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 Voy a confesar algo: No me gusta que me digan "Señor".

No sé, se me hace raro, incómodo. Entiendo que ya soy viejo, y que las personas jóvenes por respeto, así le dicen a los mayores. Sin embargo no acaba de gustarme. Quizá porque toda la vida me he sentido bien con la gente tuteándome, y nunca preparé un camino, intelectualmente hablando, para recibir a mi versión "don".

No es algo que me quite el sueño, creo.

La cosa es que me estaba viendo en un espejo hace muy poco, y sí, por mucho que me entristezca, sí soy un señor en toda regla. Me veo gordo, sin forma, incómodo, agotado. Muchas de las características que describirían a un señor cualquiera.

Es que la vida adulta no acaricia. Pero más allá de la vida adulta, los excesos han estado feos. Lo digo como quien sabe que aunque no ha probado en su vida alcohol y nunca le ha hecho a fumar, la comida ha sido uno de mis talones de Aquiles.

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Metí la computadora al cuarto para escribir un poco hoy. Me distraje y terminé con medio texto, una idea mal explicada y la sensación de que las reglas que me puse el día de hoy, no las seguí, y terminé traicionándome a mí mismo, tanto por la computadora en la habitación como por que estuve perdiendo el tiempo en páginas en lugar de ponerme a escribir.

Y es que esa es la realidad de la vida; a veces uno se esfuerza por hacer las cosas bien desde que amanece hasta que llega el momento de entrar a descansar. Ahí, en la comodidad del encierro, en la satisfacción de sentir que casi "lo consigues", te terminas confiando, y un día que parecía contar como éxito en tu desafío personal, se convierte en un error que te carcome por tu incapacidad de mantenerte firme.

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Envejecer ha hecho que mi fuerza de voluntad mengüe mucho más. Antes podía soportar el esfuerzo y salir adelante al final del día sin chistar. Hoy el cortisol se apodera de mí nada más intento habituarme a algo nuevo (aunque saludable). Es una lucha de poderes entre mis deseos de salir del hoyo y mi versión más cobarde.

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¿Por qué tengo que seguir cayendo?

¿Por qué no puedo mantenerme en una pieza?

¿Por qué tengo que seguir siendo víctima de mis impulsos?

Solo le pido a Dios que me perdone. Porque al final, de verdad lo intento, pero vuelvo a caer. Le pido que tenga misericordia de mí, porque hay luchas que son más grandes que uno, y las pequeñas victorias son casi inexistentes.

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Llego a acostarme con algo en mente: bloquear más cosas. Bloquear herramientas, portales, aplicaciones, lo que sea que se robe mi enteresa y atención, lo que sea que me esté provocando fracasar cada día. Cada noche. Cada semana. Cada mes.

Siento que no puedo avanzar por culpa mía y únicamente mía. Por el peso de las decisiones del pasado. Por lo mucho que he permitido que tanto el estrés como la ansiedad tengan poder sobre mí. Y lo siento, estoy arrepentido. He fallado tantas veces que ya parece un discurso memorizado.

Pero hice algo distinto hoy: venir a publicarlo. Y bloquear todo cuanto pudiera bloquear.

 


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