Lo fácil que uno se desenamora. Bastan un par de minutos para dejar de pensar en alguien. Para abandonar la ilusión, para dejar atrás aquello que pensaste que podía ser para ti. Y está bien. Es bueno poner los pies en el lugar que les corresponde.

A mí un día me pueden tener comiendo de su mano y, al siguiente, hacerme sentir que no fui valorado. O puedo ser yo mismo quien se hunda en el miedo a la pérdida y la desolación, como si algo hubiera existido previamente, cuando no hay nada. Nada se pierde.

Porque al final nunca se trata solo de la otra persona. También se trata de las decisiones que uno tomó mientras construía esa ilusión.

Todas las decisiones, sean malas o buenas, tienen consecuencias. En mi caso, la mayoría han sido errores, lo reconozco. Engaños, falta de visión, convicciones débiles, cosas así.

Pero al final no se trata de autodestruirnos, aunque a veces esa impresión nos pueda dar; se trata de seguir con tu vida, recuperarte de los golpes, ejercitarte como herramienta de supervivencia. Porque resulta demasiado fácil cometer errores, caer en las trampas que la existencia pone frente a nosotros, dejarnos caer y sentir que ya no quedan fuerzas para continuar.

Es normal un día despertar y no querer sufrir más. Darte cuenta de que nunca has sabido cómo vivir. Comprender que no eres más que un títere de las circunstancias y los contextos. Que nada ni nadie va a venir a salvarte. Eso es cierto. Y duele.

Duele tener que ser uno mismo quien, de entre los restos, reclame su propia energía, su capacidad intelectual, su liderazgo, su valentía, su amor propio, su espiritualidad y las habilidades con las que alguna vez creyó poder construir una vida.

Es duro sentirse confrontado por el ego, por las carencias y las limitaciones. Pero también es parte de vivir.

Me aflige ser víctima de los vicios. Saber que cuando he logrado superar uno, otro emerge de entre las sombras para apoderarse de mí. Eso me hace sentir como un insignificante pedazo de ser que se revuelca en la conmiseración de sus propias desgracias.

Como víctima de una pésima capacidad para seguir el camino correcto.

Y entonces no entiendo qué es lo que me sucede. Por qué, en la privacidad de mis condiciones, caer me resulta tan sencillo. Como si bloquear mis propias habilidades fuera parte de la currícula con la que aprendí a relacionarme con el mundo. Como si la única destreza que hubiera perfeccionado fuera desaparecer justo cuando más me necesito.



 Es la verdad: la vida no tiene una manera específica de vivirse. No existe un mapa que conecte los eventos que nos ocurren ni una secuencia de aventuras que, al completarla, nos garantice alcanzar tal o cual objetivo. A veces caes, casi de rebote, en el trabajo de tus sueños; otras, conoces al amor de tu vida mientras esperas tu turno en la fila del súper. La existencia parece sostenerse sobre una sucesión de eventos fortuitos: algunos terminan siendo una bendición y otros, un rotundo fracaso.

Lo que sí nos corresponde, como individuos, es intentar mantenernos en una pieza el mayor tiempo posible. Porque las enfermedades, las dolencias, los malestares físicos, las cargas emocionales, las derrotas, las carencias y las consecuencias más difíciles suelen encontrarse a una sola decisión de distancia. Y, como mencioné antes, eso no significa que controlemos el rumbo de las cosas. Significa, apenas, que podemos decidir cómo habitamos el tiempo que nos toca vivir.

El recordatorio constante de que algún día vamos a morir es una de las pocas formas que conozco para entender que no somos tan importantes ni tan trascendentales como nos gustaría creer. Existe un miedo silencioso a no despertar mañana; a dejar pendientes los proyectos de nuestra lista, a no concluir esa visión personal que tanto trabajo nos costó construir, a ver caer un negocio o descubrir que el amor jamás quiso tocar nuestra puerta. Sin embargo, cuando uno contempla la vida desde esa perspectiva, entiende que casi todo eso ocupa un segundo plano. Al final, el único compañero que permanece desde el primer hasta el último día es nuestro propio cuerpo.

Por eso, todos los abusos de los que es víctima deberían convertirse, poco a poco, en hábitos saludables. Lo digo desde la experiencia. Vivir con neblina intelectual, deshidratación, hambre, sueño acumulado, falta de ánimo, frustración o simple necesidad de contacto humano es como intentar avanzar nadando contra la corriente. El cuerpo, igual que la mente y el corazón, necesita razones para estar bien. Necesita descanso, alimento, movimiento, afecto y momentos de calma. La vida es una sola; aceptar que no somos perfectos y tratarnos con un poco más de cariño termina siendo una de las formas más honestas de respetarla.

No quiero sonar fatalista; ya me conocen. Escribo desde una profunda sinceridad, desde el respeto por el valor humano, por la libertad emocional y por esa sobriedad prudente que tanto cuesta conservar. Porque es muy fácil caer en las trampas del ego, convencernos de que el mundo gira a nuestro alrededor o asumir que el futuro nos debe algo solo porque el presente ha sido amable con nosotros. Del mismo modo, también resulta fácil sentir que el Universo nos traicionó cuando nuestro origen ha estado marcado por la carencia, las penas o la falta de oportunidades. Ninguna de esas posturas alcanza a describir la realidad completa.

Quizá la respuesta sea mucho más sencilla. Somos mente, somos cuerpo y somos emociones; pero también somos un puñado de átomos que, por un instante diminuto dentro de la historia del Universo, decidieron permanecer juntos para experimentar eso que llamamos vida. Pensar en ello no debería hacernos sentir insignificantes, sino profundamente agradecidos. Porque, si todo esto es tan improbable, entonces cada conversación, cada abrazo, cada fracaso, cada oportunidad y cada amanecer poseen un valor difícil de medir.

La tesis de hoy es sencilla: vive agradecido, no contrariado.

Aceptar que vivimos en un mundo donde la soledad parece estar más presente que nunca, incluso mientras acumulamos conexiones; donde mirar a alguien a los ojos comienza a sentirse extraño; donde un abrazo casi siempre llega después de una tragedia; y donde decirle algo bonito a otra persona parece necesitar una justificación, es aceptar también que todavía podemos elegir actuar distinto. Tal vez las personas olvidaron que son valiosas por el simple hecho de existir. Tal vez nosotros también lo olvidamos de vez en cuando. Por eso vale la pena recordarlo: antes de cualquier logro, antes de cualquier fracaso y antes de cualquier explicación sobre el sentido de la vida, seguimos siendo seres humanos intentando atravesar el mismo misterio.



 Bloquea todo. Bloquea a personas. Bloquea sitios. Bloquea trayectos. Bloquea decisiones. Bloquea sueños. Bloquea recursos. Bloquea calendarios. Bloquea accesos. Bloquea todo lo que sea necesario bloquear para que logres conseguir lo que te has propuesto. La vida está repleta de pasatiempos y diversiones extremadamente costosos en términos de cualquier aspecto que se pueda consumir de ti.

Suena fatalista, porque lo es.

Vivimos en una época que romantiza tener todas las puertas abiertas, como si decirle "sí" a cualquier oportunidad fuera una señal de inteligencia o de libertad. Pero cada puerta abierta exige tiempo, energía, atención y espacio dentro de tu cabeza. Lo que casi nunca se dice es que cada "sí" también es un "no" silencioso a otra cosa que quizá era más importante.

El cambio cero de paradigma es precisamente aquel en el que decides dejar de dedicarle tu energía a elementos que la distraen, la desgastan o la maltratan. Eres tú, y lo que llevas puesto en términos de lo que no te puedes quitar de encima, lo único que te va a acompañar durante todo el trayecto. Sé tan egoísta como tengas que ser, no caigas en represalias ni en intentos de chantaje.

Porque no todo merece una explicación. No toda invitación merece una respuesta positiva. No toda persona merece acceso permanente a tu vida. Aprender a cerrar puertas es tan importante como aprender a abrirlas. De hecho, sospecho que la mayoría de los cambios importantes que he vivido comenzaron exactamente así: renunciando antes de construir.

Fascínate por tu propia existencia. Gózate de lograr tus objetivos. Y sabes qué. Cállate cuando quieras. A nadie le importas tanto y a nadie debes de importarle, en realidad, más que a aquel que te mira en el espejo. Existe una tranquilidad enorme en dejar de justificar cada decisión que tomas. No necesitas convencer a todos de que vas por el camino correcto. La mayoría está demasiado ocupada viviendo su propia vida como para seguir con atención la tuya.

Ámate, siéntete orgulloso por el camino que has andado, ve con esperanza hacia el futuro, enfócate en construir lo que quieres de ti, y deja de llorar por las cosas que salieron mal; a fin de cuentas, todos cometemos errores. Algunos pequeños, otros monumentales. Algunos nos cuestan dinero, otros amistades, otros años completos. Pero ninguno de ellos tiene por qué convertirse en tu dirección permanente.

No vivas intentando justificar todo lo que haces. La impulsividad existe aquí y en China, es sabido que la vulnerabilidad es parte de nuestra esencia. Habrá días en los que tomarás malas decisiones simplemente porque eres humano. Habrá otros en los que ni siquiera entenderás por qué actuaste como actuaste. No desperdicies demasiado tiempo intentando fabricar una versión perfecta de ti mismo; dedica ese tiempo a construir una versión más consciente.

Sigue creciendo. Continúa avanzando. Mantén tu visión clara y tu mente concentrada. No porque el mundo vaya a recompensarte inmediatamente, sino porque la disciplina tiene una extraña costumbre de devolver intereses compuestos. Los pequeños actos que hoy parecen insignificantes terminan convirtiéndose en el carácter con el que enfrentarás los problemas de mañana.

