé resultados visibles, donde el esfuerzo deje de sentirse como una inversión emocional de alto riesgo.

Pero quizá así se siente crecer para muchos.

Descubrir que la vida no siempre recompensa la intensidad con la que deseas o trabajas por algo. Descubrir que puedes ser inteligente y aun así perderte. Que puedes esforzarte y aun así sentirte insuficiente frente a personas que parecen haber nacido con el mapa completo.

Y aun así aquí seguimos.

Haciendo textos raros.

Imaginando cursilerías.

Pensando demasiado.

Intentando entender por qué queremos lo que queremos.

Como un chiste que todavía no encuentra bien su remate.



 La importancia de saber caer, o mejor dicho, de aprender a caer con gracia.

En un mundo repleto de alucinaciones, vicios, riesgos, tentaciones y toxicidad, sobreponerse se volvió una necesidad para seguir en pie, incluso cuando uno termina de bruces contra el suelo cada cierto tiempo. Lo digo porque así me siento.

Venía cargando algo desde hace meses en la consciencia. Algo que retumbaba por las noches y no me dejaba dormir. Al final tuve que soltarlo, como quien abandona una partida interminable porque entiende que ya no tiene fuerzas para seguir jugando. Lo hice, y no estoy orgulloso de eso.

Tener una cuchilla ajustada al cuello en medio de una carrera y esperar no cortarse es una muestra de lo ingenuo que puedo llegar a ser. Me arrepiento, claro que me arrepiento, pero creo que la derrota no debería convertirse en definición personal. Me ha dolido el peso de la realidad. Me ha golpeado descubrir otra vez mis limitaciones. Pero aceptar que esa es mi naturaleza o mi destino simplemente no entra en mis planes.

Entonces aparece la pregunta importante: ¿qué nos hace tomar malas decisiones? ¿Bajo qué circunstancias dejamos que el tapón que contiene toda la presión finalmente reviente?

Hay demasiadas variables. A veces la vida personal empieza a desmoronarse. Otras veces vivimos atrapados entre disyuntivas que terminan convirtiéndose en estrés permanente. Y luego está la más cruel de todas: sentir que no somos suficientes para el mundo que nos rodea, que cada paso nos aleja más del propósito que alguna vez creímos tener. Eso destruye la motivación desde dentro.

Uno termina convertido en una especie de zombie cuando pierde los motivos. Cuando la sociedad solo parece ofrecer las migas de lo cotidiano. Cuando ya no importa cuánto esfuerzo haya existido detrás de cada intento y aun así seguimos revolcándonos sobre la incertidumbre.

Darme cuenta de que estoy a una cadena de conexión entre un agente IA bien entrenado y cualquier proyecto que quiera construir se convierte, inevitablemente, en una forma de autocastigo. Y qué se le va a hacer.

No veo manera real de competir contra lo que viene. Perdón por sonar fatalista, pero es lo que percibo. La aceptación de esa realidad vive en cada célula de mi personalidad. Quizá ser demasiado consciente no siempre es una virtud. Tal vez la ignorancia sí tenía algo de misericordia.

¿Y entonces qué hago?

No lo sé.

Solo espero. Espero caer de pie o al menos caer con gracia cuando ocurra. Espero recibir nuevas oportunidades antes de deberle veinte años de mi vida a los acreedores. Espero recuperar cierta autonomía. Sentirme libre otra vez antes de ser arrastrado por la voluntad programada de alguna inteligencia superior.

Porque sí, uno puede pecar de todo. Puede sufrir ansiedad, cansancio, miedo y confusión. Puede convertirse en la personificación de la duda. Todo eso nos hace humanos, pero también nos vuelve inferiores frente a herramientas diseñadas para funcionar sin descanso, sin dolor, sin desgaste y sin necesidad de detenerse jamás.

Aun así, quiero seguir adelante.

Así como el sol vuelve a salir cada mañana, quiero encontrar la forma de mantenerme presente, subsistir, aprovechar cualquier oportunidad que aparezca y avanzar con lo que todavía se me permita construir. Aunque sea desde el conocimiento, desde la experiencia o desde la voluntad de adaptarme.

Porque en un entorno donde todos luchan por la misma chuleta diaria, permanecer también es una forma de victoria.



Saber Caer

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 La importancia de saber caer, o mejor dicho, de aprender a caer con gracia. En un mundo repleto de alucinaciones, vicios, riesgos, tentacio...

 Cambio de estrategia. En un año donde todo debería parecer más sencillo, dentro de mi cabeza las cosas ocurren más lento y, por fuera, el mundo parece girar intempestivamente, sin dar tregua; por lo que necesito cambiar mi manera de afrontar las cosas. No solo hablando de planes y proyectos, sino de cómo experimento cada día.

