Goal Tracker
Una de las cosas que se me ocurrió hacer al entrar el año fue dar seguimiento a mis metas de una forma distinta. No más listas sueltas ni notas que se pierden entre capturas de pantalla. Quise algo más concreto, algo que pudiera acompañarme todos los días sin hacer ruido. Así que programé una pequeña aplicación para registrar el avance de mis metas. Nada sofisticado, nada que presuma. Simplemente un lugar donde dejar constancia de lo que hice, cuándo lo hice y cómo fui avanzando.
Porque no es lo mismo decir “leí 50 libros durante el año” que ver, uno por uno, los títulos que pasaron por mis manos. No es lo mismo recordar vagamente que “escribí algunos textos” que poder señalar los días exactos en los que decidí expresar mis ideas aunque no tuviera ganas. Hay algo poderoso en ver el camino completo. No solo el destino, sino las huellas.
Además, saber qué día hice qué me resulta fascinante. No por control, sino por contexto. Porque los días no son iguales. Algunos pesan más que otros. Algunos pasan casi sin dejar rastro, y otros se quedan grabados por razones que en su momento no entendemos. Registrar eso no es vigilarse, es observarse con curiosidad.
Aunado a lo anterior, tener una herramienta configurable para algo así me encanta. No porque sea tecnología, sino porque me invita a usarla. Me obliga, de cierta forma, a justificar su existencia. Si la construí, que sirva. Si está ahí, que tenga sentido. Y en ese pequeño compromiso diario hay algo valioso: una excusa para aparecer.
También ayuda mucho tener una representación gráfica de ese avance. Ver una línea que sube despacio, ver puntos que se acumulan, ver espacios vacíos. Todo eso dice más que un número final. Es un recordatorio silencioso de que el progreso no siempre es parejo, pero sí acumulativo. Que incluso los días pequeños cuentan. Que incluso los días torcidos forman parte del dibujo.
Mi frase para iniciar el año es la siguiente. La anoté en el pizarrón de mi cuarto, con plumón negro, como si fuera un acuerdo firmado conmigo mismo:
“Acepta y perdona las fallas del Pasado. No te obsesiones ni te abrumes por el Futuro. Da pasos firmes que te mantengan estable en el Presente”.
No es una frase motivacional en el sentido tradicional. No promete nada extraordinario. No habla de éxito ni de victorias. Habla de equilibrio. De estar. De sostenerse.
El enfoque tiene que estar en el Presente, porque es muy fácil volver a caer. Me ha pasado. Y cuando pasa, la sensación es pesada. No dramática, pero sí densa. Como si todo se desacomodara al mismo tiempo. Pensamientos que se atropellan, pendientes que crecen, decisiones que se postergan. El cuerpo lo siente antes que la cabeza.
Vivimos en un mundo que ofrece estímulos constantes. Todo compite por nuestra atención. Todo quiere ser urgente. Todo parece importante. Y en medio de ese ruido, perder el presente es sencillo. Basta con mirar demasiado atrás o adelantarse de más. Basta con compararse, con imaginar escenarios, con cargar culpas o expectativas que no están ocurriendo ahora.
Estar pleno en el momento no es una postura filosófica elevada. Es una necesidad práctica. Es lo que evita que te disperses. Es lo que te permite responder en lugar de reaccionar. Es lo que te da piso cuando todo alrededor parece moverse rápido.
No se trata de vivir en una burbuja ni de ignorar lo que viene. Se trata de no abandonarse. De no dejar el cuerpo atrás mientras la mente corre. De no perderse en pensamientos que no exigen acción inmediata.
El dinero es importante. Negarlo sería ingenuo. Pero no es el centro de lo que estoy trabajando en mí. Es solo uno de los pilares de un conjunto de proyectos más amplio. Proyectos que no siempre se miden en cifras, pero sí en calidad de vida. En claridad mental. En descanso. En presencia.
Durante mucho tiempo pensé que avanzar significaba acumular. Más logros, más reconocimiento, más resultados visibles. Con la edad he entendido que avanzar también puede significar simplificar. Elegir mejor. Decidir con calma. Hacer menos cosas, pero hacerlas con más atención.
Todo esto converge en algo más grande: construir una versión más presente de mí mismo. Una versión que entiende que el tiempo es limitado, no desde el miedo, sino desde el cuidado. Una versión consciente de la muerte, no como amenaza, sino como recordatorio. Una que practica el descanso sin culpa. Una que avanza a su propio ritmo. Una que hace las cosas con amor, incluso cuando no hay aplausos.
Este texto también es una carta. Una carta de amor a mi yo de los años pasados. A los meses recientes que fueron difíciles. A las últimas semanas del año anterior, cargadas de cansancio y preguntas. A los días que, sin saberlo, dieron inicio a algo nuevo.
Es una forma de decirle: te veo. Entiendo por qué hiciste lo que hiciste. Entiendo las decisiones apresuradas, las omisiones, las veces que seguiste adelante sin detenerte a respirar. Entiendo el esfuerzo que te tomó llegar hasta aquí, incluso cuando no hubo resultados claros. Incluso cuando nadie lo notó.
Pero también es una invitación. Una invitación amable, no un reclamo. A mirar el entorno con ojos menos románticos. No para perder sensibilidad, sino para ganar claridad. Menos idealización, más observación. Menos expectativa, más creatividad. Menos autoengaño, más honestidad.
No todo tiene que ser épico para ser valioso. No todo proceso necesita una narrativa grandiosa. Hay días que solo consisten en cumplir con lo mínimo, y eso está bien. Hay semanas que parecen no avanzar, y aun así sostienen algo que más adelante hará sentido.
Mirar con realismo no significa resignarse. Significa elegir mejor dónde poner la energía. Significa reconocer límites sin convertirlos en excusas. Significa entender que el progreso no siempre se siente bien mientras ocurre.
Este registro de pasos, esta pequeña aplicación, esta frase en el pizarrón, no son el objetivo final. Son anclas. Recordatorios visibles de una intención. Formas de volver cuando la atención se dispersa. Maneras simples de decir: aquí estás, hoy hiciste esto, hoy estuviste presente de esta forma.
No busco perfección. Busco continuidad. No busco resultados inmediatos. Busco constancia. No busco una versión ideal de mí mismo. Busco una versión honesta, atenta y sostenible.
Si algo quiero aprender este año es a no irme. A no desaparecer en planes futuros ni quedarme atrapado en errores pasados. A estar aquí. A dar pasos firmes. A construir, día con día, algo que no dependa de una meta final para tener valor.
Y si en el camino fallo, si me distraigo, si me detengo más de lo esperado, que también quede registrado. No como evidencia de fracaso, sino como parte del trayecto. Porque incluso eso, visto con distancia, también cuenta.
Esto no es un manifiesto. No es una promesa. Es una conversación continua conmigo mismo. Una que espero sostener con paciencia, con curiosidad y con un poco de poesía cotidiana.


Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.
No hay comentarios.
Publicar un comentario
Se agradecen tus comentarios.