Te vas a equivocar, de verdad, muchísimas veces. Vas a querer renunciar, caerás en vicios y trampas, serás confiado y abusarán de eso. También habrá días en los que pensarás que todo el esfuerzo ha sido inútil. Respira y sigue caminando. Ya has sobrevivido a versiones de ti mismo que juraban no poder hacerlo.

Y cuando llegue el momento de volver a bloquear algo, hazlo sin culpa. Hay personas, lugares, hábitos, conversaciones y pensamientos que no necesitan una despedida elegante; únicamente necesitan dejar de ocupar espacio. No porque los odies, sino porque aprendiste que proteger tu paz también es una forma de construir tu futuro.

Al final, la vida no se trata de mantener todas las posibilidades abiertas. Se trata de conservar abiertas únicamente aquellas que te acercan a la persona que decidiste ser.



Bloquea Todo

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 Bloquea todo. Bloquea a personas. Bloquea sitios. Bloquea trayectos. Bloquea decisiones. Bloquea sueños. Bloquea recursos. Bloquea calendar...

 Nos han querido vender la idea de que el éxito proviene de no cometer errores, de mantenerse siempre en un camino de integridad y decisiones correctas. Pero la realidad es otra: todos, sin excepción, estamos llenos de fracasos, tropiezos y malos ratos. La diferencia no está en quién cayó menos, sino en quién fue capaz de levantarse una vez más para continuar el camino que decidió recorrer.
Aceptar. Arrepentirse. Agradecer. Avanzar.

Me gustó ese párrafo como introducción a éste texto, porque sirve como enganche para elaborar el significado de cada una de esas cuatro palabras:

Aceptar:
Es reconocer la realidad sin maquillarla, es abrazar la imperfección que nos hace humanos desde un profundo grado de comprensión. Nadie brilla por sí solo, ni siquiera los diamantes llegan a nuestras manos sin haber estado rodeados de impurezas y sometidos a una enorme presión.

Arrepentirse:
Es asumir la responsabilidad de tus acciones, de tus decisiones, de lo que sea que hayas vivido y determinarte a hacerlo mejor. Es voltear tu rostro hacia una ruta definida y empezar a andar en la dirección correcta. Es sacarle las vueltas a la tentación, y demostrar un verdadero cambio de conducta.

Agradecer:
Es encontrar el valioso aprendizaje incluso en medio del fracaso. Es extraer lo bueno de cualquier condición y circunstancia y utilizarlo como punto de referencia para continuar hacia tus objetivos, es sentirte satisfecho tanto por las puertas que se te han abierto como por aquellas que nunca tuvieron intención de abrirse para ti.

Avanzar:
Es el acto de no quedarse quieto, viviendo en el error o dejándote absorber por el fracaso como si esa fuera la definición de tu existencia. Es experiementar la vida como un montón de opciones y oportunidades que se abren en el horizonte, no como una sentencia perpetua de encarcelamiento.

Cuando un cerebro está bien nutrido, y un cuerpo saludable es la representación de todo los hábitos en su conjunto, la vida empieza a verse más colorida, las cosas cobran sentido, las esperanzas crecen y proliferan las bondades en nuestro entorno. El brillo no aparece cuando intentamos pulir todo lo que nos rodea. Aparece cuando aceptamos ser partidos, trabajados y pulidos nosotros mismos. Solo entonces descubrimos cuánto éramos capaces de reflejar la luz que siempre estuvo ahí.



 Vamos a hablar desde la sinceridad el día de hoy. Ha sido una temporadita que no encuentro la manera de dejar atrás. Entre desveladas muy duras y malas dinámicas alimenticias, aunque no he caído realmente en abusos con respecto a la nutrición, sí he sentido ese "faltante" que me lleva a recapacitar al final del día. Luego está el hecho de que, no sé por qué, me cuesta trabajo cerrar algunas puertas que recientemente abrí. Conexiones con gente que no me beneficia en absoluto y que preferiría mantener a distancia. Y la actitud de descaro ante la pérdida de una relación laboral. Les digo, es un cúmulo de circunstancias, una intensificación de debilidades.

Considerando lo anterior, resulta lógico caer enfermo por falta de energía y defensas; es el resultado de la suma de hábitos y descuidos continuos. No estoy aquí justificando nada, ni moralizando mi actuar con la intención de verme bien.

De hecho, anoche sentí que me vulnerabilicé de más, porque expresé sentimientos desde la frustración y la fatiga, en lugar de reaccionar a tiempo. Al final, a eso de las cuatro de la mañana, sin haber dormido un solo segundo hasta ese momento, empecé a restaurar los escudos que me protegen de caer en hábitos innecesarios. Porque eso es lo que son: hábitos. A pesar de que apenas lleve dos semanas cayendo en ellos.

Y digo lo anterior con la finalidad de dejar constancia de que lo sigo intentando, de que toca volver a revestirme de armas para sobreponerme a todo aquello que me fastidia la existencia. Me interesa aislar mi entorno de la toxicidad y mantenerme alejado de lo que representa un riesgo, porque, al final, la lucha contra aquello que constantemente te hace caer no se gana de forma frontal, sino alejándote.

Ser consciente de tus límites y defectos te vuelve, en cierto sentido, más sensible al entorno; pero, más importante todavía, a lo que llevas dentro de ti. Identificas las raíces de la amargura, la podredumbre provocada por tus miedos, la insatisfacción y la alienación que una confianza diezmada deposita sobre tu cabeza.

Pero ser consciente de ello no lo es todo, porque juzgarse a golpes contra el metal no consigue nada. Se trata de darle sentido a la experiencia y utilizar correctamente cualquier herramienta que sirva para fortalecer tu autonomía. Las tentaciones van a seguir ahí. Los vórtices de perdición aparecerán a lo largo del camino. Y lo peor es que dejarse absorber es de las cosas más humanas que existen; recuperarte es donde se encuentra el verdadero reto. Fácil, para nada. Sin embargo, existen maneras de volver a levantarse y seguir caminando.



 Ando falto de energía. Como que, después de quitarte un montón de estrés de encima, el cuerpo te recuerda que todavía eres un ser humano que necesita atención, disciplina y buen trato. Han sido poco más de dos semanas de vivir bajo constantes variables en mi entorno: la familia, el trabajo, la presión de los tiempos para entregar proyectos, la amenaza del desempleo, la incertidumbre de lo que pasará con mi vida.

Y así, dijo Alberto el día de hoy, se pasa el tiempo sin que nos demos cuenta. Llevo más de tres años viviendo en la casa en la que estoy, van a ser casi cuatro en mi último empleo y, mientras uno se pone a observar el entorno, a enamorarse del reflejo de una mujer guapa en los cristales del café o, a la distancia, en otro país, descubre miles de mujeres por las que fácilmente podría caer encantado, termina dándose cuenta de que quizá el problema nunca fue uno mismo. Quizá siempre ha sido esa falta de ganas de mostrarse vulnerable mientras crea conexiones, porque aterra que el mundo colapse, que la certidumbre se esfume y que las esperanzas de tomar buenas decisiones en la vida terminen convertidas en carbón.

Parece que estoy deprimido. No lo estoy; quiero dejar eso claro. Estoy comprometido con una versión de mí por la que trabajo todos los días y que todavía no he vuelto a ver, pero sé que sigue escondida en mi interior. No, no me dan pavor ni el compromiso ni las relaciones. La gente, de hecho, me resulta agradable por lo general. Soy de los que encuentran belleza y valor en cualquier persona; no por hipócrita, sino porque genuinamente creo que, si observas con atención y empatía, descubres lo mejor de cada quien. Y desarrollar afecto es algo que me nace con facilidad.

Perdón, me fui. Me quedé viendo hacia el horizonte sin saber qué más escribir. Quizá para hoy no tenga energía suficiente para publicar un texto completo, o el resfriado que se está desarrollando en mi cuerpo tenga más peso sobre mi mente que mis ganas de venir a escribir algo. Solo sé que debo pasar al baño a limpiarme la nariz. Vuelvo en un momento.

Me agrada la confianza con la que puedo dejar mis pertenencias sobre la mesa sin temor a que me las roben: la laptop encendida y abierta, el celular, mi bebida de chocolate. Esa tranquilidad que te brinda estar rodeado de personas decentes, que no son amantes de lo ajeno, también es una forma de paz. Supongo que vivir sin sentir la necesidad de desconfiar de todo el mundo termina siendo un lujo que pocas veces apreciamos.

Y como les decía, conectar no es difícil para mí. De hecho, una de las críticas constructivas que me ha hecho Alba en el pasado, y que considero bastante sincera, es que tengo una especie de espíritu de héroe y me gusta ayudar a cualquier persona que se acerca a mí con sus problemas, en la medida de mis posibilidades. Eso, a veces, resulta injusto para mí mismo, porque, viéndolo en retrospectiva, es fácil encontrarse con personas que únicamente intentan beneficiarse y sacar ventaja de una personalidad generosa.

Son valores en los que estoy trabajando para llevar una vida tranquila. La habilidad de estar solo, por ejemplo, es una que considero bien desarrollada; gracias a la simplicidad con la que me manejo en la vida y a que no estoy interesado en demostrarle nada a nadie que no sea mi propia versión del día de mañana.

Al final, creo que mis intenciones de existencia se resumen en eso: paz, amor, generosidad, honestidad y fe. Paz para con la vida y el entorno. Amor para mí mismo y para mis círculos más cercanos. Generosidad para el amigo, el familiar y el necesitado. Honestidad conmigo mismo y con quienes me rodean. Y fe en mis convicciones y en mis anhelos; en aquello que espero de mí el día de mañana.

