Mostrando las entradas con la etiqueta exponenciando la justificación. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta exponenciando la justificación. Mostrar todas las entradas

 ¿Cómo funciona el mundo, un mundo en el que las cosas no funcionan? ¿Funciono yo? No, tampoco funciono, al menos no de la manera en que me gustaría funcionar. Y así el mundo, así las cosas, así uno, así las circunstancias. ¿De qué me sirve tener los mejores gustos cuando solo intento demostrar que puedo y no puedo, o no sé si pueda? Solo quiero salir huyendo, o entender por qué quiero salir huyendo.

La vida no debería ser un drama, tampoco una comedia. Debería poder disfrutarse cada segundo. Debería permitirnos conseguir aquello que anhelamos sin sentirnos decepcionados, sin decepcionar a otros. Pero esa naturaleza de las cosas, en la que difícilmente nos sentimos complacidos, completos o felices, es una traición hacia nuestro propio ser, hacia nuestra identidad, hacia los planes que teníamos desde que éramos pequeños.

O quizá no. Quizá solo estoy exponenciando la justificación de la existencia, tratando de encontrarle sentido a algo que no debería tenerlo. Porque mientras para uno las cosas ocurren de forma maravillosa, para otra persona la existencia misma es un martirio, y ambos pueden estar en lo correcto. Así funciona la existencia: depende de qué tantas ganas tengas de existir lo que vas a obtener de ella.

Un momento con las personas que amas es más memorable que un periodo prolongado de rutina y aburrimiento. Parte de mí está convencido de que soy una pésima persona contenida, mientras que otra parte sabe que en el fondo soy pura bondad. ¿Cuál de las dos dice la verdad? Tal vez, como con el ejemplo anterior, ambas están en lo cierto.

Y por eso es tan difícil navegar un mundo de grises, porque tienes que colarte entre ellos, ser parte del mobiliario colectivo: inexpresivo, insensible, inhumano, desconectado de la realidad y actuando únicamente desde el plano de la respuesta. Y eso aterra. Aterra ver cómo tu opacidad falla, tu disfraz desaparece y terminas repercutiendo en el entorno.

¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Tantas preguntas que te haces al amanecer para terminar dándole vueltas a lo mismo. No te entiendes ni tú, o lo que entiendes de ti te da pena expresarlo, por lo que prefieres decir que estás ahí, siendo, apenas existiendo, con lo que te es posible. Porque la envidia, el ego, el desagrado y la frustración son más fuertes que la mayoría de tus virtudes visibles; porque lo que otros asumen como atractivo, tú lo tienes por descompostura; porque al aceptar que te insulten con el fin de mantener la calma, traicionas al monstruo que hay en ti.