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 Una vida de productividad o una vida sin sentido: eso es lo que parece ofrecer la sociedad moderna. O te ajustas a las reglas de generar para el monstruo insaciable en el que vivimos o simplemente desapareces, dejas de pertenecer y te conviertes en parte de la escoria lastrera que el resto tiene que arrastrar.

Suena fuerte lo anterior, pero en cierto sentido debería serlo. Aunque representa un castigo inmenso para quienes, a veces, lo único que no quieren hacer es seguir el camino trazado y prefieren encontrar por sí mismos aquello que los apasiona, hacer lo que aman. Lo cual, desde mi perspectiva, es algo estupendo.

Pero el mundo no lo ve así. El mundo impone sus reglas, te obliga a formar parte de lo que más le conviene, y eso no refleja ni respeta tu individualidad, tu personalidad única ni aquello que despierta tu interés; por el contrario, te convierte en un engrane más para que la maquinaria siga funcionando.

Sin embargo, ¿hay algo que podamos hacer por cuenta propia para evitarlo? Déjenme ser el detestable fatalista que les diga la verdad: no, no lo hay. Trabajas en función del "bien mayor", y por bien mayor me refiero a la gran escala de las cosas. Si tú no funcionas, te sustituyen, punto. No hay un balance que permita la inflexión, no hay una negociación a puerta cerrada. Eres lo que te asignan y como te etiquetan. Al menos a los ojos de los demás.

Aquí es donde viene lo importante: la lucha por la identidad propia y el mantenerte al margen de modas y tendencias. Eso no te va a poner en el ojo público, ni siquiera te llevará consigo como una ola; pero, en consecuencia, tu alcance será limitado, crecerá despacio y probablemente termines hartándote antes de que alguien note tu existencia.

Pero así es vivir del arte, de hacer aquello que amas, de construir a partir de lo que hay en ti. Porque la alternativa es una, y es horrible: ceder a ser moldeado.

Te toca aprender a vivir con lo mínimo, a esforzarte mientras sostienes una doble vida. Una en la que puedas enriquecer tu interior; la otra, en la que seas un número más del corporativismo. O simplemente dejarte llevar por el camino de la desconexión, habituándote a existir únicamente contigo.

Nada es sencillo para los que estamos aquí. Si no naciste en el privilegio, te toca picar piedra, tocar puertas y derramar un montón de lágrimas ante el fracaso. Y si sigues, los fracasos terminan endureciendo tu piel hasta el punto en que cada vez te importan menos. Del mismo modo, empieza a importar menos lo que digan de ti, porque estás concentrado en conseguir algo que consideras más grande y valioso.

Entonces voltearás hacia atrás, ¿y qué es lo que verás? ¿Alguien que siguió lo que su corazón le dictaba o a alguien que prefirió abandonar sus sueños por un poco de estabilidad?