Quizá, cuando logre aprender a vivir esos valores sin olvidar que también está bien bajar la guardia de vez en cuando, descubra que conectar con otras personas nunca fue el verdadero reto. El reto era permitirme ser visto sin sentir que, al hacerlo, todo lo demás podía derrumbarse.



 Se me ocurre que ya no estoy en mi prime. O quizá, siendo sincero, jamás lo estuve. Viéndome desde una perspectiva externa, siempre he tenido que estar peleándome con algo o con alguien, principalmente contra mi propia mente, que cada que tiene oportunidad intenta limitarme y reducirme. Entre vicios, temores y fracasos, uno termina sintiéndose parte de ese montón de huevos podridos que están en la cesta esperando ser tirados a la basura.

Muy depresivo ese primer párrafo, lo reconozco, pero tampoco es que me esté muriendo de pena o tristeza. Solo vine a contar que, por fin, me dieron de baja de Amdocs. Una empresa que en un inicio me gustaba muchísimo y que poco a poco se fue hundiendo en un profundo océano de malas decisiones de negocio, avances tecnológicos mal implementados, nula responsabilidad, estándares de calidad cada vez más bajos y una preocupante pérdida de identidad. Porque sí, esa fue, al menos desde donde yo lo viví, la secuencia de acontecimientos que terminó llevando a la empresa de la que hoy me estoy despidiendo a una caída importante.

Les explico un poco más.

Hace poco más de un año, un equipo de Modernización realizó un despliegue fallido que impactó negativamente los KPIs de la empresa para la que trabajaba mi proyecto y, por consecuencia, la satisfacción de sus clientes cayó de forma considerable. Para "subsanar" el problema, la empresa inventó una reestructura con varios puestos cuya principal función parecía ser hacer la barba a la directiva del proyecto, aunque la relación con el cliente ya estaba seriamente dañada.

Después llegó un nuevo CTO de aquel lado, uno con una postura geopolítica muy marcada que no quiero abordar aquí. Desde el primer día dejó claro que quería eliminar el vínculo con nuestra empresa. La decisión terminó postergándose durante meses entre renegociaciones, pero al final consiguió que únicamente permanecieran los servicios de soporte para herramientas heredadas, mientras se cancelaban todos los desarrollos nuevos. Justamente ahí era donde yo trabajaba. No pertenecía al equipo responsable del colapso de la sociedad, pero sí a uno completamente dependiente de ella.

Todo eso ocurrió aproximadamente entre febrero y julio del año pasado. Para septiembre llegó la primera ola de despidos masivos, incluido aquel gran proyecto y más del ochenta por ciento de sus integrantes, porcentaje que terminaría convirtiéndose en el cien por ciento durante la segunda ronda que ocurrió en noviembre.

Por alguna razón que todavía no termino de entender, a mí me dejaron ahí, en el limo, durante lo que restó de 2025. Cuando finalmente cerraron las cortinas de mi proyecto, pasé prácticamente todo 2026 con mínimas o nulas interacciones dentro de la empresa. Para enero incluso mi jefe y el jefe de mi jefe ya habían sido dados de baja de la cuenta.

Para marzo había dejado de recibir comunicaciones internas. Aquello apestaba a despido desde entonces.

Así que aproveché el tiempo para estudiar y prepararme para lo que viniera. En mi intento por conservar el empleo apliqué a unas siete vacantes internas, sin éxito alguno. Ni una llamada, ni un correo, ni un mensaje de seguimiento. Al poco tiempo las posiciones simplemente aparecían ocupadas o canceladas.

Estaba convencido de que tarde o temprano me tocaría salir en el siguiente recorte. Tengo que reconocer que esa incertidumbre elevó muchísimo mis niveles de estrés y que la pasé bastante mal durante varios meses.

Y aquí viene la parte cruel.

Tengo que hablar un poco de lo que, desde mi perspectiva, ocurrió internamente. De cómo una empresa orgullosa de ser líder en su industria, de desarrollar sus propios productos y mantener alianzas comerciales importantes, terminó convirtiéndose en una consultora más dentro de la ciudad.

Aclaro también que parte de lo que cuento puede estar ligeramente ficcionalizado como recurso narrativo o construido a partir de conversaciones, experiencias personales y percepciones acumuladas durante mi estancia como empleado.

Todo empezó con la "tatificación" de la empresa. Una estrategia muy conocida en Tata que consiste en contratar perfiles junior para comercializarlos como perfiles senior. El año pasado comenzaron a llegar decenas de recién egresados y aquello, para quienes ya llevábamos tiempo en la industria, tenía muy mala pinta. Era evidente que la intención era abaratar los costos de producción.

Después vinieron los recortes de beneficios. El Seguro de Gastos Médicos Mayores fue reduciendo coberturas, los bonos prácticamente desaparecieron y los incrementos salariales dejaron de ser algo habitual.

Incluso podía verse en detalles mucho más pequeños. Antes era común encontrar comida especial algunos días, además de sándwiches y otros alimentos disponibles para cualquiera. Poco a poco esos beneficios fueron desapareciendo. Hoy incluso el agua parece administrarse con extremo cuidado. Increíble.

Entonces empecé a notar algo más grande.

Después del fracaso de la modernización de mi cuenta, otras negociaciones importantes también comenzaron a caerse. Recuerdo particularmente una empresa con fuerte presencia en Latinoamérica que estaba por abrir alrededor de doscientas posiciones y que terminó cancelando el contrato antes siquiera de firmarlo.

Mientras tanto, la enorme cuenta donde yo trabajaba continuaba absorbiendo otras empresas tecnológicas, algunas de las cuales también eran clientes de Amdocs.

Luego llegó GenAI.

Ese mismo cliente anunció públicamente que comenzaría a desarrollar parte de su propio software apoyándose en herramientas de inteligencia artificial para reducir la dependencia que tenía de nuestros productos. Desde mi perspectiva, ese fue el principio del fin.

El cliente más grande estaba preparando su salida, muchos clientes pequeños estaban siendo absorbidos y el otro gran cliente tampoco representaba un negocio particularmente rentable, pues ambas compañías mantenían una relación accionaria importante. Y, además, cerrar nuevos contratos de gran tamaño parecía cada vez más complicado en un mercado donde desarrollar software propio empezaba a ser considerablemente más accesible que años atrás.

A todo eso hay que sumar la carga laboral.

Yo mismo llegué a reportar semanas continuas de más de setenta horas de trabajo. Trabajábamos fines de semana sin compensación económica ni tiempo de descanso. Cuando reporté la situación y la escalé con Recursos Humanos, la respuesta fue siempre la misma:

"Así son las cosas en esta cuenta. Estamos atados de manos."

Ahora voy a tocar un tema particularmente delicado, pero que fue imposible no notar.

Con buena parte de la media y alta gerencia conformada por personas de nacionalidad india, los recortes parecían favorecer sistemáticamente a empleados de esa misma nacionalidad. Al menos eso fue lo que observé en los dos proyectos donde participé.

En el primero, bajo la supervisión de mi jefe, salieron un nepalí, un mexicano y un estadounidense, mientras el resto del equipo permaneció intacto.

En el segundo proyecto ocurrió algo parecido. De los diez integrantes del equipo que desaparecería, cinco eran indios. Al final, prácticamente todos ellos fueron reubicados en otros proyectos, mientras el resto terminamos fuera de la empresa, con excepción de un compañero norteamericano que, hasta donde sé, continúa ahí.

No sé si exista una explicación distinta, pero fue un patrón demasiado evidente como para ignorarlo.

También era notorio que a la oficina de esta ciudad únicamente le asignaban proyectos pequeños de soporte. Cuando aparecía una oportunidad interesante de desarrollo, si no se realizaba en India terminaba yéndose a países como Filipinas o Brasil, dejando a nuestra sede cada vez más rezagada.

Para cerrar, no escribo esto desde la frustración ni desde el resentimiento. Muy al contrario. Me siento genuinamente contento de haberme liberado de una empresa que terminó convirtiéndose en un ambiente de explotación.

Recuerdo que cuando entré llegué a pensar: "Aquí me gustaría jubilarme."

El día que finalmente me avisaron que mi historia ahí terminaba, mi único pensamiento fue: "Ya estaba hartísimo de ellos."

Aun así, muchas gracias a la mejor versión de Amdocs que me tocó conocer. Estoy profundamente agradecido por todo lo que aprendí ahí y espero que esa experiencia siga fortaleciendo mis habilidades profesionales durante muchos años más.



Adiós Amdocs

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 Se me ocurre que ya no estoy en mi prime. O quizá, siendo sincero, jamás lo estuve. Viéndome desde una perspectiva externa, siempre he teni...

 Por definición, hay algo raro con el uso de los tokens; he estado sufriendo un montón en días recientes por esa unidad de medida y es que, simplemente, está fuera de sentido. Los tokens son monedas digitales que cambian al gusto de sus creadores y se comportan con el cliente dependiendo de lo que más convenga al negocio; tal como sucede con las criptomonedas, la demanda los vuelve una herramienta demasiado fluctuante y muy poco confiable. Si montas una infraestructura con la necesidad de que soporte el paso del tiempo de manera estable, terminarás encontrándote con el hecho de que es simplemente imposible mantenerla, a menos que estés dispuesto a hacer un gasto particularmente grande.

Llevo al menos dos semanas peleándome con investigaciones sobre tokenización, su uso y la posible mejora de metodologías para desarrollar productos que funcionen sin volverse un dolor de cabeza cuando el tiempo entra en la ecuación de la arquitectura. Llevo buenos avances, resultados cuestionables y un montón de ganas acumuladas de abandonar el camino actual para buscar alternativas constantemente.