Llegar a las ocho de la noche exhausto, con la mente atrapada en lo que parece ser la simple rutina de lo cotidiano. Algo ocurre. Quizá es consecuencia de ver cómo el entorno colapsa, de darme cuenta de que por mucho que estudie, me prepare y esfuerce, jamás llegaré a una fracción de lo que las nuevas tecnologías son capaces de hacer. El trabajo se complica y los viejos fantasmas del pasado asoman a través de la pantalla para recordarme cómo he sido víctima, múltiples veces, de la falta de claridad disfrazada de “camino correcto”.

Las responsabilidades y proyectos se acumulan. Las deudas susurran a mis oídos cada noche antes de dormir. “Son las consecuencias de tus actos”, repite la culpa al despertar, sintiéndome peor que ayer, con dolencias musculares que antes no tenía, con la urgencia de destacar en un mundo donde lo único en lo que parezco experto es en insignificancias. Con el terrible deseo de destruir aquello que me cautiva. Con el ego herido ante el frágil reconocimiento de mi propio ser.

Ensombrecido por la naturaleza de las aptitudes, sorprendido por la firmeza de las determinaciones ajenas; no soy un sabio, ni un orador. No soy un genio, ni un pensador. Solo soy un hombre tratando de abrazarse a la poca humanidad que le queda, rescatando y añorando cada instante en que percibe el calor de la compañía, erigiéndose ante distintos duelos, sobreponiéndose a la amarga realidad de que la exclusividad humana parece extinguirse. Porque al final, somos micropartículas en el compuesto de un Universo al que ínfimamente podríamos importarle menos.

Descubrir que somos efímeros es, de alguna forma, la única voz que deberíamos escuchar. No para el reproche, sino para el goce. Para alegrarnos de abrir los ojos y lanzar la primera bocanada de aire del día. Para agradecer que nuestro cuerpo siga siendo capaz de realizar esos procesos de restauración cíclicos que nos permiten envejecer y aproximarnos a la inminente partida; algo que espero me ocurra con dignidad.

Sé que puede sentirse como si estuviera reclamándole cosas a mi presente, y eso no podría ser más irreal. Lo que estoy es agradecido hasta el agotamiento. Fastidiado, eso sí, de mis limitadas capacidades, pero feliz de estar acá, escribiendo letras que me ayuden a liberar un poco de lo que hay en mi cabeza.

Llámalo desfragmentación del disco maestro. O algo así.



 Vengo con mi versión más romántica y poética a describir lo que me pasa, no lo entendía, mi cabeza dando vueltas entre múltiples opciones, ¿por qué el mundo es tan extraño?
Y entonces entendí una cosa, son complicaciones.

Mientras más vueltas le das a algo más complejo se vuelve, más extraño y difícil de dimensionar, por eso el impacto, por eso mi ansiedad, por eso una solución parcial es emanciparme en el abandono de la soledad.

Dinero todos quieren, y he ahí el problema, tengo que explotar mi habilidad de hacerlo, más ahora que en un futuro próximo, porque la vida no da seguro, hoy estamos, mañana,  somos incapaces de un paso dar siquiera, es el absurdismo de la conmiseración lo que me atrapa, me mantiene en permanente insatisfacción.

Porque de eso se trata por lo visto, de competir contra uno mismo, y contra el mundo entero; de asociarse con las personas correctas y aislarse de quienes buscan destruirnos. ¿Por qué ser así? ¿Por qué no dejar a los demás en paz? El hambre es fea, es terrible, y entre el fervor de "ganar" son capaces de pisotear lo que se les ponga en frente. No juzgo, cada quien sirve a sus propias reglas, la virtud está infravalorada. No hay manera de convertirte en referente.

He caído, múltiples veces ante lo que dictan mis deseos más ruines, desde la verbalización hasta la incapacidad de correcta seducción, ¿por qué no simplemente me dejo existir? Es el miedo una constante en mis horas más oscuras. El temor a ser utilizado por quienes no se lo merecen, como si de algún supuesto "método" para identificar merecimiento se tratara, en mi mente las verdades se tuercen.

La diferencia entre un martes cualquiera y el día de hoy, es la culpa que me aflige. Una que no tiene sentido de ser, pues no he hecho absolutamente nada malo, y la sola razón de pensarla es un motivo de estrés, debería de estar en mi trabajo enfocado.

Quería sacarlo, dejarlo escrito en algún sitio, decir que ha sido una semana difícil y he tenido que volver corriendo; ¿por qué soy tan fácil de manipular, por qué no he alcanzado el nivel de madurez competente para entender que todo lo que me rodea es un motor en pleno andar?



