Asumir la responsabilidad de nuestras circunstancias es un terreno difícil, sobre todo cuando creemos entender el mundo que nos rodea. Todos somos tan egocéntricos que asumimos que la percepción individual que poseemos de las cosas es, como tal, la realidad. Y qué equivocados estamos.
Hoy me desperté motivado desde temprano, con el plan de avanzar de forma positiva en mis pendientes. Pero conforme amanece, la sensación de lo mucho que me agobia el sinsentido de las cosas se apodera de mí, convirtiéndome en una persona más aburrida, más distante y con cierto desagrado por el entorno.
No me malinterpreten. Trato, dentro de mis posibilidades, de ser alguien agradable y estimado dondequiera que me presento. Porque la culpa no es de la gente del servicio, ni de las personas aledañas a mí, ni siquiera de mis compañeros de oficina o del hombre que va pasando por la calle y se cruza conmigo. Si yo me siento mal, por lo general es consecuencia de mis propias decisiones y de esas manías que se cuelgan de cualquier oportunidad para restregarme en la cara mi incompetencia, mis errores y mis fracasos.
Eso termina convirtiéndome en un ser a medio dormir que navega por esta sociedad con la carga de sus propios miedos y con el peso de todas sus huidas a cuestas. Todos esos conceptos negativos trato de mantenerlos ocultos dentro de mi pasado, pero a veces aparecen solo para fastidiarme el rato o para sacarme un susto.
El absurdismo, la insatisfacción y el agotamiento frente a todo lo que sucede fuera de mí no hacen más que recordarme lo minúsculos que somos ante la gran escala del universo. Y ver esa insignificancia provoca que, después de un rato ahogándome en pensamientos negativos, alce la mano desde las profundidades y me disponga a salir a flote.
Porque no soy especial por sentirme así, y eso me queda claro. Cada persona, a lo largo de sus días —o incluso dentro de un mismo día— sufre algún tipo de insuficiencia desde una óptica que se percibe menos de lo que le gustaría ser. Aunque también quiero pensar que, como yo, muchos se aferran con fuerza a cualquier elemento que los mantenga de pie en tierra firme y les evite terminar de colapsar. En mi caso, la escritura.
A veces la sensación de haber dormido mal, de haber cenado de más, de haberte consumido por las redes durante la madrugada, de haber descuidado tus hábitos, de haber traicionado a la versión de ti mismo que despertó esa mañana, de haberte humillado por algo o por alguien —y podría seguir enumerando tonterías que nos pasan a todos— parece mucho más importante de lo que realmente debería ser.
Entonces, ¿estamos aquí para quejarnos, afligirnos y autosabotearnos, o para disfrutar lo efímera que es nuestra existencia mientras encontramos sentido en los pequeños detalles que enriquecen los momentos que amamos?
La autocompasión es tan fácil que termina convirtiéndose en una droga de consumo habitual para quienes la frecuentan.
Porque victimizarnos siempre será más sencillo: culpar al sistema, al gobierno, a la sociedad, al vecino, al empleador, a los vicios, a quien nos rechaza, a las condiciones sociales o al drama mismo, antes que tomar acción por cuenta propia y seguir moviéndonos en la dirección correcta.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.