Vamos a ver, ¿de qué va el texto el día de hoy?

Sencillo. Quiero seguir haciendo cambios, pero principalmente quiero identificar aquellas cosas que no me hacen bien. Anoche intenté caer una vez más en mis malos hábitos y, para mi agradable sorpresa, las limitaciones que me puse funcionaron perfectamente, provocando un fastidio temporal, pero una alegría mayor a la mañana siguiente.

Y es aquí donde llega la consciencia y me enseña detalles que parecen mínimos, pero desde la óptica de la continuidad del yo futuro, sé que estoy haciendo bien.

La aplicación que desarrollé es una gozada. Sin interrupciones ni incomodidades a la vista. Únicamente mi procesador de textos, haciéndose uno conmigo. Agradezco saber qué era lo que quería desde el inicio; así no me la pasaba divagando entre versiones. Creo que ese ha sido uno de mis fuertes en la vida: el determinismo. Saber que cuando decido algo, me gusta adoptarlo como parte de mi identidad e incorporarlo a mi día a día. Así me convertí en un lector asiduo, así estoy trabajando en una personalidad escritora, así estoy desarrollando empatía interpersonal y otras habilidades blandas de las que no quiero hablar todavía.

Desconecto los audífonos y me levanto por un chocolate caliente y un envuelto mexicano. Resulta que, como dije hace un momento, sigo investigando cuáles son aquellos alimentos que no provocan incomodidad a mi organismo y he ido aprendiendo a filtrar poco a poco. Obvio, es un trabajo para toda la vida. Sé perfectamente que mi decisión de un día o una semana no es nada en comparación con una vida de malos hábitos alimenticios, pero mejor empezar algún día que jamás hacerlo. Y cuando ya sabes qué es lo que no le agrada a tu cuerpo, entiendes que, en vísperas de darle un mejor trato, hay que evitar ciertas cosas. Eso aplica para actitudes, compañías y gustos; no solamente para lo ingerido.

Recién he aprendido que mi satisfacción personal al final del día viene acompañada de haber tomado decisiones decentes durante las horas que estuve despierto; con el cuerpo sin dolencias y la cabeza tranquila. Eso definitivamente lo vale todo. Te coloca en un punto de comprensión del entorno más completo de lo que imaginas.

Pero bueno, no vengo aquí a dar clases de lo bien que se siente no contaminar tu propio cuerpo cuando estamos rodeados de elementos, eventos e intenciones que, sin darnos cuenta, provocan justo lo contrario.

Ésta cosa está picante, perdón. Me enchilé un poco. Igual es interesante. Le doy un sorbo a mi chocolate. Muy rico. Dulce, eso sí, pero estoy investigando si la leche de coco es la que me provoca incomodidad o la cafeína. Con ese propósito me lo pedí.

Ya sé qué agregar a mi herramienta. Mientras degustaba el último bocado lo deduje. Será una sorpresa, pero me encantará conseguirlo.

Y bien, para cerrar, solo queda comentar que el día se define a partir de las múltiples decisiones minúsculas que tomamos. Si optamos por las mejores o, como dije antes, por las decentes, al menos en aquello que esté dentro de nuestro control, estamos del lado correcto de la narrativa.



 Esto es una entrada escrita desde mi nuevo procesador de textos extremadamente minimalista llamado "noted".

La explicación de la herramienta es sencilla. Estoy cansado de los procesadores de texto modernos y de los notepads que intentan convertirse en centros de comando para toda tu vida. Ya no sé si quieren ayudarme a escribir, administrar proyectos, gestionar equipos de trabajo o llevar la contabilidad de una pequeña empresa. Lo único que sé es que cada nueva función parece competir por mi atención.

Yo solo quería escribir.

Quería un espacio donde las palabras aparecieran una detrás de otra. Un lugar donde pudiera sentarme frente al teclado y pensar. Nada más.

Por eso decidí crear algo propio.

Noted no pretende revolucionar nada. No intenta convertirse en la próxima aplicación indispensable para la productividad. No tiene una lista interminable de características. No tiene paneles laterales, plantillas inteligentes, sistemas complejos de organización ni elementos que busquen impresionar a nadie.

Es una hoja oscura con texto claro.

Y para mí, eso es suficiente.

He removido prácticamente todo. Dejé una fuente monospace porque me gusta la sensación de estar frente a una máquina cuya única responsabilidad consiste en registrar ideas. Cambié el fondo a negro. Elegí un gris suave para las letras. Eliminé aquello que no contribuía al acto de escribir.

El resultado me encanta.

Abro la aplicación y encuentro exactamente lo que esperaba encontrar: nada.

Nada que me distraiga.

Nada que me pida configurar algo.

Nada que reclame atención.

Solo un cursor esperando.

Mientras la construía, me di cuenta de que la herramienta se parecía mucho más a mí de lo que imaginaba.

Hace algunos años habría intentado agregar funciones. Habría buscado hacerla más completa, más poderosa, más impresionante. Habría confundido complejidad con calidad.

Hoy no.

Hoy me encuentro recorriendo el camino opuesto.

Cada vez me interesa menos acumular y cada vez me interesa más seleccionar.

Eso ocurre con la aplicación.

Eso ocurre con mi alimentación.

Eso ocurre con mis hábitos.

Incluso ocurre con las personas con las que comparto mi tiempo.

Desde hace meses he simplificado muchas cosas. Mi alimentación, por ejemplo, se ha vuelto mucho más básica de lo que era antes. Proteínas. Algunas verduras. Bebidas sin azúcar. Menos ingredientes. Menos experimentos. Menos ruido.

Cuando lo explico, algunas personas parecen interpretarlo como una limitación. Yo lo veo de otra manera.

Cuando descubres qué cosas te aportan valor, dejas de sentir la necesidad de llenar el espacio con alternativas.

No necesito cincuenta opciones para desayunar.

No necesito cien aplicaciones abiertas al mismo tiempo.

No necesito convertir cada aspecto de mi vida en un catálogo infinito de posibilidades.

La abundancia tiene virtudes, pero también tiene costos.

Elegir cansa.

Comparar cansa.

Evaluar cansa.

Dudar cansa.

Hay una tranquilidad peculiar en encontrar algo que funciona y permanecer ahí el tiempo suficiente para conocerlo bien.

Quizá por eso disfruto tanto esta pequeña aplicación.

No porque sea extraordinaria.

No porque represente algún logro técnico impresionante.

La disfruto porque me recuerda una idea que cada año parece cobrar más fuerza dentro de mí: muchas veces el progreso no consiste en agregar algo nuevo, sino en remover aquello que estorba.

Pienso en eso cuando miro hacia atrás.

Cada decisión que he tomado ha dejado una marca en el presente que habito. Algunas decisiones fueron buenas. Otras no tanto. Algunas nacieron de la disciplina y otras de la necedad. Varias surgieron del miedo. Otras de la esperanza.

Todas terminaron construyendo una parte de quien soy.

No lo digo con orgullo ni con arrepentimiento.

Lo digo con curiosidad.

Me gusta observar mi propia historia y descubrir cómo llegué aquí. Qué hábitos sobrevivieron. Qué ideas desaparecieron. Qué cosas consideraba importantes hace diez años y cuáles siguen teniendo valor hoy.

Hay algo extraño en hacerse mayor.

Comienzas a notar patrones.

Comienzas a entender que muchas respuestas ya estaban frente a ti desde hace tiempo.

Comienzas a aceptar que la vida rara vez se transforma por un acontecimiento espectacular. La mayoría de los cambios importantes nacen de pequeñas decisiones repetidas durante años.

Quizá "noted" sea una de esas decisiones pequeñas.

Quizá dentro de unos meses deje de usarlo.

Quizá evolucione y se convierta en algo distinto.

O quizá permanezca exactamente igual.

Por ahora cumple su propósito.

Me permite sentarme frente a una pantalla vacía y recordar que, cuando eliminas suficiente ruido, todavía puedes escuchar tus propios pensamientos.

Y en estos tiempos, eso ya me parece bastante valioso.



Noted

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 Esto es una entrada escrita desde mi nuevo procesador de textos extremadamente minimalista llamado "noted". La explicación de la ...

 ¿Cuánto tardas en resetear tu pensamiento y forma de vida? Hay dependencias, vicios, costumbres y hábitos que cargamos todos los días sin darnos cuenta de que están ahí, hasta que algo pasa. Hasta que el cuerpo resiente. Hasta que aparece un cambio. A veces es algo positivo; otras, una incomodidad, un dolor o una molestia. Y así, el mismo cuerpo termina diciéndonos cuando no se siente bien con la vida que le hemos venido dando.

Ayer me topé con un video en el que me retaban a irme a caminar sin audífonos, sin celular y sin distractores durante diez kilómetros. Hice un cálculo rápido de hasta dónde serían aproximadamente cinco kilómetros y pensé: de ida y vuelta lo consigo, va. Me convencí.

Para mayor certeza dejé el celular en casa. Tomé un par de vasos grandes de agua antes de salir y decidí no llevar tampoco cartera ni dinero. Éramos mis llaves y yo contra un interesante trayecto por recorrer.

Dios, qué horror darme cuenta de lo pobre de mi condición física. Quizá había recorrido dos terceras partes del trayecto cuando empecé a ver mi suerte. Estaba sudando a chorros, la visión comenzaba a ponerse un poco borrosa y el cansancio ya era evidente.

