El Problema
Te pasa que intentas algo y no lo logras. Lo intentas múltiples veces y al final, después de un tiempo, vuelves a fallar. No sabes cómo hacerle. Te analizas, entiendes la necesidad y, sin embargo, terminas dejándote dominar por esas pasiones que te empujan hacia aquello de lo que vienes alejándote.
Y es que el problema es más arraigado de lo que crees. No basta con distraerte para que no te pase de nuevo. No se trata de ocupar tus manos o tu tiempo durante unas horas. Viene de un lugar más profundo de tu ser, de un rincón que ha estado ahí desde hace mucho tiempo y que sigues alimentando de vez en cuando, incluso cuando aseguras que ya no quieres hacerlo.
Deseas que desaparezca, que se vaya, que te deje en paz; que te permita dedicarte a producir en lugar de estar fastidiándote cada vez que le da la gana. El deseo, o el instinto por hacer aquello que por necesidad y conveniencia has decidido dejar de hacer, permanece presente. Cambia de forma, se esconde por temporadas, aparenta debilidad, pero nunca termina de marcharse. Y hasta ahora no has encontrado una manera de calmarlo para siempre.
Aceptar que existe es una parte importante del proceso. Negarlo solo le permite actuar desde las sombras. Pero en la plenitud de la consciencia sabes que, hasta el día de hoy, no has logrado contenerlo y mucho menos abandonarlo. Lo peor es que te deja sintiéndote miserable, ruin, agotado. Como si cada recaída borrara todos los esfuerzos anteriores y demostrara que no has aprendido nada.
Aunque eso tampoco es verdad.
Porque si algo has aprendido es a reconocer el patrón. Antes caías sin darte cuenta. Ahora observas cómo se aproxima. Identificas las emociones que lo preceden, los pensamientos que intentan justificarlo y las circunstancias que lo vuelven más probable. El problema no es la ignorancia. El problema es que el conocimiento por sí solo no siempre es suficiente para vencer una costumbre que ha echado raíces durante años.
Irte tampoco es una solución, al menos no de forma permanente. Solo funciona por un tiempo, porque cuando regresas la ansiedad es más fuerte. La distancia ayuda a enfriar el impulso, pero no elimina aquello que lo origina. Nunca he entendido del todo lo que la vida me está enseñando con esto. Tal vez la lección no consiste en dejar de caer, sino en descubrir qué vacío intento llenar cada vez que lo hago.
La verdad es que sentirme solo quizá forma parte del proceso de mejora. No porque la soledad sea buena en sí misma, sino porque obliga a escuchar conversaciones internas que el ruido cotidiano mantiene ocultas. Hay preguntas que nadie puede responder por nosotros. Hay heridas que nadie puede señalar con precisión. Y hay batallas que se libran en silencio, lejos de la mirada de los demás.
He rogado innumerables veces por dejar atrás aquello que me aflige y, sin embargo, ahí sigue; aquí sigo; aquí estamos. Tratando no solo de entender, sino de superar los miedos, los problemas, los conflictos internos, la desconfianza, la deshumanización y el autodesprecio.
Porque el verdadero cansancio no viene de caer. Viene de levantarte una y otra vez con la sensación de que sigues atrapado en el mismo sitio. Viene de preguntarte cuántas oportunidades más mereces. Viene de mirar atrás y descubrir que el enemigo conserva el mismo rostro, aunque tú ya no seas exactamente la misma persona.
Pero ¿cómo voy a poder contra algo que, de buenas a primeras, aparece y se vuelve más grande que yo, que mi cabeza, que mi percepción de la realidad? He pactado conmigo mismo. He acordado salir de ahí y no volver jamás. He restringido mi entorno de tal forma que no sea sencillo caer. He cambiado hábitos, horarios y rutinas. He eliminado caminos enteros para no encontrarme con la tentación. Y, de todas maneras, vuelvo a hacerlo.
Quizá porque el problema nunca estuvo únicamente afuera.
Quizá porque hay una parte de mí que todavía encuentra refugio en aquello que intento abandonar. Una parte pequeña, contradictoria y difícil de aceptar, que sigue buscando consuelo donde también encuentra dolor. Mientras esa contradicción exista, la lucha continuará. No importa cuántas barreras coloque alrededor de mi vida.
El camino a partir de aquí es perdonarme de nuevo. Implorar perdón una vez más. Aceptar el hecho de que mi humanidad es frágil, que tiende a caer con facilidad ante la tentación y que no siempre está a la altura de los ideales que presume defender.
Pero también aceptar algo más.
Aceptar que seguir intentándolo tiene valor.
Porque la derrota definitiva no ocurre cuando vuelves a caer. Ocurre cuando decides que ya no vale la pena levantarte. Y hasta ahora, pese a todas las decepciones, a toda la vergüenza y a todos los tropiezos, todavía sigo regresando a la pelea. Tal vez no con la fuerza que quisiera. Tal vez no con la convicción perfecta. Pero sigo aquí.
Y mientras siga aquí, todavía existe la posibilidad de convertirme en alguien capaz de dejar todo esto atrás.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.
No hay comentarios.
Publicar un comentario
Se agradecen tus comentarios.