Si tienes la oportunidad de ayudar a alguien dentro de tu gremio, hazlo. Esa ha sido una de las premisas que más temprano integré a mi vida y que, con los años, se volvió casi un reflejo. No siempre ha sido cómodo sostenerla. A veces he dejado ir oportunidades, en otras la competencia ha sido dura y he salido perdiendo beneficios concretos. Aun así, el gusto íntimo —casi silencioso— de saber que alguien alcanzó tal o cual cima y que, en algún punto de su historia, fui una de las manos que empujaron, nadie me lo quita. Ese gusto es real, y basta.

No se trata de una épica personal ni de una medalla invisible que uno se cuelga para dormir mejor. Es algo más simple y más profundo a la vez. Hay una satisfacción particular en saberse útil sin factura, en aportar sin reclamar crédito, en formar parte del trayecto de otro sin necesidad de aparecer en la foto final. Quizá sea una forma discreta de trascendencia, o quizá solo sea humanidad aplicada al día a día. En cualquier caso, funciona.

Digo todo esto porque hoy, estando en el café cerca de mi casa —uno de esos lugares que terminan por convertirse en extensión del pensamiento—, un exempleado me buscó. Fue barista ahí durante un tiempo y ahora está por tomar una oportunidad laboral que lo entusiasma y, al mismo tiempo, lo inquieta. Me pidió consejo. No desde la ingenuidad, sino desde la prudencia de quien sabe que está a punto de dar un paso importante y no quiere hacerlo a ciegas.

Le fui honesto desde el inicio: en esa empresa yo no he trabajado. No tenía experiencia directa que ofrecerle. Pero también sabía que tengo amigos que sí han pasado por ahí, personas confiables que pueden dar una guía más clara de lo que se vive del otro lado. Así que hice lo que estaba en mis manos. Le marqué a uno de ellos, le pedí contexto y perspectiva. Minutos después, tenía información valiosa que, a su vez, le compartí al que hasta hace un tiempo preparaba mi café con una sonrisa en la boca.

No hice nada extraordinario. No moví palancas ocultas ni forcé puertas ajenas. Solo conecté puntos. Aun así, me alegrará saber que mañana ese chico estará trabajando en Oracle. Me alegrará más si, con el tiempo, escala posiciones, cambia de empresa o encuentra un lugar donde su esfuerzo sea reconocido. La gente trabajadora me llena de orgullo. Tal vez porque sé lo difícil que es abonarse al mundo laboral cuando el entorno ofrece tantas tentaciones para optar por rutas más fáciles, más vistosas o más rápidas.

Porque trabajar de verdad implica postergar recompensas. Implica tolerar frustraciones, aprender en silencio, aceptar jerarquías que no siempre son justas y competir en escenarios que rara vez están equilibrados. Implica decir que no a muchas cosas atractivas en el corto plazo para apostar por algo que quizá rinda frutos más adelante. No todos están dispuestos a eso, y no todos tienen por qué estarlo. Pero cuando alguien sí lo hace, cuando insiste, cuando se prepara, cuando se presenta puntual al mundo aun sin garantías, algo en mí se inclina hacia el respeto.

A veces, sin embargo, esta postura me resulta contradictoria. Lo confieso. En mi entorno laboral veo escenas que no encajan del todo con la narrativa del mérito. Jóvenes ocupando puestos que antes pertenecían a empleados con años de experiencia, personas valiosas que son desplazadas por recortes, decisiones que se toman con una hoja de cálculo y no con una mirada humana. Y entonces pienso: ¿por qué no dar trabajo a todos?, ¿por qué insistir en recortar cuando hay talento disponible?, ¿por qué sacrificar experiencia en nombre de la eficiencia?

La respuesta, aunque incómoda, es conocida. Vivimos en un mundo donde la competencia lo permea todo, donde el factor económico suele ser el juez final. El hecho de que tú cobres mil pesos por una actividad que otro hará por cien basta para volverte prescindible. No importa la experiencia acumulada ni la capacidad para evitar conflictos gracias a los años recorridos. No importa el criterio que solo se forma después de haber visto caer varios proyectos. En muchos casos, el costo pesa más que el valor.

Así funcionan las cosas hoy. No existe una lealtad real ni una empatía estructural por parte del sistema capitalista hacia el individuo. Las empresas no nos quieren: nos usan. Tenemos valor mientras producimos. Dejamos de producir y nos convertimos en una carga. En el mejor de los escenarios, dependemos de apoyos mínimos del Estado; en el peor, quedamos fuera del radar. La sociedad, como conjunto, tiende a apartar y aislar a quien deja de ser funcional para sus fines.

Esto no lo escribo desde la victimización ni desde una superioridad moral fingida. Sería deshonesto hacerlo. Yo mismo me beneficio del sistema que critico. Vivo dentro de él y, en cierta medida, gracias a él. Tengo gustos que no oculto y aspiraciones que requieren estabilidad económica. Me interesa una vida citadina tranquila, y para sostener algo así en medio del caos —la sobrepoblación, la escasez de recursos, la explotación constante— es necesario ocupar un lugar al menos un poco privilegiado dentro del esquema.

Me atrae la mujer bonita y con un cuerpo trabajado. Me gustan los gadgets. Disfruto que mi tercer lugar sea un Starbucks a dos cuadras de casa por las tardes. Valoro vivir a distancia caminable de mi oficina o, mejor aún, no tener que salir de casa para producir. Me gusta rodearme de tecnología y que mi fuente de ingresos esté vinculada a la modernidad, no al desgaste físico ni al azar. Todo eso tiene un costo y una posición implícita dentro del sistema.

Por eso no me excluyo del grupo de los capitalistas, aunque sea uno austero. La ostentación no es lo mío, pero la comodidad sí. No me interesa acumular por acumular, pero tampoco romantizo la precariedad. Creo en una vida digna, con margen para el placer cotidiano y el descanso mental. Y sé que esa vida no se construye desde la negación del sistema, sino desde una negociación constante con él.

Tal vez ahí está la clave de todo lo anterior. Ayudar cuando se puede no es un acto revolucionario, pero sí es una forma de resistencia mínima. No cambia las reglas del juego, pero humaniza las jugadas. No derriba el sistema, pero amortigua su impacto en trayectorias individuales. En un mundo que mide valor en números, ayudar a otro a avanzar es recordar que seguimos siendo personas antes que recursos.

Y quizá eso baste. No para salvarlo todo, pero sí para salvar algo. A alguien. A veces, con eso alcanza.



 Tengo que escribir algo porque se me termina el tiempo. No es una frase dramática ni un recurso literario: es una constatación práctica. El tiempo se acaba porque el día avanza, porque los pendientes no esperan, porque la energía se dosifica mal y casi nunca alcanza. ¿Qué sucede aquí? ¿Por qué hay autores que lanzan palabras y frases sin cansancio, con una coherencia que parece natural, mientras que otros, por el mínimo estrés, caemos en bloqueos creativos que no solo detienen la escritura, sino que erosionan la confianza?

No siempre es silencio lo que aparece cuando uno se bloquea. A veces es saturación. Una acumulación de ideas mal ordenadas, de intuiciones que no encuentran estructura, de frases que prometen algo y se deshacen antes de llegar al punto. Uno se sienta frente al texto y siente que todo está ahí, pero nada se deja tomar. Esa sensación es peor que la página en blanco, porque expone una incapacidad que no es falta de contenido, sino de acceso.

En ese estado es fácil mirar hacia afuera. Comparar. Medir el propio ritmo con el de otros. Hay quienes publican sin pausa, quienes parecen no agotarse, quienes transforman cualquier experiencia en material legible. Uno, en cambio, tropieza con lo cotidiano, se atasca con lo mínimo, siente que cualquier desviación rompe el equilibrio precario que sostiene la escritura. La comparación no inspira, drena.

Podría culpar al contexto. Podría hablar del tercermundismo en mi país, de la precariedad cultural, de la ausencia de entornos que fomenten la exploración intelectual sin castigarla con urgencias prácticas. Podría señalar la falta de tiempo, de silencio, de estímulos que no estén contaminados por ansiedad económica. Todo eso existe y pesa. Pero detenerme ahí sería cómodo. Sería una forma de desplazar la carga hacia afuera y no reconocer la parte que me toca.

Porque al final, nos guste o no, depende de uno. De levantarse cada día y dar un paso extra en la dirección correcta, incluso cuando esa dirección no se siente clara. No hay épica en eso. Hay cansancio, hay fastidio, hay una sensación constante de ir tarde. Es agotador, sí, pero no hay alternativa elegante. No es una cuestión de voluntad heroica, sino de persistencia torpe. Avanzar sin garantías, sin aplauso, sin la promesa de que el esfuerzo será recompensado.

El problema es que el mundo no se conforma con eso. Ya no basta con cumplir. Ahora no solo esperan que hagas tu trabajo, que resuelvas tareas, que monitorees sistemas o procesos. Esperan que lideres, que interpretes, que anticipes. Que tengas criterio, presencia, discurso. Que te adaptes. Que incorpores herramientas nuevas, que trabajes con inteligencia artificial, que te vuelvas eficiente, versátil, productivo. Les urge que seamos una especie de navajas suizas: muchas habilidades, todas disponibles, todas afiladas, aunque el cuerpo y la cabeza no siempre acompañen.

Y aquí viene una confesión que no tiene nada de vergonzosa: yo mismo uso herramientas de IA para editorializar mis textos. Las uso para ordenar, para ampliar, para tensar ideas que sé que están ahí pero que no logro acomodar del todo. Me parecen una invención maravillosa. No porque escriban por mí, sino porque me permiten seguir escribiendo cuando el bloqueo amenaza con cerrarlo todo. No reemplazan la voz, pero ayudan a que no se apague. En un entorno que exige velocidad y claridad, negarse a eso sería una pose inútil.

