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 Si tienes la oportunidad de ayudar a alguien dentro de tu gremio, hazlo. Esa ha sido una de las premisas que más temprano integré a mi vida y que, con los años, se volvió casi un reflejo. No siempre ha sido cómodo sostenerla. A veces he dejado ir oportunidades, en otras la competencia ha sido dura y he salido perdiendo beneficios concretos. Aun así, el gusto íntimo —casi silencioso— de saber que alguien alcanzó tal o cual cima y que, en algún punto de su historia, fui una de las manos que empujaron, nadie me lo quita. Ese gusto es real, y basta.

No se trata de una épica personal ni de una medalla invisible que uno se cuelga para dormir mejor. Es algo más simple y más profundo a la vez. Hay una satisfacción particular en saberse útil sin factura, en aportar sin reclamar crédito, en formar parte del trayecto de otro sin necesidad de aparecer en la foto final. Quizá sea una forma discreta de trascendencia, o quizá solo sea humanidad aplicada al día a día. En cualquier caso, funciona.

Digo todo esto porque hoy, estando en el café cerca de mi casa —uno de esos lugares que terminan por convertirse en extensión del pensamiento—, un exempleado me buscó. Fue barista ahí durante un tiempo y ahora está por tomar una oportunidad laboral que lo entusiasma y, al mismo tiempo, lo inquieta. Me pidió consejo. No desde la ingenuidad, sino desde la prudencia de quien sabe que está a punto de dar un paso importante y no quiere hacerlo a ciegas.

Le fui honesto desde el inicio: en esa empresa yo no he trabajado. No tenía experiencia directa que ofrecerle. Pero también sabía que tengo amigos que sí han pasado por ahí, personas confiables que pueden dar una guía más clara de lo que se vive del otro lado. Así que hice lo que estaba en mis manos. Le marqué a uno de ellos, le pedí contexto y perspectiva. Minutos después, tenía información valiosa que, a su vez, le compartí al que hasta hace un tiempo preparaba mi café con una sonrisa en la boca.

No hice nada extraordinario. No moví palancas ocultas ni forcé puertas ajenas. Solo conecté puntos. Aun así, me alegrará saber que mañana ese chico estará trabajando en Oracle. Me alegrará más si, con el tiempo, escala posiciones, cambia de empresa o encuentra un lugar donde su esfuerzo sea reconocido. La gente trabajadora me llena de orgullo. Tal vez porque sé lo difícil que es abonarse al mundo laboral cuando el entorno ofrece tantas tentaciones para optar por rutas más fáciles, más vistosas o más rápidas.

Porque trabajar de verdad implica postergar recompensas. Implica tolerar frustraciones, aprender en silencio, aceptar jerarquías que no siempre son justas y competir en escenarios que rara vez están equilibrados. Implica decir que no a muchas cosas atractivas en el corto plazo para apostar por algo que quizá rinda frutos más adelante. No todos están dispuestos a eso, y no todos tienen por qué estarlo. Pero cuando alguien sí lo hace, cuando insiste, cuando se prepara, cuando se presenta puntual al mundo aun sin garantías, algo en mí se inclina hacia el respeto.

A veces, sin embargo, esta postura me resulta contradictoria. Lo confieso. En mi entorno laboral veo escenas que no encajan del todo con la narrativa del mérito. Jóvenes ocupando puestos que antes pertenecían a empleados con años de experiencia, personas valiosas que son desplazadas por recortes, decisiones que se toman con una hoja de cálculo y no con una mirada humana. Y entonces pienso: ¿por qué no dar trabajo a todos?, ¿por qué insistir en recortar cuando hay talento disponible?, ¿por qué sacrificar experiencia en nombre de la eficiencia?

La respuesta, aunque incómoda, es conocida. Vivimos en un mundo donde la competencia lo permea todo, donde el factor económico suele ser el juez final. El hecho de que tú cobres mil pesos por una actividad que otro hará por cien basta para volverte prescindible. No importa la experiencia acumulada ni la capacidad para evitar conflictos gracias a los años recorridos. No importa el criterio que solo se forma después de haber visto caer varios proyectos. En muchos casos, el costo pesa más que el valor.

Así funcionan las cosas hoy. No existe una lealtad real ni una empatía estructural por parte del sistema capitalista hacia el individuo. Las empresas no nos quieren: nos usan. Tenemos valor mientras producimos. Dejamos de producir y nos convertimos en una carga. En el mejor de los escenarios, dependemos de apoyos mínimos del Estado; en el peor, quedamos fuera del radar. La sociedad, como conjunto, tiende a apartar y aislar a quien deja de ser funcional para sus fines.

Esto no lo escribo desde la victimización ni desde una superioridad moral fingida. Sería deshonesto hacerlo. Yo mismo me beneficio del sistema que critico. Vivo dentro de él y, en cierta medida, gracias a él. Tengo gustos que no oculto y aspiraciones que requieren estabilidad económica. Me interesa una vida citadina tranquila, y para sostener algo así en medio del caos —la sobrepoblación, la escasez de recursos, la explotación constante— es necesario ocupar un lugar al menos un poco privilegiado dentro del esquema.

Me atrae la mujer bonita y con un cuerpo trabajado. Me gustan los gadgets. Disfruto que mi tercer lugar sea un Starbucks a dos cuadras de casa por las tardes. Valoro vivir a distancia caminable de mi oficina o, mejor aún, no tener que salir de casa para producir. Me gusta rodearme de tecnología y que mi fuente de ingresos esté vinculada a la modernidad, no al desgaste físico ni al azar. Todo eso tiene un costo y una posición implícita dentro del sistema.

Por eso no me excluyo del grupo de los capitalistas, aunque sea uno austero. La ostentación no es lo mío, pero la comodidad sí. No me interesa acumular por acumular, pero tampoco romantizo la precariedad. Creo en una vida digna, con margen para el placer cotidiano y el descanso mental. Y sé que esa vida no se construye desde la negación del sistema, sino desde una negociación constante con él.

Tal vez ahí está la clave de todo lo anterior. Ayudar cuando se puede no es un acto revolucionario, pero sí es una forma de resistencia mínima. No cambia las reglas del juego, pero humaniza las jugadas. No derriba el sistema, pero amortigua su impacto en trayectorias individuales. En un mundo que mide valor en números, ayudar a otro a avanzar es recordar que seguimos siendo personas antes que recursos.

Y quizá eso baste. No para salvarlo todo, pero sí para salvar algo. A alguien. A veces, con eso alcanza.