 Hay algo que te quiero decir. No surge desde la urgencia ni desde el impulso de llenar un silencio incómodo. Nace, más bien, de una pausa honesta, de esos momentos donde uno deja de correr y por fin alcanza a escuchar lo que llevaba días, quizá años, queriendo tomar forma. Ha sido una semana placentera. De descanso. De ese descanso que no se mide solo en horas de sueño, sino en la forma en que el cuerpo deja de defenderse y la mente suelta el peso que ya no le corresponde cargar.

Nos fuimos a Tapalpa. Y no fue solo el cambio de paisaje. Fue el ritmo distinto, la forma en que el aire parece entrar más limpio, la manera en que las conversaciones se vuelven menos urgentes y más verdaderas. Pasamos un tiempo agradable, en armonía, en convivencia, sin conectividad. Pero decirlo así se queda corto. Porque lo que realmente ocurrió fue algo más profundo: nos encontramos sin prisa. Nos vimos sin el filtro del día a día. Nos permitimos estar.

Entre mis confesiones más profundas, aquellas que mejor me representan cuando dejo de intentar parecer algo distinto, está mi agradecimiento por la familia unida en medio de la que me tocó crecer. Y no lo digo como una frase bonita que se coloca en una postal emocional. Lo digo con el peso de quien entiende que no todos tienen esa fortuna. Hermanos, padres, tíos, primos, sobrinos, abuelos… cada uno ha aportado algo de sí. A veces poco. A veces mucho. A veces sin darse cuenta. Pero lo suficiente para que, en conjunto, exista una sensación de continuidad, de pertenencia, de flujo.

Porque una familia no es perfecta. Nunca lo ha sido. Está hecha de diferencias, de roces, de silencios que en ocasiones pesan más que las palabras. Pero también está hecha de pequeños gestos que, acumulados con el tiempo, construyen algo difícil de romper. Una mirada que entiende. Una risa compartida en el momento justo. Una mesa donde siempre hay un lugar, incluso cuando no se dijo que ibas a llegar.

Y es que no suelo ser de esos que presumen las bondades de su propia vida. No me nace exhibir las riquezas con las que el Cielo ha decidido bendecir ciertos de mis caminos. Tal vez porque entiendo que no todos los contextos son iguales. Tal vez porque hay cosas que, cuando son demasiado valiosas, prefieres cuidarlas en silencio. Pero hoy es distinto. Hoy hay una claridad particular que me empuja a decirlo sin reservas: me siento agradecido.

Agradecido por la gente que me rodea. Por ese núcleo que no siempre veo, pero que siempre está. Por quienes me hacen fuerte cuando no tengo ganas de serlo. Por quienes me abrazan y me sostienen cuando el cuerpo falla, cuando la mente se enreda, cuando la emoción se desborda o se apaga.

Esa gente… es la que me abre las puertas de sus casas sin protocolo. Donde no hay necesidad de anunciarse, donde basta con llegar. Son quienes me invitan a comer delicioso, pero más allá del sabor, me invitan a sentirme parte. Son quienes se acuerdan de mí sin motivo aparente, quienes me incluyen en sus planes, quienes dicen “vamos” y en ese “vamos” ya estoy considerado.

Son los que cooperan para ir a tal o cual lugar, los que hacen que las ideas se materialicen y no se queden solo en intención. Los que me dan un masaje cuando el estrés se acumula en los hombros y en la cabeza. Los que me escuchan cuando atravieso un periodo de frustración, sin interrumpir, sin querer corregir de inmediato, sin minimizar lo que siento.

Son los que se acuerdan de saludarme cada mañana. Y ese gesto, que podría parecer mínimo, termina teniendo un peso enorme cuando se repite con constancia. Son los que me acompañan a una caminata entre los matorrales, donde el ruido de las plantas bajo nuestros pies quebrándose mientras andamos también cuenta como conversación. Los que le entran a jugar conmigo, los que se ríen de mis bromas, incluso cuando no son tan buenas. O tal vez por eso.

A ellos les debo sentirme pleno. Estable. Aun en esos momentos donde ni yo mismo estoy convencido de mis capacidades. Porque hay días en los que uno duda. Duda de su valor, de su rumbo, de su propia voz. Y ahí es donde aparecen ellos, no con discursos elaborados, sino con presencia. Con una certeza que no necesita explicación: estás bien, aquí estás, y eso basta para seguir.

Es importante que quede establecido el papel fundamental que desempeñan en mi existencia los círculos extendidos. Porque la vida no se limita al núcleo familiar. Se expande. Se ramifica. Se vuelve más compleja, pero también más rica.

Y es ahí donde entran los amigos. Los compañeros. Los excompañeros que, de alguna forma, siguen presentes. Gente con la que compartes espacios, intereses, luchas. Personas que, al igual que yo, se levantan cada día con algo que resolver, algo que construir, algo que sostener.

