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 Es miércoles. Amo los miércoles. Porque yo nací un miércoles. Analizaba el entorno y pensaba: "¿Qué tan difícil será escribir algo que no llegue a ningún sitio realmente, que no intente contar una historia, ni destaque un romance, que no hable de un crimen o de un evento fuera de lo ordinario? ¿Será posible escribir un texto, desde lo profundo de mi corazón en completa calma, mientras veo los coches pasar y la gente formarse por su próxima bebida en el café, conforme algunos llegan y otros se van sin significado alguno?"

Escribir se ha vuelto uno de los medios principales de comunicación conmigo mismo, con lo que ocurre en mi mente, con lo que observo de la vida, aunque no estoy aprendiendo tanto como me gustaría, más allá de eso, sigo cometiendo errores; y en lugar de condenarme he aprendido a lidiar con la fuerza en mi interior que me boicotea y me empuja a repetirlos. Pero como dije, no pretendo escribir de mí, ni de lo que hay en mi mente, que es un mundo de absurdismo y porquería mezclado con belleza y saber.

Doy un pequeño sorbo a mi latte. Veo hacia el exterior del negocio, allá al otro lado de la calle, una joven de pelo castaño paseando un golden retriever, imagino lo que pasará por su mente:

"Amo los perritos, me encanta mi trabajo. Además, me sirve caminar todos los días como ejercicio. Espera, espera, eres muy grande, no tires de la cuerda que me puedes tumbar.

Tu pelo es tan suave, y el color dorado lo hace brillar a la luz del sol. Dame un minuto, se metió una piedra en mi chancla. Acuérdame mañana utilizar los tenis de color blanco. Sí, esos tienen una suela con menos marcas, lo que hace más difícil que se me atoren piedras.

Ya está, hay que seguir. Eres un precioso cachorro."

Y sigue si andar. Así, sin más. Después, volteo hacia la gente que me rodea en las diversas mesas, junto a mí, por la parte de afuera del vidrio divisor, está un caballero clavado en su computadora. Seguramente se dio el día para trabajar desde aquí en lugar de tener que ir a la oficina, yo hice lo mismo, no lo juzgo. La vida adulta consta de instantes de concentración profunda por horas o quizá días de seguir secuencias automatizadas para cumplir con entregas, calendarios y horarios; se trata de voltear a ver al jefe a veces con respeto, otras con estima, unas más con asco, y seguir trabajando en lo tuyo. Porque al final somos eso, una aveja en una colmena que no puede descansar, no sabe cómo hacerlo.

¿En qué estaba? Ah, sí, el tipo de la computadora. Está bebiendo un café caliente, la laptop está conectada a la toma de corriente, que dicho sea de paso se dice receptáculo —desde que aprendí ese detalle se quedó calcado en mi cabeza—. Ve su celular, escribe otro poco. Se ve enfocado. Viste jeans de mezclilla y una hoodie de color negro, deberá tener unos cincuenta años, yo calculo. Después de hacer una llamada se ha empinado el resto de café que le quedaba.

Me ha interrumpido un guardia de aquí de la plaza, a mí y a quienes están dentro del café. Pregunta que si una Mitsubishi es de alguno de nosotros. No lo escuché la primera vez, porque estaba metido en la escritura, pero a la segunda vez, le presté atención a lo que salía de su boca y contesté viéndolo con una negativa de cabeza en completa seriedad.

¿Qué es la vida sino un sinfín de eventos que ocurren de manera lineal acompañados de sucesos pequeñitos de forma esporádica que no alteran un ápice lo que ocurre en la generalidad de las cosas?

Sigo. A mi izquierda, en la mesa contigua, una mujer, se ve cansada, fastidiada. Tiene una laptop de color rosa y un mouse externo de color azul rey. No sé para qué sirva contar esos detalles, pero como dije, yo estoy aquí para escribir y tú leyéndome. Su rostro, fatigado, con poco o nulo maquillaje, cabello teñido de rubio, quizá tenga cuarenta y cinco años, o al menos esa impresión me da. Trae un suéter de abuelita de color verde olivo, un pantalón de vestir negro de tela lista y una camisa blanca. En condiciones un poco más serias podría asumir que es oficinista, como la inmensa mayoría de godinez que trabajamos en la ciudad.