Eso no elimina el conflicto. Al contrario, lo hace más visible. Porque si incluso con ayuda el cansancio persiste, entonces el problema no es técnico. Es más profundo. Tiene que ver con la carga acumulada, con la sensación de estar siempre reaccionando, con la dificultad de construir algo propio mientras se atiende lo urgente. Vivimos rodeados de una realidad absurda que exige rendimiento constante y, al mismo tiempo, castiga cualquier signo de fragilidad.

Entonces aparece la pregunta que uno evita hasta que se vuelve imposible ignorarla: ¿qué pasará conmigo? No tengo una respuesta clara. No hay un plan maestro ni una narrativa cerrada que tranquilice. Lo único que se vuelve evidente es la necesidad de resolver pendientes. Cerrar cosas. Limpiar el terreno. No por obsesión con la productividad, sino para reducir el ruido. El ruido agota más que el trabajo.

Desde ahí, quizá, se pueda empezar a construir algo más sólido. Una versión de uno mismo que no sea ideal, pero sí más capaz. Más firme en lo profesional, menos evasiva en lo relacional, más exigente en lo intelectual. No para destacar, sino para resistir. Para no romperse ante cada cambio de contexto, ante cada nueva exigencia disfrazada de oportunidad.

La vida es un cúmulo de tristezas e insolencias, con destellos optimistas que aparecen de vez en cuando. Es cíclica cuando se le presta atención; romántica cuando uno se detiene a observar, a sentir, a saborear, a respirar y a escuchar cada momento con cierta profundidad. Un conjunto de eventos ocurre en medio de un entorno hostil: instantismo, hiperproductividad, cápsulas de consumo atadas a significados mínimos, todo reducido a números, a identificadores, a tiempos en pantalla, a apariencias maquilladas y a montos en la cuenta bancaria. Me dirás que no lo he entendido, cuando nadie aquí sabe lo que está haciendo. Solo vivimos, o intentamos experimentar la vida, con lo que el Cielo nos deja entrever. Sin juicios ni remordimientos, el tiempo —esa constante usada para medir vitalidad y trascendencia— acaba por colocar las cosas en su sitio.

Escribir esto no arregla nada de fondo. No paga cuentas, no resuelve tensiones laborales, no despeja el futuro. Pero abre un espacio. Un hueco por donde entra algo de claridad, aunque sea parcial. En medio de esta realidad sucia, contradictoria y demandante, escribir sigue siendo una forma de poner el cuerpo. De decir: aquí estoy, con dudas, con cansancio, con herramientas prestadas si hace falta, pero sin renunciar del todo a pensar.

Tal vez eso baste por ahora. Tal vez no se trate de desbloquear la creatividad, sino de aprender a escribir incluso cuando duele, cuando no se siente limpio, cuando el tiempo aprieta. Seguir, aunque sea así. Aunque no luzca. Aunque incomode.



 Que ignoremos nuestros límites nos hace pensar que, con un solo día de malos hábitos, las cosas cambian por completo. Como si el cuerpo fuera una máquina frágil, incapaz de tolerar errores, como si todo el trabajo previo se evaporara con una mala decisión. Algo tan simple como meterle carbohidratos al cuerpo al inicio del día provoca, al menos en mi caso particular, una constante necesidad de comer, una especie de hambre persistente que no se apaga. Lo aclaro desde ahora: hablo únicamente desde mi experiencia personal, no desde una verdad absoluta ni una regla universal que deba aplicarse a todos.

Venía haciendo mi dieta bien, siguiéndola sin mayores problemas. No con una disciplina militar, pero sí con un respeto honesto hacia lo que sé que me funciona. Y es justo ahí donde llego a una conclusión sencilla sobre la forma en la que mi cuerpo reacciona frente a los abusos alimenticios: tres días de alimentación saludable pueden descomponerse con un solo día de malcomer. No porque el cuerpo sea vengativo, sino porque es extremadamente eficiente en recordarte cuándo te sales del camino que le sienta bien.

No me aflige, tengo que reconocerlo. Es parte de entender cómo funciona mi cuerpo y cómo se activan o se sabotean sus mecanismos de eficiencia. No hay drama, no hay culpa, solo observación. Eso sí, anoche caí muerto a la hora de dormir. Me dormí tarde, quizá alrededor de las dos de la mañana, y desperté tardísimo, después de las once. Me desperté asustado porque perdí una junta que tenía a las diez. Ni modo. Ya pedí perdón a la persona involucrada y voy a pasarle instrucciones claras para resolver la consulta pendiente. Asumir errores también es parte del proceso.

En este año, además de las actividades básicas de mi cuerpo, he aprendido otras cosas. Cosas simples, pero contundentes. Por ejemplo, que la cafeína por la tarde me desvela irremediablemente; que el azúcar añadida a cualquier hora me provoca incomodidad e inflamación; que el abuso de ciertos alimentos termina empujándome hacia vórtices de comportamientos indeseables de los que luego me arrepiento. He aprendido también que la adicción a los carbohidratos es una de las más difíciles de controlar, en niveles comparables a los de fármacos altamente adictivos. No es exageración, es química.

Por lo mismo, he decidido poner más límites, esta vez conmigo mismo. Después de cierta hora voy a apagar el celular y dejarlo en el piso de abajo. Sé que es una herramienta de trabajo importante, pero también es una tentación constante tenerlo siempre a la mano. Igual que otras dependencias, el consumo abusivo de feeds tiene consecuencias negativas, al menos en mi caso. No he bloqueado mis aplicaciones sociales ni pretendo hacerlo. No demonizo su uso. Simplemente acepto que la dosificación es lo que mejor funciona para mí, en favor de una relación más sana conmigo mismo.

Estoy trabajando por una versión funcional, saludable, empática, eficiente y productiva de mi persona. Una versión que sea autosuficiente en la medida de lo posible, pero que también sepa colocar límites y delegar responsabilidades cuando sea necesario. Tener gente que me respalde, que me acompañe y que me haga fuerte es lo que realmente me vuelve imparable. La soledad, entendida como aislamiento voluntario por ego o miedo, no es fortaleza; muchas veces es solo una falta de carácter disfrazada de independencia.

Estoy haciendo las paces con mi cerebro, con mi corazón y con el resto de mis órganos. Los necesito saludables y funcionales para que el sentido de mi vida apunte hacia el lugar correcto. Una mente llena de dudas suele ser consecuencia de la falta de propósito. Por eso me esfuerzo en mantener presente que mi enfoque está puesto en virtudes más grandes, en herramientas y habilidades que me acerquen a un camino más amplio, más digno, más congruente con quien quiero ser.

Claro que me gusta escribir historias y que quiero hacerlo con mayor frecuencia. La escritura sigue siendo una forma de ordenarme. Pero también me gusta caminar, moverme, permitir que mis neuronas trabajen con claridad. Me motiva hacer dinero, sí, pero no con el objetivo exclusivo de enriquecerme. Quiero estabilidad para no padecer carencias y para poder derramar bendición sobre quienes me rodean. De nada sirve ser un multimillonario amargado y solitario, desconfiando de todo y de todos. Qué vida tan incómoda, qué forma tan triste de existir.

Obviamente tengo deseos. Por supuesto que anhelo posesiones. Hay objetos brillantes que llaman mi atención y no voy a fingir que no es así. Pero mis objetivos van mucho más allá de lo tangible, y eso debe convertirse en un mantra constante. No porque hoy tenga poco o mañana tenga mucho debo pensar distinto en ese sentido. Al final, de eso se trata: no de compensar carencias con objetos, sino de nutrir experiencias que nos conecten con algo más profundo.

Mi plan es convertirme en alguien extremadamente atractivo, generoso, virtuoso, talentoso, creativo y sabio. ¿Por qué? Porque, en el fondo del corazón, eso es lo que todos queremos. No estoy descubriendo el hilo negro de la existencia humana; solo estoy siendo honesto conmigo mismo. Nombrar lo que se desea también es una forma de empezar a caminar hacia ello.

Esto no es un comunicado ni una publicación pensada para el feed principal de mis redes sociales. Es algo público, sí, porque vive en mi blog personal, pero es ante todo un ejercicio de autoconciliación. Un pacto conmigo mismo que reconoce emociones, límites y errores, pero que también propone un deseo genuino de mejora. No desde la exigencia violenta, sino desde la coherencia.

En un mundo donde constantemente se nos bombardea con mensajes que nos recuerdan todo aquello que “nos falta” para ser suficientes, estoy eligiendo aceptar la realidad tal como es y, al mismo tiempo, rechazar el statu quo. Estoy convencido de que mi realidad no depende de lo que el entorno me imponga, sino de lo que yo haga con las herramientas que tengo a mi alcance. Sin miedo. Con responsabilidad. Y, sobre todo, con intención.



Quiero Ser

Por
 Que ignoremos nuestros límites nos hace pensar que, con un solo día de malos hábitos, las cosas cambian por completo. Como si el cuerpo fue...

 Una de las cosas que se me ocurrió hacer al entrar el año fue dar seguimiento a mis metas de una forma distinta. No más listas sueltas ni notas que se pierden entre capturas de pantalla. Quise algo más concreto, algo que pudiera acompañarme todos los días sin hacer ruido. Así que programé una pequeña aplicación para registrar el avance de mis metas. Nada sofisticado, nada que presuma. Simplemente un lugar donde dejar constancia de lo que hice, cuándo lo hice y cómo fui avanzando.