Tengo que decir que en ese tramo me tocaron dos pendientes bastante pesadas, cerca de un kilómetro acumulado de subida. Para alguien con sobrepeso —u obesidad, según se perciba— que no había andado por terrenos así más allá de unos cuantos metros, aquello se volvió un verdadero reto. Lo sufrí. Estaba, como diríamos en mi adolescencia, "bofeado".

La pasé mal durante buena parte del último tramo. Sin embargo, no me detuve. Cuando llegué a la cima de esa sección, sabía que el resto del camino era más parejo. Empecé a decirme: "tú puedes, Carlos", "despacio, no hay ninguna prisa". Bajé el ritmo. Mi corazón comenzó a relajarse, recuperé el aire y seguí caminando mientras respiraba con profundidad.

Finalmente tuve una pequeña victoria. No solo porque conseguí llegar a casa casi en una pieza —la verdad llegué directo a comer y a beber agua—, sino porque en el último pedazo de la caminata di una carrera de unos doscientos metros.

¿Cuánto tiempo tenía sin que el cuerpo me diera para un sprint?

La lluvia se había soltado sobre la ciudad y era correr o llegar hecho una sopa. Además, agradecí a Dios que la temperatura bajara un par de grados, que la humedad aumentara y que las gotas comenzaran a caer justo cuando yo ya estaba sufriendo por el agotamiento, el calor y la falta de agua.

Después de comer algo me metí a bañar y me tiré en la cama para terminar el otro "side quest" con el que me habían retado en ese reel: leer un libro completo en un día.

También lo conseguí.

Finalicé la jornada durmiendo como rey. En el piso, porque después de un rato en la cama empezó a darme calor. Me desperté a la mañana siguiente con esa sensación de haber recuperado una parte de mí que estaba bloqueada y con la certeza de que había cometido un error al no llevar agua ni dinero durante la caminata.

Pero bueno, como reto personal, se logró.

Y más allá de la distancia recorrida, del libro terminado o de la lluvia que me obligó a correr los últimos metros, me quedó algo más útil: recordarme que todavía soy capaz de exigirme un poco más de lo que creo. Que cuando me propongo hacer algo y lo sostengo con convicción, suelo encontrar la forma de conseguirlo. Y que, de vez en cuando, basta una caminata larga para descubrir cosas sobre uno mismo que llevaban demasiado tiempo esperando ser escuchadas.



Caminata

Por
 ¿Cuánto tardas en resetear tu pensamiento y forma de vida? Hay dependencias, vicios, costumbres y hábitos que cargamos todos los días sin d...

 Estaba a punto de escribir algo en relación con mi situación actual, aquella que no debería venir a exponer acá. Me detuve en seco. Un segundo pensamiento me invadió. Claro que ver una película es una experiencia interesante. Cambiando de tema, por decir algo.

Mis dedos se mueven al ritmo de las canciones que escucho en los audífonos. Disfruto las bellezas de la vida. A veces solo, a veces acompañado, como mañana, quizá, cuando tenga familiares de visita. No sé qué sentir, si me lo preguntas. Las expectativas son mínimas y, aun así, el tema del orden en la casa, la limpieza y los pequeños pendientes me hace ruido. No un ruido desconcertante. Más bien uno que requiere algo de atención.

Hablando del ruido que me rodea, no estoy escuchándolo. La canción me invita a viajar, a un mundo ficticio de temores y colores. No sé por qué las emociones consideradas negativas suelen colocarse en la otra orilla del espectro cuando, en realidad, todas forman parte de una misma visión del entorno.

Y una mujer de cabello rubio teñido se ha sentado a dos metros de distancia, frente a mí. Es más llamativa de lo que pensé al verla entrar. Camiseta negra con detalles blancos en cuello y mangas, ojos claros, abundante maquillaje —para mi gusto personal—, jeans grises y tenis blancos. En conjunto se ve bastante bien. Trae un matcha de esos de color verde y se come uno de los envueltos que venden en Starbucks mientras habla por teléfono. A veces cruza miradas conmigo, casi como si divisara un espectro en el horizonte.

Al desconectar para concentrarme en lo que escribo, el mundo sigue su curso. Sin ponerme filosófico, sin intenciones rebuscadas. Los jueves por la tarde la plaza suele estar repleta de mujeres atractivas. No pregunten cómo lo sé. Simplemente lo sé.

De momento he visto pasar algunas mujeres guapas. Agradezco la oportunidad de estar aquí y disfrutar de tan agradables vistas mientras me hundo en la silla a escribir sobre mi día, sobre lo simple de la existencia o sobre el hecho de que una mujer de tez blanca, vestido negro y mirada ingenua puede ser lo más espectacular que atraviese mi campo visual a lo largo de la jornada. Sigo.

Es curioso cómo gran parte de lo que ocurre a mi alrededor existe gracias al mismo sistema que tantas personas disfrutan criticar. La cafetería, la plaza, las tiendas, la ropa que viste la gente, las bebidas sobre las mesas, los teléfonos en las manos de casi todos. Hay que aprender a perderle el miedo al capitalismo. Al final estamos rodeados por él y no hay mucho que podamos hacer al respecto si pretendemos evitar morir de hambre.

Cuesta trabajo entender que las reglas de la existencia provienen de mucho más arriba de donde nos encontramos. Resulta más sencillo revolcarse en la miseria, sufrir por las carencias —que a todos nos sucede— y culpar a cualquier cosa que aparezca a la vista. Pero tarde o temprano descubres que debes aprender a montar a la bestia o terminarás debajo de ella. Y no queremos que eso suceda. Ni a mí ni a nadie de los que me rodean.

La vida sin herramientas tal vez no sea nada. Sin embargo, cuando aprendes a programar en Notepad, cuando no le temes a redactar directo sobre una hoja en blanco, cuando te sobrepones a una vida sin redes sociales, asistentes virtuales, inteligencias artificiales, agentes que codifican por ti, entornos de desarrollo prediseñados, música o contenido en streaming, descubres algo importante.

Te descubres a ti mismo.

Te vuelves tú solo frente al mundo moderno y entiendes que eres mucho más grande que los vicios y las vicisitudes contemporáneas.

Te vuelves más grande que la lectura de un simple libro o que un contacto al que llamas por teléfono. Trasciendes los miedos cultivados por no formar parte de tendencias o modas. Superas el FOMO, el contexto interpersonal, las estructuras hechas a la medida, el mercado de consumo y toda la basura que permanece ahí, disputándote la atención.

Porque lo que de verdad importa sigue siendo lo mismo.

Tu capacidad de producir.

Sin ayuda.

Sin aplausos.

Sin recompensa inmediata.

Únicamente por el placer de hacerlo.

Y saber que puedes con eso te coloca en un lugar especial, donde apenas unos pocos logran habitar. En paz contigo mismo. Con tu mente. Con tu historia de vida. Con tus habilidades. Con tu entorno. Con tus pensamientos. Con la simplicidad de tu existencia.

Lo cual es arte en su estado más puro y genuino.



 Las campanadas de la iglesia resuenan a una cuadra de distancia. Más allá, otras iglesias parecen responderles en sincronía. Dentro del local, la música suena a un volumen considerable. Afuera, al pie de la calle, pasan coches con sus propias canciones compitiendo por dominar el ambiente. Cerca de mí, una chica sostiene una videollamada con su madre; ambas elevan la voz para vencer los problemas de conexión. Frente a mí, una familia entera mantiene una discusión apasionada donde cada integrante intenta hacerse escuchar por encima de los demás.

¿En dónde estoy?

¿Y por qué de repente me está provocando tanta incomodidad el ruido del entorno?

Mi primera reacción es culpar a todo lo que me rodea. Es fácil hacerlo. Cuando uno se siente mal, resulta tentador buscar responsables en el paisaje. Convertir cada sonido en una agresión. Cada interrupción en una prueba de que algo está fuera de lugar.

Pero conforme pasan los minutos empiezo a cuestionar mi propio diagnóstico.

Las campanadas dejaron de sonar después de un minuto.

La chica de la videollamada probablemente lleva días o semanas sin ver a su familia y encontró en el domingo por la tarde el momento para ponerse al corriente con ellos.

La familia no está peleando. Bueno, quizá sí un poco. Pero también se nota que están disfrutando la comida y la compañía mutua. Como detalle adicional, después de observarlos unos segundos, debo admitir que aquí son muy bonitas las señoras. Se nota que en sus años de juventud debieron llamar bastante la atención.

Sigo.

Es cierto que pasan coches ruidosos, pero sucede de forma esporádica. Mucho menos frecuente de lo que mi molestia inicial me hizo creer.

Y la música. Bueno, la música está reproduciendo canciones que no me gustan. Eso no la convierte en un problema. El desagrado también es un sesgo.

Entonces empiezo a sospechar que el ruido no es el verdadero asunto.

Lo que está pasando en realidad es que tengo sueño.

Me siento agotado.

El sol ha hecho mella en mí durante buena parte del día y eso, combinado con los problemas para dormir de la noche anterior, terminó por provocarme dolor de cabeza. Mi cuerpo está cansado y mi mente está utilizando todo lo que ocurre alrededor para justificar ese malestar.

El mundo no cambió.

El que cambió fui yo.

Necesito respirar más. Tomarme las cosas con calma. Evitar que el entorno me consuma y que el estrés me convenza de que todo está mal cuando quizá lo único que necesito es descansar.

Tomo un sorbo profundo de mi bebida.

Un cold brew tonic de cítricos.

Extremadamente refrescante.

Suspiro.

Hay otro fenómeno curioso que he experimentado durante estos días. La cantidad de personas que me han abordado en la calle para pedir dinero.