Justo frente a mí hay una chica de blusa roja y short de mezclilla que tengo la idea de conocer de antes; la verdad, le doy vueltas en la cabeza a su cara y a su aspecto. Estoy seguro de haberla visto, incluso recuerdo haber conversado con ella. No es salida de mis sueños, estuvo en algún punto de mi pasado; tal vez en alguna plataforma virtual o entre los conocidos de mis conocidos, en algún evento en común. Esa nariz es imperdible, además tiene una mirada con la que me siento particularmente familiarizado.

¿A qué se debe que no la recuerde con claridad? No tengo idea. El cerebro tiene una forma rara de conservar sus recuerdos, de ubicar a las personas y las memorias en algún punto específico dentro de sus conexiones. No puedo dejar de ver su rostro; espero no quedar como un raro. No la he mirado fijamente, pero de vez en cuando mis ojos, mientras escribo estas líneas, la observan un segundo y después vuelven para continuar con la narrativa.

Puede ser que algo me esté pasando, tengo que confesarlo: llevo al menos dos semanas fuera de control. No me he cuidado como quisiera, no he salido a hacer ejercicio, no he estado durmiendo a mis horas, tampoco he podido comer saludable y me he excedido en varias áreas con mis libertades. No tantísimo como para caer enfermo, pero sí, un poco.

Como les conté antes, estuve una semana fuera, en casa de mis papás, y ahí me dejé consentir con lo que hubiera en casa. Después, una semana más, mis papás estuvieron conmigo de visita y no iba a obligarlos a comer lo que yo como, ni a acompañarme a dormir a mis horas. Esa flexibilidad provocó que terminara la semana algo fuera de ritmo en cuanto a mis rutinas, y la actividad que tengo atrasada del trabajo —la misma que se relaciona con el manejo correcto de los tokens— me ha estado costando mucho sacarla adelante. De hecho, mañana tengo que presentar un prototipo que sigue en ningún lugar; no sé cómo, ni tengo idea de cómo lo voy a solucionar a estas alturas.

La tecla "S" de mi teclado está fallando. Me saca de la concentración porque, a medida que escribo una frase, tengo que regresar a revisar que se haya impreso correctamente en el procesador de textos.

Entonces, esta publicación se trata de mi frustración, de mi deseo de volver al camino correcto, de mis ganas de ser un buen hombre y de mi ilusión por conseguir una vida más saludable. Aunque a veces la mente se relaje y quiera dejar de pensar, aunque a veces se obsesione con la imagen del recuerdo de una mujer en particular, aunque a veces me distraiga y no coloque una letra donde debe ir en el texto, aquí sigo, tratando de encontrar a mi "yo" que menos daño se haga y adaptarme a vivir con él permanentemente.



Tokens

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 Por definición, hay algo raro con el uso de los tokens; he estado sufriendo un montón en días recientes por esa unidad de medida y es que, ...

 "Un hombre fácil de satisfacer", una amiga le decía a otra acerca de mí hace unos días. La frase hizo un poco de ruido; no molestia, sino interés y, después de varios días de darle vueltas, agrado.

Porque significaría que tanto mi personalidad como mi estilo de vida permiten aproximarse a mí con cierta comodidad, sabiendo que no tengo la piel tan delgada ni las esperanzas puestas en otras personas. No se malentienda, no lo digo a modo de reproche. Al contrario, como dije al inicio, me agrada saber que soy alguien sencillo.

Dicho lo anterior, he vuelto a la ciudad y empecé a sentirme extraño anoche. Estoy echándole la culpa a los tacos que cené; alguna de las salsas pudo haber tenido algo que ver. Hoy evitaré eso. Evitaré cualquier cosa que aparente tener un efecto negativo sobre mi comodidad. También está el hecho de que la casa se siente como un lugar desordenado y sucio después de más de una semana fuera. Tiene todo el sentido del mundo.

Reorganizar tu vida para volver al camino de la mejora es difícil, sobre todo cuando hay miles de razones que podrían considerarse estresantes y frustrantes alrededor. No me termina de quedar una aplicación, por ejemplo, y mañana tengo que presentar el prototipo. Esa frustración termina reflejándose en mi desagrado general.

También falló una herramienta que programé para mí mismo, de la que hablé hace un par de publicaciones. Necesito hacer debugging y arreglarla, pero por ahora hay otras prioridades, así que toca esperar con paciencia.

Aunado a los temas anteriores, llevo días sin completar mi cuota de caminatas. Parte por el calorón de Colima, parte por las nulas ganas de moverme durante esos días de "vacaciones" y parte por la sensación general de sentirme bien mientras me desvelaba y comía lo que quería estando por allá.

De hecho, lo comenté hace algunas publicaciones aquí mismo: estirar la liga se sintió un poco como liberarme de otra clase de estrés que ni siquiera estaba teniendo en cuenta.

En fin, mi día, como podrán imaginar, no empieza en las mejores condiciones. Pero para mi dicha, al rato tendré de visita a mis padres. Estarán por acá hasta el fin de semana acompañándome y ayudándome a revivir mi casa, tema que considero crucial en estos momentos.

Mientras le doy un sorbo a mi bebida escucho a un hombre sentado en mi lugar habitual comunicándose en inglés y me pregunto si seguiré teniendo la capacidad de hacerlo con fluidez ahora que llevo varios meses sin sostener conversaciones habladas. Espero que sí.

En casa, en este momento, tengo un modelo ejecutando una serie de instrucciones que sigue sin conseguir entregar algo completamente funcional y, quieran que no, mi cabeza da muchas vueltas alrededor de los conceptos que quiero que sea capaz de comprender y resolver.

Creo que, de alguna manera, todo este entorno de pensamientos encontrados, sensación de dificultad e inercia acumulada por los días pasados termina convirtiéndose en una especie de carga sobre mis espaldas, una de la que debo encontrar la forma de desprenderme.

Porque parte de mí, a veces, simplemente quiere mandar todo a volar y dedicarse a estar aquí, en mi lugar seguro, escribiendo, disfrutando de la vida, observando pasar a la gente y sus interacciones, haciéndose parte del entorno local. No como un elemento decorativo, sino como un proyecto de libertad, salud y consciencia plena; alguien agradecido por lo generosa que puede llegar a ser la existencia con él.



 A fucking collection of bad decisions made over years. What the hell.

Annoying, if you ask me.

For whatever reason, nobody spends more time looking into this than I do. Nobody is more interested in understanding why I seem to have such a complicated relationship with rules, limits, authority, and order.

Whenever there's an opportunity to make a mistake, I somehow find myself at the front of the line.

Damn.

It's not what I want.

It's not even what I need.

But there it is, staring back at me every single time.

A few motivational phrases won't change a damn thing when what needs transformation is the very core of who you are. A different life requires a different perspective. Different habits. Different instincts.

Keep doing the right thing for the right reasons.

The world keeps throwing garbage at your face every day. Endless distractions. Endless temptations. Endless invitations to become a lesser version of yourself.

Consume this.

Watch it.

Buy me.

Hate them.

Fear that.

Fuck off.

The machine never stops feeding.

And if you're not careful, it consumes more than your attention. It consumes your soul.

So you push back.

You create distance.

You build walls where walls are needed.

I know there's temptation.

I know there's pressure.

I know there's hate.

I've spent far too much time trying to negotiate with that darker part of myself. The one that drags everything toward disorder. The one that turns discipline into laziness, purpose into noise, and consciousness into a fog.

The one that would happily transform me into a living zombie.

Empty.

Hungry.

Distracted.

Existing instead of living.

Bad situations happen. Life closes doors. Time removes options.

At some point, sacrifices stop being optional.

They become the price of becoming who you're supposed to be.

And maybe that's where I am right now.

A season of disclosure.

A season of rebuilding.

A season of burning what no longer deserves to survive.

Reshape.

Rebirth.

Return.

Return to the version of myself that shines instead of merely survives.

I know I can.

I'm pretty fucking sure about it.

Because in a world full of lies, who exactly is going to hand you the answers?

Nobody.

Nobody is coming to save you.

No cavalry.

No miracle.

No secret mentor waiting around the corner.

Just you.

So let the house burn.

Let the old excuses burn with it.

Wash your hands of what no longer belongs to you.

Walk away.

Not in anger.

Not in fear.

Just awareness.

And maybe that's the lesson.

The time when you believed people loved you simply for who you were is gone.

Wake up, dude.

The world is more complicated than that.

Some people love you.

Some people use you.

Some people admire you.

Some people want to see you fail.

That's reality.

And reality doesn't care about your feelings.

Down here, beneath the surface, where illusions die and masks fall apart, weakness is no longer your surname.

You've spent too much time fighting yourself to remain asleep.

Too much time bleeding for lessons you already learned.

The old version had its chance.

Now stand up.

Look around.

And become someone your future self would actually respect.



 Estaba dándole vueltas en la cabeza a la idea de escribir o no la siguiente entrada. Ha sido una semana especialmente buena, en compañía de mis padres, visitándolos en Colima. Entre las emociones que hoy se adentran en mi cabeza, hay algo interesante: una consecución de decisiones cuestionables alrededor de un tema en particular.

El estrés ha estado reduciéndose. Eso es agradable, saludable. Sin embargo, estiré la liga un poco; la liga de algo que no debí haber hecho, la liga de un límite.

Y es que la vida es así. A veces nos cuesta un mundo conservarnos dentro de una forma de pensamiento, dentro de una dirección específica. Ese límite en particular, quizá, hizo un poco de su parte para que la ansiedad disminuyera. Pienso que tal vez el cortisol, en ocasiones, obedece al exceso de control, a querer conservar todo dentro de lineamientos demasiado estrictos.