Trabajadores. Luchadores. Personas que entienden lo que implica seguir adelante cuando no todo es claro. Personas que también cargan sus propias historias, sus propias batallas, y aun así encuentran un espacio para coincidir contigo.

Porque no sé qué sería de mí sin esas redes de apoyo. Sin mis personas favoritas. Sin esas conexiones de confidencia donde puedo hablar sin medir cada palabra. Sin esos aliados de diversión que me recuerdan que la vida no es solo responsabilidad, que también hay espacio para soltar, para reír, para perder el control un momento.

La identidad de uno no se construye en aislamiento. Se sostiene, en gran medida, de lo que el entorno propicia y facilita. De los vicios que se comparten o se evitan. De las manías que se contagian. De los gustos que se descubren en conjunto. De los retos que se enfrentan con alguien más al lado. De los logros que, cuando son celebrados por otros, adquieren un valor distinto.

Cuando sucede algo y la familia te celebra, ocurre algo interno difícil de describir. No es solo orgullo. Es una especie de validación que te recorre completo. Te llenas de valor. De confianza. Y entonces te atreves a dar el siguiente paso. No porque ya no tengas miedo, sino porque sabes que, si caes, no lo harás solo.

Y cuando caes… porque vas a caer… roto, agotado, enfermo; cuando el cuerpo no responde y la mente se nubla, es ahí donde todo esto cobra sentido. Esas manos. Esos oídos. Esas voces. Que no son abstractas. Que tienen nombre, rostro, historia. Que representan a quienes te rodean y te cubren de verdad.

Son ellos los que terminan impulsándote a salir. No con presión, no con exigencia, sino con una presencia constante que te recuerda que aún hay algo por lo que vale la pena levantarse. Que aún hay alguien esperando verte bien. Que aún hay una versión de ti que puede volver a ponerse de pie.

Y entonces entiendes algo que antes parecía obvio, pero que no habías terminado de asumir: no se trata solo de lo que eres capaz de hacer por ti mismo. Se trata también de lo que otros hacen posible en ti.

Por eso hoy lo digo. Sin reservas. Sin adornos innecesarios. Con la claridad de quien ha tenido tiempo de sentirlo de verdad:

Amo mucho a mi familia. Gracias por estar ahí.



Mi Familia

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 Hay algo que te quiero decir. No surge desde la urgencia ni desde el impulso de llenar un silencio incómodo. Nace, más bien, de una pausa h...

 En un mundo repleto de egoísmo, algo pasa. No sé exactamente qué es, ni cuándo empezó a volverse tan evidente, pero está ahí, latiendo bajo la superficie de cada interacción, como una vibración incómoda que nadie quiere nombrar. La incertidumbre de ser una persona real, un ser transparente, aterra. De verdad aterra. No como una idea abstracta, sino como una amenaza silenciosa que se cuela en la mirada ajena cuando perciben que no hay máscaras, que no hay doble fondo, que no hay cálculo.

La gente no puede aceptar, al menos no de forma genuina, que alguien llegue y se muestre tal cual es. Se incomodan. Se cuestionan. Para qué. Esa es la pregunta que flota en el aire como si fuera lógica, como si fuera necesaria. No es posible que eso sea todo, piensan. No puede haber alguien que no esté jugando el mismo juego. Y así, en lo que parece la premisa de algún thriller psicológico mal disimulado, navegamos una vida entre miedos constantes, entre la aceptación de percepciones convertidas en realidades, donde no las hay, de quienes no lo son.

Entre factos y defectos, entre dichas y complejos, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuál es el propósito de escondernos? La respuesta parece simple, o al menos eso quiero creer. Estamos aquí para conquistar lo que nos sea posible, de la manera en la que la vida nos lo permita. De arriba a abajo. Sin excepciones. Todos queremos destacar. Es un hambre que no se apaga, una necesidad de ser alguien en un mundo donde todos aparentan ser personajes secundarios, entidades programadas, figuras que se mueven en automático dentro del RPG de la humanidad. Life As It Is, Role Playing Game: Pre-War Expansion. It Is What It Is: Release 2026.03.

Paso mis manos sobre mi cabello, sintiendo la textura como si buscara una respuesta en algo tan trivial. No entiendo por qué la vida me resulta tan complicada cuando, en teoría, debería ser todo lo contrario. Debería ser sencilla. Lineal. Incluso amable. Me alejé de los vicios. Tomé distancia de lo que me destruía. Me enfoqué en mejorar, paso a paso, sin prisas. Y aun así, hay momentos en los que todo se percibe difuso, como si no hubiera un camino claro, como si la salida de esta simulación no existiera.

