Me debo algunas lecturas, o mejor dicho, me debo muchas lecturas en días recientes. Epubs abiertos en la computadora, pestañas guardadas en el navegador, libros empezados que dejé a la mitad porque he tenido que priorizar otras cosas. Supongo que así funciona la vida adulta cuando intentas sostener demasiados frentes al mismo tiempo: algo termina esperando.
Primero está el trabajo, con actividades que requieren más atención, más seguimiento y completar etapas concretas porque si no lo hago, me atraso. Y cuando uno empieza a atrasarse, el estrés no tarda en llegar. Después están mis propósitos personales, esos que decidí tomar en serio aunque a veces parezcan enormes frente al tiempo disponible.
Por eso me ven acá escribiendo como obseso.
Porque uno de mis propósitos, y quizá el más sencillo de conseguir en comparación con otros, es escribir cincuenta textos durante el año. Y aunque suena manejable cuando lo dices rápido, la realidad es que sostener la constancia tiene algo de combate silencioso. Hay días donde escribir sale solo y otros donde parece que cada párrafo tiene el peso de una piedra.
Sin embargo, continúo.
Tal vez porque necesito demostrarme que todavía puedo construir algo con disciplina. Tal vez porque escribir se convirtió en una manera de no perderme del todo entre pendientes, preocupaciones y hábitos que llevo arrastrando desde hace años. O quizá porque cuando no escribo, siento que algo dentro de mí comienza a llenarse de ruido.
Habiendo mencionado lo anterior, termino el día con un cansancio corporal importante. Y eso que hoy ni siquiera fui a caminar como en días anteriores. Pero el cansancio se siente igual, instalado en el pecho, detrás de los ojos, en la forma en que pienso más lento conforme cae la noche.
Tampoco ayudó no haber dormido correctamente la noche anterior debido a una mala decisión tomada justo cuando ya iba a pegar la cabeza a la almohada. Y no lo digo desde la culpa. Antes sí lo habría hecho. Antes cualquier error terminaba convertido en una especie de juicio interno interminable. Ahora intento entenderlo desde otro lado.
Estoy aceptando mi vulnerabilidad como parte esencial de mi persona.
Porque sin ella sería solamente una máquina intentando cumplir tareas. Y yo no quiero convertirme en eso. No quiero vivir como alguien incapaz de equivocarse, incapaz de cansarse o incapaz de admitir que a veces pierde contra sí mismo.
Lo que trato de hacer es mejorar mi experiencia de vida. Y para lograrlo, he entendido que necesito trabajar por etapas. Rescatar aquellas partes de mí que todavía funcionan, fortalecerlas y luego colocar los cimientos para la siguiente fase. Poco a poco. Sin intentar reconstruir toda mi existencia en una sola semana.
Ese cambio de paradigma quizá sea una de las pocas cosas que en verdad me han dado tranquilidad recientemente.
Porque durante mucho tiempo intenté abarcar demasiados frentes a la vez. Quería mejorar mis hábitos, mis finanzas, mi salud, mis proyectos, mi disciplina, mi descanso y hasta mi manera de relacionarme conmigo mismo, todo al mismo tiempo. Y aunque ninguna de esas metas era imposible, el simple hecho de ser un adulto responsable e independiente terminaba colocando la vara demasiado alto.
Entonces llegaba el agotamiento.
Confundido a veces, desesperado otras, lo que veo en el espejo cuando me aproximo es alguien lleno de defectos y necesidades. Un ser humano que no deja de intentar levantarse, pero acostumbrado también a caer rendido por las circunstancias de la vida y por sus propias decisiones.
Y sí, como he dicho antes, mi susceptibilidad a los deseos inmediatos y a ciertas pasiones me ha llevado a repetir errores de forma casi rutinaria. Atrancones alimenticios. Desvelos absurdos. Escroleos interminables frente al teléfono. Pequeñas autodestrucciones disfrazadas de descanso.
Lo complicado no es reconocerlas.
Lo complicado es aceptar que forman parte de mí.
Porque cuesta creer que alguien que ha pensado tanto en cambiar todavía siga tropezando con la misma piedra. Pero quizá el problema era imaginar que el crecimiento personal se veía como una línea recta, cuando en realidad se parece más a avanzar arrastrando partes viejas de uno mismo.
Y aun así, aquí sigo.
Cansado. A veces decepcionado. Otras veces motivado.
Pero todavía intentando.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.