Lo cual resulta curioso, porque aquello de dudosa moral en relación con mis propios límites podría haber sido, al mismo tiempo, sanador y liberador de otras sustancias que, en exceso, menguan la existencia y deterioran mi calidad de vida. No pretendo justificar nada. Me arrepiento de haber hecho aquello que considero incorrecto. Pero también soy consciente de que el exceso de control puede provocar estragos.

Punto y aparte.

Me desconcentré un rato con el movimiento de la gente entrando y saliendo del café. Tendré que levantarme a pedir algo más; ya terminé mi bebida y nunca me ha gustado hacer sobremesa en un restaurante sin seguir consumiendo.

Las dudas se apoderan de mi cabeza. El celular ha vibrado durante todo el día con llamadas entrantes que no me interesa atender, pues ni siquiera están dirigidas a mí, sino a un buen amigo por alguna de sus tarjetas de crédito.

Hay una sensación de desesperación y cierta incomodidad reflejándose en mi cuerpo. No es comezón, solo inquietud.

La tarde parece hablar por uno. Uno termina matizándose en medio de la sociedad y entendiendo que no estamos tan marcados como a veces la consciencia nos hace sentir. En realidad, le importamos demasiado poco a quienes están fuera de nuestros círculos más cercanos.

Y para muestra, me levanto y dejo mi computadora abierta sin atender durante unos minutos. Sé que nadie de los presentes leerá nada de lo que aquí está escrito.

Sinceramente, en algún momento he llegado a creer que la vida ocurre como una consecución de obsesiones que terminan transformándose en algo más.

Por ejemplo, la idea de un emprendimiento ante el que decides no rendirte sin importar cuántas veces todo salga mal, hasta que eventualmente se convierte en una empresa. O un narrador que se acostumbra a escribir notas, primero en una especie de diario personal escrito a mano; después, ese diario transformándose en un procesador de textos digital para publicar en Internet; y finalmente, terminando por escribir una obra, o varias, simplemente como consecuencia de su obsesión.

Tal vez por eso no me preocupa demasiado desconectarme durante algunos días o distraerme por algunas horas. Mientras mis ojos permanezcan puestos en el lugar correcto, siempre existe la posibilidad de regresar a donde debo estar para hacer aquello que verdaderamente estoy destinado a hacer.

Es que los seres humanos no somos ángeles —en relación con la canción que está sonando ahora mismo en el lugar—. Nuestra naturaleza consiste en cometer errores y tratar de levantarnos para seguir adelante.

A menos que nazcas en un entorno donde todo te sea enseñado de principio a fin, donde tu familia te proteja de cada tropiezo posible, las conexiones con el exterior, contigo mismo y con tu propio ego te van a tentar muchas veces. Y dependerá de ti permanecer en el camino hacia la persona que deseas convertirte.

No estoy aquí para juzgar a otros, porque yo mismo sería el primero en darme de golpes contra la pared o revolcarme ante la miseria de mis propias acciones.

En mi intento constante por ser una mejor persona, suelo encontrarme frente al reflejo de un ser vil y ruin, lleno de defectos, que simplemente agradece poder irse a la cama un día más con la esperanza de que mañana, al despertar, sea un poco mejor que hoy.



 Vamos a ver, ¿de qué va el texto el día de hoy?

Sencillo. Quiero seguir haciendo cambios, pero principalmente quiero identificar aquellas cosas que no me hacen bien. Anoche intenté caer una vez más en mis malos hábitos y, para mi agradable sorpresa, las limitaciones que me puse funcionaron perfectamente, provocando un fastidio temporal, pero una alegría mayor a la mañana siguiente.

Y es aquí donde llega la consciencia y me enseña detalles que parecen mínimos, pero desde la óptica de la continuidad del yo futuro, sé que estoy haciendo bien.

La aplicación que desarrollé es una gozada. Sin interrupciones ni incomodidades a la vista. Únicamente mi procesador de textos, haciéndose uno conmigo. Agradezco saber qué era lo que quería desde el inicio; así no me la pasaba divagando entre versiones. Creo que ese ha sido uno de mis fuertes en la vida: el determinismo. Saber que cuando decido algo, me gusta adoptarlo como parte de mi identidad e incorporarlo a mi día a día. Así me convertí en un lector asiduo, así estoy trabajando en una personalidad escritora, así estoy desarrollando empatía interpersonal y otras habilidades blandas de las que no quiero hablar todavía.

Desconecto los audífonos y me levanto por un chocolate caliente y un envuelto mexicano. Resulta que, como dije hace un momento, sigo investigando cuáles son aquellos alimentos que no provocan incomodidad a mi organismo y he ido aprendiendo a filtrar poco a poco. Obvio, es un trabajo para toda la vida. Sé perfectamente que mi decisión de un día o una semana no es nada en comparación con una vida de malos hábitos alimenticios, pero mejor empezar algún día que jamás hacerlo. Y cuando ya sabes qué es lo que no le agrada a tu cuerpo, entiendes que, en vísperas de darle un mejor trato, hay que evitar ciertas cosas. Eso aplica para actitudes, compañías y gustos; no solamente para lo ingerido.

Recién he aprendido que mi satisfacción personal al final del día viene acompañada de haber tomado decisiones decentes durante las horas que estuve despierto; con el cuerpo sin dolencias y la cabeza tranquila. Eso definitivamente lo vale todo. Te coloca en un punto de comprensión del entorno más completo de lo que imaginas.

Pero bueno, no vengo aquí a dar clases de lo bien que se siente no contaminar tu propio cuerpo cuando estamos rodeados de elementos, eventos e intenciones que, sin darnos cuenta, provocan justo lo contrario.

Ésta cosa está picante, perdón. Me enchilé un poco. Igual es interesante. Le doy un sorbo a mi chocolate. Muy rico. Dulce, eso sí, pero estoy investigando si la leche de coco es la que me provoca incomodidad o la cafeína. Con ese propósito me lo pedí.

Ya sé qué agregar a mi herramienta. Mientras degustaba el último bocado lo deduje. Será una sorpresa, pero me encantará conseguirlo.

Y bien, para cerrar, solo queda comentar que el día se define a partir de las múltiples decisiones minúsculas que tomamos. Si optamos por las mejores o, como dije antes, por las decentes, al menos en aquello que esté dentro de nuestro control, estamos del lado correcto de la narrativa.



 Esto es una entrada escrita desde mi nuevo procesador de textos extremadamente minimalista llamado "noted".

La explicación de la herramienta es sencilla. Estoy cansado de los procesadores de texto modernos y de los notepads que intentan convertirse en centros de comando para toda tu vida. Ya no sé si quieren ayudarme a escribir, administrar proyectos, gestionar equipos de trabajo o llevar la contabilidad de una pequeña empresa. Lo único que sé es que cada nueva función parece competir por mi atención.

Yo solo quería escribir.

Quería un espacio donde las palabras aparecieran una detrás de otra. Un lugar donde pudiera sentarme frente al teclado y pensar. Nada más.

Por eso decidí crear algo propio.

Noted no pretende revolucionar nada. No intenta convertirse en la próxima aplicación indispensable para la productividad. No tiene una lista interminable de características. No tiene paneles laterales, plantillas inteligentes, sistemas complejos de organización ni elementos que busquen impresionar a nadie.

Es una hoja oscura con texto claro.

Y para mí, eso es suficiente.

He removido prácticamente todo. Dejé una fuente monospace porque me gusta la sensación de estar frente a una máquina cuya única responsabilidad consiste en registrar ideas. Cambié el fondo a negro. Elegí un gris suave para las letras. Eliminé aquello que no contribuía al acto de escribir.

El resultado me encanta.

Abro la aplicación y encuentro exactamente lo que esperaba encontrar: nada.

Nada que me distraiga.

Nada que me pida configurar algo.

Nada que reclame atención.

Solo un cursor esperando.

Mientras la construía, me di cuenta de que la herramienta se parecía mucho más a mí de lo que imaginaba.

Hace algunos años habría intentado agregar funciones. Habría buscado hacerla más completa, más poderosa, más impresionante. Habría confundido complejidad con calidad.

Hoy no.

Hoy me encuentro recorriendo el camino opuesto.

Cada vez me interesa menos acumular y cada vez me interesa más seleccionar.

Eso ocurre con la aplicación.

Eso ocurre con mi alimentación.

Eso ocurre con mis hábitos.

Incluso ocurre con las personas con las que comparto mi tiempo.

Desde hace meses he simplificado muchas cosas. Mi alimentación, por ejemplo, se ha vuelto mucho más básica de lo que era antes. Proteínas. Algunas verduras. Bebidas sin azúcar. Menos ingredientes. Menos experimentos. Menos ruido.

Cuando lo explico, algunas personas parecen interpretarlo como una limitación. Yo lo veo de otra manera.

Cuando descubres qué cosas te aportan valor, dejas de sentir la necesidad de llenar el espacio con alternativas.

No necesito cincuenta opciones para desayunar.

No necesito cien aplicaciones abiertas al mismo tiempo.

No necesito convertir cada aspecto de mi vida en un catálogo infinito de posibilidades.

La abundancia tiene virtudes, pero también tiene costos.

Elegir cansa.

Comparar cansa.

Evaluar cansa.

Dudar cansa.

Hay una tranquilidad peculiar en encontrar algo que funciona y permanecer ahí el tiempo suficiente para conocerlo bien.

Quizá por eso disfruto tanto esta pequeña aplicación.

No porque sea extraordinaria.

No porque represente algún logro técnico impresionante.

La disfruto porque me recuerda una idea que cada año parece cobrar más fuerza dentro de mí: muchas veces el progreso no consiste en agregar algo nuevo, sino en remover aquello que estorba.

Pienso en eso cuando miro hacia atrás.

