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 Quería ponerme a descansar hoy. Llegué al hospedaje, me tiré en la cama, encendí el ventilador y cometí un error bastante predecible: descargar aplicaciones sociales.

Uno abre una de esas cosas para matar cinco minutos y, cuando vuelve a levantar la vista, ya no sabe bien qué pasó con la última media hora. Videos cortos, fotografías, gente opinando sobre temas que jamás me habían interesado y que probablemente volverán a resultarme irrelevantes mañana. Nada nuevo bajo el sol.

Al final aparté el celular, lo dejé lejos de la cama, abrí el procesador de textos y decidí escribir un poco. Nada complejo. Nada que me consuma demasiado tiempo. Solo registrar algunas ideas antes de salir.

En mi plan para reducir cortisol todavía hay tareas pendientes. Necesito retirar dinero, ya que durante el día no se ha podido. Después bajaré al Centro. Tal vez cene unos tacos. Tal vez termine en algún restaurante local. Todavía no lo decido.

La persona que me hospeda me envió una lista de recomendaciones. Ahí están La Finca del Bife, a donde fui hace dos semanas, La Rinconada y Santo Remedio. También un sitio llamado Terrescalli, desde donde, según me dicen, se puede ver toda la ciudad. Los nombres quedaron abiertos en una pestaña del navegador mientras yo seguía acostado, como si fueran posibles versiones de la noche esperando ser elegidas.

Por lo pronto sigo aquí, mientras el ventilador mueve el aire caliente de una esquina a otra de la habitación. La ventana deja entrar el ruido de la calle. No es un ruido molesto. Es el ruido normal de una ciudad que continúa funcionando sin pedirme permiso. Un motor lejano. Una conversación que no alcanzo a entender. Una puerta que se cierra. La vida cotidiana de personas que jamás volveré a ver.

El solo hecho de dejar que el tiempo pase mientras sigo enviando indicaciones de modelado a la herramienta en la que trabajo es una dicha que pocos entienden. Hay algo extraño en eso. Hace algunos años habría parecido una escena absurda. Un hombre acostado en una habitación desconocida, conversando con sistemas que no existen físicamente, refinando ideas que tampoco son tangibles. Sin embargo, para mí tiene sentido.

Pienso que una parte importante de la tranquilidad consiste en no tener que justificar constantemente aquello que nos gusta hacer.

Tirado en la cama, en un lugar donde jamás había estado, conectando con mi soledad —como si no lo hiciera todos los días en casa—, me doy cuenta de que la diferencia no está en estar acompañado o no. La diferencia está en el contexto.

Nadie aquí me conoce.

Nadie sabe cuáles son mis rutinas.

Nadie sabe qué cosas me preocupan cuando intento dormir.

Nadie tiene una versión anterior de mí contra la cual compararme.

Soy, en cierto sentido, una persona nueva.

Quizá por eso me gusta llegar a ciudades desconocidas. Durante unas horas uno deja de ser el personaje principal de su propia historia para convertirse en un observador. Nada más.

A las siete bajaré a caminar. Seguramente terminaré frente a la Parroquia en el parque, observando el movimiento de la gente. Tal vez me siente un rato en un Café y vea cómo la tarde se convierte en noche. Quizá termine recorriendo las calles del Centro sin rumbo fijo, mirando fachadas antiguas y tratando de imaginar cuántas generaciones han pasado frente a las mismas puertas.

Me recomendaron visitar el Museo de Arte Sacro, el Rincón de las Capuchinas y la Casa Museo Agustín Rivera. También me hablaron del Templo del Calvario y de una vieja hacienda llamada Sepúlveda. No sé si alcanzaré a ver todo eso. La verdad es que tampoco tengo prisa, y de algunas cosas, ni ganas.

Siempre he pensado que las ciudades hablan.

No lo hacen con palabras. Lo hacen mediante los negocios que sobreviven, las plazas que permanecen llenas, las calles donde todavía hay personas sentadas conversando cuando cae la tarde. Hablan mediante las panaderías que siguen vendiendo pan dulce después de décadas, los cafés que se convierten en puntos de reunión y los restaurantes que un habitante local recomienda sin pensarlo demasiado.

Quizá por eso disfruto caminar sin un objetivo concreto cuando llego a un lugar nuevo. Uno termina aprendiendo cosas que ninguna guía menciona. Descubre qué tan rápido camina la gente, qué temas aparecen en las conversaciones cercanas, cuáles son los sitios donde se reúne la comunidad y cuáles son los rincones que permanecen vacíos.

Y mientras escribo esto, sigo sin decidir dónde cenaré.

Puede que termine en alguno de los lugares que me recomendaron.

Puede que no.

Al final, la comida suele ser una excusa.

Lo que en realidad vine a buscar fue esta sensación extraña de anonimato. La oportunidad de sentarme en una banca, recorrer unas cuantas calles y observar cómo transcurre la vida de otros mientras la mía continúa avanzando a la misma velocidad.



 "¿Puedo quedarme aquí a escribir un rato?" —le pregunté a la mesera, una jovencita de unos veinte años, con la mirada ingenua y una trenza que contenía todo su voluminoso cabello.

Fui al cajero a retirar un poco de dinero en efectivo, porque una de las circunstancias que comúnmente enfrenta uno al salir a "pueblear" es precisamente la necesidad de cargar dinero a la mano para cualquier antojo, gusto o recuerdo que quiera darse.

"Hay problemas de comunicación con el servidor. Por favor, inténtalo más tarde."

No pues gracias, Banco de mi preferencia. No sabes el gusto que me da traer al menos un par de billetes conmigo. La vergüenza que habría experimentado si estuviera dependiendo únicamente de lo que pudiera retirar "al momento".

Todo bien. Me trajeron la cuenta y en el lugar donde me hospedaré ya me preguntaron a qué hora pienso llegar.

"Ya estoy aquí", respondí al mensaje. "El check-in es a las tres y estoy esperando a que se haga la hora para llegar."

No más mensajes de momento, o al menos eso parece.

Me quedaré en el café un rato más. La mesera del lugar me dijo que está bien, y yo prisa, de momento, no traigo. Mi plan para el día es seguir nutriendo de reglas de negocio el último proyecto en el que he venido trabajando. Eso lo puedo hacer desde donde esté.

Bendita tecnología, que nos permite producir desde cualquier lugar. Los límites suelen estar en uno.

Vine a gozarme, a desconectarme un rato. Traje conmigo tres escritos que Chuy quiere que le revise. Los imprimí antes de salir de casa esta mañana para tenerlos en papel y analizarlos con mayor facilidad que a través de una pantalla.

Su "Biblia" del mundo en el que está trabajando es un producto ambicioso y extenso. En cierto sentido, me compartió los documentos para darles un primer vistazo desde una óptica editorial.

Pienso que ése sería un trabajo fantástico para mí: escritor y editor. Aunque, reconociendo mi propio ego, seguramente me pelearía demasiado con textos ajenos, pues es difícil aceptar el talento de otros. Aunque destaque.

Desde esa premisa, preferiría dedicarme únicamente a escribir y programar.

Estoy aquí con la intención de reconectar con una versión más simplificada de mi persona. Una que vea a su alrededor, sin conocer a nadie, y se siga sintiendo parte de un ecosistema que le contiene.

Porque al final, cuando uno vive tan pegado a los dispositivos electrónicos, termina alienándose y dependiendo demasiado de su conectividad, cuando allá afuera, en el parque que está enfrente, o aquí mismo en el restaurante, se desarrollan múltiples vidas.

Es una tarde calurosa. Pedí una bebida que sabe a chicle. No es mala, pero tampoco figura entre mis gustos más exquisitos.

No importa. La decisión ya fue tomada y hay que beberla mientras estemos aquí, alquilando este espacio, redactando frases, en lo que llega la hora de irme al lugar donde me hospedaré esta noche.

Así, entre las hojas impresas con el mundo que escribió Chuy, una bebida de sabor curioso, una mesera simpática, una aplicación bancaria que no funciona y una tarde calurosa, me adentro en este fin de semana.

Espero que sirva para reducir un poco los niveles de cortisol en el cuerpo y recuperar algo de esa autonomía y conexión con el entorno que tanto anhelo mientras vivo expuesto a pantallas durante buena parte del tiempo.



 He podido desplegar mi quinta arquitectura de IA en un entorno de trabajo de principio a fin. Todavía me quedan muchas dudas durante la puesta en marcha de cada una de ellas. Además, he tenido que utilizar herramientas distintas en cada caso. Como experiencia, eso resulta valioso porque obliga a conocer alternativas y enfoques diferentes. Sin embargo, también te hace pensar en la enorme cantidad de opciones que existen en el mercado y en lo limitadas o costosas que pueden resultar algunas soluciones cuando no se cuenta con configuraciones muy específicas.