Entre quienes aseguran estar enfermos, quienes dicen no tener para comer y quienes simplemente piden porque sí, calculo que al menos unas doce personas se me han acercado durante los últimos dos días. Entre una historia y otra, probablemente me han sacado cerca de trescientos pesos.

Y es que tengo corazón de pollo.

Me resulta demasiado fácil creer lo que me cuenta la gente cuando parecen sinceros. Sobre todo cuando hablan de enfermedad, hambre o dificultades económicas. Algo dentro de mí siempre quiere pensar que están diciendo la verdad.

No menciono esto para parecer generoso.

Mi generosidad no se mide por la cantidad de dinero que entrego en una banqueta.

Sí me considero una persona generosa, pero hay una diferencia entre dar porque uno quiere hacerlo y dar porque alguien encontró la forma de exprimir esa parte sensible de uno mismo.

Tampoco lo digo con desprecio hacia quienes piden ayuda. Al contrario. La empatía es precisamente lo que me impulsa a ayudarlos cuando puedo.

Lo menciono porque forma parte de la experiencia.

Porque, igual que el ruido, son pequeñas demandas constantes de atención.

Historias.

Rostros.

Peticiones.

Voces.

Todo reclamando un poco de espacio dentro de mi cabeza.

Otro sorbito.

Qué deliciosa sabe esta cosa.

Poco a poco me he ido metiendo tanto en lo que ocurre dentro de mi propia burbuja que he empezado a ignorar buena parte de lo que sucede alrededor.

Y quizá esa sea una habilidad importante.

No porque el mundo exterior carezca de valor, sino porque hay días en los que uno necesita distinguir entre lo que realmente está ocurriendo afuera y lo que está ocurriendo dentro de uno mismo.

Mientras menos permita que el ruido de afuera determine mi estado de ánimo, más energía tendré para cuidar lo que sucede aquí adentro.



 ¿Es la vida una ficción sobrecargada? ¿Y lo que asumimos como realidad no es más que un conjunto de eventos aleatorios que se escapan de cualquier narrativa que intentamos imponerles?

No es una pregunta que me robe el sueño. Al final, de lo que se trata es de entender que el alcance de nuestra influencia termina por definir los límites de nuestra propia vida. Por esa razón, la existencia puede ser tan inmensa o tan sencilla como cada quien decida verla.

Empecé a escribir con la intención de llegar a viejo, pero muy viejo, y sentarme en cualquier lugar a leerme para pasar el rato. Por distracción, por afición a la lectura o por simple entretenimiento. Porque cuando uno llega a cierta edad, si llega solo —que es como muchas veces se llega— descubre que el resto del mundo ha seguido avanzando. Las costumbres cambian, las referencias desaparecen y la forma misma de vivir se transforma hasta volverte un extraño en el tiempo que te toca habitar.

Quizá por eso me gusta creer en el sueño de tener mi propio lugar. Un espacio con mis propias cosas, con acceso a todo lo necesario para vivir con comodidad, con ingresos suficientes y retornos de inversión que me permitan dedicarme a aquello que más disfruto: leer y escribir.

Soy un romántico de la literatura y la belleza. Más que un filósofo de recámara o un autor de café, me considero alguien que celebra los pequeños momentos. Una persona que encuentra significado en las conexiones humanas, que intenta entenderse primero a sí misma para después ocupar un lugar dentro del entorno que la rodea.

Y bajo esa premisa, establecer límites interpersonales resulta importante. Porque si dependiera de mí, podría convertirme en un verdadero dictador de la atención, en un representante del control o en un doctor honorario del mundo de la opinión. Pero no soy nada de eso. Solo soy un ser humano tratando de entender su propia vida, cometiendo errores como cualquiera, descargando frustraciones contra sus miedos y tropezando una y otra vez con sus propios vicios.

Esa insignificancia termina por volverme parte de aquello que algunas veces señalo y otras simplemente envidio. Porque el deseo de pertenecer, de pasar desapercibido, de llegar a un lugar, pedir algo para tomar y sentarme a escribir durante un rato sigue siendo una de las motivaciones de cada mañana.

Lo curioso es que aquello que más me aleja de los demás dentro de un microcontexto social suele ser también lo que más me conecta con ellos. Las palabras que aparecen en mi mente sin previo aviso, las historias improvisadas que construyo mientras espero mi turno para ordenar un café, las observaciones fugaces sobre la gente que entra y sale del lugar.

Ver pasar a un par de mujeres esplendorosas de ojos azules en la fila, en la plenitud de su juventud, imaginar quiénes son, qué hacen, qué las preocupa o qué las ilusiona, no me vuelve distinto. Me vuelve humano. Al final, todos vivimos rodeados de desconocidos y todos intentamos completar, con fragmentos e intuiciones, las historias que nunca llegaremos a conocer por completo.



 Tengo una necesidad que no había considerado en el pasado reciente. Una que había venido postergando porque suelo moverme en entornos muy pequeños. Sin embargo, cuando sales de tu zona de confort, descubres que estaba ahí desde antes, esperando hacerse notar.

Viajar tiene una cualidad curiosa. Uno piensa que va a desconectarse, pero lo primero que termina observando son las comodidades y los privilegios que forman parte de la vida cotidiana. Más que desconectar, aparece el efecto de la carencia. Empiezas a notar todo aquello que normalmente das por sentado: un lugar donde sentirte cómodo, una rutina conocida, una forma sencilla de moverte de un punto a otro.

Y precisamente a eso quería llegar con esta publicación.

Estoy en un lugar que visito por tercera vez en mi vida. Las dos ocasiones anteriores fueron tan limitadas que ni siquiera pude alejarme más de una manzana. Esta vez fue diferente. Tuve la oportunidad de recorrer más calles, conocer algunos sitios interesantes y acercarme un poco a la cultura local. Eso, por sí solo, hizo que el viaje valiera la pena.

Aun así, hubo algo que no terminó de encajar.

El calor hizo mella en mí desde muy temprano y, para ser sincero, ya tengo ganas de volver a casa. Dormir aquí ha sido una experiencia complicada. Las dos noches terminé tirado en el piso porque la cama parecía un comal. Son detalles pequeños cuando los ves por separado, pero cuando se acumulan terminan influyendo bastante en la experiencia general.

Fue ahí donde apareció una idea que jamás había considerado con verdadera seriedad.

Un coche resolvería buena parte de esos inconvenientes.

Cuando dependes de caminar o de servicios de transporte ajenos, terminas condicionando muchas decisiones. Rentas cerca del centro porque necesitas tener todo al alcance. Calculas rutas, horarios y distancias. Y aunque esta es una ciudad relativamente pequeña, donde tomar un taxi probablemente no sea un problema mayor, ciertas experiencias pasadas siguen ahí, recordándome que conviene pensar dos veces antes de depender por completo del transporte público o de terceros.

En términos generales, esta visita fue mucho mejor que las anteriores. Conocí más lugares, entendí un poco mejor el entorno y tuve una experiencia mucho más completa. Sin embargo, también comprendí algo importante: si realmente quiero mimetizarme con un lugar, necesito más tiempo y más libertad de movimiento.

Probablemente tendría que rentar un sitio durante al menos una semana. Vivir unos días sin prisas. Comprar donde compran los habitantes locales. Caminar por calles que no aparecen en las recomendaciones turísticas. Sentarme en cafés cualquiera y observar la vida pasar. Y para lograrlo, también necesitaría una forma segura y cómoda de trasladarme.

Por eso creo que, por primera vez en mi vida, siento un deseo genuino de adquirir un coche propio. No como símbolo de estatus ni como una meta aspiracional. Lo veo como una herramienta.

Tal vez ocurra a finales de este año. Tal vez el siguiente. Todo dependerá de cómo sonrían la vida y las finanzas. Pero la idea ya quedó anotada en mi lista mental de pendientes. Porque este fin de semana me mostró un bloqueo que nunca había percibido con claridad y, al mismo tiempo, me enseñó una posible solución.

Mis pies seguirán siendo mi medio favorito de transporte. Eso no cambia. Caminar sigue siendo una de las formas más agradables de conocer un lugar.

Lo único que busco es contar con una alternativa cuando el sol parece empeñado en derretir las neuronas dentro de mi cabeza, o cuando necesito moverme de noche por sitios que no forman parte de mis entornos de confianza.

Porque el mundo quizá defina el éxito por las posesiones que tienes.

Yo lo defino de otra forma.

Para mí, el éxito consiste en sentirme pleno. Tener estabilidad emocional, salud física, tranquilidad financiera, curiosidad intelectual y la cercanía de las personas que quiero. Consiste en despertar en paz conmigo mismo, sin importar dónde esté. Consiste en abrir los ojos cualquier domingo por la mañana, en cualquier parte del mundo, y poder escribir, con absoluta honestidad, lo agradecido que estoy con el Cielo por permitirme seguir con vida.



Un Coche

Por
 Tengo una necesidad que no había considerado en el pasado reciente. Una que había venido postergando porque suelo moverme en entornos muy p...

 Me comprometí a completar mi propósito de escritura para el resto del año durante este mes porque los números ya no daban. Había llegado a ese punto incómodo en el que uno revisa sus metas y descubre que el calendario avanza más rápido que los resultados.

Por fortuna, el esfuerzo rindió frutos.

Logré alcanzar, en términos porcentuales, el punto donde quería estar al finalizar el mes. No significa que el trabajo esté terminado, pero sí que recuperé terreno. La estrategia de enfocarme primero en aquellos objetivos que me resultan más accesibles terminó funcionando mucho mejor de lo que esperaba.