Cada decisión que he tomado ha dejado una marca en el presente que habito. Algunas decisiones fueron buenas. Otras no tanto. Algunas nacieron de la disciplina y otras de la necedad. Varias surgieron del miedo. Otras de la esperanza.

Todas terminaron construyendo una parte de quien soy.

No lo digo con orgullo ni con arrepentimiento.

Lo digo con curiosidad.

Me gusta observar mi propia historia y descubrir cómo llegué aquí. Qué hábitos sobrevivieron. Qué ideas desaparecieron. Qué cosas consideraba importantes hace diez años y cuáles siguen teniendo valor hoy.

Hay algo extraño en hacerse mayor.

Comienzas a notar patrones.

Comienzas a entender que muchas respuestas ya estaban frente a ti desde hace tiempo.

Comienzas a aceptar que la vida rara vez se transforma por un acontecimiento espectacular. La mayoría de los cambios importantes nacen de pequeñas decisiones repetidas durante años.

Quizá "noted" sea una de esas decisiones pequeñas.

Quizá dentro de unos meses deje de usarlo.

Quizá evolucione y se convierta en algo distinto.

O quizá permanezca exactamente igual.

Por ahora cumple su propósito.

Me permite sentarme frente a una pantalla vacía y recordar que, cuando eliminas suficiente ruido, todavía puedes escuchar tus propios pensamientos.

Y en estos tiempos, eso ya me parece bastante valioso.



Noted

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 Esto es una entrada escrita desde mi nuevo procesador de textos extremadamente minimalista llamado "noted". La explicación de la ...

 ¿Cuánto tardas en resetear tu pensamiento y forma de vida? Hay dependencias, vicios, costumbres y hábitos que cargamos todos los días sin darnos cuenta de que están ahí, hasta que algo pasa. Hasta que el cuerpo resiente. Hasta que aparece un cambio. A veces es algo positivo; otras, una incomodidad, un dolor o una molestia. Y así, el mismo cuerpo termina diciéndonos cuando no se siente bien con la vida que le hemos venido dando.

Ayer me topé con un video en el que me retaban a irme a caminar sin audífonos, sin celular y sin distractores durante diez kilómetros. Hice un cálculo rápido de hasta dónde serían aproximadamente cinco kilómetros y pensé: de ida y vuelta lo consigo, va. Me convencí.

Para mayor certeza dejé el celular en casa. Tomé un par de vasos grandes de agua antes de salir y decidí no llevar tampoco cartera ni dinero. Éramos mis llaves y yo contra un interesante trayecto por recorrer.

Dios, qué horror darme cuenta de lo pobre de mi condición física. Quizá había recorrido dos terceras partes del trayecto cuando empecé a ver mi suerte. Estaba sudando a chorros, la visión comenzaba a ponerse un poco borrosa y el cansancio ya era evidente.

Tengo que decir que en ese tramo me tocaron dos pendientes bastante pesadas, cerca de un kilómetro acumulado de subida. Para alguien con sobrepeso —u obesidad, según se perciba— que no había andado por terrenos así más allá de unos cuantos metros, aquello se volvió un verdadero reto. Lo sufrí. Estaba, como diríamos en mi adolescencia, "bofeado".

La pasé mal durante buena parte del último tramo. Sin embargo, no me detuve. Cuando llegué a la cima de esa sección, sabía que el resto del camino era más parejo. Empecé a decirme: "tú puedes, Carlos", "despacio, no hay ninguna prisa". Bajé el ritmo. Mi corazón comenzó a relajarse, recuperé el aire y seguí caminando mientras respiraba con profundidad.

Finalmente tuve una pequeña victoria. No solo porque conseguí llegar a casa casi en una pieza —la verdad llegué directo a comer y a beber agua—, sino porque en el último pedazo de la caminata di una carrera de unos doscientos metros.

¿Cuánto tiempo tenía sin que el cuerpo me diera para un sprint?

La lluvia se había soltado sobre la ciudad y era correr o llegar hecho una sopa. Además, agradecí a Dios que la temperatura bajara un par de grados, que la humedad aumentara y que las gotas comenzaran a caer justo cuando yo ya estaba sufriendo por el agotamiento, el calor y la falta de agua.

Después de comer algo me metí a bañar y me tiré en la cama para terminar el otro "side quest" con el que me habían retado en ese reel: leer un libro completo en un día.

También lo conseguí.

Finalicé la jornada durmiendo como rey. En el piso, porque después de un rato en la cama empezó a darme calor. Me desperté a la mañana siguiente con esa sensación de haber recuperado una parte de mí que estaba bloqueada y con la certeza de que había cometido un error al no llevar agua ni dinero durante la caminata.

Pero bueno, como reto personal, se logró.

Y más allá de la distancia recorrida, del libro terminado o de la lluvia que me obligó a correr los últimos metros, me quedó algo más útil: recordarme que todavía soy capaz de exigirme un poco más de lo que creo. Que cuando me propongo hacer algo y lo sostengo con convicción, suelo encontrar la forma de conseguirlo. Y que, de vez en cuando, basta una caminata larga para descubrir cosas sobre uno mismo que llevaban demasiado tiempo esperando ser escuchadas.



Caminata

Por
 ¿Cuánto tardas en resetear tu pensamiento y forma de vida? Hay dependencias, vicios, costumbres y hábitos que cargamos todos los días sin d...

 Estaba a punto de escribir algo en relación con mi situación actual, aquella que no debería venir a exponer acá. Me detuve en seco. Un segundo pensamiento me invadió. Claro que ver una película es una experiencia interesante. Cambiando de tema, por decir algo.

Mis dedos se mueven al ritmo de las canciones que escucho en los audífonos. Disfruto las bellezas de la vida. A veces solo, a veces acompañado, como mañana, quizá, cuando tenga familiares de visita. No sé qué sentir, si me lo preguntas. Las expectativas son mínimas y, aun así, el tema del orden en la casa, la limpieza y los pequeños pendientes me hace ruido. No un ruido desconcertante. Más bien uno que requiere algo de atención.

Hablando del ruido que me rodea, no estoy escuchándolo. La canción me invita a viajar, a un mundo ficticio de temores y colores. No sé por qué las emociones consideradas negativas suelen colocarse en la otra orilla del espectro cuando, en realidad, todas forman parte de una misma visión del entorno.

Y una mujer de cabello rubio teñido se ha sentado a dos metros de distancia, frente a mí. Es más llamativa de lo que pensé al verla entrar. Camiseta negra con detalles blancos en cuello y mangas, ojos claros, abundante maquillaje —para mi gusto personal—, jeans grises y tenis blancos. En conjunto se ve bastante bien. Trae un matcha de esos de color verde y se come uno de los envueltos que venden en Starbucks mientras habla por teléfono. A veces cruza miradas conmigo, casi como si divisara un espectro en el horizonte.

Al desconectar para concentrarme en lo que escribo, el mundo sigue su curso. Sin ponerme filosófico, sin intenciones rebuscadas. Los jueves por la tarde la plaza suele estar repleta de mujeres atractivas. No pregunten cómo lo sé. Simplemente lo sé.

De momento he visto pasar algunas mujeres guapas. Agradezco la oportunidad de estar aquí y disfrutar de tan agradables vistas mientras me hundo en la silla a escribir sobre mi día, sobre lo simple de la existencia o sobre el hecho de que una mujer de tez blanca, vestido negro y mirada ingenua puede ser lo más espectacular que atraviese mi campo visual a lo largo de la jornada. Sigo.

Es curioso cómo gran parte de lo que ocurre a mi alrededor existe gracias al mismo sistema que tantas personas disfrutan criticar. La cafetería, la plaza, las tiendas, la ropa que viste la gente, las bebidas sobre las mesas, los teléfonos en las manos de casi todos. Hay que aprender a perderle el miedo al capitalismo. Al final estamos rodeados por él y no hay mucho que podamos hacer al respecto si pretendemos evitar morir de hambre.

Cuesta trabajo entender que las reglas de la existencia provienen de mucho más arriba de donde nos encontramos. Resulta más sencillo revolcarse en la miseria, sufrir por las carencias —que a todos nos sucede— y culpar a cualquier cosa que aparezca a la vista. Pero tarde o temprano descubres que debes aprender a montar a la bestia o terminarás debajo de ella. Y no queremos que eso suceda. Ni a mí ni a nadie de los que me rodean.

La vida sin herramientas tal vez no sea nada. Sin embargo, cuando aprendes a programar en Notepad, cuando no le temes a redactar directo sobre una hoja en blanco, cuando te sobrepones a una vida sin redes sociales, asistentes virtuales, inteligencias artificiales, agentes que codifican por ti, entornos de desarrollo prediseñados, música o contenido en streaming, descubres algo importante.

Te descubres a ti mismo.

Te vuelves tú solo frente al mundo moderno y entiendes que eres mucho más grande que los vicios y las vicisitudes contemporáneas.

Te vuelves más grande que la lectura de un simple libro o que un contacto al que llamas por teléfono. Trasciendes los miedos cultivados por no formar parte de tendencias o modas. Superas el FOMO, el contexto interpersonal, las estructuras hechas a la medida, el mercado de consumo y toda la basura que permanece ahí, disputándote la atención.

Porque lo que de verdad importa sigue siendo lo mismo.

Tu capacidad de producir.

Sin ayuda.

Sin aplausos.

Sin recompensa inmediata.

Únicamente por el placer de hacerlo.

Y saber que puedes con eso te coloca en un lugar especial, donde apenas unos pocos logran habitar. En paz contigo mismo. Con tu mente. Con tu historia de vida. Con tus habilidades. Con tu entorno. Con tus pensamientos. Con la simplicidad de tu existencia.

Lo cual es arte en su estado más puro y genuino.