Una simulación que nos contiene, que nos usa, que después nos abandona a nuestra suerte. Que nos concibe como un sistema en caos, siempre al borde del colapso, solo para vendernos ideas, productos, sueños que, si soy honesto, no queremos alcanzar. No de verdad. Solo creemos que queremos porque alguien más nos dijo que eso era lo correcto.

Escribir se ha convertido en un escape. No en uno elegante, ni en uno romántico, sino en uno necesario. Una válvula de presión para una mente que no deja de perseguirme con ideas cíclicas, con una obsesión enfermiza por el detalle, por lo que pudo haber sido distinto, por lo que debí haber dicho, por lo que no hice. La hermosura está aquí, frente a mí, tangible, casi al alcance de la mano, y aun así no puedo sumergirme en ella como desearía.

Eso pesa. Se siente como una abstinencia. Como una necesidad que no encuentra salida y que, en lugar de desaparecer, se transforma. Me rompe despacio. Me empuja a observar más, a saborear con la mirada, a respirar con intención. A quedarme en el borde sin cruzar.

There's a bunch of fucking lies surrounding us. That's the truth.

Y en medio de todo eso, la vida continúa. Una vida que no es más que aprender a navegar entre sentimientos, emociones, engaños y pequeñas satisfacciones. Viajar del punto A al punto B, y de pronto, sin previo aviso, darte cuenta de que el pasado ya no pesa igual. Que se ha diluido. Que las personas que una vez fueron esenciales ya no aparecen ni en los recuerdos cotidianos. Se vuelven sombras, fragmentos, nombres sin contexto.

Aquello que era crucial se transforma en una memoria borrosa. Algo que quizá ocurrió. Algo que pudo haber sido. Algo que quedó suspendido en una zona gris entre lo real y lo imaginado.

Y entonces apareces tú. Deliciosa.

Piel blanca y tersa. Manos y cuello con tatuajes que cuentan historias que no conozco. Ojos grandes, de esos que no piden permiso para quedarse. Una mirada que atrapa sin esfuerzo. Eso eres, mujer frente a mí. Pero de muy poco sirve que lo declare aquí. Solo lo hago porque tengo la computadora abierta, porque mis dedos necesitan traducir lo que mis ojos no pueden procesar en silencio.

Me gustas así. En leggins negros, recién salida del gimnasio. Hay una honestidad en ese momento que no se puede fingir. Tus músculos están vivos, tus piernas marcadas, tu postura relajada. Llevas una gorra blanca, una camiseta negra holgada y esa mochila absurda de Bob Esponja que rompe cualquier intento de tomarte demasiado en serio.

Sigue hablando. No escucho. No porque no quiera, sino porque no puedo. Estoy ocupado observándote. Memorizando el orden de tus pasos. El ritmo con el que te mueves. El ligero vaivén de tu cuerpo al acercarte a la silla frente a mí. Es satisfactorio de una forma difícil de explicar. Es un panorama que no me cansaría de ver. Un aroma que no dejaría de respirar. Un sabor que mi mente inventa y del que no se sacia.

Y de pronto, nada.

¿Qué pasa conmigo? ¿Dónde estaba hace un momento?

Te has ido.

Y está bien.

Gracias por eso. Gracias por recordarme la razón por la que amo estar aquí. Por la que esta ciudad se metió en mi sistema sin pedir permiso. Por la que salir a caminar se convirtió en algo más que moverse de un punto a otro.

Soy un eterno enamorado. No de una persona en particular, sino del instante. Un romántico empedernido que tuvo que aprender, a la fuerza, a contener su apetito. Porque hay consecuencias cuando los sentidos no encuentran salida. Porque hay un tipo de enfermedad silenciosa en la represión constante, en la acumulación de todo lo que no se expresa.

Es más fácil venir aquí. Escribir. Soltar esta verborragia cargada de intención, de deseo contenido, de observación detallada, que soportar la tortura de una mente que no se calla.

No hay agotamiento en esto. Tampoco hay pecado en reconocer lo que siento. En dejar que las emociones lleguen y se vayan sin intentar retenerlas, sin cruzar límites, sin afectar a nadie más. Solo siendo. Solo permitiendo que las palabras fluyan a través de mis dedos, dibujando algo que, aunque intangible, se siente real.

Ve a caminar un poco, belleza. Disfruta el piso mojado después de la lluvia. Hay algo en ese reflejo imperfecto que hace que todo se vea distinto, como si la ciudad respirara de otra forma.

Aquí te volveré a ver. Quizá otro día. A la misma hora. Y cuando eso pase, dejaré que mis ojos recorran, una vez más, el mapa de tu existencia.

El amor platónico de mil mujeres que me inunda cada día cuando salgo a caminar por la ciudad no se compara con nada. Es una experiencia que se consume en silencio, que no necesita validación, que no exige respuesta. La disfruto de inicio a fin. Cada segundo tiene sentido en ese contexto.

