Mostrando las entradas con la etiqueta depende de uno. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta depende de uno. Mostrar todas las entradas

 Tengo que escribir algo porque se me termina el tiempo. No es una frase dramática ni un recurso literario: es una constatación práctica. El tiempo se acaba porque el día avanza, porque los pendientes no esperan, porque la energía se dosifica mal y casi nunca alcanza. ¿Qué sucede aquí? ¿Por qué hay autores que lanzan palabras y frases sin cansancio, con una coherencia que parece natural, mientras que otros, por el mínimo estrés, caemos en bloqueos creativos que no solo detienen la escritura, sino que erosionan la confianza?

No siempre es silencio lo que aparece cuando uno se bloquea. A veces es saturación. Una acumulación de ideas mal ordenadas, de intuiciones que no encuentran estructura, de frases que prometen algo y se deshacen antes de llegar al punto. Uno se sienta frente al texto y siente que todo está ahí, pero nada se deja tomar. Esa sensación es peor que la página en blanco, porque expone una incapacidad que no es falta de contenido, sino de acceso.

En ese estado es fácil mirar hacia afuera. Comparar. Medir el propio ritmo con el de otros. Hay quienes publican sin pausa, quienes parecen no agotarse, quienes transforman cualquier experiencia en material legible. Uno, en cambio, tropieza con lo cotidiano, se atasca con lo mínimo, siente que cualquier desviación rompe el equilibrio precario que sostiene la escritura. La comparación no inspira, drena.

Podría culpar al contexto. Podría hablar del tercermundismo en mi país, de la precariedad cultural, de la ausencia de entornos que fomenten la exploración intelectual sin castigarla con urgencias prácticas. Podría señalar la falta de tiempo, de silencio, de estímulos que no estén contaminados por ansiedad económica. Todo eso existe y pesa. Pero detenerme ahí sería cómodo. Sería una forma de desplazar la carga hacia afuera y no reconocer la parte que me toca.

Porque al final, nos guste o no, depende de uno. De levantarse cada día y dar un paso extra en la dirección correcta, incluso cuando esa dirección no se siente clara. No hay épica en eso. Hay cansancio, hay fastidio, hay una sensación constante de ir tarde. Es agotador, sí, pero no hay alternativa elegante. No es una cuestión de voluntad heroica, sino de persistencia torpe. Avanzar sin garantías, sin aplauso, sin la promesa de que el esfuerzo será recompensado.

El problema es que el mundo no se conforma con eso. Ya no basta con cumplir. Ahora no solo esperan que hagas tu trabajo, que resuelvas tareas, que monitorees sistemas o procesos. Esperan que lideres, que interpretes, que anticipes. Que tengas criterio, presencia, discurso. Que te adaptes. Que incorpores herramientas nuevas, que trabajes con inteligencia artificial, que te vuelvas eficiente, versátil, productivo. Les urge que seamos una especie de navajas suizas: muchas habilidades, todas disponibles, todas afiladas, aunque el cuerpo y la cabeza no siempre acompañen.

Y aquí viene una confesión que no tiene nada de vergonzosa: yo mismo uso herramientas de IA para editorializar mis textos. Las uso para ordenar, para ampliar, para tensar ideas que sé que están ahí pero que no logro acomodar del todo. Me parecen una invención maravillosa. No porque escriban por mí, sino porque me permiten seguir escribiendo cuando el bloqueo amenaza con cerrarlo todo. No reemplazan la voz, pero ayudan a que no se apague. En un entorno que exige velocidad y claridad, negarse a eso sería una pose inútil.

Eso no elimina el conflicto. Al contrario, lo hace más visible. Porque si incluso con ayuda el cansancio persiste, entonces el problema no es técnico. Es más profundo. Tiene que ver con la carga acumulada, con la sensación de estar siempre reaccionando, con la dificultad de construir algo propio mientras se atiende lo urgente. Vivimos rodeados de una realidad absurda que exige rendimiento constante y, al mismo tiempo, castiga cualquier signo de fragilidad.

Entonces aparece la pregunta que uno evita hasta que se vuelve imposible ignorarla: ¿qué pasará conmigo? No tengo una respuesta clara. No hay un plan maestro ni una narrativa cerrada que tranquilice. Lo único que se vuelve evidente es la necesidad de resolver pendientes. Cerrar cosas. Limpiar el terreno. No por obsesión con la productividad, sino para reducir el ruido. El ruido agota más que el trabajo.

Desde ahí, quizá, se pueda empezar a construir algo más sólido. Una versión de uno mismo que no sea ideal, pero sí más capaz. Más firme en lo profesional, menos evasiva en lo relacional, más exigente en lo intelectual. No para destacar, sino para resistir. Para no romperse ante cada cambio de contexto, ante cada nueva exigencia disfrazada de oportunidad.

La vida es un cúmulo de tristezas e insolencias, con destellos optimistas que aparecen de vez en cuando. Es cíclica cuando se le presta atención; romántica cuando uno se detiene a observar, a sentir, a saborear, a respirar y a escuchar cada instante con cierta profundidad. Un conjunto de eventos ocurre en medio de un entorno hostil: instantismo, hiperproductividad, cápsulas de consumo atadas a significados mínimos, todo reducido a números, a identificadores, a tiempos en pantalla, a apariencias maquilladas y a montos en la cuenta bancaria. Me dirás que no lo he entendido, cuando nadie aquí sabe lo que está haciendo. Solo vivimos, o intentamos experimentar la vida, con lo que el Cielo nos deja entrever. Sin juicios ni remordimientos, el tiempo —esa constante usada para medir vitalidad y trascendencia— acaba por colocar las cosas en su sitio.

Escribir esto no arregla nada de fondo. No paga cuentas, no resuelve tensiones laborales, no despeja el futuro. Pero abre un espacio. Un hueco por donde entra algo de claridad, aunque sea parcial. En medio de esta realidad sucia, contradictoria y demandante, escribir sigue siendo una forma de poner el cuerpo. De decir: aquí estoy, con dudas, con cansancio, con herramientas prestadas si hace falta, pero sin renunciar del todo a pensar.

Tal vez eso baste por ahora. Tal vez no se trate de desbloquear la creatividad, sino de aprender a escribir incluso cuando duele, cuando no se siente limpio, cuando el tiempo aprieta. Seguir, aunque sea así. Aunque no luzca. Aunque incomode.