A veces uno piensa que el camino correcto consiste en atacar primero los retos más difíciles. En mi caso ocurrió lo contrario. Necesitaba acumular victorias, generar impulso y demostrarme que todavía era capaz de mover la aguja.

Ahora viene la siguiente etapa.

Para continuar avanzando tendré que reducir un poco la frecuencia de las publicaciones por aquí. No desaparecer, porque escribir sigue siendo lo más importante para mí, pero sí liberar algo de tiempo para concentrarme en el siguiente propósito según su nivel de dificultad.

Desde mi perspectiva, ese propósito es leer cincuenta libros en el año.

Cuando lo pienso en frío, me resulta curioso que una meta tan ligada al placer termine sintiéndose como una montaña. Tal vez porque leer exige algo que cada vez parece más escaso: atención sostenida. No basta con encontrar tiempo; también hay que llegar al libro con la mente disponible.

Mientras reflexiono sobre todo eso, me doy cuenta de que hay dos elementos que considero fundamentales para sentir que mi vida funciona.

Agua limpia y aire acondicionado.

Puede sonar exagerado, pero después de pasar unos días fuera de casa he terminado convencido de ello.

El agua limpia es la que sale filtrada por la regadera. Es la diferencia entre sentir que mi cabello permanece limpio durante el día o notar esa sensación desagradable de grasa pocas horas después. Es uno de esos pequeños lujos que dejan de percibirse cuando están presentes y se vuelven evidentes apenas desaparecen.

El aire acondicionado cumple una función todavía más importante.

Con los calores que hemos tenido durante los últimos años, dormir sin él se ha convertido en una batalla. El aire acondicionado no representa comodidad; representa descanso. Representa la posibilidad de cerrar los ojos y recuperar energía para el día siguiente.

Este fin de semana, lejos de casa, me recordó cuánto dependo de ambas cosas.

Y precisamente por eso hay un asunto que llevo semanas postergando.

La presión del agua en casa es terrible.

La regadera funciona, pero el agua cae con tan poca fuerza que cada baño termina convirtiéndose en un ejercicio de paciencia. Sé exactamente lo que tengo que hacer. Hay que llamar a mantenimiento, revisar las tuberías y descartar que exista alguna obstrucción.

No es un misterio.

No es un problema complejo.

Simplemente lo he estado dejando para después.

El próximo fin de semana vendrán mis padres de visita y eso elimina gran parte de mi margen para seguir ignorándolo. Tendré que explicarles la situación o resolverla antes de que lleguen. Si soy honesto, preferiría la segunda opción.

Quizá ese detalle resume bastante bien cómo se sienten mis últimos meses.

Voy resolviendo una cosa cuando ya apareció otra.

Intento ahorrar algo de dinero y surge un gasto inesperado.

Recupero el ritmo en un proyecto y descubro que otro necesita atención urgente.

Avanzo en una meta y aparece una tarea doméstica que lleva demasiado tiempo esperando.

No se trata de una tragedia. Supongo que así funciona la vida adulta para muchas personas. Sin embargo, hay días en que uno siente que mantiene varios platos girando al mismo tiempo, esperando que ninguno caiga al suelo.

Mañana regreso a casa.

Y la verdad es que ya me hace falta.

Me urge dormir bien.

Me urge recuperar mi rutina de alimentación.

Me urge no despertar empapado en sudor a mitad de la noche.

Me urge darme un baño largo con agua que se sienta limpia.

Me urge encender el aire acondicionado de mi habitación en plena tarde y dejar que el calor se quede del otro lado de la ventana.

Me urge acostarme desnudo en la cama con un libro entre las manos y leer hasta que la luz del día comience a desaparecer.

Hay metas grandes que ocupan buena parte de mis pensamientos.

Pero este fin de semana me recordó que la felicidad cotidiana suele depender de cosas mucho más pequeñas.

A veces basta con una buena ducha, una habitación fresca y una noche completa de sueño para sentir que el mundo vuelve a estar en orden.



Agua Y Aire

Por
 Me comprometí a completar mi propósito de escritura para el resto del año durante este mes porque los números ya no daban. Había llegado a ...

 Cómo evoluciona la vida, de maneras tan curiosas.

Estoy de viaje en un lugar al que llegué casi por decisión aleatoria. En la empresa de transportes se equivocaron con mi último boleto y, como reembolso, me dieron uno abierto para cuando quisiera utilizarlo.

Pues bien, hace rato, mientras bebía una limonada por el Centro, caminó a apenas dos metros de mí quien llegué a considerar mi mayor hater de toda la vida. Esa persona que me deseaba lo peor y me insultaba de forma desmedida porque me consideraba miserable.

Y qué interesante lo minúsculos que terminan volviéndose nuestros problemas cuando los vemos de frente. No hablo en sentido literal, sino figurado. Cómo una mujer que primero me pareció bastante atractiva, pero que después llegó a inspirarme miedo en algún punto de la vida, hoy se percibió apenas como un recuerdo agradable del pasado.

Me parece sorprendente la capacidad que tiene el cerebro para reajustarse cuando experimenta la realidad. No todo es horrible, no todas son malas noticias y, definitivamente, no todas las personas nos detestan. La verdad sea dicha: muchas simplemente nos ignoran y siguen con sus vidas. Y eso es fantástico, porque a veces le damos demasiado peso a la opinión de alguien que probablemente, dentro de diez años, ni siquiera recordará lo que un día nos dijo o nos hizo.

No sabía si escribir esto, porque la razón de mi viaje no tenía nada que ver con esa persona. Sin embargo, narrar lo sucedido cumple una función de cierre para una etapa que viví hace mucho tiempo. Dicho sea de paso, verla me produjo una alegría interior y nostalgia que no podía pasar por alto.

Eso es lo fantástico del perdón. Cuando se ofrece con sinceridad, no hace falta esperar nada a cambio. El curso mismo de la existencia acomoda las piezas y nos permite enterarnos, de forma directa o indirecta, de cómo están aquellos que alguna vez nos hirieron.

Pienso en quienes me han estafado, en quienes me han insultado sin merecerlo —porque también hay ocasiones en las que uno sí lo merece—, en quienes me han humillado, me han herido o me han roto el corazón. Y pienso en cómo la vida termina encargándose de esas historias, no yo.

Yo siempre desearé que nuestras vidas encuentren caminos que nos permitan estar mejor. Soy consciente de que actuamos según el lugar en el que nos encontramos y según cómo nos sentimos en el momento. Todos hemos sido impulsivos alguna vez. Todos hemos ofendido a alguien. Lo mejor es no navegar con la piedra en la mano, porque seríamos los primeros en ser apedreados.

No tenía una persona ni una razón específica para estar acá. Salvo aquel error que mencioné algunos párrafos atrás, una experiencia previa bastante deplorable —llovió, se fue la luz, una bebida me hizo daño y terminé regresando de inmediato; ya les conté esa historia el otro día— y las ganas de desconectarme un poco de mi entorno habitual.

Pero miren cuál terminó siendo la sorpresa.

Un cierre simbólico para una historia que llevaba años guardada en el baúl de los recuerdos.

Una mujer hermosa detestándome, en un punto de mi vida en el que sigo luchando contra algo dentro de mí, que irónicamente podría ser cualquier día de mi vida.



 Quería ponerme a descansar hoy. Llegué al hospedaje, me tiré en la cama, encendí el ventilador y cometí un error bastante predecible: descargar aplicaciones sociales.

Uno abre una de esas cosas para matar cinco minutos y, cuando vuelve a levantar la vista, ya no sabe bien qué pasó con la última media hora. Videos cortos, fotografías, gente opinando sobre temas que jamás me habían interesado y que probablemente volverán a resultarme irrelevantes mañana. Nada nuevo bajo el sol.

Al final aparté el celular, lo dejé lejos de la cama, abrí el procesador de textos y decidí escribir un poco. Nada complejo. Nada que me consuma demasiado tiempo. Solo registrar algunas ideas antes de salir.

En mi plan para reducir cortisol todavía hay tareas pendientes. Necesito retirar dinero, ya que durante el día no se ha podido. Después bajaré al Centro. Tal vez cene unos tacos. Tal vez termine en algún restaurante local. Todavía no lo decido.

La persona que me hospeda me envió una lista de recomendaciones. Ahí están La Finca del Bife, a donde fui hace dos semanas, La Rinconada y Santo Remedio. También un sitio llamado Terrescalli, desde donde, según me dicen, se puede ver toda la ciudad. Los nombres quedaron abiertos en una pestaña del navegador mientras yo seguía acostado, como si fueran posibles versiones de la noche esperando ser elegidas.

Por lo pronto sigo aquí, mientras el ventilador mueve el aire caliente de una esquina a otra de la habitación. La ventana deja entrar el ruido de la calle. No es un ruido molesto. Es el ruido normal de una ciudad que continúa funcionando sin pedirme permiso. Un motor lejano. Una conversación que no alcanzo a entender. Una puerta que se cierra. La vida cotidiana de personas que jamás volveré a ver.

El solo hecho de dejar que el tiempo pase mientras sigo enviando indicaciones de modelado a la herramienta en la que trabajo es una dicha que pocos entienden. Hay algo extraño en eso. Hace algunos años habría parecido una escena absurda. Un hombre acostado en una habitación desconocida, conversando con sistemas que no existen físicamente, refinando ideas que tampoco son tangibles. Sin embargo, para mí tiene sentido.