Lo que fue me ayuda a aceptar lo que es. Sin resistencia. Sin nostalgia innecesaria.

Mis deseos, los más crudos, los más incómodos, evolucionan. Se transforman en algo que puedo contener. Como alguien que se disciplina. Como alguien que decide no ceder ante todo impulso.

Y entonces hago lo único que sé hacer.

Convierto cada pensamiento en texto.

Cada impulso en imagen.

Cada instante en algo que queda.

Porque si algo he entendido, es que exagerar la realidad no es mentir. Es enriquecerla. Es darle profundidad a esos minutos que, de otro modo, pasarían sin dejar rastro. Sin esa exageración, sin ese detalle, la existencia sería plana. Olvidable.

Y yo no vine aquí a olvidar.



 Pasé casi un mes fuera de la ciudad. Estaba enfermo. O al menos así me sentía. No había un diagnóstico claro en ese momento, no había una explicación concreta, solo una sensación persistente de que algo dentro de mí no estaba funcionando como debía. La primera vez que lo noté fue algo “simple”, o al menos así lo quise interpretar: un dolor en el pecho que se extendía lento, sin prisa, pero sin pausa. Conforme los días pasaban, ese dolor se volvió menos tolerable. No era incapacitante, pero tampoco era ignorado. Estaba ahí, constante, como un recordatorio de que algo no estaba bien.

Mi preocupación incrementó. No sabía qué era lo que estaba mal, pero las opciones eran muchas, demasiadas. La mente, cuando no tiene respuestas, empieza a fabricar escenarios. Y no fabrica los mejores. Venía sin dormir bien, seis horas o menos. Aunque debo decir que, si uno viera un gráfico con seis horas, parecería un terreno estable dentro del promedio de mis noches completas. Aun así, no descansaba. Comía mal, o al menos no tan bien como hubiera querido. Intentaba hacerlo lo mejor posible: porciones más pequeñas, alimentos más saludables, pocas salidas a comer fuera. Estaba haciendo un esfuerzo, pero mi cuerpo parecía no reconocerlo.

Entonces empezó la pregunta que no se iba: ¿qué pasaba conmigo? ¿Por qué ese dolor no reducía? ¿Por qué seguía ahí, incluso cuando estaba intentando hacer las cosas mejor?

Al cabo de una semana en casa de mis padres, decidí regresar. Pensé que quizá el cambio de entorno me ayudaría, que volver a mi espacio podría estabilizar algo dentro de mí. Aguanté un día. Uno solo. Estando acá, lejos de ellos, lejos de todos, la sensación se volvió más pesada. No era solo el dolor, era la compañía del pensamiento. Les llamé. Les dije que quería regresar. Que seguía sintiendo esa picazón en el pecho cuyo origen no lograba entender.

Regresé esa misma noche. Me asustaba estar solo en la ciudad y que algo pudiera pasarme. Apenas había completado un día. A la mañana siguiente fui al médico. No quise esperar más. La doctora, al escucharme, no dudó. Me mandó a hacer estudios de todo tipo. Incluyó un electrocardiograma, por si acaso. Esa frase, “por si acaso”, pesa más de lo que parece cuando uno está del otro lado. Estaba asustado. No sabía qué esperar, pero sabía que necesitaba respuestas.

Un par de días después, el dolor seguía. Constante. A veces más intenso, a veces más leve, pero siempre presente. Dormir se volvió complicado. No era solo el dolor físico, era el miedo. Era la incertidumbre. Era cerrar los ojos sin saber si al despertar algo iba a cambiar o empeorar. El sábado llegó. Recibí los resultados. Fui con la doctora.

Los revisó. Uno por uno. Sin prisa. Y luego dijo algo que me quitó un peso enorme de encima: “Estás bien, tus índices son excelentes”. Así, sin rodeos. Todo estaba en orden. Había un índice ligeramente elevado, apenas por encima de lo esperado, y me dio medicamento para eso. Nada alarmante. Nada que justificara lo que yo sentía. Y sin embargo, ahí estaba.

Los días siguientes fueron complicados. Porque el dolor no desaparecía. Esa molestia en el pecho, lejos de disminuir, se volvió más frecuente después de tomar la medicina. Algo no cuadraba. Después de otra semana, con una dieta todavía más estricta, mi madre sugirió algo sencillo: probar el medicamento en la mañana y observar cómo evolucionaba la sensación durante el día.

Lo hicimos. Y ahí apareció una respuesta parcial. La taquicardia que había comenzado a notar era reacción a las pastillas. No era el problema original, pero sí un efecto que empeoraba la experiencia. Dejé de tomarlas.