Porque no es lo mismo decir “leí 50 libros durante el año” que ver, uno por uno, los títulos que pasaron por mis manos. No es lo mismo recordar vagamente que “escribí algunos textos” que poder señalar los días exactos en los que decidí expresar mis ideas aunque no tuviera ganas. Hay algo poderoso en ver el camino completo. No solo el destino, sino las huellas.

Además, saber qué día hice qué me resulta fascinante. No por control, sino por contexto. Porque los días no son iguales. Algunos pesan más que otros. Algunos pasan casi sin dejar rastro, y otros se quedan grabados por razones que en su momento no entendemos. Registrar eso no es vigilarse, es observarse con curiosidad.

Aunado a lo anterior, tener una herramienta configurable para algo así me encanta. No porque sea tecnología, sino porque me invita a usarla. Me obliga, de cierta forma, a justificar su existencia. Si la construí, que sirva. Si está ahí, que tenga sentido. Y en ese pequeño compromiso diario hay algo valioso: una excusa para aparecer.

También ayuda mucho tener una representación gráfica de ese avance. Ver una línea que sube despacio, ver puntos que se acumulan, ver espacios vacíos. Todo eso dice más que un número final. Es un recordatorio silencioso de que el progreso no siempre es parejo, pero sí acumulativo. Que incluso los días pequeños cuentan. Que incluso los días torcidos forman parte del dibujo.

Mi frase para iniciar el año es la siguiente. La anoté en el pizarrón de mi cuarto, con plumón negro, como si fuera un acuerdo firmado conmigo mismo:

“Acepta y perdona las fallas del Pasado. No te obsesiones ni te abrumes por el Futuro. Da pasos firmes que te mantengan estable en el Presente”.

No es una frase motivacional en el sentido tradicional. No promete nada extraordinario. No habla de éxito ni de victorias. Habla de equilibrio. De estar. De sostenerse.

El enfoque tiene que estar en el Presente, porque es muy fácil volver a caer. Me ha pasado. Y cuando pasa, la sensación es pesada. No dramática, pero sí densa. Como si todo se desacomodara al mismo tiempo. Pensamientos que se atropellan, pendientes que crecen, decisiones que se postergan. El cuerpo lo siente antes que la cabeza.

Vivimos en un mundo que ofrece estímulos constantes. Todo compite por nuestra atención. Todo quiere ser urgente. Todo parece importante. Y en medio de ese ruido, perder el presente es sencillo. Basta con mirar demasiado atrás o adelantarse de más. Basta con compararse, con imaginar escenarios, con cargar culpas o expectativas que no están ocurriendo ahora.

Estar pleno en el momento no es una postura filosófica elevada. Es una necesidad práctica. Es lo que evita que te disperses. Es lo que te permite responder en lugar de reaccionar. Es lo que te da piso cuando todo alrededor parece moverse rápido.

No se trata de vivir en una burbuja ni de ignorar lo que viene. Se trata de no abandonarse. De no dejar el cuerpo atrás mientras la mente corre. De no perderse en pensamientos que no exigen acción inmediata.

El dinero es importante. Negarlo sería ingenuo. Pero no es el centro de lo que estoy trabajando en mí. Es solo uno de los pilares de un conjunto de proyectos más amplio. Proyectos que no siempre se miden en cifras, pero sí en calidad de vida. En claridad mental. En descanso. En presencia.

Durante mucho tiempo pensé que avanzar significaba acumular. Más logros, más reconocimiento, más resultados visibles. Con la edad he entendido que avanzar también puede significar simplificar. Elegir mejor. Decidir con calma. Hacer menos cosas, pero hacerlas con más atención.

Todo esto converge en algo más grande: construir una versión más presente de mí mismo. Una versión que entiende que el tiempo es limitado, no desde el miedo, sino desde el cuidado. Una versión consciente de la muerte, no como amenaza, sino como recordatorio. Una que practica el descanso sin culpa. Una que avanza a su propio ritmo. Una que hace las cosas con amor, incluso cuando no hay aplausos.

Este texto también es una carta. Una carta de amor a mi yo de los años pasados. A los meses recientes que fueron difíciles. A las últimas semanas del año anterior, cargadas de cansancio y preguntas. A los días que, sin saberlo, dieron inicio a algo nuevo.

Es una forma de decirle: te veo. Entiendo por qué hiciste lo que hiciste. Entiendo las decisiones apresuradas, las omisiones, las veces que seguiste adelante sin detenerte a respirar. Entiendo el esfuerzo que te tomó llegar hasta aquí, incluso cuando no hubo resultados claros. Incluso cuando nadie lo notó.

Pero también es una invitación. Una invitación amable, no un reclamo. A mirar el entorno con ojos menos románticos. No para perder sensibilidad, sino para ganar claridad. Menos idealización, más observación. Menos expectativa, más creatividad. Menos autoengaño, más honestidad.

No todo tiene que ser épico para ser valioso. No todo proceso necesita una narrativa grandiosa. Hay días que solo consisten en cumplir con lo mínimo, y eso está bien. Hay semanas que parecen no avanzar, y aun así sostienen algo que más adelante hará sentido.

Mirar con realismo no significa resignarse. Significa elegir mejor dónde poner la energía. Significa reconocer límites sin convertirlos en excusas. Significa entender que el progreso no siempre se siente bien mientras ocurre.

Este registro de pasos, esta pequeña aplicación, esta frase en el pizarrón, no son el objetivo final. Son anclas. Recordatorios visibles de una intención. Formas de volver cuando la atención se dispersa. Maneras simples de decir: aquí estás, hoy hiciste esto, hoy estuviste presente de esta forma.

No busco perfección. Busco continuidad. No busco resultados inmediatos. Busco constancia. No busco una versión ideal de mí mismo. Busco una versión honesta, atenta y sostenible.

Si algo quiero aprender este año es a no irme. A no desaparecer en planes futuros ni quedarme atrapado en errores pasados. A estar aquí. A dar pasos firmes. A construir, día con día, algo que no dependa de una meta final para tener valor.

Y si en el camino fallo, si me distraigo, si me detengo más de lo esperado, que también quede registrado. No como evidencia de fracaso, sino como parte del trayecto. Porque incluso eso, visto con distancia, también cuenta.

Esto no es un manifiesto. No es una promesa. Es una conversación continua conmigo mismo. Una que espero sostener con paciencia, con curiosidad y con un poco de poesía cotidiana.



Goal Tracker

Por
 Una de las cosas que se me ocurrió hacer al entrar el año fue dar seguimiento a mis metas de una forma distinta. No más listas sueltas ni n...

 Buenos días. Ha comenzado un año más y vengo con ganas de expresarme después de un mes de ausencia. Estuve en casa de mis papás durante este tiempo. Decidí no llevarme la computadora personal conmigo (solo llevé la del trabajo) y ahora que he regresado, arrastro un leve desorden en cuanto a mis horarios de sueño. Normal después de tanto desvelo estando allá; espero recuperar mis hábitos saludables pronto. Al final, estos pequeños desajustes también funcionan como recordatorios de que el cuerpo pasa factura cuando uno baja la guardia, incluso en periodos que deberían ser de descanso.

Uno de mis propósitos de este año está enfocado en escribir al menos un relato corto al mes. No es una meta grandilocuente ni espectacular, pero sí honesta y sostenible. Y así, de ser posible, cuando lleve unos diez u once, colocarlos en una especie de antología. No como una publicación definitiva ni como un punto de llegada, sino como un registro tangible del proceso, de la constancia y de la disciplina creativa. Veremos qué ocurre; al final, escribir también es aprender a convivir con la incertidumbre.

Diciembre es un mes para recapacitar sobre lo que se ha conseguido en el año, para mirar con nostalgia a quienes se fueron y también para mentalizarse respecto a lo que viene; suelo utilizarlo para poner mis objetivos en orden y finalizar aquellos que sea posible. Concluir ciclos, si se quiere ver de alguna forma. Es un mes extraño, cargado de silencios, balances internos y despedidas que no siempre se verbalizan. Un mes que invita tanto al recogimiento como a la proyección.

En los últimos años he alcanzado aproximadamente un ochenta por ciento de los propósitos que me he puesto al inicio de cada año. No todos se han logrado; algunos los he dejado atrás porque al final no fueron retos que de verdad me importaran. Supongo que así es la vida: muchas de las intenciones y deseos que tenemos pueden diluirse porque no son para nosotros, porque son caminos que no nos corresponde andar, aunque en nuestra necedad y necesidad a veces nos empeñamos en seguir dando pasos en el sentido erróneo. Es nuestra mente traicionera, tal vez, la que nos hace confiar en nuestras capacidades cuando son demasiadas las variables que deciden qué y qué no nos será posible. Aprender a soltar, en ese sentido, también es una forma de madurez.

Dicho lo anterior, me gustaría dar la bienvenida a un año más, con el ánimo de que sea un año favorable y benevolente. Que las cosas en el trabajo resulten positivas; que al final me liberen del proyecto que drena mis energías y, en lugar de eso, pueda explorar y explotar habilidades sin acabar harto y exhausto cada día; que se me permita proponer y realizar, que tenga la oportunidad de aprender y estudiar. Más que ascensos o reconocimientos, deseo espacios donde el crecimiento no sea una palabra vacía, sino una práctica cotidiana.

Es verdad que la llegada de las IAs resulta aterradora cuando pensamos en el número de empleos que puede llevarse consigo. La velocidad del cambio abruma, y la sensación de reemplazo es difícil de ignorar. Sin embargo, es una tecnología que llegó para quedarse y, así como las calculadoras o las computadoras en su momento, hemos de aprender a convivir con ella sin demonizar el avance tecnológico que representa. Es probable incluso que nos sirva para mejorar las condiciones de vida y la manera en la que producimos, siempre y cuando exista criterio, regulación y ética.

