Falto De Energía

 Ando falto de energía. Como que, después de quitarte un montón de estrés de encima, el cuerpo te recuerda que todavía eres un ser humano que necesita atención, disciplina y buen trato. Han sido poco más de dos semanas de vivir bajo constantes variables en mi entorno: la familia, el trabajo, la presión de los tiempos para entregar proyectos, la amenaza del desempleo, la incertidumbre de lo que pasará con mi vida.

Y así, dijo Alberto el día de hoy, se pasa el tiempo sin que nos demos cuenta. Llevo más de tres años viviendo en la casa en la que estoy, van a ser casi cuatro en mi último empleo y, mientras uno se pone a observar el entorno, a enamorarse del reflejo de una mujer guapa en los cristales del café o, a la distancia, en otro país, descubre miles de mujeres por las que fácilmente podría caer encantado, termina dándose cuenta de que quizá el problema nunca fue uno mismo. Quizá siempre ha sido esa falta de ganas de mostrarse vulnerable mientras crea conexiones, porque aterra que el mundo colapse, que la certidumbre se esfume y que las esperanzas de tomar buenas decisiones en la vida terminen convertidas en carbón.

Parece que estoy deprimido. No lo estoy; quiero dejar eso claro. Estoy comprometido con una versión de mí por la que trabajo todos los días y que todavía no he vuelto a ver, pero sé que sigue escondida en mi interior. No, no me dan pavor ni el compromiso ni las relaciones. La gente, de hecho, me resulta agradable por lo general. Soy de los que encuentran belleza y valor en cualquier persona; no por hipócrita, sino porque genuinamente creo que, si observas con atención y empatía, descubres lo mejor de cada quien. Y desarrollar afecto es algo que me nace con facilidad.

Perdón, me fui. Me quedé viendo hacia el horizonte sin saber qué más escribir. Quizá para hoy no tenga energía suficiente para publicar un texto completo, o el resfriado que se está desarrollando en mi cuerpo tenga más peso sobre mi mente que mis ganas de venir a escribir algo. Solo sé que debo pasar al baño a limpiarme la nariz. Vuelvo en un momento.

Me agrada la confianza con la que puedo dejar mis pertenencias sobre la mesa sin temor a que me las roben: la laptop encendida y abierta, el celular, mi bebida de chocolate. Esa tranquilidad que te brinda estar rodeado de personas decentes, que no son amantes de lo ajeno, también es una forma de paz. Supongo que vivir sin sentir la necesidad de desconfiar de todo el mundo termina siendo un lujo que pocas veces apreciamos.

Y como les decía, conectar no es difícil para mí. De hecho, una de las críticas constructivas que me ha hecho Alba en el pasado, y que considero bastante sincera, es que tengo una especie de espíritu de héroe y me gusta ayudar a cualquier persona que se acerca a mí con sus problemas, en la medida de mis posibilidades. Eso, a veces, resulta injusto para mí mismo, porque, viéndolo en retrospectiva, es fácil encontrarse con personas que únicamente intentan beneficiarse y sacar ventaja de una personalidad generosa.

Son valores en los que estoy trabajando para llevar una vida tranquila. La habilidad de estar solo, por ejemplo, es una que considero bien desarrollada; gracias a la simplicidad con la que me manejo en la vida y a que no estoy interesado en demostrarle nada a nadie que no sea mi propia versión del día de mañana.

Al final, creo que mis intenciones de existencia se resumen en eso: paz, amor, generosidad, honestidad y fe. Paz para con la vida y el entorno. Amor para mí mismo y para mis círculos más cercanos. Generosidad para el amigo, el familiar y el necesitado. Honestidad conmigo mismo y con quienes me rodean. Y fe en mis convicciones y en mis anhelos; en aquello que espero de mí el día de mañana.

Quizá, cuando logre aprender a vivir esos valores sin olvidar que también está bien bajar la guardia de vez en cuando, descubra que conectar con otras personas nunca fue el verdadero reto. El reto era permitirme ser visto sin sentir que, al hacerlo, todo lo demás podía derrumbarse.



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