Metas Incumplidas

 "Alexa, buenos días."

Rutina. Eso con lo que las personas saludables inician cada mañana y que se ha vuelto una herramienta fundamental en las mentes propias de la modernidad; algo que a pesar del tiempo transcurrido, difícilmente he podido adoptar de la mejor manera a mi estilo de vida. Porque me encuentro en constante cambio.

A veces leer un poco, otras escribir, algunas más dándome un baño y ya de plano las peores, encendiendo la computadora para iniciar la junta del día; hay quienes aprovechan para tomarse un café en ayunas (muy bueno sin azúcar si están buscando quemar grasas), salen a hacer ejercicio cardiovascular matutino o corren al gimnasio, e incluso como mi madre, que toman algún instrumento de limpieza y empiezan con labores domésticas.

En mi caso, quisiera depender menos de la rutina y más del esporádico, pero no funciono así; tengo que reconocer que la ausencia de un orden por lo general está vinculada a una incomprensión del "qué sigue" en cada paso que doy. Así que mientras una parte de mí quisiera con desbordantes ganas salir a caminar cada mañana a respirar el aire fresco del día y obtener energía, la otra no encuentra forma y lugar ni para su existencia. Sin ser una excusa, pero es obvio que solo uno sabe lo que lleva a cuestas.

Me gusta la idea de ser honesto conmigo e incluso en mis peores circunstancias reconocer que algo me falta, en este caso particular, claro está que requiero adoptar nuevas rutinas que fortalezcan mi estado mental, espiritual y físico. Como hace años llegué a hacer, tener actividades en calendario de forma ordenada me lleva lentamente a alcanzar objetivos previamente establecidos.

En su momento fui víctima del tiempo, me animaba a conseguir todo casi inmediatamente. Si se trataba de bajar y mantenerme en mi peso, me decía a mí mismo, lo puedes lograr en un par de meses; cuando me refería a algún aprendizaje, me determinaba a acabar de estudiar tan pronto como pudiera, dos, tres, cinco horas al día, las que fueran necesarias; respecto a la literatura, por ejemplo, llegué a un punto en el que me sometía a leer un libro al día. Y eso está bien, hasta que te consume; la cosa con algunas personas ya visto desde una perspectiva externa, es que se obsesionan bastante, llamémosle apasionados, por leerse menos agresivo.

Pasa que me he muerto en el sentido de que ya no percibo esa chispa en mí, al menos no con la intensidad que solía suceder; las razones pueden ser varias, zona de confort, apatía, conformismo, desgracia, pena, lamentación, tristeza, disgusto, desánimo, miseria. Casi como nombrar las cartas de una lotería que nadie quisiera poseer. Todo podría estar en cierto sentido vinculado a mi entorno, lo reconozco. Es probable que la concentración de metas incumplidas haya roto mi objetivo principal, que es estar bien, y llevado consigo al efecto contrario. Porque siendo sincero, ustedes como yo sabemos que una vez que fallo en adquirir un propósito, el siguiente lazo lo coloco a mayor distancia que el anterior.

Pues esta vida que aunque para la mayoría se trata de acumular victorias, para mí es una especie de: "En la siguiente voy a intentar una mejor puntuación", y a pesar de recolectar consecución de fracasos, seguiré haciéndolo reiterativamente.



 "Alexa, buenos días."

Rutina. Eso con lo que las personas saludables inician cada mañana y que se ha vuelto una herramienta fundamental en las mentes propias de la modernidad; algo que a pesar del tiempo transcurrido, difícilmente he podido adoptar de la mejor manera a mi estilo de vida. Porque me encuentro en constante cambio.

A veces leer un poco, otras escribir, algunas más dándome un baño y ya de plano las peores, encendiendo la computadora para iniciar la junta del día; hay quienes aprovechan para tomarse un café en ayunas (muy bueno sin azúcar si están buscando quemar grasas), salen a hacer ejercicio cardiovascular matutino o corren al gimnasio, e incluso como mi madre, que toman algún instrumento de limpieza y empiezan con labores domésticas.