En un mundo ideal, esperaría que la existencia de herramientas tan poderosas nos permita, como humanos, disfrutar, explorar y expandir nuestra individualidad y nuestras características artísticas; además de conectar con otros y empatizar con un mundo donde el acceso al futuro esté más democratizado. Que la tecnología no nos quite humanidad, sino que nos obligue a redefinirla y a protegerla con mayor conciencia.

Es utópico pensar así, lo sé; porque estamos experimentando días de formidable tecnología a precios irrisorios, a cambio de darle acceso y jerarquía a modelos avanzados sobre una inmensa cantidad de información. Información que, sin afán de leerme paranoico, puede en cualquier momento caer en manos equivocadas o ser utilizada con malicia. La historia reciente nos ha enseñado que todo avance conlleva riesgos, y que el problema casi nunca es la herramienta, sino la intención detrás de su uso.

Pero, en fin, no vengo a quejarme de la tecnología ni del hecho de que es muy probable que muchos de nosotros perdamos empleos como consecuencia de su uso indiscriminado o dinero por el simple reventar de la burbuja; mi plan aquí es aceptar mi tarea y prometer que, en lo que se encuentre dentro de mi alcance, actuaré con responsabilidad. Y sí, claro que voy a seguir utilizando cualquier producto que mejore y haga más eficiente nuestro estilo de vida, pero trataré de priorizar de ahora en adelante mi propia existencia, mi plenitud y la de quienes me rodean.

Porque este mes fuera me enseñó que descanso mucho menos de lo que debería, y que no importa cuánto uno se entregue al trabajo: somos simples números destinados a producir hasta que dejamos de hacerlo y terminamos desechados, pues pertenecemos a un sistema insaciable. Reconocer esto no es pesimismo, es lucidez. Y desde esa lucidez, tomar decisiones distintas se vuelve no solo necesario, sino urgente.

Hablando de sistemas, estoy planeando mejor mis días y semanas a partir de seguir uno que me ayude a gestionar mis recursos —tiempo, dinero, energía—. Entender que estos recursos son finitos cambia la manera en la que uno se relaciona con ellos. Dentro de poco emplearé a alguien más que me ayude en casa; sigo resolviendo pendientes y organizando el tema financiero, pero ese punto lo tengo ahí, en espera. Deseo que alguien se haga cargo de mantener la casa en orden mientras yo me dedico a producir cuando esté aquí, sin sentir que todo recae sobre mis hombros.

También es saludable la compañía, porque estando uno solo es muy fácil caer en el círculo vicioso de la autocompasión por la soledad. La presencia de otro, incluso en silencio, puede ser un ancla a la realidad y un recordatorio de que no todo se resuelve desde el aislamiento.

Otro de los cambios que tengo para el periodo que sigue es que he dividido en niveles los propósitos que me he planteado. Así, por ejemplo, un sueño que tengo para “no sé cuándo” lo convertí en una serie de pasos anuales, mensuales y semanales que harán ese sueño posible en un futuro próximo. A veces la obsesión por una meta en específico provoca que olvidemos lo indispensable que es el trayecto para que sea alcanzable, y es por eso que también reduje el número de objetivos. Menos metas, pero más claras; menos ruido, pero más dirección.

Así pues, si mi meta es ahorrar mil pesos y consigo ahorrar cien pesos cada mes, al final del año la habré cumplido. Parece simple, pero en esa simplicidad reside la constancia, y en la constancia, el verdadero cambio. Aprender a celebrar los avances pequeños también es una forma de cuidar la motivación.

En resumen, este año deseo poder amarme más y ser bendición para quienes me rodean. Lograr construir una versión un poco mejor de mí y aprender a utilizar con excelencia cualquier herramienta que esté a mi disposición. Mejorar en cuanto a salud, finanzas, caballerosidad, productividad, creatividad, conocimiento y relaciones. No como una lista de exigencias, sino como áreas vivas que merecen atención y respeto.

Sin más, espero que tengamos un año repleto de dicha, paz, belleza y felicidad. Que nada nos falte y podamos ver avances en nuestros proyectos de vida. Que el cielo, el mar, el silencio, las noches, los días, las estrellas, las nubes, el sol, los árboles, los animales y la naturaleza nos acompañen y estén presentes en nuestra existencia.

Que este año no pase por nosotros: que nos atraviese, nos sacuda y nos obligue a vivir con intención, porque el tiempo no se recupera y la vida no admite borradores. Que sea un hermoso año.



Enero 2026

Por
 Buenos días. Ha comenzado un año más y vengo con ganas de expresarme después de un mes de ausencia. Estuve en casa de mis papás durante est...

 En un mundo acelerado donde todos, sin excepción, parecen tener la necesidad inminente de demostrar valía, ser un revolucionario intelectual implica darte el tiempo para pensar, aceptar que los errores son responsabilidad personal, aprender a llevar lo que te toca, tranquilizarte cuando te sientes tentado por nuevas ofertas y contemplar la belleza donde no suele ser vista. A veces tendrás que levantarte a las cinco de la mañana un sábado y empezar a escribir lo que sientes a modo de resumen semanal, como un acto de honestidad contigo.

Venía viviendo con la intención de mejora continua, poniéndome objetivos claros, cada vez más agresivos, y entonces me pregunté para qué, de verdad, para qué. Citando mi frase favorita de Fight Club: “Nos compramos cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a gente que no nos importa.”

Hace tiempo dejé de perseguir esa carrera sin sentido. Reconocí que no todos van a encontrar valor en mí, y eso está bien. Comprendí que debía dejar ir a las personas que quisieran alejarse de mi vida sin dramatizar, y que las posesiones no definen el valor de nadie. Sí, es cierto que algunas cosas son necesarias para el funcionamiento de la existencia y que otras brindan comodidad. Pero fuera de esos dos parámetros, cualquier cosa adicional es un extra superficial.

Y con eso no busco afirmar que lo material carece de utilidad. Cada quien es libre de poseer lo que pueda y quiera tener. No hablo desde un sermón anticonsumista que me queda grande, al contrario: me conozco y sé que mis gustos pueden ser costosos. Hablo desde la lógica del apego. Para mí, en este momento de mi vida, las pertenencias o son funcionales o son un adorno. Y si solo adornan, entonces no deberían llegar a convertirse en sobrecarga emocional, económica o espiritual.

Abrazar el minimalismo y la austeridad sin caer en extremos enfermizos resulta liberador. Decir “no necesito más allá de unos cuantos pesos para sobrellevar mis necesidades diarias, y lo que venga después es un detalle que embellece mi existencia” me ha puesto las cosas en perspectiva. No se trata de volverte tacaño ni de dejar de ser generoso. Quiero que quede claro: se puede vivir ligero sin obsesionarse con economizar hasta en el jabón del baño. Porque nada hay más alejado del minimalismo que el amor al dinero. Lo que busco es sentirme pleno con lo que tengo y con lo que puedo permitirme, sin aflicción, sin envidia, sin FOMO, y sin ambiciones absurdas que solo llenan vacíos con ruido.

Quizá es parte de madurar darte cuenta de que no necesitas hacer una y mil cosas que todo mundo presume en redes. Tal vez es consecuencia de haber marcado una distancia necesaria con respecto a la vida digital que solía drenarme. Quizá es solo que las tendencias dejaron de importarme.

En el trabajo me preguntan si estoy preocupado porque una nueva generación de empleados, además de la inteligencia artificial, está ocupando los puestos que antes eran de perfiles como el mío. La verdad: no. La vida es una suma de ciclos. Aunque busques permanencia, hay momentos en que no te van a respetar ni valorar. Puede llegar el día en el que un jefe diga “prefiero al Junior que cobra una fracción de tu sueldo”, y ni modo. Así funciona el capitalismo: generar más, gastar menos, explotar los recursos mientras dure la oportunidad.

¿Y qué pasará conmigo ahora que puedo quedarme sin trabajo de nuevo?
No lo sé.

De momento ni siquiera tengo fecha de salida, nadie me lo ha comunicado. Pero estoy en paz. Y eso es lo crucial.

En estos días hice algo que me tiene escribiendo con otra mentalidad: recorrí un mes mis propósitos del año. En lugar de enero a diciembre, mi ciclo ahora es de diciembre a noviembre. ¿Por qué? Porque diciembre suele percibirse como cierre, descanso prematuro, autocomplacencia disfrazada de “me lo gané”, una invitación a la flojera que posterga sueños. Es un truco psicológico que se convierte en autoengaño. Y así empezamos enero con entusiasmo y conforme avanza el calendario, las metas se diluyen. Yo tampoco he sido ajeno a esa dinámica.

Así que decidí jugar diferente esta vez: mi mes extra de motivación será diciembre. Cuando todos se rindan, yo estaré trabajando en mí. Falta ver qué tal funciona cuando llegue noviembre del año que viene, pero tengo una buena sensación.

Me alegra haber alcanzado algunos propósitos del año actual. Otros siguen en proceso, más complejos de lo que imaginé. Pero volví al hábito de leer un libro a la semana, lo cual me ayuda a rescatar espacios diarios que antes regalaba a las redes sociales. Ha habido metas que no logré y, en vez de frustrarme, tomé decisiones: avanzar con lo que aún me sirva y soltar lo que ya no aporta sentido.

Para este nuevo periodo decidí reducir mis propósitos a siete. Uno por cada área esencial que considero importante en mi vida. Son metas menos grandilocuentes, pero más conscientes. No busco presumir nada ni vivir bajo presión. Solo crecer de forma que tenga sentido para mí.

