Envidia Disfrazada

 Esta mañana entendí algo: el gasto se asume como carga dependiendo de cuánto tiempo tardes en recuperarlo. No es lo mismo comprarte un celular de última tecnología con un costo de cincuenta mil pesos cuando ingresas cien mil al mes, que cuando ingresas solamente veinte mil. ¿Y a qué viene eso? A que en el mundo que nos rodea hay muchas cosas que brillan más de lo que ofrecen, con la simple intención de quitarnos un poco de encima.

Y si ese poco que te arrebatan te colapsa económicamente, bueno, estás en un escenario del que debes salir de inmediato para no volver a caer. Dicho lo anterior, fui a cenar anoche, un corte en un lugar muy caro. La comida estuvo bien, la experiencia, sin quejas. Cuando vi llegar a un joven, de esos que mis prejuicios me hacen catalogar de inmediato como alguien dedicado a negocios turbios, sentí muchísimo fastidio, lo reconozco, porque llegó acompañado, muy cariñosamente, de dos mujeres guapísimas.

En retrospectiva entendí que mi fastidio o desprecio no era otra cosa que envidia disfrazada, porque si asumí mal, eran unos amigos pasándola bien juntos; pero si asumí bien, era un hombre disfrutando de los privilegios que el dinero trae consigo, dinero mal habido o bien habido. Como dije, prejuicios solamente. Pero mi incomodidad no era consecuencia del origen de los fondos, sino de que yo no estaba en una condición similar.

Por eso me he puesto a pensar en el peso que tienen los pensamientos negativos y la pasionalidad sobre mi toma de decisiones. He intentado mil veces dejar atrás ciertos comportamientos y actitudes en los que permito que el entorno me influya más de lo que debería, y termino dándome cuenta de que soy un humano cualquiera y que, en mi débil humanidad, confieso que me siento atraído y caigo rendido ante la superficialidad y la belleza. Como dije, entiendo mi condición y no estoy acá con intención de justificarla en absoluto, sino de tratar de llegar a un acuerdo conmigo mismo.

Mi boca me ha hecho caer tanto o más que mi cerebro y mis ojos, por eso la gula es uno de los pecados más presentes en mi persona. Convertir esos errores en oportunidades de mejora me hace pensar que al final, si mis intenciones, anhelos y deseos están bien encaminados, y tengo una estructura de protección fuerte para evitar caer en los mismos males que quiero superar, podría, después del tiempo y esfuerzo suficiente, salir adelante.

Sin embargo, la vida es una y es más corta de lo que uno cree. Hoy estamos, mañana ya no. Por eso vivir autodestruyéndose es sinónimo de vivir en modo supervivencia. Lo mejor sería tener un entorno óptimo de recreación y desarrollo que no niegue la existencia de los riesgos, pero que se enfoque en lo que de verdad importa: el camino correcto, lo positivo.

Tengo que aprender a disfrutar de parecer pobre en medio de riquezas antes de pretender ser rico en un mundo de carencias. La superficialidad no me llena ni tiene nada que ofrecerme. Mi intención de vida no es demostrar mi valía a un grupo de gente en específico, sino identificar a aquellos para quienes soy valioso y gozarme con ellos.



No hay comentarios.

Publicar un comentario

Se agradecen tus comentarios.