En mi caso, quisiera depender menos de la rutina y más del esporádico, pero no funciono así; tengo que reconocer que la ausencia de un orden por lo general está vinculada a una incomprensión del "qué sigue" en cada paso que doy. Así que mientras una parte de mí quisiera con desbordantes ganas salir a caminar cada mañana a respirar el aire fresco del día y obtener energía, la otra no encuentra forma y lugar ni para su existencia. Sin ser una excusa, pero es obvio que solo uno sabe lo que lleva a cuestas.

Me gusta la idea de ser honesto conmigo e incluso en mis peores circunstancias reconocer que algo me falta, en este caso particular, claro está que requiero adoptar nuevas rutinas que fortalezcan mi estado mental, espiritual y físico. Como hace años llegué a hacer, tener actividades en calendario de forma ordenada me lleva lentamente a alcanzar objetivos previamente establecidos.

En su momento fui víctima del tiempo, me animaba a conseguir todo casi inmediatamente. Si se trataba de bajar y mantenerme en mi peso, me decía a mí mismo, lo puedes lograr en un par de meses; cuando me refería a algún aprendizaje, me determinaba a acabar de estudiar tan pronto como pudiera, dos, tres, cinco horas al día, las que fueran necesarias; respecto a la literatura, por ejemplo, llegué a un punto en el que me sometía a leer un libro al día. Y eso está bien, hasta que te consume; la cosa con algunas personas ya visto desde una perspectiva externa, es que se obsesionan bastante, llamémosle apasionados, por leerse menos agresivo.

Pasa que me he muerto en el sentido de que ya no percibo esa chispa en mí, al menos no con la intensidad que solía suceder; las razones pueden ser varias, zona de confort, apatía, conformismo, desgracia, pena, lamentación, tristeza, disgusto, desánimo, miseria. Casi como nombrar las cartas de una lotería que nadie quisiera poseer. Todo podría estar en cierto sentido vinculado a mi entorno, lo reconozco. Es probable que la concentración de metas incumplidas haya roto mi objetivo principal, que es estar bien, y llevado consigo al efecto contrario. Porque siendo sincero, ustedes como yo sabemos que una vez que fallo en adquirir un propósito, el siguiente lazo lo coloco a mayor distancia que el anterior.

Pues esta vida que aunque para la mayoría se trata de acumular victorias, para mí es una especie de: "En la siguiente voy a intentar una mejor puntuación", y a pesar de recolectar consecución de fracasos, seguiré haciéndolo reiterativamente.



Seguir Leyendo

 Pasa que antes me sentía incomprendido por las opiniones ajenas que tuvieran de mí; en mi corazón lo que más anhelaba era caerle bien a los demás, deseaba como mi máximo objetivo ser magnético y causar empatía de inmediato; hasta que hace relativamente poco pude reconocer realmente que cada uno está luchando su propia batalla.

Aunque nunca he sido de tomar represalias y prefiero continuar a la siguiente meta; lo cierto es que hubo un tiempo en el que las actitudes e hipócritas personalidades me hacían querer decirle a todos: "Hey, esta persona miente" o "esta persona esconde tal o cual complejo", solo eran deseos, nunca concreté algo de eso gracias a las limitantes bajo las que me he regido toda la vida.

Lo que me pasa ahora es justamente lo contrario, situación, acción o personalidad que encuentro un poco incómoda en mi percepción subconsciente (generalmente atinada), me mueve a meditar las luchas por las que estará pasando, los problemas que habrá atravesado para encontrarse ahí y las brechas que existen entre ambos además de la forma en la que el entorno habrá causado impacto para ser como es.

Lo mencionado en el párrafo anterior me resulta inmensamente liberador; porque permite motivarme en la única persona que debe de importarme realmente mejorar, o sea yo. Además todo este asunto de analizar lo único que hace es otorgarme más herramientas de autoevaluación, pues es obvio que lo que veo en otros y me provoca "batallar", en ocaciones, es aquello que me podría servir como maestro espiritual y mental, llámese para mejorar mi forma de ser, para comportarme de una manera más agradecida o simplemente para actualizar mi software de misericordia y tolerancia.