Pienso que una parte importante de la tranquilidad consiste en no tener que justificar constantemente aquello que nos gusta hacer.

Tirado en la cama, en un lugar donde jamás había estado, conectando con mi soledad —como si no lo hiciera todos los días en casa—, me doy cuenta de que la diferencia no está en estar acompañado o no. La diferencia está en el contexto.

Nadie aquí me conoce.

Nadie sabe cuáles son mis rutinas.

Nadie sabe qué cosas me preocupan cuando intento dormir.

Nadie tiene una versión anterior de mí contra la cual compararme.

Soy, en cierto sentido, una persona nueva.

Quizá por eso me gusta llegar a ciudades desconocidas. Durante unas horas uno deja de ser el personaje principal de su propia historia para convertirse en un observador. Nada más.

A las siete bajaré a caminar. Seguramente terminaré frente a la Parroquia en el parque, observando el movimiento de la gente. Tal vez me siente un rato en un Café y vea cómo la tarde se convierte en noche. Quizá termine recorriendo las calles del Centro sin rumbo fijo, mirando fachadas antiguas y tratando de imaginar cuántas generaciones han pasado frente a las mismas puertas.

Me recomendaron visitar el Museo de Arte Sacro, el Rincón de las Capuchinas y la Casa Museo Agustín Rivera. También me hablaron del Templo del Calvario y de una vieja hacienda llamada Sepúlveda. No sé si alcanzaré a ver todo eso. La verdad es que tampoco tengo prisa, y de algunas cosas, ni ganas.

Siempre he pensado que las ciudades hablan.

No lo hacen con palabras. Lo hacen mediante los negocios que sobreviven, las plazas que permanecen llenas, las calles donde todavía hay personas sentadas conversando cuando cae la tarde. Hablan mediante las panaderías que siguen vendiendo pan dulce después de décadas, los cafés que se convierten en puntos de reunión y los restaurantes que un habitante local recomienda sin pensarlo demasiado.

Quizá por eso disfruto caminar sin un objetivo concreto cuando llego a un lugar nuevo. Uno termina aprendiendo cosas que ninguna guía menciona. Descubre qué tan rápido camina la gente, qué temas aparecen en las conversaciones cercanas, cuáles son los sitios donde se reúne la comunidad y cuáles son los rincones que permanecen vacíos.

Y mientras escribo esto, sigo sin decidir dónde cenaré.

Puede que termine en alguno de los lugares que me recomendaron.

Puede que no.

Al final, la comida suele ser una excusa.

Lo que en realidad vine a buscar fue esta sensación extraña de anonimato. La oportunidad de sentarme en una banca, recorrer unas cuantas calles y observar cómo transcurre la vida de otros mientras la mía continúa avanzando a la misma velocidad.



 "¿Puedo quedarme aquí a escribir un rato?" —le pregunté a la mesera, una jovencita de unos veinte años, con la mirada ingenua y una trenza que contenía todo su voluminoso cabello.

Fui al cajero a retirar un poco de dinero en efectivo, porque una de las circunstancias que comúnmente enfrenta uno al salir a "pueblear" es precisamente la necesidad de cargar dinero a la mano para cualquier antojo, gusto o recuerdo que quiera darse.

"Hay problemas de comunicación con el servidor. Por favor, inténtalo más tarde."

No pues gracias, Banco de mi preferencia. No sabes el gusto que me da traer al menos un par de billetes conmigo. La vergüenza que habría experimentado si estuviera dependiendo únicamente de lo que pudiera retirar "al momento".

Todo bien. Me trajeron la cuenta y en el lugar donde me hospedaré ya me preguntaron a qué hora pienso llegar.

"Ya estoy aquí", respondí al mensaje. "El check-in es a las tres y estoy esperando a que se haga la hora para llegar."

No más mensajes de momento, o al menos eso parece.

Me quedaré en el café un rato más. La mesera del lugar me dijo que está bien, y yo prisa, de momento, no traigo. Mi plan para el día es seguir nutriendo de reglas de negocio el último proyecto en el que he venido trabajando. Eso lo puedo hacer desde donde esté.

Bendita tecnología, que nos permite producir desde cualquier lugar. Los límites suelen estar en uno.

Vine a gozarme, a desconectarme un rato. Traje conmigo tres escritos que Chuy quiere que le revise. Los imprimí antes de salir de casa esta mañana para tenerlos en papel y analizarlos con mayor facilidad que a través de una pantalla.

Su "Biblia" del mundo en el que está trabajando es un producto ambicioso y extenso. En cierto sentido, me compartió los documentos para darles un primer vistazo desde una óptica editorial.

Pienso que ése sería un trabajo fantástico para mí: escritor y editor. Aunque, reconociendo mi propio ego, seguramente me pelearía demasiado con textos ajenos, pues es difícil aceptar el talento de otros. Aunque destaque.

Desde esa premisa, preferiría dedicarme únicamente a escribir y programar.

Estoy aquí con la intención de reconectar con una versión más simplificada de mi persona. Una que vea a su alrededor, sin conocer a nadie, y se siga sintiendo parte de un ecosistema que le contiene.

Porque al final, cuando uno vive tan pegado a los dispositivos electrónicos, termina alienándose y dependiendo demasiado de su conectividad, cuando allá afuera, en el parque que está enfrente, o aquí mismo en el restaurante, se desarrollan múltiples vidas.

Es una tarde calurosa. Pedí una bebida que sabe a chicle. No es mala, pero tampoco figura entre mis gustos más exquisitos.

No importa. La decisión ya fue tomada y hay que beberla mientras estemos aquí, alquilando este espacio, redactando frases, en lo que llega la hora de irme al lugar donde me hospedaré esta noche.

Así, entre las hojas impresas con el mundo que escribió Chuy, una bebida de sabor curioso, una mesera simpática, una aplicación bancaria que no funciona y una tarde calurosa, me adentro en este fin de semana.

Espero que sirva para reducir un poco los niveles de cortisol en el cuerpo y recuperar algo de esa autonomía y conexión con el entorno que tanto anhelo mientras vivo expuesto a pantallas durante buena parte del tiempo.



 He podido desplegar mi quinta arquitectura de IA en un entorno de trabajo de principio a fin. Todavía me quedan muchas dudas durante la puesta en marcha de cada una de ellas. Además, he tenido que utilizar herramientas distintas en cada caso. Como experiencia, eso resulta valioso porque obliga a conocer alternativas y enfoques diferentes. Sin embargo, también te hace pensar en la enorme cantidad de opciones que existen en el mercado y en lo limitadas o costosas que pueden resultar algunas soluciones cuando no se cuenta con configuraciones muy específicas.

Lo que más me sorprende es la eficiencia de las propias herramientas para guiarte durante el proceso. Te ayudan a resolver detalles técnicos, te sugieren rutas de implementación, identifican errores y hasta proponen correcciones. En ocasiones parece que el verdadero trabajo consiste en describir el problema con suficiente claridad para que el sistema encuentre el camino adecuado.

Y es ahí donde surge una pregunta incómoda.

Si estas herramientas continúan mejorando al ritmo actual, ¿qué lugar ocuparemos nosotros dentro de unos años?

Salvo por limitaciones físicas, energéticas o por algún obstáculo tecnológico que todavía no alcanzamos a comprender, cada vez me resulta más difícil imaginar cómo competiremos contra sistemas que aprenden, consultan información, generan soluciones y se optimizan a una velocidad imposible para un ser humano. Quizá durante algún tiempo sigamos desempeñando el papel de supervisores. Tal vez seamos quienes definan objetivos, validen resultados o desplieguen los proyectos iniciales. Pero incluso esas tareas parecen reducirse poco a poco.

Aun así, hay algo que me fascina de todo esto.

Sería extraordinario que nosotros, como seres humanos, pudiéramos incorporar parte de la filosofía de programación de los modelos de IA a nuestras propias vidas. Aprendizaje continuo. Optimización de recursos. Mayor capacidad para resolver problemas. Una especie de evolución orientada por la observación y la mejora constante.

A veces me pregunto qué ocurriría si pudiéramos administrarnos como administramos un sistema informático.

Imaginen una mañana cualquiera en la vida de Carlos.

La noche anterior se desveló. Permaneció hasta tarde en una reunión con amistades. Al regresar a casa comenzó una llovizna que refrescó el ambiente. Como suele suceder en esas ocasiones, jamás pensó en llevar un abrigo. Al despertar siente los efectos de la experiencia: congestión nasal, dolor de garganta y ese malestar que anuncia un resfriado.

Carlos abre entonces el editor del modelo integrado en su propia mente.

Observa una consola flotando frente a él.

Manciona:

"Por favor, me siento agripado. Resuelve el problema."

El sistema recibe la solicitud y comienza el diagnóstico.

Primero analiza el estado general del organismo. Después revisa métricas internas, identifica anomalías, consulta módulos especializados y determina el origen exacto del problema. Si resulta necesario, crea entornos de trabajo aislados para realizar pruebas. Ejecuta herramientas de reparación, actualiza componentes biológicos, optimiza procesos metabólicos y fortalece el sistema inmunológico.

Al mismo tiempo, valida que cada modificación produzca el resultado esperado.

Si detecta algún conflicto, revierte los cambios y genera una nueva estrategia.

Cuando todas las pruebas son satisfactorias, despliega la actualización al entorno de producción.

Minutos después, el resfriado desaparece.

La energía vuelve.

La garganta deja de doler.

El cuerpo funciona otra vez al cien por ciento.

Suena absurdo cuando se escribe de esta forma, pero no estoy seguro de que sea una idea tan descabellada.