Llega más gente. Cuando tomé mi lugar, a penas habríamos cuatro clientes: dos afuera y dos dentro del establecimiento, ahora mismo, hay una fila de ocho personas, cuatro personas en la terraza afuera y dieciocho dentro. Dejaré de observarlos. O mejor dicho, dejaré de escribir de ellos. No me importan. Solo me referí a los dos que tengo más cerca en mis párrafos inciales.

Porque aquí no he venido a contar un evento en específico, ni a narrar algo que imaginé. Solo estoy dejando que mis manos fluyan sobre el teclado mientras las ideas dan vueltas a mi cabeza, de una forma lo más superficial posible, sin meterme a filosofar demasiado. Al café, le he dado dos tragos solamente, así que queda bebida para un rato e ideas para explorar.

Estoy aquí escribiendo en lugar de en la oficina porque de una forma poética hoy se desmantela el proyecto más grande en el que estaba trabajando, se llamaba D1. Se trataba de migrar toda la información de infraestructuras físicas pertenecientes al cliente, a entornos de nube. No los voy a asustar con terminologías que no entienden. Solamente tengo que decir que el cliente canceló el proyecto y prefirió desarrollar por cuenta propia esa infraestructura. Lo cual representó una pérdida muy grande para la empresa en la que laboro y mi muy probable despido dentro de poco tiempo.

Y por qué digo que es poético, porque hoy se celebran treinta y nueve años de que nací. Una parte de mí ha muerto junto a ese proyecto, lo puedo sentir. Sus ritmos de trabajo eran una pesadilla, el estrés que me provocaba una carga difícil de llevar. Pero aquí estamos, aquí seguimos y al final pudimos más que el proyecto que tantas veces intentó destruirnos y hacernos caer.

Otro trago. Tres ancianos se juntaron en una de las mesas de afuera, cada uno con su café del día en mano. ¿De qué hablará uno cuando llega a setenta u ochenta años? Espero tener amigos que quieran pasar tiempo conmigo a esa edad. Espero no estar encerrado en el abandono. O quién sabe, tal vez eso sea lo que más disfrute de tener la dicha de llegar a una edad similar.

Huelo muy bien. Hoy abusé de mi perfume con el doble de atomizaciones —Dior Sauvage—, y al pasar la mano frente al rostro para meditar un segundo, me hundí en el aroma. Ha sido mi perfume del diario los últimos diez años de mi vida, por lo menos. Acababa de llegar a la ciudad cuando asistí con un amigo a la plaza, y ahí nos lo presentaron. Tenía dinero conmigo o una tarjeta, no estoy seguro de recordarlo perfectamente, y solo sé que lo compré. Al igual que un par de camisas Calvin Klein que me terminaron robando en la lavandería. Ah, porque sí, toda mi ropa de ciertas marcas, la hacían perdediza en la lavandería. Pasó mucho tiempo antes de que comprara una lavadora para tener en casa y dejara de perder esas prendas.

Un anciano, con periódico en mano se ha sentado a dos mesas de distancia. Café del día caliente y croissant recién hecho. Se le ve animoso. Usa lentes. A esa edad, casi todos usamos lentes, seguro. Deberá estar rondando los ochenta y cinco años, fácil. Silba mientras lee, genial. Pero silba para sí mismo, una melodía casi imperceptible. Estamos en esto juntos, no se me harten. Una mordida más al pan.

A penas llevo mil trescientas palabras y mi plan es alcanzar al menos tres mil hoy. ¿Que qué es lo que estoy haciendo? ¿No es obvio? Estoy practicando la escritura. Poder escribir lo que sea y de cualquier cosa sin necesidad de un hilo narrativo específico, escribir de lo que veo, de lo que escucho, de lo que me rodea, de lo que me llama la atención, de los aromas, colores, emociones y sensaciones.

Sigo. Un amigo me mandó un meme, es la foto de un gato serio que dice a modo de ironía: "Si yo fuera Jesús no hubiera muerto por ninguno de ustedes". Es gracioso porque es cierto. Tener que morir por alguien más, por una sola persona, es el sacrificio máximo, cuánto más hacerlo por un montón de gente malagradecida, fea y despreciable en su mayoría.