A veces escribo de las cosas lindas que me ocurren, si no ven mucho de eso por acá, es porque la he pasado mal, y se vale. Hace meses leí un meme que decía algo así: "Sé que estás pasando por momentos difíciles, pero recuerda, tú te los buscaste". Y obviamente es igual a restregarme en la cara las malas decisiones que he tomado. Aunque divertidísimo.

Atrás quedaron los intentos de hacer funcionar mi cabeza de una manera radical y revolucionaria; probablemente he sucumbido ante lo que la sociedad esperaría de alguien de clase baja y origen humilde como yo, "mantenerme endeudado y ahogándome en la miseria". Pero me siento en un punto en el que no deseo culpar a otra cosa que no sean mis propias fallas a la hora de seleccionar opciones; aunque para nada me pienso quedar revolcándome en la depresión.

Es como si un interruptor en mi interior hubiera cambiado de posición; y donde antes hubo autocompasión, lástima, dolor y pena; hoy me siento más fortalecido que de costumbre. No les voy a mentir, la tristeza es por razones circunstanciales parte de mi día promedio; pero se ha vuelto tan común la convivencia con la misma que a veces hasta se vuelve incentivo para fenómenos graciosos. Como si fuera algún personaje de comedia muda en blanco y negro, que después de la caída aparatosa, acepta las risas y sigue adelante.



Mirando al reflejo en la pantalla me pregunto si todo va a estar bien, si conseguiré superar las batallas que vienen; antes de permitir que la duda se apodere de mí, tomo el teclado y comienzo a escribir un poco:

¿Cuántas veces habría muerto hasta ahora de no ser por la bendición divina? Ahogado, asesinado, atropellado, en una explosión, en un terremoto, como consecuencia de algún golpe fatal o frente a un virus letal. Cada día estamos expuestos, los peligros acechan de un momento a otro, y sin embargo, comprender que somos insignificantes, que nuestra importancia no supera el círculo más cercano, nos debería valer para recapacitar el valor de nuestra existencia misma o por qué hay quienes prefieren arrebatársela.

Al observar las dimensiones de mis problemas, con un ojo pesimista, tiendo a sobreexplotar los desenlaces negativos, no me pongo del lado de la experiencia ante la circunstancia, o a mirar a través de "oportunidades" que se presenten; mi cabeza, por lo general no entiende de visiones con resultados beneficiosos, para nada. Eso te puede volver parcialmente víctima de paranoia, e incrementar, de forma consecuente la desconfianza.

Qué necesidad hay de ser alfa en un mundo en el que la inmensa mayoría anhelan eso; para presumir superioridad de índole cualquiera hacia una audiencia efímera, que se desvanece al primer dejo de debilidad, cuando puedes enfocarte en explotar las características que te hacen particularmente distinto; llámense gustos, peculiaridades, estilos, talentos, actividades o maneras de pensar. Habrá algo que el autoproclamado "alfa", por mucho que se esfuerce jamás podrá alcanzar, es probable que intente imitarlo, con fallos evidentemente perceptibles desde la experiencia, pero imposible será que lo domine, y eso es, el autoconocimiento. Pues al vivir nutrido de la opinión ajena, reduce al máximo la esencia propia y se convierte en un objeto de consumo, un producto.

Con esto no estoy diciendo que sea imposible ser un sujeto alfa, obviamente los hay constituidos desde sus principios; más bien hablo de los que, por una férrea necedad de alcanzar el concepto deseado, abusando de la mímica sin temor al absurdo, se construyen un altar al egocentrismo, porque rechazan la idea de saberse inferiores, y falsamente, se ponen el abrigo que no les pertenece. Esos son los que terminan cayendo, y al hacerlo, de forma estrepitosa, el público mismo que tanto procuraron es el que se mofa al verles fracasar. Así se diluye hasta su mínima expresión el héroe que no quería soltar el pedestal, y no termina con los pies en el piso, como muchos otros, sino que se embarra de bruces contra la realidad.