Quizá dentro de algunas décadas estemos conectados de forma permanente a repositorios remotos. Tal vez exista algún tipo de infraestructura distribuida integrada al cuerpo humano. Un pequeño clúster biológico capaz de balancear cargas, procesar información, coordinar funciones y optimizar recursos en tiempo real.

La verdad es que me encantaría participar en el desarrollo de algo semejante.

Imagino un servicio capaz de mostrar cada variable importante del organismo: niveles hormonales, estado inmunológico, calidad del sueño, procesos de recuperación, indicadores de estrés y cientos de métricas más. Un tablero vivo que permitiera comprender el funcionamiento del cuerpo con la misma claridad con la que hoy observamos el estado de una aplicación en producción.

La ciencia ficción nos ha llenado de historias sobre hardware. Ciborgs. Androides. Exoesqueletos. Mechas. Máquinas cada vez más grandes y complejas.

Yo, en cambio, sospecho que la verdadera revolución podría estar en el software.

El software posee una capacidad de adaptación extraordinaria. Puede evolucionar sin modificar su contenedor. Puede mejorar de forma continua. Puede reducirse hasta ocupar espacios casi imperceptibles. Y cuando está bien diseñado, logra resultados que parecerían imposibles desde la perspectiva del hardware tradicional.

Quizá estoy escribiendo locuras.

O quizá estoy describiendo una tecnología que todavía no existe.

En cualquier caso, empiezo a pensar que debería escribir una historia sobre algo así.



 En un mundo de toxicidad rodeándonos todo el tiempo —la contaminación, la sobreexposición a tecnologías que desconocemos, los mecanismos de control establecidos, el miedo a la crisis y las constantes catástrofes— detenerse un poco a meditar cada mañana puede hacer la diferencia.

Es una dicha poder darte cuenta de dónde estás parado. Comprender que hay situaciones que se escapan de tus manos y que, en cuanto a lo que te rodea, por grande que pueda parecer, tu mundo termina siendo pequeñito.

Estoy sentado aquí, en el café, con un cold brew sobre la mesa. Pongo mi esperanza en que no me haga daño como la última vez que bebí un latte con café normal. Eso sí, esta mañana comí un par de cosas antes de venir. Según recuerdo, aquella vez el café fue lo primero que cayó en mi estómago, y los estragos comenzaron apenas la bebida se asentó en mi cuerpo.

Hablando de este lugar, tengo la costumbre de mover la silla para quedar viendo hacia la cristalería que separa el establecimiento de la terraza. A veces “mi” silla —la del rincón— la dejan orientada hacia el baño, y la volteo porque me resulta incómodo ver quién entra o sale, o al menos dar esa impresión a la gente que pasa.

Algo tan simple como sentirme con la libertad de cambiar la posición de mi silla forma parte de la comodidad que encuentro aquí. Este lugar se ha convertido, genuinamente, en mi tercer espacio; y los empleados, en una especie de brazo extendido de mis amistades.

Probablemente no conozca todo de ellos, pero me entero de cosas personales que me hacen sentir una parte fugaz de sus vidas. Esta mañana, por ejemplo, Reni me mostró que amaneció con el ojo rojo.

“Puede ser el aire”, le dije.

Sonrió y respondió que no sabía, pero que se había estado tallando toda la noche y le molestaba bastante. A modo de broma le contesté que seguro alguien la había golpeado y no quería confesarlo. Ella se rió y Andy, detrás de ella, también.

A ese nivel de cercanía siento a la gente de este lugar. Y he de confesar que también me alegra que hayan dejado ir a la única empleada que tenía mal modo. De nombre curioso, que no pienso escribir aquí porque tampoco quiero hablar mal de ella. El otro día la vi en otra sucursal; nos reconocimos, pero ninguno saludó al otro. Su personalidad es lo que otros empleados describirían como “difícil”.

Y es curioso cómo algo tan banal como una mañana sentado en el café, escribiendo sobre lo bien que hace a mi cuerpo salir a caminar temprano mientras medito y planeo mi día, puede resignificar la forma en la que comienzan mis obligaciones.

Porque con la cabeza fría puedo definir el tiempo, la concentración y la dedicación que debo ponerle a cada cosa. Organizar mi día como si se tratara de una estrategia silenciosa para obtener mejores resultados.

Venir aquí —el café, el procesador de textos, la rutina completa— representa para mí algo más que liberar tensión acumulada en forma de frases. También es una manera de nutrir pequeños canales de comunicación y contacto humano que me hacen sentir parte funcional de un sistema mucho más grande.



 Algo que encuentro interesante en esta etapa de mi vida es que empiezo a reconocer con mayor claridad la forma en que mi cuerpo responde a distintas circunstancias. Hoy puedo identificar cuándo el estrés comienza a pasar factura, cuándo una temporada complicada altera mi descanso o cuándo una taza de café modifica mi estado de ánimo durante horas. Hace algunos años esos detalles pasaban desapercibidos. Vivía dentro de ellos sin observarlos.

Esa capacidad de percibir cambios tan pequeños podría parecer insignificante, pero para mí representa algo digno de agradecimiento. Significa que mi cuerpo sigue comunicándose conmigo. Sigue enviando señales. Sigue haciendo su trabajo.

Por esa razón me siento contento con él. Ha sido un compañero constante a lo largo de los años. Ha estado durante épocas de descuido y también en momentos de crecimiento. Me ha permitido equivocarme, aprender, volver a intentar y comprender mejor mis propios límites. Muchas de las lecciones que hoy considero valiosas nacieron de prestar atención a aquello que antes ignoraba.

Sin embargo, tampoco basta con sentirse saludable. La percepción personal tiene sus límites. Podemos creer que todo marcha bien y descubrir después que ciertos indicadores cuentan una historia distinta. Por eso existen los análisis clínicos, las mediciones y los hábitos de seguimiento. No se trata de vivir obsesionado con los números, sino de disponer de referencias que permitan saber si avanzamos en la dirección correcta.

Ese proceso resulta particularmente complejo cuando uno conoce sus propias debilidades. Lo digo sin victimismo y sin intentar responsabilizar al entorno de cada error. Sé que suelo ceder ante ciertas tentaciones. Sé cuáles son los hábitos que me cuesta mantener y cuáles son los impulsos que todavía ejercen influencia sobre mis decisiones. Pero conocer esas limitaciones también tiene algo valioso. Permite observarse con mayor honestidad.

Al final, gran parte del trabajo consiste en construir una relación más sana con uno mismo y con aquello que nos rodea. No porque el mundo vaya a volverse sencillo de repente, sino porque cada día parece ofrecer nuevas razones para la confusión. Las ideas cambian. Las tendencias aparecen y desaparecen. Los discursos dominantes se transforman con rapidez. Lo que ayer parecía indiscutible hoy puede parecer irrelevante.

En medio de ese movimiento constante, encontrar principios propios adquiere una importancia enorme. No como una verdad absoluta, sino como una brújula. Una referencia mínima que permita tomar decisiones sin depender por completo del ruido exterior.

Quizá por eso he comenzado a sentir una atracción creciente por las estructuras simples. Mi universo cotidiano puede reducirse a unas cuantas calles, algunos proyectos personales y un pequeño grupo de intereses recurrentes. Lejos de percibirlo como una limitación, empiezo a verlo como una ventaja.

Dentro de esa búsqueda apareció una idea curiosa: el número cuatro.

No parece tan reducido como el dos o el tres, pero tampoco tan ambicioso como para convertirse en una fantasía imposible. Tiene una sensación de equilibrio. De estabilidad. De estructura. El cuadrado, después de todo, se sostiene sobre cuatro lados.

Me gusta pensar que ciertas decisiones importantes pueden organizarse alrededor de esa medida. Cuatro bandas que definan mi discografía personal. Cuatro lugares habituales para comer. Cuatro fuentes de ingreso recurrentes. Cuatro proyectos que merezcan atención genuina.

No porque exista algo mágico en el número, sino porque funciona como un límite voluntario. Una forma de recordar que no todo necesita expandirse indefinidamente. Que acumular opciones no siempre produce mayor libertad. A veces ocurre lo contrario.

Por ahora intento construir un pequeño ecosistema alrededor de esa idea. Un espacio más delimitado. Un microcosmos manejable. Un conjunto reducido de elementos que pueda cuidar con atención y desarrollar con profundidad. Tal vez la verdadera abundancia no consista en abarcar cada posibilidad disponible, sino en elegir con claridad aquello que merece permanecer. Y quizá, dentro de esa simplicidad deliberada, exista una versión más auténtica de la identidad que llevo años intentando construir.



 Voy a confesar algo: No me gusta que me digan "Señor".

No sé, se me hace raro, incómodo. Entiendo que ya soy viejo, y que las personas jóvenes por respeto, así le dicen a los mayores. Sin embargo no acaba de gustarme. Quizá porque toda la vida me he sentido bien con la gente tuteándome, y nunca preparé un camino, intelectualmente hablando, para recibir a mi versión "don".

No es algo que me quite el sueño, creo.

La cosa es que me estaba viendo en un espejo hace muy poco, y sí, por mucho que me entristezca, sí soy un señor en toda regla. Me veo gordo, sin forma, incómodo, agotado. Muchas de las características que describirían a un señor cualquiera.

Es que la vida adulta no acaricia. Pero más allá de la vida adulta, los excesos han estado feos. Lo digo como quien sabe que aunque no ha probado en su vida alcohol y nunca le ha hecho a fumar, la comida ha sido uno de mis talones de Aquiles.