Volví con la doctora. Me mandó ahora sí al electrocardiograma, que había quedado pendiente en la primera ronda. Ya no era un dolor como tal, pero había una sensación constante de presión, como si algo estuviera ocupando un espacio que no le correspondía. Hicimos el estudio. Regresamos con los resultados. La doctora los leyó frente a nosotros.

“Estás bien de todo”.

Otra vez.

Y entonces la pregunta cambió de tono. Ya no era solo preocupación, era desconcierto. Si todo estaba bien, ¿por qué yo no me sentía bien?

Le conté de la reacción al medicamento. Me dijo que no había problema, que continuara caminando, que redujera el consumo de carnes rojas. Nada fuera de lo razonable. Nada extremo. Seguí las indicaciones.

Días después noté algo más. Mi cuerpo reaccionaba a ciertos alimentos que, en teoría, eran saludables. Hice memoria. Revisé días anteriores. Encontré un patrón. Algunos de los días en los que me había sentido peor coincidían con el consumo de esos alimentos. Los eliminé. Esperé.

A partir de ahí, lo que sentía cambió. Ya no era dolor. Era una especie de pesadez, acompañada de cosquilleos en distintas partes del cuerpo. Cerca del pecho, alrededor del corazón. No era intenso, pero era constante. Lo suficiente para no olvidarlo. Lo suficiente para no ignorarlo.

Estaba desconcertado. Nada dolía de forma clara, pero nada se sentía normal.

Un día fuimos a comer con mi hermana y su marido. En medio de la conversación, mencioné lo que me estaba pasando. Mi hermana me escuchó y luego dijo algo que capturó mi atención de inmediato: ella había sentido algo similar antes. Lo describió con precisión. Cada sensación. Cada detalle. Y luego dijo el nombre de lo que tenía.

Saqué el teléfono. Busqué en Google. Leí.

Ahí estaba. Cada síntoma. Cada sensación. Cada cosa que había estado experimentando. Todo encajaba.

Mi madre intervino. Dijo que años atrás había pasado por algo similar. Un periodo de estrés fuerte. Tan fuerte que el cuerpo empezó a manifestarlo. Dolor, insomnio, incomodidad constante. En aquel momento, la misma doctora le había recomendado un medicamento que eliminó las molestias.

Tomé el teléfono. Marqué desde el restaurante. Le expliqué a la doctora. Me dijo que podía tomar ese medicamento. Que no había conflicto con nada anterior.

Lo hice.

Y a partir de ahí, todo empezó a desaparecer.

Las dolencias se fueron. El cuerpo empezó a soltarse. La presión se desvaneció. El cosquilleo dejó de aparecer. El descanso regresó poco a poco.

En resumen, no estaba enfermo de algo físico en el sentido tradicional. Estaba enfermo por el estrés.

Por el estrés acumulado durante meses de esfuerzo constante en mi trabajo anterior. Por no tener tiempo real para descansar. Por vivir esperando el fin de semana como si fuera una solución, solo para descubrir que tampoco ahí lograba dormir bien. Por la incertidumbre de lo que ocurría alrededor. Por el peso de los eventos sociales, por la tensión del entorno global, por las horas interminables frente a una pantalla.

El cuerpo estaba hablando. Solo que yo no estaba escuchando.

Entonces hice cambios. No graduales, no parciales. Cambios completos.

Eliminé redes sociales de mi celular. Cerré servicios. Cancelé suscripciones. Reduje ruido. Empecé un estilo de vida más limpio. Evité casi por completo los alimentos que me provocaban reacciones. Agregué otros que fortalecen mi sistema. Caminar dejó de ser opcional. Se volvió parte del día, sin negociación.

Los horarios de trabajo se volvieron intocables. Lo que antes regalaba, ahora lo cuido. No hay proyecto que justifique perder salud. No hay entrega que valga más que el equilibrio.

Y tomé una decisión clara: cualquier trabajo que atente contra mi estabilidad física o mental, no tiene lugar.

La moraleja es simple, pero no siempre se vive como tal: la salud debe ser prioridad. Por encima del trabajo. Por encima del dinero. Por encima del ruido externo y de los miedos que uno aprende a cargar sin cuestionar.

Porque cuando el cuerpo decide detenerte, no pregunta si es buen momento.



Tiempo.

Es relativo, dicen. Pero cuando la semana se te va encima sin pedir permiso, la relatividad se siente más como una burla que como una teoría. Miro el backlog y siento que avancé poco. Siempre poco. Como si el esfuerzo tuviera fugas invisibles.

Estoy feliz, lo admito. Por fin me siento parte de un proyecto con margen de crecimiento. Entiendo lo que tengo que hacer. Entiendo mis responsabilidades. No soy un número que ejecuta sin contexto. Eso debería bastar.

Y sin embargo, la duda.