Sujetos Alfa

Por
Mirando al reflejo en la pantalla me pregunto si todo va a estar bien, si conseguiré superar las batallas que vienen; antes de permitir que ...

En ocasiones me gustaría que la vida fuera como el software en una computadora; que sin importar lo mal que te encuentres, lo feo que te haya tratado tu entorno, puedas simplemente formatear y dar una especie de reinicio de fondo. Y cuando tus recursos generales están bien, puedas continuar desempeñándote de la mejor manera una vez actualizar y reinstalar los componentes más necesarios.

Bajo esa premisa, estuve "limpiando" mi computadora, quité un par de cientos de "favoritos" que me causaban estrés a una lista de unos treinta links que utilizo más comúnmente de lo que esperaba. Además de eso, desinstalé un par de herramientas que probablemente haya que volver a configurar si las necesito de nuevo, y estoy en ese punto, entre decidirme si darle formato de una vez o continuar con lo que ya tengo. Estaría padre que el MacOS "Monterey" quede en un renovado equipo, pero sigo pensándomela. En este momento no hay nada en ella que verdaderamente me pese perder al dar formato. Lo que no está almacenado en la nube, lo tengo en discos externos, así que sin problemas lo podría hacer.

Una de las prácticas que recientemente adquirí, es la de mantener mi computadora lo más limpia que me sea posible. Eso significa que descargas, software, documentos, multimedia y demás, se van cada cierto tiempo; habrá que hacer un poco de publicidad a la excelente herramienta que es CleanMyMac.

Tengo un pleito actual con el teclado y el pad del equipo que me otorgaron en el trabajo; falla mucho, no reacciona al tiempo que lo requiero. Admito que comprendo a las personas que les gusta tener sus dispositivos tan actualizados como sea posible, seguro estoy de que me podría beneficiar de un teclado externo pero las restricciones de seguridad por parte de la empresa me impiden conectar dispositivos externos (las cuales, dicho sea de paso son una lata).

My life is not working fine and I understand, but I'll keep trying until my last day.

Entonces, ¿qué va a pasar a partir de ahora? Sinceramente, no lo sé. Estoy estudiando cuando hay oportunidad; trato de ponerme retos más interesantes, consciente de que no he podido aprender al ritmo que los mejores y eso me pone algo triste. Me he sentido más consciente; preocupado, sí, pero consiente de que de nada me sirve quejarme para salir de apuros.

Esto del cambio de horario, también viene a hacerme sentir mejor, hay una sensación de disminución en el ritmo de todo el entorno que me envuelve y provee una comodidad inexplicable; ¿una hora puede hacer la diferencia? No lo creo, solo pienso que hay bastantes detalles ligados al control de mi estabilidad, desde un contexto relajado y un equipo funcional, hasta un clima sin el calorón que había estado haciendo o comer saludablemente. Probablemente habrá quién piense que exagero, pero simplemente considero que soy uno con lo que me rodea y no puedo evitarlo.



 Solía pensar que el éxito llega a partir de características y cualidades que despertaran interés y diferenciaran del resto, y que tarde o temprano a cada uno de los que no se aferran a la idea de seguir modas los alcanzaba de alguna manera, ¡qué equivocado estaba!

Con el pasar de los años, comprender tantas cosas que antes no hacía se ha vuelto una experiencia diaria; esto del discernimiento se me da de maravilla y sin embargo prefiero guardar silencio para ver el suceder de los demás. Pues la ambigüedad del predicador en mi interior me limita a no ser parte de lo que está allá afuera. Aquí es donde cabe aclarar que no es por "sentirme especial" ni mucho menos, es más por aquello de permanecer en lo oculto. Bien sabido es que una vez que pones un pie en el dominio y gusto de las masas, te tienes que someter al régimen y los lineamientos del sistema que hayas escogido.

Pero ¿qué beneficio encuentras en ser un "Don Nadie"? Creo que el mayor está en no verte expuesto de modo que se convierta en algo insoportable. Cuando tú mismo te cuestionas los eventos en el entorno, lo que esperarías de un ambiente crítico, es que suceda lo mismo, pero a escala. Aunado a eso, la necesidad de atención trae consigo otras consecuencias repletas de engaño; por ejemplo, que percibas tu dimensión significativamente mayor al resto y alimentes un ego de por sí ya elevado.