Lo que más me sorprende es la eficiencia de las propias herramientas para guiarte durante el proceso. Te ayudan a resolver detalles técnicos, te sugieren rutas de implementación, identifican errores y hasta proponen correcciones. En ocasiones parece que el verdadero trabajo consiste en describir el problema con suficiente claridad para que el sistema encuentre el camino adecuado.

Y es ahí donde surge una pregunta incómoda.

Si estas herramientas continúan mejorando al ritmo actual, ¿qué lugar ocuparemos nosotros dentro de unos años?

Salvo por limitaciones físicas, energéticas o por algún obstáculo tecnológico que todavía no alcanzamos a comprender, cada vez me resulta más difícil imaginar cómo competiremos contra sistemas que aprenden, consultan información, generan soluciones y se optimizan a una velocidad imposible para un ser humano. Quizá durante algún tiempo sigamos desempeñando el papel de supervisores. Tal vez seamos quienes definan objetivos, validen resultados o desplieguen los proyectos iniciales. Pero incluso esas tareas parecen reducirse poco a poco.

Aun así, hay algo que me fascina de todo esto.

Sería extraordinario que nosotros, como seres humanos, pudiéramos incorporar parte de la filosofía de programación de los modelos de IA a nuestras propias vidas. Aprendizaje continuo. Optimización de recursos. Mayor capacidad para resolver problemas. Una especie de evolución orientada por la observación y la mejora constante.

A veces me pregunto qué ocurriría si pudiéramos administrarnos como administramos un sistema informático.

Imaginen una mañana cualquiera en la vida de Carlos.

La noche anterior se desveló. Permaneció hasta tarde en una reunión con amistades. Al regresar a casa comenzó una llovizna que refrescó el ambiente. Como suele suceder en esas ocasiones, jamás pensó en llevar un abrigo. Al despertar siente los efectos de la experiencia: congestión nasal, dolor de garganta y ese malestar que anuncia un resfriado.

Carlos abre entonces el editor del modelo integrado en su propia mente.

Observa una consola flotando frente a él.

Manciona:

"Por favor, me siento agripado. Resuelve el problema."

El sistema recibe la solicitud y comienza el diagnóstico.

Primero analiza el estado general del organismo. Después revisa métricas internas, identifica anomalías, consulta módulos especializados y determina el origen exacto del problema. Si resulta necesario, crea entornos de trabajo aislados para realizar pruebas. Ejecuta herramientas de reparación, actualiza componentes biológicos, optimiza procesos metabólicos y fortalece el sistema inmunológico.

Al mismo tiempo, valida que cada modificación produzca el resultado esperado.

Si detecta algún conflicto, revierte los cambios y genera una nueva estrategia.

Cuando todas las pruebas son satisfactorias, despliega la actualización al entorno de producción.

Minutos después, el resfriado desaparece.

La energía vuelve.

La garganta deja de doler.

El cuerpo funciona otra vez al cien por ciento.

Suena absurdo cuando se escribe de esta forma, pero no estoy seguro de que sea una idea tan descabellada.

Quizá dentro de algunas décadas estemos conectados de forma permanente a repositorios remotos. Tal vez exista algún tipo de infraestructura distribuida integrada al cuerpo humano. Un pequeño clúster biológico capaz de balancear cargas, procesar información, coordinar funciones y optimizar recursos en tiempo real.

La verdad es que me encantaría participar en el desarrollo de algo semejante.

Imagino un servicio capaz de mostrar cada variable importante del organismo: niveles hormonales, estado inmunológico, calidad del sueño, procesos de recuperación, indicadores de estrés y cientos de métricas más. Un tablero vivo que permitiera comprender el funcionamiento del cuerpo con la misma claridad con la que hoy observamos el estado de una aplicación en producción.

La ciencia ficción nos ha llenado de historias sobre hardware. Ciborgs. Androides. Exoesqueletos. Mechas. Máquinas cada vez más grandes y complejas.

Yo, en cambio, sospecho que la verdadera revolución podría estar en el software.

El software posee una capacidad de adaptación extraordinaria. Puede evolucionar sin modificar su contenedor. Puede mejorar de forma continua. Puede reducirse hasta ocupar espacios casi imperceptibles. Y cuando está bien diseñado, logra resultados que parecerían imposibles desde la perspectiva del hardware tradicional.

Quizá estoy escribiendo locuras.

O quizá estoy describiendo una tecnología que todavía no existe.

En cualquier caso, empiezo a pensar que debería escribir una historia sobre algo así.



 En un mundo de toxicidad rodeándonos todo el tiempo —la contaminación, la sobreexposición a tecnologías que desconocemos, los mecanismos de control establecidos, el miedo a la crisis y las constantes catástrofes— detenerse un poco a meditar cada mañana puede hacer la diferencia.

Es una dicha poder darte cuenta de dónde estás parado. Comprender que hay situaciones que se escapan de tus manos y que, en cuanto a lo que te rodea, por grande que pueda parecer, tu mundo termina siendo pequeñito.

Estoy sentado aquí, en el café, con un cold brew sobre la mesa. Pongo mi esperanza en que no me haga daño como la última vez que bebí un latte con café normal. Eso sí, esta mañana comí un par de cosas antes de venir. Según recuerdo, aquella vez el café fue lo primero que cayó en mi estómago, y los estragos comenzaron apenas la bebida se asentó en mi cuerpo.

Hablando de este lugar, tengo la costumbre de mover la silla para quedar viendo hacia la cristalería que separa el establecimiento de la terraza. A veces “mi” silla —la del rincón— la dejan orientada hacia el baño, y la volteo porque me resulta incómodo ver quién entra o sale, o al menos dar esa impresión a la gente que pasa.

Algo tan simple como sentirme con la libertad de cambiar la posición de mi silla forma parte de la comodidad que encuentro aquí. Este lugar se ha convertido, genuinamente, en mi tercer espacio; y los empleados, en una especie de brazo extendido de mis amistades.

Probablemente no conozca todo de ellos, pero me entero de cosas personales que me hacen sentir una parte fugaz de sus vidas. Esta mañana, por ejemplo, Reni me mostró que amaneció con el ojo rojo.

“Puede ser el aire”, le dije.

Sonrió y respondió que no sabía, pero que se había estado tallando toda la noche y le molestaba bastante. A modo de broma le contesté que seguro alguien la había golpeado y no quería confesarlo. Ella se rió y Andy, detrás de ella, también.

A ese nivel de cercanía siento a la gente de este lugar. Y he de confesar que también me alegra que hayan dejado ir a la única empleada que tenía mal modo. De nombre curioso, que no pienso escribir aquí porque tampoco quiero hablar mal de ella. El otro día la vi en otra sucursal; nos reconocimos, pero ninguno saludó al otro. Su personalidad es lo que otros empleados describirían como “difícil”.

Y es curioso cómo algo tan banal como una mañana sentado en el café, escribiendo sobre lo bien que hace a mi cuerpo salir a caminar temprano mientras medito y planeo mi día, puede resignificar la forma en la que comienzan mis obligaciones.

Porque con la cabeza fría puedo definir el tiempo, la concentración y la dedicación que debo ponerle a cada cosa. Organizar mi día como si se tratara de una estrategia silenciosa para obtener mejores resultados.

Venir aquí —el café, el procesador de textos, la rutina completa— representa para mí algo más que liberar tensión acumulada en forma de frases. También es una manera de nutrir pequeños canales de comunicación y contacto humano que me hacen sentir parte funcional de un sistema mucho más grande.



 Algo que encuentro interesante en esta etapa de mi vida es que empiezo a reconocer con mayor claridad la forma en que mi cuerpo responde a distintas circunstancias. Hoy puedo identificar cuándo el estrés comienza a pasar factura, cuándo una temporada complicada altera mi descanso o cuándo una taza de café modifica mi estado de ánimo durante horas. Hace algunos años esos detalles pasaban desapercibidos. Vivía dentro de ellos sin observarlos.

Esa capacidad de percibir cambios tan pequeños podría parecer insignificante, pero para mí representa algo digno de agradecimiento. Significa que mi cuerpo sigue comunicándose conmigo. Sigue enviando señales. Sigue haciendo su trabajo.

Por esa razón me siento contento con él. Ha sido un compañero constante a lo largo de los años. Ha estado durante épocas de descuido y también en momentos de crecimiento. Me ha permitido equivocarme, aprender, volver a intentar y comprender mejor mis propios límites. Muchas de las lecciones que hoy considero valiosas nacieron de prestar atención a aquello que antes ignoraba.