Y así, cada meta, cada plan, cada hábito, cada intención y cada responsabilidad termina consolidándose como una pieza de mi identidad. Algo que me representa como ser humano que intenta actualizarse sin negar sus sombras. Alguien que reconoce sus errores y su egoísmo. Que es consciente de sus defectos, de sus vacilaciones, de la manera en que puede fallarse a sí mismo sin darse cuenta. Pero también alguien que sabe que, en medio del caos, del colapso informativo y de la velocidad absurda con la que gira el mundo, todavía vale la pena sentarse en una banca del parque, respirar hondo y mirar el presente.

Tomar una foto a mis propios pies, jugueteando con el pasto y la tierra. No para intelectualizar el instante ni convertirlo en discurso motivacional. Sino para recordar lo que nos vuelve humanos: el suelo que pisamos, las victorias y derrotas pasajeras, la vida que pasa sin pedir permiso, la conexión con este universo que compartimos, incluso cuando sentimos que vamos solos.

Porque estar vivo ya es un proyecto enorme. Y vale la pena registrarlo.
Quizá la verdadera revolución sea aprender a ser menos y vivir más.



 Hoy fui dos veces al café. Me gusta ir en el transcurso de la mañana cuando es día de descanso, pedirme algo para desayunar ahí y de paso aprovechar a leer un poco o escuchar algún podcast en lo que la lavadora termina su trabajo. Es mi forma de empezar el día sin brusquedad, pero con intención.

En la noche, casi por inercia, termino regresando. Se ha vuelto mi Tercer Lugar, ese punto medio entre mi casa y el trabajo donde no tengo que explicar quién soy. La gente que trabaja ahí ya me reconoce, y eso genera un tipo extraño de pertenencia. Me puse como propósito llevarme un libro cada noche y leer al menos cincuenta páginas. Si soy constante, eso significa un libro de trescientas cincuenta páginas a la semana. Es un compromiso conmigo mismo, más que con los libros.

Pero leer no lo es todo. Lo uso como herramienta para darle textura a mis días, no como una obligación. En las últimas semanas he trabajado mucho en romper lazos con cosas que me desgastan. He intentado rodearme de hábitos que me regresen al estilo de vida que quiero llevar. Suena sencillo, pero no lo es. Un día libre puede torcerse fácil y convertirse en un agujero de horas perdidas, donde todo propósito se diluye mientras hago scroll hasta que el sueño se cansa de esperarme.

Por eso, tuve que ajustar el plan. Si tengo un día de descanso, voy a salir. Aunque sea a caminar en la plaza. meterme al cine, asistir al teatro o sentarme en un parque. Lo que sea con tal de no pasar todo el tiempo encerrado. Si eso implica alejarme de la computadora, ni modo. Los días libres no son para resolver pendientes ni para obsesionarme con pantallas.

Quiero una vida tranquila y en paz. Una vida rodeada de amor, de gente que sume, de momentos que valgan la pena repetir. Quiero crear, producir, hacer cosas que me hagan sentir orgulloso. Pero también quiero descansar sin sentir culpa. Sin pensar que estoy fallando si me detengo.

Y creo que estoy aprendiendo que esa mezcla —entre producir y darme permiso de respirar— es lo más parecido a estar vivo de una forma que sí se siente mía.



Darme Permiso

Por
 Hoy fui dos veces al café. Me gusta ir en el transcurso de la mañana cuando es día de descanso, pedirme algo para desayunar ahí y de paso a...

 Estuvo raro el día, lo he de reconocer, cuando tienes demasiadas ganas de conseguir algo, luego llega y se siente raro, pensando en el vacío post-logro que le llaman. Ayer fui a la plaza, tenía un par de meses queriendo ir, y la pasé bien, desde mi perspectiva no fue como que algo hiciera falta, sin embargo, conforme el día transcurría me di cuenta que no estaba alcanzando el pico de diversión y agrado que ilusamente puse en mi mente, lo cual se tradujo en un momento de introspección y análisis que me hizo llegar a la conclusión de que cualquier lugar puede resultar satisfactorio si se quiere, porque no es el lugar, es uno mismo.

Y es que he estado en sitios repletos de gente experimentando incomodidad de ser chocado múltiples veces por quienes llevan más prisa que yo así como en otras ocasiones he sido genuinamente ignorado e invisibilizado y en ambas se siente raro, se siente mal. No sé cuál de las dos me agrada más, creo que ninguna, de verdad.

Entonces decidí que lo más sano para mi mente es mantenerse en lugares familiares, con círculos de gente que conozca; dejando las “experiencias” a mis side quests; quizá quede como alguien huraño, pero es que tanto tener el foco de atención como sentir que no existo, se convierten en emociones que no me agrada experimentar. Por lo que prefiero estar donde sí sea visto, pero no de una forma que me llegue a resultar desagradable.

Últimamente noto que disfruto más cuando no hay expectativas de por medio. Cuando no espero que el día sea perfecto, ni que las personas actúen como imagino. Hay algo liberador en permitir que las cosas pasen sin medir su valor. Quizá eso es crecer: dejar de perseguir sensaciones y empezar a construir calma, incluso en medio de lo ordinario.

Porque al final, no se trata de volver a buscar lugares distintos para sentir algo nuevo, sino de aprender a estar bien en los mismos, bajo otras circunstancias. Cambiar la mirada, no el entorno. Tal vez lo que me hace falta no es más movimiento, sino más quietud; no más planes, sino más presencia. Y si eso me convierte en alguien reservado, que así sea, pero al menos estaré en paz.



 Day Off Mantra: Go for a walk. Listen to music. Clean your house. Read a book. Get a coffee. Watch a match. Play some games. Have a nice lunch. Embrace yourself. Meet the girl. Make her love. Enjoy a movie. Couple dinner. Rest your day. Write a few pages.

There are days when you simply need to stop pretending you’re made of steel. You walk outside, stretch your back, and breathe as if the world isn’t chasing you. The sun feels different when it’s not filtered through a screen. You remember that your body was made to move, not just to endure deadlines.

Music follows next, a soundtrack to your temporary escape. It fills the gaps between thoughts and cleans the dust that routine leaves behind. A song can rebuild your pulse, remind you who you were before the noise of the week took over. Sometimes you don’t even sing — you just listen, and that’s enough.

Cleaning your house becomes a ritual, not a chore. You pick things up and, in the process, pick yourself up too. The air feels lighter once order returns, and your mind mirrors it. Books and coffee are not luxuries, they are fuel — the quiet kind that steadies your inner dialogue and brings you back home.

The afternoon drifts slowly. You watch a match, not because you care who wins, but because it reminds you that passion exists somewhere. Maybe you play a few games, laugh at yourself for missing easy goals, and realize how healing it is to enjoy things that ask for nothing in return. You’re not chasing productivity — you’re chasing presence.

Then comes the heart of it. You meet the girl, the one who makes time slow down. You don’t try to impress, you just exist beside her, and that’s where meaning hides. Make her love isn’t about conquest; it’s about connection — raw, imperfect, human. You share a meal, a movie, a silence. The kind that says everything.

As the night falls, you write. Maybe a page, maybe ten lines. It doesn’t matter. You write because reflection is the last act of a good day. You record proof that life can be calm, full, and still belong to you. Tomorrow you’ll return to the rush, but tonight — you rest knowing you’ve lived with intention.



 O cómo es que el tiempo no alcanza cuando tienes ganas de escribir y trabajas diario.

Pensé que la vida adulta sería distinta, pero, siendo honestos, todos lo pensamos en algún momento. Al final, se trata de un ir y venir de egos, estrés y pagos, en el orden que se te ocurra. Venir aquí a tirar letras es, en gran medida, una forma anárquica de contemplar la existencia, incluso cuando estoy atorado entre la cotidianidad, las aflicciones y los dolores. Pero quién soy yo para aniquilar estas ganas de hacer lo que mi alma anhela.

He cambiado la bebida del diario en el café de la esquina. El anciano desagradable sigue asistiendo, y el exempleado con actitud de dueño también suele estar por aquí. Invirtieron el acomodo de las mesas, así que ahora me siento afuera, en otro rincón, bajo la misma lógica: producir versos para liberar la cabeza de pensamientos invasivos. Si puedo continuar con lo que hago aquí, puedo sacar adelante mis novelas, relatos e historias.

Sobre el nuevo sitio, no es un fastidio, aunque esté en la pasadera. Ponerme los audífonos e ignorar el entorno es un arte que ya domino. Cambié el chocolate de las tardes —esa pésima idea para “sacarle la vuelta a la cafeína”— por un té de menta: sin azúcar, sin leche, sin nada. Solo el calor sencillo que acompaña la garganta en días frescos. Y cuando regrese el calor, ya lo pensé, puedo pedir la misma bebida en frío.

Mi proceso creativo es sencillo: encontrar un lugar donde me sienta cómodo para tirar frases en la computadora. He modificado la interfaz de “Pages” para eliminar distractores de la pantalla. Pongo los audífonos con Radiohead de fondo, la bebida a un lado y la mirada fija en el procesador de texto. No hay ciencia en esto. Es pura talacha.

A veces me encandilan los vehículos al estacionarse, o pasa gente que llama la atención —mujeres muy atractivas, sobre todo—, pero en general logro desconectarme y enfocar la vista en lo que está frente a mí.

No siempre escribo con una idea clara o un tema premeditado. Si hay fluidez o carencia de ella, depende del momento. Conforme avanzo en las líneas, van llegando las ideas, los giros, el sentido de lo que quiero decir.

No soy más que un fanático de la escritura que aprende cada día. He adoptado ciertas reglas: evitar los adverbios de modo, no repetir palabras sin motivo, y cuidar el ritmo como quien afina una guitarra vieja. Antes me exigía escribir mil palabras por sesión, pero terminé sintiendo que me obligaba a llenar el silencio. Hoy, con quinientas, me basta. Y si no llego, tampoco pasa nada.