Pero no es tan accesible aceptar la insignificancia, ya que nos resulta natural, incluso en nuestros círculos más cercanos, mostrar cierto protagonismo. Que si el jefe, que si el administrador, que si el que habla, que si el valiente, que si el que propone, que si el inteligente, que si el atractivo, que si el atlético, que si el religioso, que si el alto, que si el bajo, que si el blanco, que si el adinerado, que si el moreno, que si el gordo; de entre todas las posibilidades físico-intelectuales posibles, habrá una en la que te termines percibiendo como el protagónico, a nadie le gusta contar una historia de vida de la que no sea parte.

Aunado a lo anterior, está el claro ejemplo de que en casa, dentro del núcleo familiar, siempre encontraremos la manera de sobresalir en sinnúmero de formas; siendo el primo, el tío, el sobrino, el hermano, el padre, el abuelo, el hijo o el hermano que a partir de características específicas se vuelva especialmente distinto. Entonces, por donde le busquemos, es imposible permanecer gris ante todo y todos; tendríamos que literalmente convertirnos en ermitaños y aislarnos en un punto remoto, lo cual, irónicamente nos haría especialmente diferentes al resto. Por tanto, ajenos al "Don Nadie".

Entretanto que argumentamos si una persona posee una cualidad específica que le convierta en dispar, deberíamos reconocer que es prácticamente imposible seleccionar a alguien que sea completamente intrascendente, y valorar un poco más el trabajo que se hace por permanecer cuerdos en un contexto que cada vez más nos fuerza a reverenciar tendencias y desprestigiar a quienes no acuerdan con el pensar del grueso social.

Esporádicamente me di cuenta que con cada acción por la que tratara de ocultar mi personalidad al resto, el impacto sustancial era, aunque no declarativo públicamente por parte del entorno, sí evidenciado. Por lo que he decidido abrazarme de lo que venga, aceptar la responsabilidad y a pesar de estar sin un centavo en la bolsa brindar lo único que me queda, las letras. por consiguiente, ahora más que nunca he de darles el valor que merecen. Ellas han estado ahí conmigo en los peores momentos, me han servido para reflexionar, expresar amor, agradecer, liberar miedos y dejar salir las tristezas que me agobian.



 ¿Qué haces cuando no tienes nada más por perder? En mi caso, existir es la única posesión que me queda, lo demás se ha ido. Analizando las cosas, pensando tiempo extra en las herramientas que tuve a la mano, me decepciona no haber sido suficientemente astuto para utilizarlas con inteligencia.

Después de una historia en la que a pesar de mis problemas y tristezas temporales siempre encontraba la manera de volver a encaminarme al gusto por trabajar, invertir, iniciar proyectos y envolverme en sucesos agradables, ahora los eventos no aparentan salida. Definitivamente no ha sido culpa de algún factor externo, estoy muy agradecido con las experiencias que pude alcanzar, aunque eso no me ha servido para gran cosa.

¿Qué hace un carpintero recién despedido? Toma su caja de herramientas y busca con quién trabajar o se dispone a hacer sus propias creaciones. Digamos que en mi contexto actual, hay herramientas, tantas como para salir de las penurias en las que me encuentro; lo malo, no tengo motivación alguna, la perdí, no encuentro la forma de ponerme a estudiar los más de trescientos cursos que tengo pendientes por realizar, los doscientos libros en mi estantería personal, los miles de enlaces a productos de consumo y producción de material intelectual.

Solo sé que están ahí, que funcionan, que son efectivos y poderosos en las mejores manos; pero las mías, las mías no se sienten bien, no quieren trabajar más. Están hartas. Ya estoy harto. Estoy fastidiado de no poder lidiar conmigo mismo. Estoy encerrado en una jaula digna de los gustos de la condesa Báthory. En una jaula de pensamientos de incompetencia recurrentes. Quien haya estado en una situación similar a la mía, en la que por más que trato de asimilar mi situación, tengo la constante voz en mi cabeza repitiéndome "no eres suficiente, deja ya de intentarlo" entenderá de lo que hablo.