 Las campanadas de la iglesia resuenan a una cuadra de distancia. Más allá, otras iglesias parecen responderles en sincronía. Dentro del local, la música suena a un volumen considerable. Afuera, al pie de la calle, pasan coches con sus propias canciones compitiendo por dominar el ambiente. Cerca de mí, una chica sostiene una videollamada con su madre; ambas elevan la voz para vencer los problemas de conexión. Frente a mí, una familia entera mantiene una discusión apasionada donde cada integrante intenta hacerse escuchar por encima de los demás.

¿En dónde estoy?

¿Y por qué de repente me está provocando tanta incomodidad el ruido del entorno?

Mi primera reacción es culpar a todo lo que me rodea. Es fácil hacerlo. Cuando uno se siente mal, resulta tentador buscar responsables en el paisaje. Convertir cada sonido en una agresión. Cada interrupción en una prueba de que algo está fuera de lugar.

Pero conforme pasan los minutos empiezo a cuestionar mi propio diagnóstico.

Las campanadas dejaron de sonar después de un minuto.

La chica de la videollamada probablemente lleva días o semanas sin ver a su familia y encontró en el domingo por la tarde el momento para ponerse al corriente con ellos.

La familia no está peleando. Bueno, quizá sí un poco. Pero también se nota que están disfrutando la comida y la compañía mutua. Como detalle adicional, después de observarlos unos segundos, debo admitir que aquí son muy bonitas las señoras. Se nota que en sus años de juventud debieron llamar bastante la atención.

Sigo.

Es cierto que pasan coches ruidosos, pero sucede de forma esporádica. Mucho menos frecuente de lo que mi molestia inicial me hizo creer.

Y la música. Bueno, la música está reproduciendo canciones que no me gustan. Eso no la convierte en un problema. El desagrado también es un sesgo.

Entonces empiezo a sospechar que el ruido no es el verdadero asunto.

Lo que está pasando en realidad es que tengo sueño.

Me siento agotado.

El sol ha hecho mella en mí durante buena parte del día y eso, combinado con los problemas para dormir de la noche anterior, terminó por provocarme dolor de cabeza. Mi cuerpo está cansado y mi mente está utilizando todo lo que ocurre alrededor para justificar ese malestar.

El mundo no cambió.

El que cambió fui yo.

Necesito respirar más. Tomarme las cosas con calma. Evitar que el entorno me consuma y que el estrés me convenza de que todo está mal cuando quizá lo único que necesito es descansar.

Tomo un sorbo profundo de mi bebida.

Un cold brew tonic de cítricos.

Extremadamente refrescante.

Suspiro.

Hay otro fenómeno curioso que he experimentado durante estos días. La cantidad de personas que me han abordado en la calle para pedir dinero.

Entre quienes aseguran estar enfermos, quienes dicen no tener para comer y quienes simplemente piden porque sí, calculo que al menos unas doce personas se me han acercado durante los últimos dos días. Entre una historia y otra, probablemente me han sacado cerca de trescientos pesos.

Y es que tengo corazón de pollo.

Me resulta demasiado fácil creer lo que me cuenta la gente cuando parecen sinceros. Sobre todo cuando hablan de enfermedad, hambre o dificultades económicas. Algo dentro de mí siempre quiere pensar que están diciendo la verdad.

No menciono esto para parecer generoso.

Mi generosidad no se mide por la cantidad de dinero que entrego en una banqueta.

Sí me considero una persona generosa, pero hay una diferencia entre dar porque uno quiere hacerlo y dar porque alguien encontró la forma de exprimir esa parte sensible de uno mismo.

Tampoco lo digo con desprecio hacia quienes piden ayuda. Al contrario. La empatía es precisamente lo que me impulsa a ayudarlos cuando puedo.

Lo menciono porque forma parte de la experiencia.

Porque, igual que el ruido, son pequeñas demandas constantes de atención.

Historias.

Rostros.

Peticiones.

Voces.

Todo reclamando un poco de espacio dentro de mi cabeza.

Otro sorbito.

Qué deliciosa sabe esta cosa.

Poco a poco me he ido metiendo tanto en lo que ocurre dentro de mi propia burbuja que he empezado a ignorar buena parte de lo que sucede alrededor.

Y quizá esa sea una habilidad importante.

No porque el mundo exterior carezca de valor, sino porque hay días en los que uno necesita distinguir entre lo que realmente está ocurriendo afuera y lo que está ocurriendo dentro de uno mismo.

Mientras menos permita que el ruido de afuera determine mi estado de ánimo, más energía tendré para cuidar lo que sucede aquí adentro.



 ¿Es la vida una ficción sobrecargada? ¿Y lo que asumimos como realidad no es más que un conjunto de eventos aleatorios que se escapan de cualquier narrativa que intentamos imponerles?

No es una pregunta que me robe el sueño. Al final, de lo que se trata es de entender que el alcance de nuestra influencia termina por definir los límites de nuestra propia vida. Por esa razón, la existencia puede ser tan inmensa o tan sencilla como cada quien decida verla.

Empecé a escribir con la intención de llegar a viejo, pero muy viejo, y sentarme en cualquier lugar a leerme para pasar el rato. Por distracción, por afición a la lectura o por simple entretenimiento. Porque cuando uno llega a cierta edad, si llega solo —que es como muchas veces se llega— descubre que el resto del mundo ha seguido avanzando. Las costumbres cambian, las referencias desaparecen y la forma misma de vivir se transforma hasta volverte un extraño en el tiempo que te toca habitar.

Quizá por eso me gusta creer en el sueño de tener mi propio lugar. Un espacio con mis propias cosas, con acceso a todo lo necesario para vivir con comodidad, con ingresos suficientes y retornos de inversión que me permitan dedicarme a aquello que más disfruto: leer y escribir.

Soy un romántico de la literatura y la belleza. Más que un filósofo de recámara o un autor de café, me considero alguien que celebra los pequeños momentos. Una persona que encuentra significado en las conexiones humanas, que intenta entenderse primero a sí misma para después ocupar un lugar dentro del entorno que la rodea.

Y bajo esa premisa, establecer límites interpersonales resulta importante. Porque si dependiera de mí, podría convertirme en un verdadero dictador de la atención, en un representante del control o en un doctor honorario del mundo de la opinión. Pero no soy nada de eso. Solo soy un ser humano tratando de entender su propia vida, cometiendo errores como cualquiera, descargando frustraciones contra sus miedos y tropezando una y otra vez con sus propios vicios.

Esa insignificancia termina por volverme parte de aquello que algunas veces señalo y otras simplemente envidio. Porque el deseo de pertenecer, de pasar desapercibido, de llegar a un lugar, pedir algo para tomar y sentarme a escribir durante un rato sigue siendo una de las motivaciones de cada mañana.

Lo curioso es que aquello que más me aleja de los demás dentro de un microcontexto social suele ser también lo que más me conecta con ellos. Las palabras que aparecen en mi mente sin previo aviso, las historias improvisadas que construyo mientras espero mi turno para ordenar un café, las observaciones fugaces sobre la gente que entra y sale del lugar.

Ver pasar a un par de mujeres esplendorosas de ojos azules en la fila, en la plenitud de su juventud, imaginar quiénes son, qué hacen, qué las preocupa o qué las ilusiona, no me vuelve distinto. Me vuelve humano. Al final, todos vivimos rodeados de desconocidos y todos intentamos completar, con fragmentos e intuiciones, las historias que nunca llegaremos a conocer por completo.



 Tengo una necesidad que no había considerado en el pasado reciente. Una que había venido postergando porque suelo moverme en entornos muy pequeños. Sin embargo, cuando sales de tu zona de confort, descubres que estaba ahí desde antes, esperando hacerse notar.

Viajar tiene una cualidad curiosa. Uno piensa que va a desconectarse, pero lo primero que termina observando son las comodidades y los privilegios que forman parte de la vida cotidiana. Más que desconectar, aparece el efecto de la carencia. Empiezas a notar todo aquello que normalmente das por sentado: un lugar donde sentirte cómodo, una rutina conocida, una forma sencilla de moverte de un punto a otro.

Y precisamente a eso quería llegar con esta publicación.

Estoy en un lugar que visito por tercera vez en mi vida. Las dos ocasiones anteriores fueron tan limitadas que ni siquiera pude alejarme más de una manzana. Esta vez fue diferente. Tuve la oportunidad de recorrer más calles, conocer algunos sitios interesantes y acercarme un poco a la cultura local. Eso, por sí solo, hizo que el viaje valiera la pena.

Aun así, hubo algo que no terminó de encajar.

El calor hizo mella en mí desde muy temprano y, para ser sincero, ya tengo ganas de volver a casa. Dormir aquí ha sido una experiencia complicada. Las dos noches terminé tirado en el piso porque la cama parecía un comal. Son detalles pequeños cuando los ves por separado, pero cuando se acumulan terminan influyendo bastante en la experiencia general.

Fue ahí donde apareció una idea que jamás había considerado con verdadera seriedad.

Un coche resolvería buena parte de esos inconvenientes.

Cuando dependes de caminar o de servicios de transporte ajenos, terminas condicionando muchas decisiones. Rentas cerca del centro porque necesitas tener todo al alcance. Calculas rutas, horarios y distancias. Y aunque esta es una ciudad relativamente pequeña, donde tomar un taxi probablemente no sea un problema mayor, ciertas experiencias pasadas siguen ahí, recordándome que conviene pensar dos veces antes de depender por completo del transporte público o de terceros.

En términos generales, esta visita fue mucho mejor que las anteriores. Conocí más lugares, entendí un poco mejor el entorno y tuve una experiencia mucho más completa. Sin embargo, también comprendí algo importante: si realmente quiero mimetizarme con un lugar, necesito más tiempo y más libertad de movimiento.