...

Metí la computadora al cuarto para escribir un poco hoy. Me distraje y terminé con medio texto, una idea mal explicada y la sensación de que las reglas que me puse el día de hoy, no las seguí, y terminé traicionándome a mí mismo, tanto por la computadora en la habitación como por que estuve perdiendo el tiempo en páginas en lugar de ponerme a escribir.

Y es que esa es la realidad de la vida; a veces uno se esfuerza por hacer las cosas bien desde que amanece hasta que llega el momento de entrar a descansar. Ahí, en la comodidad del encierro, en la satisfacción de sentir que casi "lo consigues", te terminas confiando, y un día que parecía contar como éxito en tu desafío personal, se convierte en un error que te carcome por tu incapacidad de mantenerte firme.

...

Envejecer ha hecho que mi fuerza de voluntad mengüe mucho más. Antes podía soportar el esfuerzo y salir adelante al final del día sin chistar. Hoy el cortisol se apodera de mí nada más intento habituarme a algo nuevo (aunque saludable). Es una lucha de poderes entre mis deseos de salir del hoyo y mi versión más cobarde.

...

¿Por qué tengo que seguir cayendo?

¿Por qué no puedo mantenerme en una pieza?

¿Por qué tengo que seguir siendo víctima de mis impulsos?

Solo le pido a Dios que me perdone. Porque al final, de verdad lo intento, pero vuelvo a caer. Le pido que tenga misericordia de mí, porque hay luchas que son más grandes que uno, y las pequeñas victorias son casi inexistentes.

...

Llego a acostarme con algo en mente: bloquear más cosas. Bloquear herramientas, portales, aplicaciones, lo que sea que se robe mi enteresa y atención, lo que sea que me esté provocando fracasar cada día. Cada noche. Cada semana. Cada mes.

Siento que no puedo avanzar por culpa mía y únicamente mía. Por el peso de las decisiones del pasado. Por lo mucho que he permitido que tanto el estrés como la ansiedad tengan poder sobre mí. Y lo siento, estoy arrepentido. He fallado tantas veces que ya parece un discurso memorizado.

Pero hice algo distinto hoy: venir a publicarlo. Y bloquear todo cuanto pudiera bloquear.

 


Lo Siento

Por
 Voy a confesar algo: No me gusta que me digan "Señor". No sé, se me hace raro, incómodo. Entiendo que ya soy viejo, y que las per...

 Te pasa que intentas algo y no lo logras. Lo intentas múltiples veces y al final, después de un tiempo, vuelves a fallar. No sabes cómo hacerle. Te analizas, entiendes la necesidad y, sin embargo, terminas dejándote dominar por esas pasiones que te empujan hacia aquello de lo que vienes alejándote.

Y es que el problema es más arraigado de lo que crees. No basta con distraerte para que no te pase de nuevo. No se trata de ocupar tus manos o tu tiempo durante unas horas. Viene de un lugar más profundo de tu ser, de un rincón que ha estado ahí desde hace mucho tiempo y que sigues alimentando de vez en cuando, incluso cuando aseguras que ya no quieres hacerlo.

Deseas que desaparezca, que se vaya, que te deje en paz; que te permita dedicarte a producir en lugar de estar fastidiándote cada vez que le da la gana. El deseo, o el instinto por hacer aquello que por necesidad y conveniencia has decidido dejar de hacer, permanece presente. Cambia de forma, se esconde por temporadas, aparenta debilidad, pero nunca termina de marcharse. Y hasta ahora no has encontrado una manera de calmarlo para siempre.

Aceptar que existe es una parte importante del proceso. Negarlo solo le permite actuar desde las sombras. Pero en la plenitud de la consciencia sabes que, hasta el día de hoy, no has logrado contenerlo y mucho menos abandonarlo. Lo peor es que te deja sintiéndote miserable, ruin, agotado. Como si cada recaída borrara todos los esfuerzos anteriores y demostrara que no has aprendido nada.

Aunque eso tampoco es verdad.

Porque si algo has aprendido es a reconocer el patrón. Antes caías sin darte cuenta. Ahora observas cómo se aproxima. Identificas las emociones que lo preceden, los pensamientos que intentan justificarlo y las circunstancias que lo vuelven más probable. El problema no es la ignorancia. El problema es que el conocimiento por sí solo no siempre es suficiente para vencer una costumbre que ha echado raíces durante años.

Irte tampoco es una solución, al menos no de forma permanente. Solo funciona por un tiempo, porque cuando regresas la ansiedad es más fuerte. La distancia ayuda a enfriar el impulso, pero no elimina aquello que lo origina. Nunca he entendido del todo lo que la vida me está enseñando con esto. Tal vez la lección no consiste en dejar de caer, sino en descubrir qué vacío intento llenar cada vez que lo hago.

La verdad es que sentirme solo quizá forma parte del proceso de mejora. No porque la soledad sea buena en sí misma, sino porque obliga a escuchar conversaciones internas que el ruido cotidiano mantiene ocultas. Hay preguntas que nadie puede responder por nosotros. Hay heridas que nadie puede señalar con precisión. Y hay batallas que se libran en silencio, lejos de la mirada de los demás.

He rogado innumerables veces por dejar atrás aquello que me aflige y, sin embargo, ahí sigue; aquí sigo; aquí estamos. Tratando no solo de entender, sino de superar los miedos, los problemas, los conflictos internos, la desconfianza, la deshumanización y el autodesprecio.

Porque el verdadero cansancio no viene de caer. Viene de levantarte una y otra vez con la sensación de que sigues atrapado en el mismo sitio. Viene de preguntarte cuántas oportunidades más mereces. Viene de mirar atrás y descubrir que el enemigo conserva el mismo rostro, aunque tú ya no seas exactamente la misma persona.

Pero ¿cómo voy a poder contra algo que, de buenas a primeras, aparece y se vuelve más grande que yo, que mi cabeza, que mi percepción de la realidad? He pactado conmigo mismo. He acordado salir de ahí y no volver jamás. He restringido mi entorno de tal forma que no sea sencillo caer. He cambiado hábitos, horarios y rutinas. He eliminado caminos enteros para no encontrarme con la tentación. Y, de todas maneras, vuelvo a hacerlo.

Quizá porque el problema nunca estuvo únicamente afuera.

Quizá porque hay una parte de mí que todavía encuentra refugio en aquello que intento abandonar. Una parte pequeña, contradictoria y difícil de aceptar, que sigue buscando consuelo donde también encuentra dolor. Mientras esa contradicción exista, la lucha continuará. No importa cuántas barreras coloque alrededor de mi vida.

El camino a partir de aquí es perdonarme de nuevo. Implorar perdón una vez más. Aceptar el hecho de que mi humanidad es frágil, que tiende a caer con facilidad ante la tentación y que no siempre está a la altura de los ideales que presume defender.

Pero también aceptar algo más.

Aceptar que seguir intentándolo tiene valor.

Porque la derrota definitiva no ocurre cuando vuelves a caer. Ocurre cuando decides que ya no vale la pena levantarte. Y hasta ahora, pese a todas las decepciones, a toda la vergüenza y a todos los tropiezos, todavía sigo regresando a la pelea. Tal vez no con la fuerza que quisiera. Tal vez no con la convicción perfecta. Pero sigo aquí.

Y mientras siga aquí, todavía existe la posibilidad de convertirme en alguien capaz de dejar todo esto atrás.



El Problema

Por
 Te pasa que intentas algo y no lo logras. Lo intentas múltiples veces y al final, después de un tiempo, vuelves a fallar. No sabes cómo hac...

 ¿Cómo funciona el mundo, un mundo en el que las cosas no funcionan? ¿Funciono yo? No, tampoco funciono, al menos no de la manera en que me gustaría funcionar. Y así el mundo, así las cosas, así uno, así las circunstancias. ¿De qué me sirve tener los mejores gustos cuando solo intento demostrar que puedo y no puedo, o no sé si pueda? Solo quiero salir huyendo, o entender por qué quiero salir huyendo.

La vida no debería ser un drama, tampoco una comedia. Debería poder disfrutarse cada segundo. Debería permitirnos conseguir aquello que anhelamos sin sentirnos decepcionados, sin decepcionar a otros. Pero esa naturaleza de las cosas, en la que difícilmente nos sentimos complacidos, completos o felices, es una traición hacia nuestro propio ser, hacia nuestra identidad, hacia los planes que teníamos desde que éramos pequeños.

O quizá no. Quizá solo estoy exponenciando la justificación de la existencia, tratando de encontrarle sentido a algo que no debería tenerlo. Porque mientras para uno las cosas ocurren de forma maravillosa, para otra persona la existencia misma es un martirio, y ambos pueden estar en lo correcto. Así funciona la existencia: depende de qué tantas ganas tengas de existir lo que vas a obtener de ella.

Un momento con las personas que amas es más memorable que un periodo prolongado de rutina y aburrimiento. Parte de mí está convencido de que soy una pésima persona contenida, mientras que otra parte sabe que en el fondo soy pura bondad. ¿Cuál de las dos dice la verdad? Tal vez, como con el ejemplo anterior, ambas están en lo cierto.

Y por eso es tan difícil navegar un mundo de grises, porque tienes que colarte entre ellos, ser parte del mobiliario colectivo: inexpresivo, insensible, inhumano, desconectado de la realidad y actuando únicamente desde el plano de la respuesta. Y eso aterra. Aterra ver cómo tu opacidad falla, tu disfraz desaparece y terminas repercutiendo en el entorno.

¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Tantas preguntas que te haces al amanecer para terminar dándole vueltas a lo mismo. No te entiendes ni tú, o lo que entiendes de ti te da pena expresarlo, por lo que prefieres decir que estás ahí, siendo, apenas existiendo, con lo que te es posible. Porque la envidia, el ego, el desagrado y la frustración son más fuertes que la mayoría de tus virtudes visibles; porque lo que otros asumen como atractivo, tú lo tienes por descompostura; porque al aceptar que te insulten con el fin de mantener la calma, traicionas al monstruo que hay en ti.



 Los ciclos y sus diferentes etapas deben tener cierto significado para cada uno de nosotros, asumo. No lo sé, la verdad. Hoy mi mente anda más ambigua y dispersa que de costumbre. He visto demasiadas piernas atractivas y ya saben cómo es mi cabeza: a todo trata de encontrarle sentido en un mundo donde, en realidad, nada lo tiene. El absurdismo es un ticket de solo ida.

El funcionamiento de las cosas. Los elementos en orden. Una película en la mente. Ideas dando vueltas. Una asistente atractiva, otra más, y otra, por qué no. Qué bonitos son los cuerpos femeninos. Ojalá se me concedieran algunos sueños desde donde estoy. Pero no sé. Nadie sabe. La vida tiene sus trucos, sus maneras de darnos clases.

Un día vas a un lugar repleto de bellezas y al siguiente evitan atenderte. Tal vez seas tú el problema, o no. No, la verdad no lo creo. Lo que sí creo es que cada uno está luchando sus propios desafíos y ni tiempo tiene para ponerse a argumentar qué le agradó o qué no del sábado en cuestión.

Perdón si los estoy enredando. Es a propósito escribir ideas entrecruzadas para que no hagan sentido. ¿De qué sirve que te explique cómo un día pasa a valer un millón de dólares tras diez minutos de una experiencia inolvidable?

Los cuerpos perfectos no existen, pero uno los idealiza igual. Porque eso amamos de las mujeres: que con un par de prendas encima se ven de diez; con un par de prendas menos, ahora se ven de mil. No, no estoy confesando nada, solo estoy divagando. Pero podría dar nombres, si así lo quisiera, o describir caminatas enriquecedoras, roces momentáneos y miradas cautivadoras.

Porque sí, hoy me observaron varias veces. De momento me sentí incómodo; luego entendí por qué. Tal vez proyectaron el desprecio con el que podría expresarme y lo bien que me puedo llegar a ver cuando estoy contenido. ¿Un monstruo? No, al menos no en ese contexto. La atracción me hace una bestia pasional bajo control.

Un sorbo más al té. No debería estar diciendo tanto, porque no es tener una camiseta negra lo que me da poder, ni ver pasar a bribonas en tacones mientras me miran, de esas que ponen cuota a sus caricias. ¿Cuál será el precio para mí? Estoy a reventar. Bueno, no yo: algunos de los químicos dentro de mi cuerpo. Pero no dejaremos de lado el hecho de que todo lo que estoy escribiendo, o describiendo —por ejemplo, a la morena de minifalda blanca, con exceso de maquillaje y labios rojos frente a mí— no es más que una alucinación de mi cerebro y no está pasando realmente.

Porque un escritor que se respeta también escribe basura y describe la mierda cuando es necesario. No se queda únicamente en emociones y sensaciones del espectro de lo intangible, no señor. Se mete a lo más profundo y profano, a despedazar las cosas que le hacen sentir frustrado, sin importar que apesten, que tengan un aspecto repugnante o que terminen escurriendo por las alcantarillas de una ciudad colmada de ratas.



 El problema con las adicciones, o mejor dicho, con el proceso de desintoxicación de las mismas, es que a veces, durante uno o dos días, incluso durante la primera semana, te mantienes firme en tu decisión. Crees que lo vas a conseguir, te ocupas para evitar la tentación o sales de casa para no darle vueltas al asunto.

Pero ¿qué pasa cuando estás encerrado y la tentación permanece frente a ti, recordándote lo bien que se siente caer? Entonces se convierte en una lucha difícil, una que pocos logran ganar. Lo peor es que al día siguiente será igual, quizá con mayor intensidad. Porque las adicciones son pacientes: esperan la oportunidad adecuada y, cuando te encuentran vulnerable, te envuelven por completo.

Luego aparece la ansiedad de la abstinencia, porque aquello que te aflige también suele estar ligado a otros problemas. No es lo mismo convencerte de no hacer o consumir algo que mantenerte estable cuando la cabeza duele, cuando el pecho parece querer salirse de su sitio, cuando se acumula el cortisol, cuando los pensamientos toman el control. Así funciona el cuerpo: cuando se acostumbra a algo, lucha por permanecer ahí, en esa zona conocida, en ese pico de dopamina tan breve como engañoso.

Quizá por eso nos cuesta tanto observarnos con honestidad. Ojalá fuéramos capaces de mirarnos al espejo sin sufrir o sin entrecerrar los ojos. No por el físico, que al final es un asunto temporal, sino por aquello que solo nosotros alcanzamos a ver en el reflejo: nuestras inseguridades, nuestros miedos, nuestras carencias y nuestros pecados.

Tal vez sentirte atado de manos a propósito no sea el mejor método de enseñanza, y es probable que aceptar tus errores como parte de quien eres te ayude más a comprenderlos y navegarlos. Sin embargo, cuando eliminamos todos los filtros y límites de nuestra conducta, corremos el riesgo de convertirnos en aquello que no queremos ser. No porque exista algo perverso en la libertad, sino porque dejamos de considerar las consecuencias de nuestros actos sobre nuestras responsabilidades. Por eso pienso que lo más sano es encontrar un equilibrio entre la disciplina y la liberalidad.

Pero esa es solo mi forma de verlo. A mí me funciona así. Cada persona utiliza sus propios medios para resolver sus conflictos internos: algunos toman distancia, otros acumulan cosas, y otros buscan experiencias que les permitan sentirse parte de un grupo o de un lugar específico.

A veces asociamos la felicidad con la desconexión. Y no es sencillo acostumbrarte a estar solo, encerrado con tus pensamientos, intentando comprenderte. Resulta mucho más fácil entregarte al vicio, irte de viaje, gastar dinero o comprar boletos para algún evento. No digo que nada de eso sea malo; solo pienso que, en ocasiones, también puede convertirse en una forma de evitar aquello que llevamos dentro.

Pero cada quien es libre de utilizar los recursos que quiera y pueda para alcanzar sus propios fines. Porque al final se trata de entender que no somos perfectos y de aceptar que no podemos pasar la vida lamentando nuestras imperfecciones. Debemos seguir adelante, reconociendo que estamos rodeados de porquería, pero sin olvidar que también existen virtud y valores dentro de nosotros.



 Una vida de productividad o una vida sin sentido: eso es lo que parece ofrecer la sociedad moderna. O te ajustas a las reglas de generar para el monstruo insaciable en el que vivimos o simplemente desapareces, dejas de pertenecer y te conviertes en parte de la escoria lastrera que el resto tiene que arrastrar.

Suena fuerte lo anterior, pero en cierto sentido debería serlo. Aunque representa un castigo inmenso para quienes, a veces, lo único que no quieren hacer es seguir el camino trazado y prefieren encontrar por sí mismos aquello que los apasiona, hacer lo que aman. Lo cual, desde mi perspectiva, es algo estupendo.

Pero el mundo no lo ve así. El mundo impone sus reglas, te obliga a formar parte de lo que más le conviene, y eso no refleja ni respeta tu individualidad, tu personalidad única ni aquello que despierta tu interés; por el contrario, te convierte en un engrane más para que la maquinaria siga funcionando.

Sin embargo, ¿hay algo que podamos hacer por cuenta propia para evitarlo? Déjenme ser el detestable fatalista que les diga la verdad: no, no lo hay. Trabajas en función del "bien mayor", y por bien mayor me refiero a la gran escala de las cosas. Si tú no funcionas, te sustituyen, punto. No hay un balance que permita la inflexión, no hay una negociación a puerta cerrada. Eres lo que te asignan y como te etiquetan. Al menos a los ojos de los demás.

Aquí es donde viene lo importante: la lucha por la identidad propia y el mantenerte al margen de modas y tendencias. Eso no te va a poner en el ojo público, ni siquiera te llevará consigo como una ola; pero, en consecuencia, tu alcance será limitado, crecerá despacio y probablemente termines hartándote antes de que alguien note tu existencia.

Pero así es vivir del arte, de hacer aquello que amas, de construir a partir de lo que hay en ti. Porque la alternativa es una, y es horrible: ceder a ser moldeado.

Te toca aprender a vivir con lo mínimo, a esforzarte mientras sostienes una doble vida. Una en la que puedas enriquecer tu interior; la otra, en la que seas un número más del corporativismo. O simplemente dejarte llevar por el camino de la desconexión, habituándote a existir únicamente contigo.

Nada es sencillo para los que estamos aquí. Si no naciste en el privilegio, te toca picar piedra, tocar puertas y derramar un montón de lágrimas ante el fracaso. Y si sigues, los fracasos terminan endureciendo tu piel hasta el punto en que cada vez te importan menos. Del mismo modo, empieza a importar menos lo que digan de ti, porque estás concentrado en conseguir algo que consideras más grande y valioso.

Entonces voltearás hacia atrás, ¿y qué es lo que verás? ¿Alguien que siguió lo que su corazón le dictaba o a alguien que prefirió abandonar sus sueños por un poco de estabilidad?