Sin embargo, tampoco basta con sentirse saludable. La percepción personal tiene sus límites. Podemos creer que todo marcha bien y descubrir después que ciertos indicadores cuentan una historia distinta. Por eso existen los análisis clínicos, las mediciones y los hábitos de seguimiento. No se trata de vivir obsesionado con los números, sino de disponer de referencias que permitan saber si avanzamos en la dirección correcta.

Ese proceso resulta particularmente complejo cuando uno conoce sus propias debilidades. Lo digo sin victimismo y sin intentar responsabilizar al entorno de cada error. Sé que suelo ceder ante ciertas tentaciones. Sé cuáles son los hábitos que me cuesta mantener y cuáles son los impulsos que todavía ejercen influencia sobre mis decisiones. Pero conocer esas limitaciones también tiene algo valioso. Permite observarse con mayor honestidad.

Al final, gran parte del trabajo consiste en construir una relación más sana con uno mismo y con aquello que nos rodea. No porque el mundo vaya a volverse sencillo de repente, sino porque cada día parece ofrecer nuevas razones para la confusión. Las ideas cambian. Las tendencias aparecen y desaparecen. Los discursos dominantes se transforman con rapidez. Lo que ayer parecía indiscutible hoy puede parecer irrelevante.

En medio de ese movimiento constante, encontrar principios propios adquiere una importancia enorme. No como una verdad absoluta, sino como una brújula. Una referencia mínima que permita tomar decisiones sin depender por completo del ruido exterior.

Quizá por eso he comenzado a sentir una atracción creciente por las estructuras simples. Mi universo cotidiano puede reducirse a unas cuantas calles, algunos proyectos personales y un pequeño grupo de intereses recurrentes. Lejos de percibirlo como una limitación, empiezo a verlo como una ventaja.

Dentro de esa búsqueda apareció una idea curiosa: el número cuatro.

No parece tan reducido como el dos o el tres, pero tampoco tan ambicioso como para convertirse en una fantasía imposible. Tiene una sensación de equilibrio. De estabilidad. De estructura. El cuadrado, después de todo, se sostiene sobre cuatro lados.

Me gusta pensar que ciertas decisiones importantes pueden organizarse alrededor de esa medida. Cuatro bandas que definan mi discografía personal. Cuatro lugares habituales para comer. Cuatro fuentes de ingreso recurrentes. Cuatro proyectos que merezcan atención genuina.

No porque exista algo mágico en el número, sino porque funciona como un límite voluntario. Una forma de recordar que no todo necesita expandirse indefinidamente. Que acumular opciones no siempre produce mayor libertad. A veces ocurre lo contrario.

Por ahora intento construir un pequeño ecosistema alrededor de esa idea. Un espacio más delimitado. Un microcosmos manejable. Un conjunto reducido de elementos que pueda cuidar con atención y desarrollar con profundidad. Tal vez la verdadera abundancia no consista en abarcar cada posibilidad disponible, sino en elegir con claridad aquello que merece permanecer. Y quizá, dentro de esa simplicidad deliberada, exista una versión más auténtica de la identidad que llevo años intentando construir.



 Voy a confesar algo: No me gusta que me digan "Señor".

No sé, se me hace raro, incómodo. Entiendo que ya soy viejo, y que las personas jóvenes por respeto, así le dicen a los mayores. Sin embargo no acaba de gustarme. Quizá porque toda la vida me he sentido bien con la gente tuteándome, y nunca preparé un camino, intelectualmente hablando, para recibir a mi versión "don".

No es algo que me quite el sueño, creo.

La cosa es que me estaba viendo en un espejo hace muy poco, y sí, por mucho que me entristezca, sí soy un señor en toda regla. Me veo gordo, sin forma, incómodo, agotado. Muchas de las características que describirían a un señor cualquiera.

Es que la vida adulta no acaricia. Pero más allá de la vida adulta, los excesos han estado feos. Lo digo como quien sabe que aunque no ha probado en su vida alcohol y nunca le ha hecho a fumar, la comida ha sido uno de mis talones de Aquiles.

...

Metí la computadora al cuarto para escribir un poco hoy. Me distraje y terminé con medio texto, una idea mal explicada y la sensación de que las reglas que me puse el día de hoy, no las seguí, y terminé traicionándome a mí mismo, tanto por la computadora en la habitación como por que estuve perdiendo el tiempo en páginas en lugar de ponerme a escribir.

Y es que esa es la realidad de la vida; a veces uno se esfuerza por hacer las cosas bien desde que amanece hasta que llega el momento de entrar a descansar. Ahí, en la comodidad del encierro, en la satisfacción de sentir que casi "lo consigues", te terminas confiando, y un día que parecía contar como éxito en tu desafío personal, se convierte en un error que te carcome por tu incapacidad de mantenerte firme.

...

Envejecer ha hecho que mi fuerza de voluntad mengüe mucho más. Antes podía soportar el esfuerzo y salir adelante al final del día sin chistar. Hoy el cortisol se apodera de mí nada más intento habituarme a algo nuevo (aunque saludable). Es una lucha de poderes entre mis deseos de salir del hoyo y mi versión más cobarde.

...

¿Por qué tengo que seguir cayendo?

¿Por qué no puedo mantenerme en una pieza?

¿Por qué tengo que seguir siendo víctima de mis impulsos?

Solo le pido a Dios que me perdone. Porque al final, de verdad lo intento, pero vuelvo a caer. Le pido que tenga misericordia de mí, porque hay luchas que son más grandes que uno, y las pequeñas victorias son casi inexistentes.

...

Llego a acostarme con algo en mente: bloquear más cosas. Bloquear herramientas, portales, aplicaciones, lo que sea que se robe mi enteresa y atención, lo que sea que me esté provocando fracasar cada día. Cada noche. Cada semana. Cada mes.

Siento que no puedo avanzar por culpa mía y únicamente mía. Por el peso de las decisiones del pasado. Por lo mucho que he permitido que tanto el estrés como la ansiedad tengan poder sobre mí. Y lo siento, estoy arrepentido. He fallado tantas veces que ya parece un discurso memorizado.

Pero hice algo distinto hoy: venir a publicarlo. Y bloquear todo cuanto pudiera bloquear.

 


Lo Siento

Por
 Voy a confesar algo: No me gusta que me digan "Señor". No sé, se me hace raro, incómodo. Entiendo que ya soy viejo, y que las per...

 Te pasa que intentas algo y no lo logras. Lo intentas múltiples veces y al final, después de un tiempo, vuelves a fallar. No sabes cómo hacerle. Te analizas, entiendes la necesidad y, sin embargo, terminas dejándote dominar por esas pasiones que te empujan hacia aquello de lo que vienes alejándote.

Y es que el problema es más arraigado de lo que crees. No basta con distraerte para que no te pase de nuevo. No se trata de ocupar tus manos o tu tiempo durante unas horas. Viene de un lugar más profundo de tu ser, de un rincón que ha estado ahí desde hace mucho tiempo y que sigues alimentando de vez en cuando, incluso cuando aseguras que ya no quieres hacerlo.

Deseas que desaparezca, que se vaya, que te deje en paz; que te permita dedicarte a producir en lugar de estar fastidiándote cada vez que le da la gana. El deseo, o el instinto por hacer aquello que por necesidad y conveniencia has decidido dejar de hacer, permanece presente. Cambia de forma, se esconde por temporadas, aparenta debilidad, pero nunca termina de marcharse. Y hasta ahora no has encontrado una manera de calmarlo para siempre.

Aceptar que existe es una parte importante del proceso. Negarlo solo le permite actuar desde las sombras. Pero en la plenitud de la consciencia sabes que, hasta el día de hoy, no has logrado contenerlo y mucho menos abandonarlo. Lo peor es que te deja sintiéndote miserable, ruin, agotado. Como si cada recaída borrara todos los esfuerzos anteriores y demostrara que no has aprendido nada.

Aunque eso tampoco es verdad.

Porque si algo has aprendido es a reconocer el patrón. Antes caías sin darte cuenta. Ahora observas cómo se aproxima. Identificas las emociones que lo preceden, los pensamientos que intentan justificarlo y las circunstancias que lo vuelven más probable. El problema no es la ignorancia. El problema es que el conocimiento por sí solo no siempre es suficiente para vencer una costumbre que ha echado raíces durante años.

Irte tampoco es una solución, al menos no de forma permanente. Solo funciona por un tiempo, porque cuando regresas la ansiedad es más fuerte. La distancia ayuda a enfriar el impulso, pero no elimina aquello que lo origina. Nunca he entendido del todo lo que la vida me está enseñando con esto. Tal vez la lección no consiste en dejar de caer, sino en descubrir qué vacío intento llenar cada vez que lo hago.