Al final, venir aquí a colocar versos o leer novelas es un acto de resistencia. Una pequeña revolución intelectual que ocurre en mi cabeza para no ser conquistado por la superficialidad de la rutina ni por las emociones efímeras que las pantallas insisten en venderme.



 No busco demostrar nada. Solo quiero volver a sentir que tengo el control de mi vida, sin depender del desplazamiento infinito en una pantalla.

No es por ego, ni por aparentar disciplina. Es una necesidad real: la de recuperar mis propios tiempos y no permitir que mis momentos de ocio dependan del scrolling o del swiping.

Ha sido un reto complicado, lo reconozco. Las Redes están diseñadas para mantenernos enganchados, y como experimento comprobé que puedo pasar ahí horas sin hacer otra cosa. En retrospectiva, eso me resulta abrumador.

No quiero satanizar los servicios ni a la gente detrás de ellos. Al final, son herramientas de mercadeo donde se intercambia atención por productos. Sin embargo, algo dentro de mí insiste en que debo consumirlas menos y dedicarme más a lo que sucede en tiempo real, justo frente a mis ojos.

Últimamente he sentido un cansancio constante. Por más que lo intento, no logro dormir más de seis horas. No me quejo: con seis horas mi cuerpo funciona bien, pero me gustaría conducirlo hacia un estado de mayor calma, donde la mente esté más atenta a lo que me rodea.

Por eso quiero priorizar mis descansos con actividades más análogas y dejar —con límites claros— las digitales. Me encanta leer, escribir, escuchar música, caminar, salir a comer, conocer lugares. En eso enfocaré los días de descanso que queden para mí, reservando las pantallas para lo laboral o lo productivo.

Si lo pienso, venir a escribir aquí, jugar videojuegos o ir al cine han sido mis escapes habituales. Pero esa dinámica debe cambiar. Quiero encontrar alternativas que no dependan de un dispositivo, dejar que la atención vuelva a ser mía y no de una pantalla.

Quizás lo que busco no es desconectarme del todo, sino volver a conectar con lo que no necesita batería: un libro, una caminata, una conversación, el simple acto de observar cómo cae la tarde.



 Hoy desperté más temprano de lo que hubiera querido, a las cinco. Lo primero que hice fue ponerme a transferir, realizar pagos, declaraciones de impuestos, repartir el dinero. La vida adulta es así: esperar a que nos caiga un poco de dinero para abonarle a los costos de vivir, entre salud, servicios y responsabilidades.

Pero no vine a hablar de eso en particular. Ha sido una semana tranquila en el trabajo; a pesar de estar on call, no hemos tenido muchos incidentes que revisar ni llamadas interminables que atender. Todo ha sido más del lado del monitoreo.

No sé si ya lo había mencionado, pero el proyecto en el que estoy no va más. Decidieron cortarlo de tajo. En algún punto me sentí responsable, como si alguna culpa fuera mía en esta movida comercial de negocios. Obviamente, nada más alejado de la realidad. Mis tareas no son tan cruciales dentro de la jerarquía del servicio, y la decisión viene como consecuencia de cambios en la estructura corporativa de la compañía.

Eso sí, nos advirtieron que no todos nos veremos afectados, aunque ya ha habido despidos. Según mi jefe local, recortaron accesos a quinientos empleados. Si no logran acomodarlos en otros proyectos o cuentas, tendrán que ser dados de baja. Por eso él hace todo lo posible por saltar del barco antes de que se hunda. No lo juzgo; yo, por mi parte, prefiero no preocuparme más de lo necesario.

Me gusta mi trabajo. No me pagan mal, y la ubicación de la empresa en relación con mi casa es espléndida. En general, hay muchos beneficios que me hicieron preferirla en comparación con mejores ofertas económicas. Es cierto, no gano tanto como podría en otros lugares, pero a cambio vivo a dos calles de distancia, los espacios son cómodos y las prestaciones te hacen sentir tranquilo.

Si mañana despierto y me dicen: “Ya no tienes trabajo”, sería un golpe duro a mi realidad. Pero uno que ya he vivido antes, y en condiciones mucho peores, con jefes muertos de hambre de empresas patito que se disfrazan de empresarios por debajo de la ley. Aquí las cosas son distintas, más formales, y eso me da cierta calma antes de cualquier evento tormentoso.

Lo que me encantaría, claro, es que me coloquen pronto en otro proyecto, porque la incertidumbre está ahí. Si no fuera así, no estaría hablando de esto. Por ahora trato de mantenerme dentro de mis cabales y tolerar los últimos días del proyecto con los pies bien puestos en el piso.

Supongo que eso es crecer: hacer lo que toca, incluso cuando el rumbo no está del todo claro. Seguir, con la esperanza de que las cosas se reacomoden, igual que el sueño que siempre regresa, incluso después de una madrugada agitada.



 Empiezo a escribir esto a las seis con cincuenta de una mañana de lunes, inicio de semana de actividades on call. Me sorprende seguir aquí. El proyecto se terminó, a algunos compañeros los despidieron y a otros los movieron a distintos equipos. Yo permanezco, expectante, sin saber qué será de mí.

Este fin de semana abordé un par de cosas que me hicieron pensar bastante. Por ejemplo: me di cuenta de que tengo una habilidad casi mágica para desaparecer el dinero. No importa si tengo cien, mil o diez mil pesos; si me lo propongo, puedo gastarlo todo en un día. Y eso me llevó a una encrucijada emocional: ¿en dónde está mi Tercer Lugar?
O en otras palabras, ¿quién es mi Tercer Lugar?

Antes, pensar en alguien era ese lugar para mí. Pasar tiempo con una persona se había convertido en una instancia tanto emocional como física que le daba sentido a lo que ocurría alrededor de mi vida. Y a veces, me sentía presionado por ser también ese lugar para otros.

Entonces entendí por qué la gente se aferra a sus rutinas: gimnasios, iglesias, cafés, restaurantes, cines, videojuegos, redes sociales, centros de rehabilitación, círculos de ocio. Todos, de alguna forma, necesitamos conectar. Estar solos nos hace sentir incompletos, y hasta cierto punto, vacíos.

Eso busco al pasar las mañanas en el café los fines de semana: conectar. Por eso subo imágenes de mis idas al cine a las redes, para sentirme perteneciente. El mundo se sostiene sobre la interconexión. Y en ese pensamiento llego a una conclusión sencilla pero profunda: amar es estar.

No hay muestra de amor más grande que la presencia. Puedes regalar mil cosas, imitar los gustos de alguien para llenar sus ojos, obsesionarte con cada detalle de quien te atrae; pero si no estás ahí, si no eres una figura presente, no otorgas verdadero amor.

Amar es estar conmigo y que yo quiera estar contigo. No hablo solo del plano físico, sino también del mental y el emocional. Que cuando esa persona no esté, la cercanía se perciba en los mensajes, en las fotos, en los recuerdos. Que nada sea más gratificante que volver a encontrarse, sin importar el lugar, aunque sea una simple caminata o una hora de charla.

La persona que amas es el lugar.

Te quiero porque me quiero contigo.
Te deseo porque cuento los minutos para volver a tenerte cerca.
Te amo porque estar a tu lado se siente como un viaje interminable de felicidad.



 Vivir en medio de la nada. Crecer ahí desde la infancia, madurar y darte cuenta de que el mundo más industrializado no ofrece gran cosa. Sí, es impresionante ver edificios por primera vez, adentrarte entre multitudes interminables, caminar por calles inmensas repletas de coches. Pero eso no es verdadera belleza. La belleza se encuentra en donde tú quieras verla: en un amanecer con el cielo despejado, en una tarde lluviosa de lectura en casa, en una montaña verde repleta de vegetación.

Mientras camino por las glorias del asfalto, escucho a la gente susurrante, entre estampidas y horarios rotos, acercándome a algún punto de referencia: una estación del tren, una plaza, un parque al centro de alguna colonia, un restaurante o un monumento histórico. El cielo está cubierto de nubes cargadas de agua. La lluvia se avecina: primero una llovizna, después un aguacero, una verdadera tormenta.

Contemplo el reflejo de mi rostro en los charcos mientras me cubro bajo las marquesinas de los negocios que me lo permiten.

Pienso: A veces necesitas tomar distancia hasta de las personas que más amas para que las heridas cicatricen. Otras, solo el tiempo y el silencio ayudan a entender en qué estuvimos mal y cómo mejorar. No siempre se trata de repartir culpas, sino de abrazar la paz que llega con la calma.

Y así, empapado, llego al establecimiento de siempre. Abro mi computadora y comienzo a escribir lo que sea que salga de mi cabeza, recordando cómo la lluvia me atrapó y, cuando sentí que ya no podía evitarla, abrí las manos para recibir la inspiración del agua recorriéndome por completo.

Entonces comprendí: el alivio no siempre llega desde afuera. A veces hay que buscarlo dentro de uno mismo. La tristeza solo existe si le damos espacio para florecer en el interior. Si la miramos de frente y reconocemos su razón de existir, entendemos que vino a acompañarnos un tiempo, y que también es bienvenida.

Así permitimos que las lágrimas broten y limpien el alma, liberándonos de las pretensiones de un presente imposible, de un pasado lleno de errores. Aceptamos nuestra humildad, nuestra humanidad.

Porque al final, la perfección es un estatuto utópico en un mar de mentiras.



Un Aguacero

Por
 Vivir en medio de la nada. Crecer ahí desde la infancia, madurar y darte cuenta de que el mundo más industrializado no ofrece gran cosa. Sí...