La duda se sienta a la mesa aunque no la invite. Se instala con una naturalidad que ya no sorprende. Confío en mis habilidades; no es falsa modestia. Los años pesan y enseñan. La experiencia no es un adorno en el currículum, es una cicatriz acumulada. Pero cualquiera puede equivocarse. Basta un error, uno solo, para que el castillo mental empiece a inclinarse. El síndrome del impostor no grita; susurra. Y cuando lo dejas que se quede, convence.

No estoy solo. Y eso no siempre tranquiliza.

Somos humanos. Nos enfermamos. Nos confundimos. Tomamos decisiones con información incompleta y luego fingimos que sabíamos lo que hacíamos. Nuestra visión no alcanza para abarcarlo todo, aunque el entorno exija precisión quirúrgica. El mundo no premia la duda; la castiga. Produce o desaparece. Mejora o estórbalo.

En ese contexto, avanzar sin titubear parece un acto heroico. No por grandeza épica, sino por desgaste acumulado. Levantarse, cumplir, sostener la mirada cuando el miedo quiere bajarla. No confiarse. No dormirse. No ceder terreno.

El amor propio no resuelve la existencia. La confianza no elimina los problemas. El temor no desaparece porque uno lo nombre. Pero navegar con miedo constante desgasta la estructura interna. Sentirse seguro, de verdad seguro, ha sido un lujo extraño en mi vida. Cuando no es la salud, es la incertidumbre económica. Cuando no es el cuerpo, es el entorno. Siempre hay algo que amenaza la estabilidad. Algo que recuerda que el equilibrio es provisional.

Pero hay que moverse.

Quedarse inmóvil, lamentarse, enumerar injusticias biológicas o sociopolíticas no cambia la ecuación. Los genes no se negocian. Las condiciones del mercado tampoco. Hay variables que no responden a la voluntad. Resistirse a eso solo consume energía que podría usarse en otra cosa.

Aun así, me niego a dejar de amar lo que me gusta. La belleza, la bondad, ciertos cánones estéticos que ahora parecen sospechosos. Tal vez soy hijo del consumismo. Quizá la mercadotecnia moldeó parte de mis preferencias. No lo niego. Pero borrar mis predilecciones para encajar en una narrativa moral ajena sería perder algo más grave: mi propia coherencia.

Venir al café me produce una satisfacción difícil de explicar sin sonar superficial. Me gusta que me reconozcan. Que sepan mi nombre. Que anticipen mi pedido según la hora. Ese pequeño ritual confirma que existo en la memoria de alguien. Que no soy un cliente habitual flotando entre el flujo de transacciones.

La plenitud viene cuando te ves en el lugar que te sientes cómodo tal cual eres, donde no hay necesidad de máscaras para disimular, ni de demostrar grandilocuencia o intelectualismo para destacar. Donde tanto la banalidad como el absurdismo son parte fundamental de la construcción del entorno, un momento que se convierte en un lugar en el que te gusta estar en tu versión más transparente.

Y sí, me gusta estar rodeado de gente atractiva. Lo digo sin rodeos. Me gusta observar la armonía de un rostro, la proporción de un cuerpo, la forma en que alguien camina con seguridad. No es devoción pasional; es contemplación estética. Es un descanso breve del ruido interno.

Había alguien. No fue la persona más amable conmigo. No hubo complicidad especial ni conversaciones memorables. No fue una historia. Fue una presencia. Una cara muy atractiva detrás del mostrador. Una figura que aportaba orden visual a mis ratos. Y eso bastaba.

Se fue a otra sucursal. Ascendió a gerente. La camiseta del negocio bien puesta, como debe ser. A veces vuelve de visita. La veo por minutos, entre risas compartidas con sus antiguas compañeras. No me busca. No la busco. No hay drama. Solo ese instante breve en el que el espacio recupera algo que había perdido. Nos saludamos.

Y después se va otra vez.

No es romance. No es obsesión. Es la constatación de que ciertas presencias, aunque superficiales, sostienen pequeñas estructuras internas. Rutinas mínimas. Expectativas discretas. Cuando desaparecen, el vacío no es trágico, pero existe.

Pensar en ella no me define. Pero revela algo: necesito belleza alrededor para no endurecerme. Necesito rituales para no diluirme. Necesito proyectos que me reten para no estancarme. Necesito moverme, incluso cuando dudo.

El tiempo pasa. El backlog sigue ahí. La incertidumbre no desaparece. El mundo no se vuelve más amable.

Pero sigo viniendo al café. Sigo trabajando. Sigo mirando. Sigo avanzando.

Aunque sea poco.

Extraño a Ana.



Tiempo

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Tiempo. Es relativo, dicen. Pero cuando la semana se te va encima sin pedir permiso, la relatividad se siente más como una burla que como un...