La verdad es que sentirme solo quizá forma parte del proceso de mejora. No porque la soledad sea buena en sí misma, sino porque obliga a escuchar conversaciones internas que el ruido cotidiano mantiene ocultas. Hay preguntas que nadie puede responder por nosotros. Hay heridas que nadie puede señalar con precisión. Y hay batallas que se libran en silencio, lejos de la mirada de los demás.

He rogado innumerables veces por dejar atrás aquello que me aflige y, sin embargo, ahí sigue; aquí sigo; aquí estamos. Tratando no solo de entender, sino de superar los miedos, los problemas, los conflictos internos, la desconfianza, la deshumanización y el autodesprecio.

Porque el verdadero cansancio no viene de caer. Viene de levantarte una y otra vez con la sensación de que sigues atrapado en el mismo sitio. Viene de preguntarte cuántas oportunidades más mereces. Viene de mirar atrás y descubrir que el enemigo conserva el mismo rostro, aunque tú ya no seas exactamente la misma persona.

Pero ¿cómo voy a poder contra algo que, de buenas a primeras, aparece y se vuelve más grande que yo, que mi cabeza, que mi percepción de la realidad? He pactado conmigo mismo. He acordado salir de ahí y no volver jamás. He restringido mi entorno de tal forma que no sea sencillo caer. He cambiado hábitos, horarios y rutinas. He eliminado caminos enteros para no encontrarme con la tentación. Y, de todas maneras, vuelvo a hacerlo.

Quizá porque el problema nunca estuvo únicamente afuera.

Quizá porque hay una parte de mí que todavía encuentra refugio en aquello que intento abandonar. Una parte pequeña, contradictoria y difícil de aceptar, que sigue buscando consuelo donde también encuentra dolor. Mientras esa contradicción exista, la lucha continuará. No importa cuántas barreras coloque alrededor de mi vida.

El camino a partir de aquí es perdonarme de nuevo. Implorar perdón una vez más. Aceptar el hecho de que mi humanidad es frágil, que tiende a caer con facilidad ante la tentación y que no siempre está a la altura de los ideales que presume defender.

Pero también aceptar algo más.

Aceptar que seguir intentándolo tiene valor.

Porque la derrota definitiva no ocurre cuando vuelves a caer. Ocurre cuando decides que ya no vale la pena levantarte. Y hasta ahora, pese a todas las decepciones, a toda la vergüenza y a todos los tropiezos, todavía sigo regresando a la pelea. Tal vez no con la fuerza que quisiera. Tal vez no con la convicción perfecta. Pero sigo aquí.

Y mientras siga aquí, todavía existe la posibilidad de convertirme en alguien capaz de dejar todo esto atrás.



El Problema

Por
 Te pasa que intentas algo y no lo logras. Lo intentas múltiples veces y al final, después de un tiempo, vuelves a fallar. No sabes cómo hac...

 ¿Cómo funciona el mundo, un mundo en el que las cosas no funcionan? ¿Funciono yo? No, tampoco funciono, al menos no de la manera en que me gustaría funcionar. Y así el mundo, así las cosas, así uno, así las circunstancias. ¿De qué me sirve tener los mejores gustos cuando solo intento demostrar que puedo y no puedo, o no sé si pueda? Solo quiero salir huyendo, o entender por qué quiero salir huyendo.

La vida no debería ser un drama, tampoco una comedia. Debería poder disfrutarse cada segundo. Debería permitirnos conseguir aquello que anhelamos sin sentirnos decepcionados, sin decepcionar a otros. Pero esa naturaleza de las cosas, en la que difícilmente nos sentimos complacidos, completos o felices, es una traición hacia nuestro propio ser, hacia nuestra identidad, hacia los planes que teníamos desde que éramos pequeños.

O quizá no. Quizá solo estoy exponenciando la justificación de la existencia, tratando de encontrarle sentido a algo que no debería tenerlo. Porque mientras para uno las cosas ocurren de forma maravillosa, para otra persona la existencia misma es un martirio, y ambos pueden estar en lo correcto. Así funciona la existencia: depende de qué tantas ganas tengas de existir lo que vas a obtener de ella.

Un momento con las personas que amas es más memorable que un periodo prolongado de rutina y aburrimiento. Parte de mí está convencido de que soy una pésima persona contenida, mientras que otra parte sabe que en el fondo soy pura bondad. ¿Cuál de las dos dice la verdad? Tal vez, como con el ejemplo anterior, ambas están en lo cierto.

Y por eso es tan difícil navegar un mundo de grises, porque tienes que colarte entre ellos, ser parte del mobiliario colectivo: inexpresivo, insensible, inhumano, desconectado de la realidad y actuando únicamente desde el plano de la respuesta. Y eso aterra. Aterra ver cómo tu opacidad falla, tu disfraz desaparece y terminas repercutiendo en el entorno.

¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Tantas preguntas que te haces al amanecer para terminar dándole vueltas a lo mismo. No te entiendes ni tú, o lo que entiendes de ti te da pena expresarlo, por lo que prefieres decir que estás ahí, siendo, apenas existiendo, con lo que te es posible. Porque la envidia, el ego, el desagrado y la frustración son más fuertes que la mayoría de tus virtudes visibles; porque lo que otros asumen como atractivo, tú lo tienes por descompostura; porque al aceptar que te insulten con el fin de mantener la calma, traicionas al monstruo que hay en ti.



 Los ciclos y sus diferentes etapas deben tener cierto significado para cada uno de nosotros, asumo. No lo sé, la verdad. Hoy mi mente anda más ambigua y dispersa que de costumbre. He visto demasiadas piernas atractivas y ya saben cómo es mi cabeza: a todo trata de encontrarle sentido en un mundo donde, en realidad, nada lo tiene. El absurdismo es un ticket de solo ida.

El funcionamiento de las cosas. Los elementos en orden. Una película en la mente. Ideas dando vueltas. Una asistente atractiva, otra más, y otra, por qué no. Qué bonitos son los cuerpos femeninos. Ojalá se me concedieran algunos sueños desde donde estoy. Pero no sé. Nadie sabe. La vida tiene sus trucos, sus maneras de darnos clases.

Un día vas a un lugar repleto de bellezas y al siguiente evitan atenderte. Tal vez seas tú el problema, o no. No, la verdad no lo creo. Lo que sí creo es que cada uno está luchando sus propios desafíos y ni tiempo tiene para ponerse a argumentar qué le agradó o qué no del sábado en cuestión.

Perdón si los estoy enredando. Es a propósito escribir ideas entrecruzadas para que no hagan sentido. ¿De qué sirve que te explique cómo un día pasa a valer un millón de dólares tras diez minutos de una experiencia inolvidable?

Los cuerpos perfectos no existen, pero uno los idealiza igual. Porque eso amamos de las mujeres: que con un par de prendas encima se ven de diez; con un par de prendas menos, ahora se ven de mil. No, no estoy confesando nada, solo estoy divagando. Pero podría dar nombres, si así lo quisiera, o describir caminatas enriquecedoras, roces momentáneos y miradas cautivadoras.

Porque sí, hoy me observaron varias veces. De momento me sentí incómodo; luego entendí por qué. Tal vez proyectaron el desprecio con el que podría expresarme y lo bien que me puedo llegar a ver cuando estoy contenido. ¿Un monstruo? No, al menos no en ese contexto. La atracción me hace una bestia pasional bajo control.

Un sorbo más al té. No debería estar diciendo tanto, porque no es tener una camiseta negra lo que me da poder, ni ver pasar a bribonas en tacones mientras me miran, de esas que ponen cuota a sus caricias. ¿Cuál será el precio para mí? Estoy a reventar. Bueno, no yo: algunos de los químicos dentro de mi cuerpo. Pero no dejaremos de lado el hecho de que todo lo que estoy escribiendo, o describiendo —por ejemplo, a la morena de minifalda blanca, con exceso de maquillaje y labios rojos frente a mí— no es más que una alucinación de mi cerebro y no está pasando realmente.

Porque un escritor que se respeta también escribe basura y describe la mierda cuando es necesario. No se queda únicamente en emociones y sensaciones del espectro de lo intangible, no señor. Se mete a lo más profundo y profano, a despedazar las cosas que le hacen sentir frustrado, sin importar que apesten, que tengan un aspecto repugnante o que terminen escurriendo por las alcantarillas de una ciudad colmada de ratas.



 El problema con las adicciones, o mejor dicho, con el proceso de desintoxicación de las mismas, es que a veces, durante uno o dos días, incluso durante la primera semana, te mantienes firme en tu decisión. Crees que lo vas a conseguir, te ocupas para evitar la tentación o sales de casa para no darle vueltas al asunto.