 Ese dolor de espalda que te da después de haber viajado por horas. Me gusta volver a estar aquí, donde siento que puedo desarrollarme, aunque a veces no lo parezca, donde la humedad y el calor no me agobian, donde si soy responsable, duermo bien.

Ha sido un fin de semana gratificante, estoy contendo de haberlo pasado con mis papás. Que se juntara la familia a celebrarlos es muy bonito, ver caras conocidas desde tíos hasta primos y sobrinos. Es una familia bastante numerosa, la mía. El sábado, para lo de mi mamá, había más de cincuenta personas ahí, o más de sesenta, creo. Mientras que toda la familia del lado paterno cabía en una sola mesa, la del lado de mi madre, llenó varios tablones.

Me agrada que sean muy unidos, y que aunque se enojen y se digan sus verdades de vez en cuando, aunque a veces hagan berrinches, terminen siempre juntos. Eso es admirable, que después de tantos años, ahí sigan. Me pregunto cómo será cuando mi abuelita pase a mejor vida (Dios no lo quiera, pero es el proceso natural de la existencia), espero sigan igual de unidos.

Mi papá estaba muy contento de haberle llevado mariachi a mi madre, ella cocinó una birria muy deliciosa, y para el día siguiente (o sea ayer, mi tía hizo pozole). Me alegra un montón ver a mi mamá así de feliz. Porque además se juntaron sus excompañeras de secundaria con ella, en la fiesta. Lo cual lo hizo más memorable para ella; creo que nunca le había pasado algo similar.

Y el miércoles, según me contó, sigue el otro festejo, se irán a comer juntas y le van a regalar su pastel. Siento mucho estar escribiendo algo muy "rosa" hoy, muy fuera de lo que comúmente escribo, pero mientras me llevaban a la Central hoy, los escuché decirme lo mucho que me quieren, lo orgullosos que se sienten de mí; eso es muy hermoso. Me llena de ánimos para continuar.

Que sea un hombre consciente de lo feo del entorno, no me hace incapaz de amar o de sentir empatía por las personas que me demuestran su afecto. Muy por el contrario, eso tiene mayor peso, porque sobre mis hombros hay una responsabilidad invisible que me hace consciente de que no quiero nunca quedarles mal y esforzarme por hacerlo cada día.

A veces pienso que crecer no consiste en volverse más fuerte, sino en aprender a valorar los gestos pequeños: la comida compartida, las risas al recordar anécdotas, los silencios cómodos que sólo se tienen con quienes te han visto nacer. Uno se pasa la vida buscando motivos para sentirse en casa, y al final descubre que el verdadero refugio está en esas voces que te esperan, que te reconocen, que te siguen queriendo incluso cuando el mundo allá afuera cambia.



Muy Unidos

Por
 Ese dolor de espalda que te da después de haber viajado por horas. Me gusta volver a estar aquí, donde siento que puedo desarrollarme, aunq...

 En el aburrido mundo de una ciudad pequeña, que tal es como un pueblito solamente, arrinconados entre sillas del café del lugar, hay varias personas tragando, escuchando música, escribiendo como obsesos en sus computadoras, platicando entre ellos, simplemente existiendo.

Levantarse por un café o no hacerlo, es cosa de pensar a veces; por ejemplo, a mí personalmente no es algo que me haga falta, la cafeína, es solamente una excusa para salir un rato a la calle a un entorno social, aunque me enclaustre con mis propios pensamientos mientras me clavo en las letras, ya sea escribiendo en el procesador de textos o leyendo algún libro que tenga a la mano. La vida es un verdadero fastidio, pero hay que hacerla suceder, y ni hablar.

Me gusta creer que soy alguien más, alguien que se oculta y desaparece entre los ríos de gente que vive al día; porque de alguna forma, también lo hago. Soy parte de una mancha urbana inmensa, sin forma, ni razón de ser, que existe para nutrir un monstruo insaciable que nos gobierna a todos.

El absurdismo es la monea de cambio en la actualidad, mientras más tonto e insignificante parezca algo, más fácil nos terminamos asociando con eso; llámese música, arte, personalidades... Cualquier cosa o persona que exalte la banalidad de la vida, termina cayendo en un pedestal incomprensible de halagos y reflectores, que terminan por capitalizar más nuestra incapacidad cognitiva limitada como sociedad.

El mundo es de los que se avientan a por todo, sin importar a quién pisoteen, a quien aplasten, a quien humillen. Y de ese mundo me cuesta mucho trabajo ser parte. Porque es un mundo en el que la empatía o el mutuo afecto no tienen cabida, está respaldado por la mentira, convertido en múltiples ciencias, culturas, disciplinas y economías. Segmentado y asociado por el solo hecho de "existir", aunque sea en la supuesta psique colectiva.

A veces imagino que nada de esto es real, que las personas son proyecciones de un pensamiento cansado que ya no distingue entre vigilia y desinterés. Caminamos todos sobre una cuerda floja tendida entre el tedio y el deseo de trascender, fingiendo que sabemos a dónde vamos. Nos repetimos que la vida tiene sentido mientras le damos forma a la misma confusión que nos anula, esperando que el ruido de fondo nos distraiga de lo que somos: animales con conciencia de su desgaste.

Y pese a todo, sigo escribiendo. No porque crea que las palabras cambien algo, sino porque necesito al menos un sitio donde mi mente no se sienta propiedad del sistema. En cada frase intento rescatarme del letargo, aunque sepa que nada se salva del polvo ni del tiempo. Escribir, después de todo, es el único acto de rebeldía que me queda: una manera torpe pero honesta de decirle al mundo que sigo aquí, resistiendo en silencio.



 No dejo de recordarme la frase que estaba hace algunos días, amartillando mi cabeza como si el futuro de mi existencia dependiera de eso: "Dios, si me ibas a dar estos gustos, también me hubieras dado recursos infinitos para mantenerlos; no que así, quedo como un tarado solamente."

Y es que a dondequiera que volteo, me sobresatura el entorno; la gente, cada cual de apariencia mejor al anterior, y yo aquí, estancándome en la porquería de la incertidumbre, en no saber qué es lo que sucede conmigo, con dolores de cabeza y estómago casi diario, siendo ignorado hasta el aburrimiento, sin destacar, ni sobresalir, existiendo por mera inercia del tiempo y espacio.

Pero por qué parece que no existo siquiera, antes me regodeaba de ser un ente gris, en sentido de que preferiré siempre ser ignorado que tener los reflectores encima; pero cuando uno es ignorado de tal manera, se percibe como un vuelco hacia la inexistencia misma, donde la presión social (inexistente) a modo de resolución —por la necesidad de pertenecer— termina empujándonos hacia la nada, hacia el horror del vacío.

Hoy me regresé del trabajo, no me estaba sintiendo del todo bien; mi cabeza atraviesa un montón de emociones en este momento, y la verdad me sentía con sueño, sin energía, con dolor en los huesos... Llegué a la casa, me dormí un poquito y al despertas me tomé un Paracetamol, espabilé y me salí al café un rato. En la fila, Ana, y yo ni en cuenta. Estuve a nada de babear. No por nada es un personaje llamativo de lo que estoy escribiendo.

Por cierto, creo que ya no continuaré escribiendo mi Novela aquí, lo dejaré para actividad en casa. Porque al final, se percibe una clase de confort distinto en este lugar, no como se sentía antes; sobretodo porque hay demasiados elementos distractores. Solo se puede aprovechar cuando está más solitario.

Hay un viejo asqueroso que seguido viene aquí. Es como poner un florero con plantas podridas en el lugar. Me incomoda, es muy raro, me da la impresión de que trabaja para el gobierno y no tienen nada qué hacer. Le quita la tranquilidad al café. Porque es incómodo hasta de ver. Tiene un aspecto desagradable, mugroso, hediondo. Ya sé, ya sé, no debería estar escribiendo acá, pero es la verdad, esa impresión da. Es ruidoso, pretencioso (por eso creo que pertenece al gobierno), bobo y tiene un aspecto que le queda a la descripción que acabo de dar. Deberá de tener unos setenta años, con la barba horrible, larguísima y cana (unos 30 cm).

En fin, no debería de clavarme con ese tema, el asunto es que me incomoda su presencia, en general. Ya me voy a calmar, dejaré de escribir al respecto por ahora, y trataré de evitar a esa persona incómoda, o cualquier otra persona que me incomode. Al final ahí radica la adaptabilidad, en que no te importe lo que te rodea, que puedas seguir con lo tuyo sin inmutarte.



 Mientras caminaba hacia la casa anoche, revisando mi "fin de semana" me daba cuenta de que hay demasiadas cosas que puedo automatizar en mi diario vivir, y sigo, por alguna razón dependiendo de mi memoria, de mi contexto, de mis habilidades para tomar decisiones.

Entre lo que analizaba, resulta apremiante y al mismo tiempo insultante no saber hacia dónde voy, o hacia dónde se mueve lo que me rodea; el entorno siendo fruto de microdecisiones que incluyen más que simples patrones. Y yo, desconectado, de alguna forma pensando solo en lo vacío que a veces me siento, lo "sin chiste" que puede verse la existencia, y sin embargo, experimentando una inminente necesidad de pertenecer, por el amor a lo que me rodea, aunque sea casi insignificante, para mí tiene todo el sentido del mundo.

Los órganos internos necesitan atención, es crucial ejercitarse, eso lo comprendo. También lo intangible necesita ser bien tratado, he estado pasando por semanas muy complicadas, en las que mis pensamientos se contradicen más seguido de lo que deberían, en las que la duda me invade, en las que mis propósitos descansan en opiniones ajenas cuando no deberían. Mi intención final es alejarme tanto cuanto pueda del ego y aprender a disfrutar lo que sea que me toque, pero no es sencillo; menos en un mundo repleto de superficialidad donde cada cual quiere ser el protagonista de una historia épica. Yo solo quiero vivir.