Probablemente tendría que rentar un sitio durante al menos una semana. Vivir unos días sin prisas. Comprar donde compran los habitantes locales. Caminar por calles que no aparecen en las recomendaciones turísticas. Sentarme en cafés cualquiera y observar la vida pasar. Y para lograrlo, también necesitaría una forma segura y cómoda de trasladarme.

Por eso creo que, por primera vez en mi vida, siento un deseo genuino de adquirir un coche propio. No como símbolo de estatus ni como una meta aspiracional. Lo veo como una herramienta.

Tal vez ocurra a finales de este año. Tal vez el siguiente. Todo dependerá de cómo sonrían la vida y las finanzas. Pero la idea ya quedó anotada en mi lista mental de pendientes. Porque este fin de semana me mostró un bloqueo que nunca había percibido con claridad y, al mismo tiempo, me enseñó una posible solución.

Mis pies seguirán siendo mi medio favorito de transporte. Eso no cambia. Caminar sigue siendo una de las formas más agradables de conocer un lugar.

Lo único que busco es contar con una alternativa cuando el sol parece empeñado en derretir las neuronas dentro de mi cabeza, o cuando necesito moverme de noche por sitios que no forman parte de mis entornos de confianza.

Porque el mundo quizá defina el éxito por las posesiones que tienes.

Yo lo defino de otra forma.

Para mí, el éxito consiste en sentirme pleno. Tener estabilidad emocional, salud física, tranquilidad financiera, curiosidad intelectual y la cercanía de las personas que quiero. Consiste en despertar en paz conmigo mismo, sin importar dónde esté. Consiste en abrir los ojos cualquier domingo por la mañana, en cualquier parte del mundo, y poder escribir, con absoluta honestidad, lo agradecido que estoy con el Cielo por permitirme seguir con vida.



Un Coche

Por
 Tengo una necesidad que no había considerado en el pasado reciente. Una que había venido postergando porque suelo moverme en entornos muy p...

 Me comprometí a completar mi propósito de escritura para el resto del año durante este mes porque los números ya no daban. Había llegado a ese punto incómodo en el que uno revisa sus metas y descubre que el calendario avanza más rápido que los resultados.

Por fortuna, el esfuerzo rindió frutos.

Logré alcanzar, en términos porcentuales, el punto donde quería estar al finalizar el mes. No significa que el trabajo esté terminado, pero sí que recuperé terreno. La estrategia de enfocarme primero en aquellos objetivos que me resultan más accesibles terminó funcionando mucho mejor de lo que esperaba.

A veces uno piensa que el camino correcto consiste en atacar primero los retos más difíciles. En mi caso ocurrió lo contrario. Necesitaba acumular victorias, generar impulso y demostrarme que todavía era capaz de mover la aguja.

Ahora viene la siguiente etapa.

Para continuar avanzando tendré que reducir un poco la frecuencia de las publicaciones por aquí. No desaparecer, porque escribir sigue siendo lo más importante para mí, pero sí liberar algo de tiempo para concentrarme en el siguiente propósito según su nivel de dificultad.

Desde mi perspectiva, ese propósito es leer cincuenta libros en el año.

Cuando lo pienso en frío, me resulta curioso que una meta tan ligada al placer termine sintiéndose como una montaña. Tal vez porque leer exige algo que cada vez parece más escaso: atención sostenida. No basta con encontrar tiempo; también hay que llegar al libro con la mente disponible.

Mientras reflexiono sobre todo eso, me doy cuenta de que hay dos elementos que considero fundamentales para sentir que mi vida funciona.

Agua limpia y aire acondicionado.

Puede sonar exagerado, pero después de pasar unos días fuera de casa he terminado convencido de ello.

El agua limpia es la que sale filtrada por la regadera. Es la diferencia entre sentir que mi cabello permanece limpio durante el día o notar esa sensación desagradable de grasa pocas horas después. Es uno de esos pequeños lujos que dejan de percibirse cuando están presentes y se vuelven evidentes apenas desaparecen.

El aire acondicionado cumple una función todavía más importante.

Con los calores que hemos tenido durante los últimos años, dormir sin él se ha convertido en una batalla. El aire acondicionado no representa comodidad; representa descanso. Representa la posibilidad de cerrar los ojos y recuperar energía para el día siguiente.

Este fin de semana, lejos de casa, me recordó cuánto dependo de ambas cosas.

Y precisamente por eso hay un asunto que llevo semanas postergando.

La presión del agua en casa es terrible.

La regadera funciona, pero el agua cae con tan poca fuerza que cada baño termina convirtiéndose en un ejercicio de paciencia. Sé exactamente lo que tengo que hacer. Hay que llamar a mantenimiento, revisar las tuberías y descartar que exista alguna obstrucción.

No es un misterio.

No es un problema complejo.

Simplemente lo he estado dejando para después.

El próximo fin de semana vendrán mis padres de visita y eso elimina gran parte de mi margen para seguir ignorándolo. Tendré que explicarles la situación o resolverla antes de que lleguen. Si soy honesto, preferiría la segunda opción.

Quizá ese detalle resume bastante bien cómo se sienten mis últimos meses.

Voy resolviendo una cosa cuando ya apareció otra.

Intento ahorrar algo de dinero y surge un gasto inesperado.

Recupero el ritmo en un proyecto y descubro que otro necesita atención urgente.

Avanzo en una meta y aparece una tarea doméstica que lleva demasiado tiempo esperando.

No se trata de una tragedia. Supongo que así funciona la vida adulta para muchas personas. Sin embargo, hay días en que uno siente que mantiene varios platos girando al mismo tiempo, esperando que ninguno caiga al suelo.

Mañana regreso a casa.

Y la verdad es que ya me hace falta.

Me urge dormir bien.

Me urge recuperar mi rutina de alimentación.

Me urge no despertar empapado en sudor a mitad de la noche.

Me urge darme un baño largo con agua que se sienta limpia.

Me urge encender el aire acondicionado de mi habitación en plena tarde y dejar que el calor se quede del otro lado de la ventana.

Me urge acostarme desnudo en la cama con un libro entre las manos y leer hasta que la luz del día comience a desaparecer.

Hay metas grandes que ocupan buena parte de mis pensamientos.

Pero este fin de semana me recordó que la felicidad cotidiana suele depender de cosas mucho más pequeñas.

A veces basta con una buena ducha, una habitación fresca y una noche completa de sueño para sentir que el mundo vuelve a estar en orden.



Agua Y Aire

Por
 Me comprometí a completar mi propósito de escritura para el resto del año durante este mes porque los números ya no daban. Había llegado a ...

 Cómo evoluciona la vida, de maneras tan curiosas.

Estoy de viaje en un lugar al que llegué casi por decisión aleatoria. En la empresa de transportes se equivocaron con mi último boleto y, como reembolso, me dieron uno abierto para cuando quisiera utilizarlo.

Pues bien, hace rato, mientras bebía una limonada por el Centro, caminó a apenas dos metros de mí quien llegué a considerar mi mayor hater de toda la vida. Esa persona que me deseaba lo peor y me insultaba de forma desmedida porque me consideraba miserable.

Y qué interesante lo minúsculos que terminan volviéndose nuestros problemas cuando los vemos de frente. No hablo en sentido literal, sino figurado. Cómo una mujer que primero me pareció bastante atractiva, pero que después llegó a inspirarme miedo en algún punto de la vida, hoy se percibió apenas como un recuerdo agradable del pasado.

Me parece sorprendente la capacidad que tiene el cerebro para reajustarse cuando experimenta la realidad. No todo es horrible, no todas son malas noticias y, definitivamente, no todas las personas nos detestan. La verdad sea dicha: muchas simplemente nos ignoran y siguen con sus vidas. Y eso es fantástico, porque a veces le damos demasiado peso a la opinión de alguien que probablemente, dentro de diez años, ni siquiera recordará lo que un día nos dijo o nos hizo.

No sabía si escribir esto, porque la razón de mi viaje no tenía nada que ver con esa persona. Sin embargo, narrar lo sucedido cumple una función de cierre para una etapa que viví hace mucho tiempo. Dicho sea de paso, verla me produjo una alegría interior y nostalgia que no podía pasar por alto.

Eso es lo fantástico del perdón. Cuando se ofrece con sinceridad, no hace falta esperar nada a cambio. El curso mismo de la existencia acomoda las piezas y nos permite enterarnos, de forma directa o indirecta, de cómo están aquellos que alguna vez nos hirieron.

Pienso en quienes me han estafado, en quienes me han insultado sin merecerlo —porque también hay ocasiones en las que uno sí lo merece—, en quienes me han humillado, me han herido o me han roto el corazón. Y pienso en cómo la vida termina encargándose de esas historias, no yo.

Yo siempre desearé que nuestras vidas encuentren caminos que nos permitan estar mejor. Soy consciente de que actuamos según el lugar en el que nos encontramos y según cómo nos sentimos en el momento. Todos hemos sido impulsivos alguna vez. Todos hemos ofendido a alguien. Lo mejor es no navegar con la piedra en la mano, porque seríamos los primeros en ser apedreados.

No tenía una persona ni una razón específica para estar acá. Salvo aquel error que mencioné algunos párrafos atrás, una experiencia previa bastante deplorable —llovió, se fue la luz, una bebida me hizo daño y terminé regresando de inmediato; ya les conté esa historia el otro día— y las ganas de desconectarme un poco de mi entorno habitual.

Pero miren cuál terminó siendo la sorpresa.

Un cierre simbólico para una historia que llevaba años guardada en el baúl de los recuerdos.

Una mujer hermosa detestándome, en un punto de mi vida en el que sigo luchando contra algo dentro de mí, que irónicamente podría ser cualquier día de mi vida.