Como saben, cuando empecé a redactar en este lugar lo hice como una salida a algunas cosas en mi cabeza, me hundí en la poesía con el único propósito de sentirme útil de un modo poco convencional, enamorándome y olvidando en cuestión de días. Estuve convencido de que iba a lograr algo, que tenía la capacidad de competir en el mundo que me rodea; hoy, la realidad me abruma, pues soy consciente de advertir que el éxito no ha querido atraparme.

Poco a poco he visto morirse a mis expectativas. El optimismo ya no anda de la mano conmigo. Todo aquello que he amado se ha esfumado con el tiempo. Desde mi hermano, hasta la última sensación de sentido. Ni siquiera estoy anhelando el pasado o planeando el futuro como solía; mi situación del momento no da para creer que seré capaz de salir adelante. La fábrica de ideas que solía ubicarse sobre mi cuello repentinamente ha enviado a su personal a casa.

Con este enorme vacío existencial llega la incomodidad y la infelicidad. Es un gusto para mí ver cómo la gente que quise que nunca me abandonara ha ido por sus propios sueños y los ha logrado. Eso me hace en una manera extraña sentir que el problema soy y siempre he sido yo.

Recuerdo estar en la secundaria lleno de energía, optimismo y esperanza cuando alguien se acercó a mí a preguntarme: ¿Cuál es tu mayor miedo? Y con toda la seguridad del mundo respondí: Yo mismo. Todo tiene sentido, pues nada me causaba mayor horror que no saber lo mal que puedo llegar a sentirme ante mis propias pésimas decisiones. Y verme caer en un abismo de incertidumbre constantemente ha debilitado a mi parte pensante. Las personas dejan de creer en mí, la confianza se va, el autocontrol se termina, los brotes de ansiedad repentina regresan, y el lado más grotesco y monstruoso de mi ser comienza a fortalecerse.

¿Qué más da?

No necesito dinero, comida, atención o estima. No me importa nadie, ni nada. Estoy aquí por el caos.

Ya no puede uno simular el cerrar un cuaderno para dejar de escribir, en tal caso, lo más similar sería cerrar la computadora y abandonar las letras. Dichosos ustedes que no tienen que tratar conmigo de cerca. Ojos llorosos, espalda adolorida, cansancio crónico acumulado, fastidio evidente, un anciano.

Tomaré notas en mi cuaderno y pondré aquí un poco más si tengo tiempo. O tal vez no lo haga. Cualquier idiota tiene el potencial de escribir una historia si así lo quiere. Solo basta con dejar que las palabras broten en orden de la sinergia entre dedos y mente, lo demás, se cuenta solo. He leído a escritores y experimentado obras tan terribles que fácilmente puedo obviar que han sido forzadas con financiación. No es que me importe. Para el mundo actual, todo se mueve y funciona por dinero. Hemos dejado de valorar el talento por lo que es, y cuanto más observo hacia el futuro, con mayor razón me doy cuenta de que otros en situaciones similares a la que fue mi origen, jamás conocerán la gloriosa dicha de la libertad. Gustoso debería sentirme ante tal odisea, pero no; porque la mayoría de esos pequeños bribones jamás tendrán acceso a lo real, solo serán esclavos de sus propios gustos y tendencias, hasta que, llegado el punto, sirvan como medio para seguir produciendo bazofia.

"Se escucha un rugido, ramas quebrándose, la niña posa su mirada fija en el horizonte. Tirada sobre la nieve. Se está muriendo de miedo. Ocho años tiene y a penas es consciente de que está por sucederle algo horrible. El costado todavía le duele. La sangre fluye desde la pieza de metal incrustada en su cuerpo hasta su pierna izquierda. Se acerca. Puede percibir el aroma a putrefacción. De entre los árboles una sombra emerge. Las lágrimas en su rostro repleto de dolor viajan al suelo de la oscuridad en medio del bosque. Un par de brillantes ojos rojos la penetran." Deja eso. No sabes hacerlo así como ninguna otra cosa de las que te propones. 