Pero cuál es el mérito de creer en uno mismo cuando el cuerpo se siente cansado de intentarlo; y la mente se obsesiona con boicotearnos. La energía no va más, ni las ganas, ni el ímpetu, ni las corazonadas; se vive bajo demanda, como las series de Netflix, por temporadas y episodios, quedando a expensas de lo que la audiencia decida para nosotros. Dependemos de rating para destacar, y si somos ignorados, terminamos cancelados, sin hacer ruido alguno.

Ser cancelado a penas en el primer intento podría sentirse como un drama, cuando no lo es, es una sátira. Enfrentas tus monstruos cada día y para colmo de males tienes que contenerlos y someterlos a la voluntad de multitudes, para que no destruyan una imagen, una opinión que no te importa, de gente que de verdad no te trasciende. Por dentro esas luchas constantes, esos conflictos, terminan mermándote, volviéndote un guerrero que ve el resto de habilidades, trabajos y hábitos como algo convencional, banal, simple.

Entonces termina repercutiendo en tu propia percepción del ego, si tú mismo estás consciente de tu ínfima significancia, cuánto más debería serlo el exterior. Te concentras tanto en lo valiosísimo que existe dentro de cada alma, que lo que se ve, lo tangible, lo que se agota y extingue, pasa a un segundo plano, al plano de la podredumbre, del desperdicio y la fatuidad. Todo se vuelve tonto, absurdo, rebuscado, repetitivo, descartable.

Quizá ahí radique la verdadera tarea: no en conquistar la atención ni en domesticar las dudas, sino en aprender a sostenerse en medio del vértigo, en reconocer que incluso la mínima chispa de autenticidad vale más que cualquier escenario prefabricado. Tal vez mi lucha no sea contra el mundo, ni su superficialidad, sino contra la tentación de rendirme a su molde. Y en ese instante, mientras me miro desde fuera, decido seguir respirando con calma, caminar sin aplausos, cuidar lo invisible y avanzar —aunque nadie lo note— hacia un lugar donde la vida deje de ser temporada y empiece a sentirse eterna.



 Hay días en los que el mundo parece conspirar para apagarme. Entre semana, cuando la motivación se esfuma, todo se siente como una batalla perdida. Una noche de insomnio —ya sea por el calor pegajoso, la incomodidad de una cama que no acoge o una comida que no nutre— se convierte en mi peor enemigo al amanecer. Me despierto de malas, irritado, con la mente nublada. Las ideas que ayer fluían con claridad ahora son un eco lejano, y el código que debería escribir se queda atrapado en un limbo de fastidio. Ni el café ni la fuerza de voluntad logran rescatarme.

Pero anoche… anoche fue diferente. Dormí como si el universo me hubiera dado un abrazo. El aire acondicionado en modo "dry" creó un oasis fresco, y el cansancio acumulado de días frenéticos me envolvió como una manta suave. Caí rendido, no como un bebé —porque, seamos honestos, los bebés apenas duermen—, sino como alguien que, por una noche, encontró la paz absoluta. Y hoy, esa energía me hace sentir imbatible, como si pudiera partir el mundo en dos con una sola mano.

Entonces, ¿qué me roba esa chispa? Mil cosas. El insomnio, la comida chatarra, un dolor que se cuela en el cuerpo, la sombra de la edad que me susurra que ya no soy el de antes. Y, por encima de todo, la gente. Sí, la gente, con su ruido, sus demandas, sus pequeñas guerras, me despoja de la calma más rápido que cualquier otra cosa.

Hoy, sin embargo, me siento raro. No mal, sino extrañamente poderoso. Dos días comiendo bien, una noche de sueño profundo, y de pronto tengo la fuerza de un titán. Es increíble cómo una sola noche reparadora puede transformar el mundo en un lienzo lleno de posibilidades. A veces, juro que el universo conspira para contenerme, como si temiera lo que podría lograr si estuviera al cien. Porque cuando nada me duele, cuando nada me falta, el mundo no es más que un patio de juegos.

Pero no siempre es así. Hay días en los que la idea de que todo esto es temporal me golpea con fuerza. Cuando estoy en el fondo, cuando el cansancio o el malestar me ganan, no hay siesta, ni cama, ni respiración profunda que me salve. Es una tristeza densa, un vacío que parece burlarse de mí, como si el absurdo de la existencia se riera en mi cara. Hablar con los que amo, trabajar hasta agotarme, escribir planes y sueños… nada funciona. Todo se siente como remar contra la corriente.

Por eso estoy aquí, dejando caer estas palabras antes de seguir adelante. También quería confesar algo: no estoy conforme con mi novela. Esos casi dos capítulos que llevaba escritos no me convencían, así que los borré. Todos. Volver a empezar duele, pero también libera. No sé si rescataré las ideas que me gustaban o si las dejaré ir para siempre. Lo que sí sé es que recordé a esos autores que decían que, si no estás convencido, tienes que tener el valor de tirar todo y arrancar de nuevo.

Es una medida extrema, lo sé. Pero la vida es así, una paradoja constante. A veces hay que retroceder, una, dos, mil veces, hasta dar con el camino correcto. No hay un punto perfecto, eso es verdad, pero cuando el avance ha sido un desastre o cuando el tesoro al final del arcoíris brilla lo suficiente, el esfuerzo de empezar de cero vale cada gota de sudor. Y hoy, con esta energía renovada, siento que puedo escribir, crear, conquistar. Que el mundo se prepare, porque voy por todo.



Entre Semana

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 Hay días en los que el mundo parece conspirar para apagarme. Entre semana, cuando la motivación se esfuma, todo se siente como una batalla ...

La música retumba en mis oídos, un refugio contra el mundo. Observo la pared, huyendo de los faros de los coches que se estacionan frente al café, encandilándome hasta irritarme los ojos. Incluso ahora, mientras escribo, siento ese ardor, un eco de la luz que no me deja en paz.

La música, a veces, inspira; otras, solo te envuelve en un microcosmos donde las palabras fluyen sin rumbo fijo. Tecleo en un procesador de textos, desparramando ideas que quizá nunca vean la luz en mi blog. Pero no importa. Nada en el mundo importa. Lo único real es la sensación de poder, la chispa de sentirte único mientras tus dedos danzan obsesionados sobre las teclas, creando frases que tal vez nadie lea. Y qué.

Me imagino en medio de la noche, en un lugar sin nombre, sin la carga de un despertador que me arrastre a una rutina que detesto. Abrazando el abismo de la soledad, escribiría sobre la belleza de la oscuridad, sin temor a ser juzgado. Escribir, generar, construir una vida plena, explotar de satisfacción cada día, hasta el final de mis días. Pero escribir es como componer: un caos de ideas que cruzan tu mente, imágenes que intentas atrapar mientras tecleas, una revolución literaria, matemática y visceral. Hay complejos, destrezas, fraudes, mentiras, y cientos de momentos triviales que buscan romperte, obligándote a repetírtelo cada día: Nada me puede quebrar.

Sin embargo, el vacío acecha. Puedes tenerlo todo —dinero, salud, amor, logros— y aun así sentir un hueco en el pecho, un murmullo de incompetencia, abandono, una personalidad apagada. Lo que realmente anhelas es a alguien que camine contigo en tus locuras, que te sostenga cuando el mundo se desmorona, que te mire con admiración y te trate con respeto. Alguien que se entregue como tú lo harías. Pero cuando no encuentras a esa persona, la ausencia se convierte en un caño de podredumbre, un peso que solo las palabras pueden aliviar antes de que estalles.

Los días de rutina son un ciclo cruel: despiertas con la chispa de mejorar, avanzas motivado, pero a mitad del camino el vacío te atrapa. Te cierras al cambio, dejas que algo externo te drene, te tambaleas, te hundes en el drama, te reconcilias contigo mismo, reniegas del hastío, y abrazas cualquier chispa que te dé fuerzas. Al final, te rindes a contemplar la tristeza con la que el tiempo avanza, como un reloj que nunca se detiene.

A veces, el deseo estalla con una furia casi psicótica. Lo quieres todo, sabes que puedes con todo, porque lo has hecho antes. Tus límites están lejos, y lo que te propones parece pequeño en comparación. Pero entonces, tras un bajón emocional, ¿por qué la autodestrucción parece la única salida? No lo sé. Vengo a este café, a estas líneas, para que las frases que me persiguen a las cuatro de la mañana se desvanezcan. Si no las escribo, se quedan, susurrando, culpando al café, al azúcar, a la fatiga, a la obesidad, al desprecio de quienes me atraen, al fuego que arde en mi pecho.

Hoy, el humo de un desconocido me asfixia. Un tipo en el café saca humo como locomotora, contaminando el aire, robándome la paz. Me metí por un pan, buscando refugio adentro, porque no soporto el olor. El aroma es importante para mí; si huelo mal, si algo apesta a mi alrededor, mi calma se desvanece. La paz, para alguien como yo, que libra batallas internas cada día, es lo único que mantiene a flote la existencia. I'm just a man, not a hero... As the song says.

Escribo para vaciar la mierda que me corroe, para calmar el ardor de los faros y el fastidio del humo. La música sigue sonando, un latido que me guía. Y mientras mis dedos sigan danzando sobre las teclas, el vacío no tendrá la última palabra. Mis letras, aunque nadie las lea, serán mi eco, mi resistencia, mi paz.



Rutina Cruel

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La música retumba en mis oídos, un refugio contra el mundo. Observo la pared, huyendo de los faros de los coches que se estacionan frente al...