Es Sábado
Es sábado. Olvidé continuar con la escritura que dejé inconclusa. Estoy de nuevo en el café, llevo veinte minutos esperando a alguien que necesita una consulta. No es un cliente, es un caballero que una vez estaba hablando de IA aquí mismo, y le di un par de consejos, pero parece que a partir de ese momento me agarró de guía espiritual en lo referente a IAs. No me molesta, suelo venir casi diario, y por lo general ocupo las mañanas de los sábados en el café, así que suelo citarlo aquí, a éstas horas, éste día en particular. Aunque, asumo que hoy lo olvidó. Como dije, no me fastidia en absoluto. La vez pasada que habíamos acordado me quedé dormido y no me presenté, así que en cierto sentido, estamos a mano.
Tengo la impresión de que escribir no tiene el efecto y poder que tenía antes sobre mí, aunque, como detalle específico, el valor más crucial de la actividad es dejar en un sitio aquello que desborda de mi mente, aquello que me quita el sueño por las noches o lo que mantiene a mi cuerpo en una constante sensación de alerta. Es un escape intelectual a mis ideas, al estrés, a los eventos del presente y futuro que se transofrman en ansiedad si no los saco, tengo que dejar ir muchas dudas, miedos e inseguridades.
Pues aquí estamos todos juntos, jugando a sentirnos grandes, en un mundo que se vuelca en caída libre a un precipicio sin fondo. Intentamos mantenernos en pie, cuando a decir verdad, todos nos venimos arrastrando desde años atrás. Porque los eventos cataclísmicos del enfermo mundo al que pertenecemos están a la orden del día bombardeándonos como constantes alarmas de colores chillantes justo frente a nuestros ojos.
Es por eso que ser un idiota por lo general tiene sus beneficios. Porque no hay nada que te haga sentir abrumado, desconoces la preocupación, y tu empatía está muerta. Solo vives, o mejor dicho, navegas la vida, a modo automático, montado sobre los lomos de un monstruo que en tu insignificancia no tiene ni tendrá intención de hacerte daño alguno; mientras que quienes luchan contra el status quo, se deterioran y autodestruyen con tal de conservar su identidad, superando su estado de personaje no jugable.
Estoy por terminarme el latte que compré el día de hoy, ya desayuné; tengo la impresión de que no podré concentrarme en escribir mucho más estando aquí, pues en cualquier rato tendré que irme. Es cierto que dudo de mis capacidades de escribir algo con sentido, por eso mi elaborado plan de práctica para los meses en curso, para el año en que estamos.
Porque vivir de contemplación no es saludable, no es algo que quiera como evolución de mi existencia, y es lo que me cuesta dejar claro. La narrativa de "lo que sea" en la que trabajo de manera obsesa existe como la necesidad en mí de sobresalir sutilmente y anónimamente en un mundo en el que para destacar tienes que desnudarte en medio de la calle, o humillarte públicamente mientras despotricas de forma irracional. Pero a mí me encanta la comodidad de vivir entre las sombras, de no tener que dar cuentas a un público abundante.
Entre loros y demás mascotas, así percibo a la inmensa mayoría alrededor; y yo mismo sin tratar de ejemplificar lo que no soy. Solo soy un pensador, un enigmático analista, un amante del momento en el que la sabiduría me besa la frente con un destello de talento.
Me levanto al baño, saludo a Denisse en el camino. Volteo hacia el fondo de la barra. Han puesto una ventana en el café para entregar los pedidos a repartidores. Lo cual me parece excelente, porque nos ahorramos la mitad de la fila si dejamos de considerar los que solo vienen a regoger pedidos para llevar.
Tomé la decisión de no llevar el celular al baño conmigo nunca más cuando esté en entornos confiables. Vuelvo a mi lugar. Pasamos de lo banal y superficial en un par de días sin venir a vomitar palabras a algo un poco más mental y existencial. De cierta forma irónica, así funciona la existencia. A veces lo somos todo, estamos en la cima de nuestra identidad y logros, y otras, simplemente podredumbre y miseria.
Es un goce no tener que dar cuentas a nadie, quisiera estar ahí. Pero la conexión con el entorno es lo que nos brinda identidad, lo que fortalece nuestros principios y particularidades, lo que nos hace ser en escencia lo que somos, y estar donde estamos, ¿merecido? Es probable que no, una de cada muchas veces es en realidad cuando obtenemos algo por lo que trabajamos; son nuestros herederos los que disfrutan de los frutos del esfuerzo de una vida, o a veces ni ellos, sino completos extraños. Una verdadera carcajada del absurdo en nuestros rostros.
Reni se aproxima con una sonrisa en la cara. Me dice que si deseo que se lleve mi taza vacía. Le agradezco y se la entrego. No puedo seguir escribiendo ahora mismo. No aquí. Al menos ya no, porque me da pena hacer sobremesa en un lugar en el que he dejado de consumir.
Dos mil palabras, tres mil quizá, ya no sé cuántas llevo y tampoco qué poner aquí. No porque no tenga idea de dónde sacar palabras, sino que mi cabeza está dándole vueltas a los mismos conceptos. Quizá a eso es a lo que se enfrentan los que escriben, al bloqueo provocado por la necesidad de llegar del punto A al punto B sin tener que trazar decenas de circunstancias en el camino, es probable que las convicciones de los escritores al narrar un capítulo de una novela se vengan abajo y terminen cayendo en los vicios literarios comunes, en las tramas más simplistas y la aparición de fenómenos clásicos como el deus ex machina, la consecución de circunloquios o la imposibilidad de salir de sus laberínticas prosas.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.
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