Pero ¿qué pasa cuando estás encerrado y la tentación permanece frente a ti, recordándote lo bien que se siente caer? Entonces se convierte en una lucha difícil, una que pocos logran ganar. Lo peor es que al día siguiente será igual, quizá con mayor intensidad. Porque las adicciones son pacientes: esperan la oportunidad adecuada y, cuando te encuentran vulnerable, te envuelven por completo.

Luego aparece la ansiedad de la abstinencia, porque aquello que te aflige también suele estar ligado a otros problemas. No es lo mismo convencerte de no hacer o consumir algo que mantenerte estable cuando la cabeza duele, cuando el pecho parece querer salirse de su sitio, cuando se acumula el cortisol, cuando los pensamientos toman el control. Así funciona el cuerpo: cuando se acostumbra a algo, lucha por permanecer ahí, en esa zona conocida, en ese pico de dopamina tan breve como engañoso.

Quizá por eso nos cuesta tanto observarnos con honestidad. Ojalá fuéramos capaces de mirarnos al espejo sin sufrir o sin entrecerrar los ojos. No por el físico, que al final es un asunto temporal, sino por aquello que solo nosotros alcanzamos a ver en el reflejo: nuestras inseguridades, nuestros miedos, nuestras carencias y nuestros pecados.

Tal vez sentirte atado de manos a propósito no sea el mejor método de enseñanza, y es probable que aceptar tus errores como parte de quien eres te ayude más a comprenderlos y navegarlos. Sin embargo, cuando eliminamos todos los filtros y límites de nuestra conducta, corremos el riesgo de convertirnos en aquello que no queremos ser. No porque exista algo perverso en la libertad, sino porque dejamos de considerar las consecuencias de nuestros actos sobre nuestras responsabilidades. Por eso pienso que lo más sano es encontrar un equilibrio entre la disciplina y la liberalidad.

Pero esa es solo mi forma de verlo. A mí me funciona así. Cada persona utiliza sus propios medios para resolver sus conflictos internos: algunos toman distancia, otros acumulan cosas, y otros buscan experiencias que les permitan sentirse parte de un grupo o de un lugar específico.

A veces asociamos la felicidad con la desconexión. Y no es sencillo acostumbrarte a estar solo, encerrado con tus pensamientos, intentando comprenderte. Resulta mucho más fácil entregarte al vicio, irte de viaje, gastar dinero o comprar boletos para algún evento. No digo que nada de eso sea malo; solo pienso que, en ocasiones, también puede convertirse en una forma de evitar aquello que llevamos dentro.

Pero cada quien es libre de utilizar los recursos que quiera y pueda para alcanzar sus propios fines. Porque al final se trata de entender que no somos perfectos y de aceptar que no podemos pasar la vida lamentando nuestras imperfecciones. Debemos seguir adelante, reconociendo que estamos rodeados de porquería, pero sin olvidar que también existen virtud y valores dentro de nosotros.



 Una vida de productividad o una vida sin sentido: eso es lo que parece ofrecer la sociedad moderna. O te ajustas a las reglas de generar para el monstruo insaciable en el que vivimos o simplemente desapareces, dejas de pertenecer y te conviertes en parte de la escoria lastrera que el resto tiene que arrastrar.

Suena fuerte lo anterior, pero en cierto sentido debería serlo. Aunque representa un castigo inmenso para quienes, a veces, lo único que no quieren hacer es seguir el camino trazado y prefieren encontrar por sí mismos aquello que los apasiona, hacer lo que aman. Lo cual, desde mi perspectiva, es algo estupendo.

Pero el mundo no lo ve así. El mundo impone sus reglas, te obliga a formar parte de lo que más le conviene, y eso no refleja ni respeta tu individualidad, tu personalidad única ni aquello que despierta tu interés; por el contrario, te convierte en un engrane más para que la maquinaria siga funcionando.

Sin embargo, ¿hay algo que podamos hacer por cuenta propia para evitarlo? Déjenme ser el detestable fatalista que les diga la verdad: no, no lo hay. Trabajas en función del "bien mayor", y por bien mayor me refiero a la gran escala de las cosas. Si tú no funcionas, te sustituyen, punto. No hay un balance que permita la inflexión, no hay una negociación a puerta cerrada. Eres lo que te asignan y como te etiquetan. Al menos a los ojos de los demás.

Aquí es donde viene lo importante: la lucha por la identidad propia y el mantenerte al margen de modas y tendencias. Eso no te va a poner en el ojo público, ni siquiera te llevará consigo como una ola; pero, en consecuencia, tu alcance será limitado, crecerá despacio y probablemente termines hartándote antes de que alguien note tu existencia.

Pero así es vivir del arte, de hacer aquello que amas, de construir a partir de lo que hay en ti. Porque la alternativa es una, y es horrible: ceder a ser moldeado.

Te toca aprender a vivir con lo mínimo, a esforzarte mientras sostienes una doble vida. Una en la que puedas enriquecer tu interior; la otra, en la que seas un número más del corporativismo. O simplemente dejarte llevar por el camino de la desconexión, habituándote a existir únicamente contigo.

Nada es sencillo para los que estamos aquí. Si no naciste en el privilegio, te toca picar piedra, tocar puertas y derramar un montón de lágrimas ante el fracaso. Y si sigues, los fracasos terminan endureciendo tu piel hasta el punto en que cada vez te importan menos. Del mismo modo, empieza a importar menos lo que digan de ti, porque estás concentrado en conseguir algo que consideras más grande y valioso.

Entonces voltearás hacia atrás, ¿y qué es lo que verás? ¿Alguien que siguió lo que su corazón le dictaba o a alguien que prefirió abandonar sus sueños por un poco de estabilidad?



 El "te vas a morir" es el recordatorio más horrible que nos hace el cuerpo. La mayoría de las veces llega después de haber tomado una decisión irresponsable, pero otras sucede cuando ni siquiera tenías intención de jugar a la ruleta rusa contra el destino.

Hoy por la mañana fui al café por un latte tradicional, de los de toda la vida. Sin embargo, tengo que aclarar que desde hace dos meses o más, cuando pido uno, lo pido descafeinado —me había estado robando la capacidad de dormir durante las noches—. Pues bien, lo que pasó a continuación fue un recordatorio de lo insignificantes que somos.

Para ahondar en lo que experimenté, tengo que comentar que no había comido nada en toda la mañana y aquella bebida fue lo primero que ingerí. Apenas unos minutos después de haber dado el último trago, mi cuerpo comenzó a experimentar un dolor.

Un dolor interno que recorría mi pecho justo donde se encuentra el corazón. Un dolor punzante y continuo. No terrible, tampoco insoportable, pero sí lo bastante incómodo para hacerme sentir muy estresado. No sabía qué hacer. No tenía idea del origen del malestar. Uno se asusta con facilidad cuando aparece alguna dolencia corporal porque, he de confesar, el área de la salud me parece la más difícil de entender. Además, he estado acarreando bastante estrés, cosa que asumí contribuía a que la molestia persistiera.

Fue tal mi incomodidad que terminé acudiendo al médico. Pedí el resto del día en el trabajo. Me estaba sintiendo mal y quería que un profesional me revisara. Iba camino a casa con ansiedad y bastante estrés por llegar al consultorio. En el trayecto le marqué a mi madre para que estuviera enterada. Son situaciones como esa las que hacen que estar solo se vuelva algo verdaderamente terrorífico.

A veces uno cree que desear una pareja es una simple obsesión superficial, pero hay momentos en los que parece una necesidad. Alguien que te acompañe en las penas y las dolencias. Alguien que ayude a reducir el estrés y la ansiedad. Alguien con quien enfrentar las contiendas de la vida y también disfrutar las victorias con las que, de vez en cuando, la vida decide sonreírte.

En fin, prosigo.

Ya con el doctor, después de compartir mis datos y ser sometido a una revisión rutinaria de la que, gracias al Cielo, salí bien; y de contarle que últimamente los mariscos y algunos suplementos me habían provocado reacciones similares, me recetó medicamento para la alergia. Al parecer ya no puedo consumir cafeína. Un poco irónico, si se quiere, porque muchos de los textos que he venido a tirar por acá han surgido sentado en la cafetería de por la casa.

El dolor se mantuvo durante algunas horas más, hasta alrededor de las cinco de la tarde. Aproximadamente el tiempo que tardó la cafeína en abandonar mi organismo. Fue entonces cuando la molestia desapareció. Así que ya sé que, a partir de ahora, el café intenso que consuma tendrá que provenir exclusivamente de los ojos de mujeres hermosas.

¡Qué curiosa es la vida! ¿No les parece? Lo que un día amas puede hacerte daño al siguiente, no porque haya cambiado, sino porque quien cambió un poco fuiste tú.



