Entre Mixes Y Estoicismo
Hay algunas cosas que necesito decir, no por urgencia ni por protocolo, sino porque este tipo de momentos piden ser nombrados. Callarlos suele volverlos ruido interno, y hoy prefiero el orden de las palabras. Antes que nada, me siento agradecido por la oportunidad de demostrar que puedo asumir otro tipo de responsabilidades. No lo digo desde la euforia ni desde una ambición desbordada, sino desde un lugar más sobrio: el deseo de comprobarme que puedo responder cuando el terreno cambia. Espero ser capaz de producir resultados sólidos, de esos que hablan por sí mismos, y que ese trabajo marque el rumbo de mi carrera hacia espacios más amplios, más exigentes, más alineados con lo que quiero construir a largo plazo.
También agradezco haber salido de mi zona de comodidad en múltiples momentos durante mi último viaje. No fue un solo acto heroico ni una revelación súbita; fue una sucesión de decisiones pequeñas que, juntas, terminaron por moverme de sitio. Hice cosas por primera vez sin tener el control total de la situación. Me enfrenté a silencios incómodos, a conversaciones que no dominaba, a contextos donde mis referencias habituales no bastaban. En ese proceso, removí sesgos y prejuicios que creía superados, pero que seguían ahí, operando de forma discreta. Descubrí que la experiencia no siempre corrige esas ideas; a veces solo las esconde mejor, y hace falta fricción real para que salgan a la superficie.
Empaticé con personas a las que días antes no conocía. No desde la cortesía automática, sino desde la escucha atenta, esa que obliga a suspender el juicio y a aceptar que la historia del otro no necesita parecerse a la mía para ser válida. Ese ejercicio abrió mi mirada hacia percepciones distintas, tanto sobre mí como sobre el área en la que me desenvuelvo. Confirmé algo que ya intuía: el crecimiento no ocurre cuando uno reafirma lo que sabe, sino cuando se permite dudar de lo que daba por hecho.
Este no será un texto largo por el gusto de extenderlo, aunque termine siéndolo por necesidad. Escribo desde un Starbucks cerca de casa, con el cuerpo todavía desfasado por el viaje y la cabeza acomodándose a otro ritmo. El jet lag no es dramático, pero sí persistente, como un recordatorio físico de que estuve en otro lugar hace apenas unas horas. Dormí hasta casi el mediodía. Llegué entrada la madrugada y, aunque el cansancio era evidente, me tomó más tiempo del esperado conciliar el sueño. El cuerpo estaba de regreso, pero la mente seguía en tránsito.
Hay algo particular en ese estado intermedio. Uno no está del todo aquí ni del todo allá. Es un espacio fértil para pensar sin urgencia, para revisar lo vivido sin la presión de sacar conclusiones rápidas. Desde ahí escribo esto. No como un informe, no como un cierre, sino como una pausa consciente. Sé que vendrán días intensos, decisiones que exigirán claridad y energía. Por ahora, me permito este momento de balance, con gratitud genuina y con la sensación de haber vuelto distinto, aunque los cambios no siempre sean visibles de inmediato.
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Aunque menos suele ser más, he dudado por un momento en hacer una publicación con apenas la mitad de la extensión que definí en mi lista de propósitos. La idea apareció sin pedir permiso, como suelen hacerlo las tentaciones cómodas: reducir, simplificar, cumplir a medias. Pienso que la regla de escribir al menos mil palabras en mis textos del blog no es tan sencilla de seguir como parecía al inicio. No es una fórmula mágica ni una garantía de calidad; es una exigencia autoimpuesta, a veces pesada, a veces ingrata. Y aun así, el deseo de conservarla permanece. No porque quiera demostrarme algo en particular, ni porque alguien esté contando palabras desde fuera, sino porque la entiendo como una herramienta de práctica extendida. Un entrenamiento. Un espacio donde el músculo del pensamiento no se oxida.
Es cierto que cuando uno deja de escribir por más de una semana, como consecuencia de otras prioridades —mi viaje a Tijuana, por ejemplo—, volver al ritmo se siente más cansado de lo habitual. No es solo el acto de sentarse frente a la pantalla; es el reencuentro con la voz propia, con la cadencia que se pierde cuando se atienden otros frentes. La mente se desacostumbra a hilar ideas con paciencia. Por eso decidí que, si bien puede ocurrir que una sola idea no alcance por sí misma el tamaño del texto al que me comprometí, siempre existe la posibilidad de ampliar el campo de visión. Si pongo el foco en otra situación que también habita en mi cabeza, puedo avanzar sin mayor fricción.
Así llegué a una conclusión que me resulta liberadora: un texto puede ser una mezcla. No tiene que nacer puro ni obedecer una sola línea de pensamiento. Puede pasar dos o más ideas por la licuadora, permitir que se mezclen, y entregar una salsa con sabores que van desde lo delicioso hasta lo extraño. Y eso no solo es válido, también es honesto. La mente rara vez piensa en bloques ordenados; suele saltar, asociar, disociar, regresar. Escribir desde ahí no traiciona el proceso, lo refleja.
Entre una idea y otra, la vida sigue pidiendo atención. Queda pasar por la farmacia y comprar un medicamento. Luego volver a casa, continuar con la ropa pendiente. Necesito darle una arreglada al espacio; una semana de ausencia basta para que el polvo reclame territorio. En este momento la salud ocupa un lugar central, porque sin energía cualquier hábito nuevo pierde fuerza. El orden externo no lo resuelve todo, pero ayuda a que la mente no se disperse más de lo necesario.
Lavar ropa, acomodar la habitación, limpiar los baños. Sí, vuelve a aparecer la urgencia de tener a alguien de planta en casa. O, dicho con más precisión, aparece el recordatorio de lo valioso que sería compartir la vida cotidiana con alguien de forma constante. Pero no es momento de divagar sobre temas relacionales, ni de construir castillos alrededor de una familia tradicional, planes compartidos y crecimiento mutuo. Todo eso puede esperar su turno.
Por ahora, las prioridades están claras y se sostienen en tres ejes: espíritu, mente y cuerpo. Abrazar a Dios cada día y agradecerle la continuidad de la vida. Trabajar el estoicismo para no permitir que cualquier tentación, por el solo hecho de existir, cause estragos internos. Y enfocar energía en ejercitar el cuerpo, fortalecerlo, cuidarlo, porque es la herramienta base que sostiene todas las demás áreas. No hay reflexión profunda sin un cuerpo que aguante. No hay disciplina mental sin hábitos físicos que la respalden.
Agradecer, caminar, ordenar y después escribir. Nada extraordinario por separado. Todo poderoso cuando se mantiene como una amalgama para resanar lo que un día fueron heridas y convertirlo en una pieza uniforme.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.
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