Forzándome estoy a terminar este capítulo, es crudo pero necesita ser expuesto como parteaguas de lo que está desarrollándose en mi interior. Si bien no es bueno o malo, solo son letras impresas en pantalla; la sincera pasión en cada línea libera un poco más de lo que quiero hacer. Definitivamente me he dado por vencido, sin duda no soy capaz de crecer en esta escalera cada vez más competitiva, igualmente no creo superar mis miedos y dejar atrás defectos tan fácilmente; pero entre toda la porquería, desde los escombros, a pesar de que lo he perdido todo, lo único que nadie podrá jamás arrebatarme, son las ganas de escribir.



 Tras el rush mental, estoy de vuelta. Ni más fuerte, ni más inteligente, ni más nada, solo yo, con lo poco que me queda de existencia. En mi mente viajé a una dimensión en la que estoy en un lugar frío y cómodo, el servicio de internet es de primera, hay silencio que me permite concentrar, el lugar está decorado de forma minimalista, con los muebles óptimos para el trabajo, huele bien, mi piel tiene una textura suave, estoy recién bañado así que me siento limpio. Para enriquecer la concentración del momento, a manera de fondo, a un volumen bajo, comienzan a sonar melodías clásicas sin voz en ellas, ligeras, relajantes. Junto a mí, una mesa de centro con una ensalada de la casa (de esa que tiene vinagreta) y un gran vaso con agua, refrescante, cristalina, deliciosa.

Abro mi computadora, notas a la mano, comienzo a redactar una historia.

Así es como quisiera estar, pero la realidad me abruma. Ruido, incomodidad, calor, desesperación por todo el cuerpo, el escozor constante provocado por la sensación de ausencia de limpieza y frescura; es que el calor es un fastidio. Y el aire del ventilador, resecándome la piel, dañino. Ni recién lavado puede uno permanecer con la piel preciosa.

¿Qué hice para sentirme ajeno cuando estoy en mi lugar de origen? Nada nuevo hay que contar para responder a eso; la verdad es que desde que tengo memoria, mi mente está en otra parte. Aquí soy un subalterno, un esclavo, un sirviente, un subyugado. En mi pensar, estoy libre, mis manos se sienten cómodas colocando palabras una delante de la otra, mis ojos descansados, la espalda no me duele por las posturas, mi ser está relajado y en armonía con el Universo.

Jamás lo entenderán completamente, porque quienes recién me conocen, saben poco o nada de mí; y quienes creen conocerme de toda la vida, ignoran por completo lo que hay en mis anhelos. Simplemente he sido usado, como medio, como herramienta, como apoyo. A todo esto, obviamente lo he permitido. He dejado de lado mi libertad por ayudar a que otros se impulsen un poco; algunos tomándome como antagónico, otros como secundario o fugaz. Pero al final estuve ahí, lo recuerden o no; sin fijarme en los créditos porque no les otorgo la importancia que los demás. Recordando desde la sombra de una mente analítica; identificando a los que me mienten a la cara, dándome cuenta de aquellos truhanes que se mofan y utilizan el sistema para favorecerse, los fraudulentos, los pseudoastutos, los rencorosos, los comprometidos, los viciosos, los cobardes, los codependientes, los patéticos, los rencillosos y los egocentristas.

Ahí van todos, tratando cada uno a su modo de abandonar las miserias en su interior. Cada uno utilizando los medios a su alcance. Desde aquí, sin emitir juicio alguno porque en definitiva es algo que no me corresponde, un suspiro, y sigo con mis cuentas. Cada vez más complicadas, cada vez con mejor aspecto, pero siempre, siempre, resolviendo algo, ya sea interno, global, particular o de un presente alterno.



El Escritor

Por
 Tras el rush mental, estoy de vuelta. Ni más fuerte, ni más inteligente, ni más nada, solo yo, con lo poco que me queda de existencia. En m...