 La sensación de poder, de contenerte, es inexplicable. En un mundo que se jacta de tenerte como esclavo de tus aficiones y gustos, la vida termina convirtiéndose, por sí sola, en un gasto hormiga. Pero no he venido aquí para hablar de finanzas, porque desde esa óptica, soy el que menos debería aconsejar.

Es un riesgo para mí, por ejemplo, el simple hecho de cargar algo de dinero extra en la billetera. Parece que, por irresponsable, o más bien por impulsivo, no existe presupuesto límite que no tenga la capacidad de consumir. Y lo digo sin orgullo, sino consciente de mi naturaleza propensa a caer en excesos.

Hay que entender de dónde venimos antes de juzgar, pero también tener la claridad de que quizá no fui responsable de mis orígenes. Sin embargo, ahora que soy adulto, entiendo lo horrible que es mantenerse con vida en un mundo que abusa del consumo y acaba con nosotros todo el tiempo.

¿Hay alguna estrategia para seguir? Trabajar en el autocontrol es un reto inmenso, sobre todo cuando las arcas parecen tener un poco más de abundancia que antes. Pero uno no puede fiarse. Las enfermedades y carencias están a la orden del día. Lo digo como alguien que ya se ha quedado sin trabajo varias veces y sabe lo terrorífico que es atravesar esos periodos sin tener siquiera para el sustento diario.

Entonces, la mejor estrategia es planear y ajustarse al plan, tan estricto como sea posible. No importa que una de tus baristas favoritas se aproxime a tu mesa un miércoles por la tarde y te pregunte si además de tu té quieres una galleta. Y no es por el efecto galleta, no es por la carga calórica o porque rompas una dieta, sino porque estás convencido de que la persona más difícil de controlar eres tú mismo.

Por eso tienes que voltear a verla con ojos afectivos y decirle la verdad:

“El día de hoy no quiero, por una decisión personal. Pero te agradezco”.

Me machaca la cabeza creer que, a mi edad, el cuerpo no sea capaz de entrar en razón y obedecer aquello que le resulta más benéfico, en lugar de dejarse arrastrar por el placer del momento. Y es que este documento no va del hambre, el consumo o las dosis recomendadas de nutrientes que uno debería ingerir cada día.

La ansiedad se presenta en el cuerpo como pequeñas incomodidades que recorren el pecho, una especie de dolor que avanza hasta convertirse en un vacío que intenta desesperadamente ser satisfecho. Y ahí aparece un detalle importante: cuando crees que estás luchando solo contra hábitos, terminas descubriendo que en realidad combates una presencia que no tendría por qué estar ahí. Dolor de espalda y cabeza, piernas incapaces de quedarse quietas, manos temblorosas.

Pero la decisión radica en convencerte de que estás haciendo lo que tienes que hacer, aunque el cuerpo haga lo posible por rebelarse, o aunque el mundo alrededor parezca conspirar contra tu voluntad de mejora. Lo importante es seguir, mantenerse firme cada día, hasta lograr persuadirlo de que el obsequio que le ofreces será mucho más valioso conforme el tiempo avance y la vida ocurra.



 En primer lugar, voy a cambiar la frecuencia con la que subo textos por acá. Me ha llamado mucho la atención empezar a expandir mis ideas hacia un terreno que me funcione a mediano y largo plazo, porque como saben, desde que empecé este proyecto, mi plan siempre fue mantener el 100% del control sobre él. Que la creación de contenido sucediera cuando yo quisiera, no cuando un calendario o un jefe me obligaran a hacerlo.

En ese sentido, seguir produciendo textos es algo que voy a hacer, pero trabajando en que no funcionen únicamente como una bitácora de vida, sino como textos que escondan literatura entre líneas. Que muestren el estado en el que mi versión “autor” evoluciona y los pensamientos que me acompañan durante el proceso.

Además, me interesa dejar algo, por si alguien llega a leerme algún día. No con la intención egocéntrica de algún coach que quiere demostrar que puede mejorar tu vida, sino como el rastro de alguien que se ha equivocado muchísimo y que ha descubierto cómo ciertas decisiones tomadas en algunas áreas terminan afectando otras.

Porque no me veo a mí mismo como un ejemplo a seguir. Más bien me veo como el más humano de todos: el que se equivoca de la noche a la mañana, el que se arrepiente de haber abusado del consumo de redes sociales durante la noche anterior, el que sabe que dijo una sarta de sandeces imborrables de la memoria de la mujer que le gustaba, el que por miedo al qué dirán nunca se atrevió a aprender a conducir un coche, el que escupe palabrerías en lugares que casi nadie ve.

Mi sueño no es demostrarle a otros de lo que soy capaz. Mi sueño es recordarme todos los días que las cosas que hago las hago por algo más grande: porque quiero llegar a viejo con dignidad. Y para entender ese proceso necesito documentarlo.

Amo el anonimato y vivir bajo las sombras porque ser el centro de atención se siente demasiado bien cuando lo he experimentado, y no hay trampa que me haya hecho caer más fuerte que la exhibición del ego. La realidad es que todos deseamos ser observados, admirados y amados. Quien diga lo contrario miente.

Me encanta hacer dinero, me fascina tener la razón, me atrae la fama. Ese tipo de superficialidades son las que trato de mantener alineadas con mis valores mientras navego por la vida, pero lo dicho: yo fallo, tú fallas, todos fallamos. No hay nadie infalible entre nosotros.

Y el poder que trae consigo la atención es delicioso. Para un adicto al control, saber lo que puede provocar en alguien más es una tentación inmensa. De ahí nacen algunos límites que he tenido que establecer y ciertas reglas que intentan contener el potencial de mis expresiones emocionales.

Porque lo malo no es tener foco o talentos, sino dejarse arrastrar por aquello que atrae a nuestras versiones menos empáticas.



 Asumir la responsabilidad de nuestras circunstancias es un terreno difícil, sobre todo cuando creemos entender el mundo que nos rodea. Todos somos tan egocéntricos que asumimos que la percepción individual que poseemos de las cosas es, como tal, la realidad. Y qué equivocados estamos.

Hoy me desperté motivado desde temprano, con el plan de avanzar de forma positiva en mis pendientes. Pero conforme amanece, la sensación de lo mucho que me agobia el sinsentido de las cosas se apodera de mí, convirtiéndome en una persona más aburrida, más distante y con cierto desagrado por el entorno.

No me malinterpreten. Trato, dentro de mis posibilidades, de ser alguien agradable y estimado dondequiera que me presento. Porque la culpa no es de la gente del servicio, ni de las personas aledañas a mí, ni siquiera de mis compañeros de oficina o del hombre que va pasando por la calle y se cruza conmigo. Si yo me siento mal, por lo general es consecuencia de mis propias decisiones y de esas manías que se cuelgan de cualquier oportunidad para restregarme en la cara mi incompetencia, mis errores y mis fracasos.

Eso termina convirtiéndome en un ser a medio dormir que navega por esta sociedad con la carga de sus propios miedos y con el peso de todas sus huidas a cuestas. Todos esos conceptos negativos trato de mantenerlos ocultos dentro de mi pasado, pero a veces aparecen solo para fastidiarme el rato o para sacarme un susto.

El absurdismo, la insatisfacción y el agotamiento frente a todo lo que sucede fuera de mí no hacen más que recordarme lo minúsculos que somos ante la gran escala del universo. Y ver esa insignificancia provoca que, después de un rato ahogándome en pensamientos negativos, alce la mano desde las profundidades y me disponga a salir a flote.

Porque no soy especial por sentirme así, y eso me queda claro. Cada persona, a lo largo de sus días —o incluso dentro de un mismo día— sufre algún tipo de insuficiencia desde una óptica que se percibe menos de lo que le gustaría ser. Aunque también quiero pensar que, como yo, muchos se aferran con fuerza a cualquier elemento que los mantenga de pie en tierra firme y les evite terminar de colapsar. En mi caso, la escritura.

A veces la sensación de haber dormido mal, de haber cenado de más, de haberte consumido por las redes durante la madrugada, de haber descuidado tus hábitos, de haber traicionado a la versión de ti mismo que despertó esa mañana, de haberte humillado por algo o por alguien —y podría seguir enumerando tonterías que nos pasan a todos— parece mucho más importante de lo que realmente debería ser.

Entonces, ¿estamos aquí para quejarnos, afligirnos y autosabotearnos, o para disfrutar lo efímera que es nuestra existencia mientras encontramos sentido en los pequeños detalles que enriquecen los momentos que amamos?

La autocompasión es tan fácil que termina convirtiéndose en una droga de consumo habitual para quienes la frecuentan.