Otro trago a mi café. Ya lo llevo a la mitad. Supongo que no podré llegar a mi meta de palabras aquí mismo. No importa. Le seguiré en casa. Además, la carga de mi computadora está cercana al trece por ciento, lo que se traduce en que a lo mucho aguantaré unos minutos más por acá.

El caballero que estaba trabajando al otro lado del cristal se prepara para irse. Se da prisa. Se bebe el resto de café de un trago (yo pensaba que ya se lo había terminado desde antes). Lanza el cargador, la computadora y el resto de artículos a su mochila, se levanta y se va. Ha dado tres pasos y otro señor ha llegado a ocupar su lugar. O apartarlo al menos.

Camiseta blanca, calvicie evidente, unos sesenta años de edad. Deja una cajetilla de cigarros, un encendedor Bic de color verde fosforescente, una gorra blanca y se mete a la cafetería. Le toca hacer fila. Pero no mucha, habrá una o dos personas antes que él solamente.

El reflejo del sol en el cristal de una camioneta Ford blanca que me queda justo de frente me empieza a fastidiar. A veces pasa eso cuando vengo de día al café, o las luces altas dándome de lleno en la cara cuando estoy aquí en la noche. Son situaciones habituales.

La carga de mi celular está al ochenta porciento. Al amanecer lo puse a cargar porque ya tenía planeado no ir a la oficna y en lugar de eso venir a escribir un rato. Tengo el chat de la empresa y la llamada con mi equipo en activo en la pantalla del celular, por cualquier notificación, llamada o mensaje que se presente. Hasta ahora, solo han sido mensajes para desearme un feliz cumpleaños. Se agradece. La verdad es que no creo que nos toque trabajar hoy, no creo que hagamos casi nada.

Tengo días con un grano en el cartílago entre las fosas nasales, y me da comezón, lo rasco, sangra un poco, y lo dejo en paz. Lo sé, lo sé, no debería estar escribiendo de esas cosas, pero estamos juntos en esto, ¿de acuerdo? Además no todo en la vida ocurre de nosotros hacia afuera, sino que gran perte de lo que importa pasa de nosotros hacia adentro.

Dos terceras partes de mi latte se han ido. Y me dio una sensación de somnolencia momentanea. Como cuando la claridad del día se refleja tan fuerte que te hace ver pedazos blancos. Es consecuencia del reflejo del sol que me encandila, sin duda. Estoy un poco molesto conmigo mismo, tengo que ser sincero. Porque a mi edad no he podido dejar de ir atrás de personas que hacen berrinche. Y ahí ando, queriéndoles hacer la vida más sencilla. Pero no me meteré a hablar de esos temas, no aquí, no ahora.

El señor junto al otro lado del vidrio a mí ha vuelto con un café en la mano y un vaso extra. Después de varias caladas a su cigarro, vi la razón de ser de ese vaso extra. Un cenicero.

A una amiga ya le dieron fecha oficial de despido, nos acaba de comunicar. El tres de febrero se va. Quisiera que me avisaran pronto a mí también. Ya me toca decirle "adiós" a la empresa actual, pero no me quiero ir con las manos vacías. Sin embargo, puede que ocurra, porque no me han dicho mi último día ni han coqueteado con la idea de forma directa todavía, aunque todos a mi alrededor en el país ya fueron liquidados, hasta mi jefe local. Como personajes de un shonen cayendo uno a uno en secuencia.

Estaba por cerrar la lap pero llegó una notificación de actualización de un programa, así que esperemos un poco más antes de salir de acá. Mientras, daré fondo a lo que me resta de café. Descargando actualización... Instalando y volviendo a abrir herramienta... Lo único que quiero es ver cuántas palabras llevo escritas antes de levantarme e ir a casa a seguirle. Me he terminado la bebida.

La señora rubia junto a mí se va. La actualización se ha instalado. Es mi hora de salir de aquí también. En un rato sigo escribiendo. Desde casa. Espero.



Es Miércoles

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