Porque victimizarnos siempre será más sencillo: culpar al sistema, al gobierno, a la sociedad, al vecino, al empleador, a los vicios, a quien nos rechaza, a las condiciones sociales o al drama mismo, antes que tomar acción por cuenta propia y seguir moviéndonos en la dirección correcta.



 Asociamos el estado físico de una persona con su nivel de atracción y amor propio. Sin saber qué ocurre realmente, emitimos juicios desde nuestro criterio y los filtramos hasta volverlos grises para evitar la incomodidad. No hablo por todos cuando digo eso. Lo menciono por mí, por cómo me hace sentir el entorno y por cómo, de alguna forma, también termino comportándome sin darme cuenta.

Sucede mucho dentro de la psique: cuando hay algo que nos desagrada, tendemos a sacarle la vuelta. Puede ser una tarea, un conflicto, un lugar o una persona; da igual. Nuestro cerebro tiene la capacidad de filtrar información y crear atajos que faciliten la vida. Toparse de frente con eventos que considera non gratos hace que actúe desde la defensa y active mecanismos para que el flujo avance rápido.

Dicho eso, entiendo por qué no fui bien atendido las últimas dos veces que fui a ese restaurante que mencioné hace algunos días. Mi estrategia está a punto de cambiar a partir de hoy. Primero quería hacer que me aceptaran y me trataran bien a punta de asistencias, constancia y carisma. Eso ya no va a pasar. Ahora se volvió un reto personal. Haré que mi presencia deje de pasar desapercibida, no desde la confrontación, sino desde la persona en la que pienso convertirme. Sí, trabajando la parte carismática, pero también elaborando en el área física y en el estilo para dejar de ser un ente sin color cuando llegue a un lugar.

Me queda un largo camino por recorrer, porque la parte del “cómo me ven” es algo a lo que no suelo prestar demasiada atención. En un inicio, mi enfoque estará colocado en “cómo me siento”, que es lo más importante. Resolver algunos conflictos internos antes de siquiera poner un pie de nuevo en esos lugares. Y cuando hablo de lugares, lo digo en general. Mi cuerpo es el proyecto más importante que tengo y el único que me va a acompañar hasta el final. Merece que lo trate lo mejor que pueda y que lo ame mucho.

Redefinir una dinámica de vida requiere tiempo. Hace un par de meses intenté algo en lo que todavía fallé la semana anterior. Bueno, así es la vida. Uno hace planes, desea conseguir cosas, pero la voluntad es débil, la carne falla y nuestra humanidad sale a flote para exhibir las debilidades que cargamos dentro. Por eso espero no ser juzgado si mañana mismo vuelvo a escribir que he claudicado, porque aunque no es mi anhelo en este momento, soy consciente de que una mala decisión en el camino puede destruir cualquier obra en construcción. Pero eso no significa que vaya a quedarme tirado ahí. Veré la manera de reiniciar si sucede. Lo prometo.



Amor Propio

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 Asociamos el estado físico de una persona con su nivel de atracción y amor propio. Sin saber qué ocurre realmente, emitimos juicios desde n...

 Inflamación, o vivir inflamado, no es algo que le desee a nadie, ni siquiera a quienes me caen mal. El cuerpo se siente lento, agotado, torpe. La mente, por su parte, deja de hilar correctamente las ideas, y esa sensación de estar incompleto resulta agobiante. No de una forma física como tal, sino como cuando sabes que algo hace falta y no recuerdas qué es.

Sentirse incompleto y ralentizado por culpa de la inflamación te enseña cómo ciertos hábitos terminan teniendo un efecto destructivo dentro del organismo. El problema aparece también en la personalidad. Me vuelvo más áspero, más cínico y brusco en el trato con los demás y con las actividades cotidianas. Mi límite para el fastidio y el hartazgo queda a una interacción absurda o un momento incómodo de distancia.

Entonces el agotamiento se vuelve interno. Aparecen pequeñas dolencias en los hombros y el cuello, como si hubiera sostenido peso durante horas. La falta de claridad intelectual se hace evidente cuando toca resolver pendientes o corregir errores. Tú mismo alcanzas a notar lo insoportable que te percibe el entorno, y lo único que quisieras es convertir el día en una pausa absoluta: quedarte tirado en la cama, sin hacer nada, sin hablar con nadie.

Quieres ponerte los audífonos supresores de ruido, encender el aire acondicionado tan frío como lo soportes, apagar todas las luces y encerrarte en la habitación insonorizada, con las cortinas blackout desplegadas. Tomar ese libro que llevas a medias y leer hasta quedarte dormido al final del día, rendido por la percepción de nulo avance, pero todavía confiado en que un mal rato no define tu vida. Esperanzado en que mañana puedas despertar con bríos renovados y recuperar lo que no conseguiste durante el día que tuviste que obligarte a descansar.

Un solo día entre semana de desconexión tiene el potencial de devolverte la sensación de ser tú mismo. Un escape breve de esa realidad incómoda que provoca aquello que te aqueja puede revitalizar el resto de la semana. Y es que nos hicieron creer que la vida se mide en ciclos exactos de siete días consecutivos, cuando en realidad cada persona avanza conforme su cuerpo, el cansancio, el desarrollo y la nutrición se lo permiten.

Vivimos atrapados en una promesa sostenida por falacias: que la productividad necesariamente te convierte en una mejor persona; que trabajar sin descanso te vuelve funcional, admirable o exitoso dentro de una sociedad que, vista con suficiente honestidad, parece agotada también.

Y terminas entendiendo que un simple malestar físico, provocado quizá por no haberte nutrido bien durante las horas recientes, puede transformarte en alguien hastiado. Un ente que no encuentra su lugar en el mundo y que carga un cansancio intelectual constante por lo que lo rodea, por lo que no consigue, por la debilidad que percibe en sí mismo, por la falta de ideas y por esa sensación persistente de estancamiento.



Inflamación

Por
 Inflamación, o vivir inflamado, no es algo que le desee a nadie, ni siquiera a quienes me caen mal. El cuerpo se siente lento, agotado, tor...

 Me debo algunas lecturas, o mejor dicho, me debo muchas lecturas en días recientes. Epubs abiertos en la computadora, pestañas guardadas en el navegador, libros empezados que dejé a la mitad porque he tenido que priorizar otras cosas. Supongo que así funciona la vida adulta cuando intentas sostener demasiados frentes al mismo tiempo: algo termina esperando.

Primero está el trabajo, con actividades que requieren más atención, más seguimiento y completar etapas concretas porque si no lo hago, me atraso. Y cuando uno empieza a atrasarse, el estrés no tarda en llegar. Después están mis propósitos personales, esos que decidí tomar en serio aunque a veces parezcan enormes frente al tiempo disponible.

Por eso me ven acá escribiendo como obseso.

Porque uno de mis propósitos, y quizá el más sencillo de conseguir en comparación con otros, es escribir cincuenta textos durante el año. Y aunque suena manejable cuando lo dices rápido, la realidad es que sostener la constancia tiene algo de combate silencioso. Hay días donde escribir sale solo y otros donde parece que cada párrafo tiene el peso de una piedra.

Sin embargo, continúo.

Tal vez porque necesito demostrarme que todavía puedo construir algo con disciplina. Tal vez porque escribir se convirtió en una manera de no perderme del todo entre pendientes, preocupaciones y hábitos que llevo arrastrando desde hace años. O quizá porque cuando no escribo, siento que algo dentro de mí comienza a llenarse de ruido.

Habiendo mencionado lo anterior, termino el día con un cansancio corporal importante. Y eso que hoy ni siquiera fui a caminar como en días anteriores. Pero el cansancio se siente igual, instalado en el pecho, detrás de los ojos, en la forma en que pienso más lento conforme cae la noche.

Tampoco ayudó no haber dormido correctamente la noche anterior debido a una mala decisión tomada justo cuando ya iba a pegar la cabeza a la almohada. Y no lo digo desde la culpa. Antes sí lo habría hecho. Antes cualquier error terminaba convertido en una especie de juicio interno interminable. Ahora intento entenderlo desde otro lado.

Estoy aceptando mi vulnerabilidad como parte esencial de mi persona.

Porque sin ella sería solamente una máquina intentando cumplir tareas. Y yo no quiero convertirme en eso. No quiero vivir como alguien incapaz de equivocarse, incapaz de cansarse o incapaz de admitir que a veces pierde contra sí mismo.

Lo que trato de hacer es mejorar mi experiencia de vida. Y para lograrlo, he entendido que necesito trabajar por etapas. Rescatar aquellas partes de mí que todavía funcionan, fortalecerlas y luego colocar los cimientos para la siguiente fase. Poco a poco. Sin intentar reconstruir toda mi existencia en una sola semana.

Ese cambio de paradigma quizá sea una de las pocas cosas que en verdad me han dado tranquilidad recientemente.

Porque durante mucho tiempo intenté abarcar demasiados frentes a la vez. Quería mejorar mis hábitos, mis finanzas, mi salud, mis proyectos, mi disciplina, mi descanso y hasta mi manera de relacionarme conmigo mismo, todo al mismo tiempo. Y aunque ninguna de esas metas era imposible, el simple hecho de ser un adulto responsable e independiente terminaba colocando la vara demasiado alto.

Entonces llegaba el agotamiento.

Confundido a veces, desesperado otras, lo que veo en el espejo cuando me aproximo es alguien lleno de defectos y necesidades. Un ser humano que no deja de intentar levantarse, pero acostumbrado también a caer rendido por las circunstancias de la vida y por sus propias decisiones.

Y sí, como he dicho antes, mi susceptibilidad a los deseos inmediatos y a ciertas pasiones me ha llevado a repetir errores de forma casi rutinaria. Atrancones alimenticios. Desvelos absurdos. Escroleos interminables frente al teléfono. Pequeñas autodestrucciones disfrazadas de descanso.

Lo complicado no es reconocerlas.

Lo complicado es aceptar que forman parte de mí.

Porque cuesta creer que alguien que ha pensado tanto en cambiar todavía siga tropezando con la misma piedra. Pero quizá el problema era imaginar que el crecimiento personal se veía como una línea recta, cuando en realidad se parece más a avanzar arrastrando partes viejas de uno mismo.

Y aun así, aquí sigo.

Cansado. A veces decepcionado. Otras veces motivado.

Pero todavía intentando.



Aquí Sigo

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 Me debo algunas lecturas, o mejor dicho, me debo muchas lecturas en días recientes. Epubs abiertos en la computadora, pestañas guardadas en...

 Mantenerme ocupado es quizá una de las mejores estrategias para permanecer ajeno a las cosas que me hacen daño. Algo parecido sucede con quitarme el dinero de encima, porque si tengo un superpoder en la actualidad, probablemente sea el de consumir cualquier cantidad de dinero que traiga conmigo. El monto resulta irrelevante. Se va porque puede irse. Como si el dinero en movimiento evitara que ciertos pensamientos se estacionen demasiado tiempo en mi cabeza.

Dicho así, quedo bastante mal parado respecto a mi responsabilidad financiera, o al menos ésa es la impresión que prefiero proyectar. En una sociedad donde parece importar más lo que posees o lo que traes puesto, verte simple, incluso ligeramente inferior, puede convertirse en una ventaja enorme para tus finanzas. La gente suele asumir demasiadas cosas basándose en la apariencia. Y la verdad es que, si uno lo piensa con calma, cómo nos vemos también es una forma de revelar cuánto espacio ocupa la opinión ajena dentro de nosotros.

Porque sí, nos importa. Mucho más de lo que solemos admitir.

De hecho, quienes dicen que "la opinión de los demás no les importa en absoluto" tendrían que vivir desnudos, sin asearse, insultando a cualquiera y caminando por el mundo sin ninguna intención de encajar. Obviamente no funciona así. Claro que nos afecta cómo nos perciben los demás. Lo que cambia es el peso específico que le damos a ciertas opiniones sobre otras. Hay voces que atraviesan la armadura con facilidad y otras que apenas rozan la superficie.

En mi caminar por el estoicismo he aprendido que una de las tareas más importantes consiste en trabajar lo que ocurre dentro de uno mismo. Las circunstancias jamás son iguales para todos. Hay personas que nacen en ambientes hostiles y otras que parecen avanzar sobre terreno acolchado desde el inicio. Aun así, parte de la influencia que el entorno ejerce sobre nosotros puede delimitarse a través de hábitos, disciplina y decisiones pequeñas que repetimos todos los días.

Aunque decirlo resulta mucho más sencillo que practicarlo.

Las emociones no siempre obedecen. Sobre todo cuando llevamos una vida en constante roce con el riesgo, el cansancio, la ansiedad o los límites personales. Ahí es donde el orden empieza a adquirir valor. No como una obsesión estética ni como un discurso de gurú barato, sino como una estructura mínima para no derrumbarse. Dormir mejor. Comer mejor. Gastar menos. Pensar antes de reaccionar. Hay cierta dignidad silenciosa en intentar poner orden en una vida que por dentro a veces se siente caótica.

Y el punto tampoco consiste en evitar que sucedan incidentes, decepciones o momentos incómodos. El esfuerzo real está dirigido hacia algo mucho más largo. Más estable. Más difícil de medir.

Porque, por ejemplo, ver a una mujer hermosa sentarse frente a ti a beber un latte mientras se queda mirándote durante algunos segundos puede tener una explicación tan simple como que ella es libre de mirar a quien quiera. Nada más. La verdadera cuestión es cuánto permiso le das a tu parte más pasional para fabricar una historia completa con alguien que ni siquiera conoces.

Ahí entra el ego. Ahí entra la necesidad de sentir validación.

Porque, dicho de otra forma, mientras no des el primer paso, no existe ninguna interacción real. Todo ocurre dentro de tu cabeza. Y eso duele desde varios ángulos distintos. Desde el ego, porque acercarte implica aceptar la posibilidad de no gustarle a alguien. Desde la comodidad, porque pocas cosas resultan tan cómodas como quedarse quieto imaginando escenarios donde nunca eres rechazado. Y desde la realidad misma, porque a veces uno descubre que fantasear consume menos energía que vivir.

Pero también consume más tiempo.



 Esta mañana entendí algo: el gasto se asume como carga dependiendo de cuánto tiempo tardes en recuperarlo. No es lo mismo comprarte un celular de última tecnología con un costo de cincuenta mil pesos cuando ingresas cien mil al mes, que cuando ingresas solamente veinte mil. ¿Y a qué viene eso? A que en el mundo que nos rodea hay muchas cosas que brillan más de lo que ofrecen, con la simple intención de quitarnos un poco de encima.

Y si ese poco que te arrebatan te colapsa económicamente, bueno, estás en un escenario del que debes salir de inmediato para no volver a caer. Dicho lo anterior, fui a cenar anoche, un corte en un lugar muy caro. La comida estuvo bien, la experiencia, sin quejas. Cuando vi llegar a un joven, de esos que mis prejuicios me hacen catalogar de inmediato como alguien dedicado a negocios turbios, sentí muchísimo fastidio, lo reconozco, porque llegó acompañado, muy cariñosamente, de dos mujeres guapísimas.

En retrospectiva entendí que mi fastidio o desprecio no era otra cosa que envidia disfrazada, porque si asumí mal, eran unos amigos pasándola bien juntos; pero si asumí bien, era un hombre disfrutando de los privilegios que el dinero trae consigo, dinero mal habido o bien habido. Como dije, prejuicios solamente. Pero mi incomodidad no era consecuencia del origen de los fondos, sino de que yo no estaba en una condición similar.

Por eso me he puesto a pensar en el peso que tienen los pensamientos negativos y la pasionalidad sobre mi toma de decisiones. He intentado mil veces dejar atrás ciertos comportamientos y actitudes en los que permito que el entorno me influya más de lo que debería, y termino dándome cuenta de que soy un humano cualquiera y que, en mi débil humanidad, confieso que me siento atraído y caigo rendido ante la superficialidad y la belleza. Como dije, entiendo mi condición y no estoy acá con intención de justificarla en absoluto, sino de tratar de llegar a un acuerdo conmigo mismo.

Mi boca me ha hecho caer tanto o más que mi cerebro y mis ojos, por eso la gula es uno de los pecados más presentes en mi persona. Convertir esos errores en oportunidades de mejora me hace pensar que al final, si mis intenciones, anhelos y deseos están bien encaminados, y tengo una estructura de protección fuerte para evitar caer en los mismos males que quiero superar, podría, después del tiempo y esfuerzo suficiente, salir adelante.

Sin embargo, la vida es una y es más corta de lo que uno cree. Hoy estamos, mañana ya no. Por eso vivir autodestruyéndose es sinónimo de vivir en modo supervivencia. Lo mejor sería tener un entorno óptimo de recreación y desarrollo que no niegue la existencia de los riesgos, pero que se enfoque en lo que de verdad importa: el camino correcto, lo positivo.

Tengo que aprender a disfrutar de parecer pobre en medio de riquezas antes de pretender ser rico en un mundo de carencias. La superficialidad no me llena ni tiene nada que ofrecerme. Mi intención de vida no es demostrar mi valía a un grupo de gente en específico, sino identificar a aquellos para quienes soy valioso y gozarme con ellos.