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 En un mundo de toxicidad rodeándonos todo el tiempo —la contaminación, la sobreexposición a tecnologías que desconocemos, los mecanismos de control establecidos, el miedo a la crisis y las constantes catástrofes— detenerse un poco a meditar cada mañana puede hacer la diferencia.

Es una dicha poder darte cuenta de dónde estás parado. Comprender que hay situaciones que se escapan de tus manos y que, en cuanto a lo que te rodea, por grande que pueda parecer, tu mundo termina siendo pequeñito.

Estoy sentado aquí, en el café, con un cold brew sobre la mesa. Pongo mi esperanza en que no me haga daño como la última vez que bebí un latte con café normal. Eso sí, esta mañana comí un par de cosas antes de venir. Según recuerdo, aquella vez el café fue lo primero que cayó en mi estómago, y los estragos comenzaron apenas la bebida se asentó en mi cuerpo.

Hablando de este lugar, tengo la costumbre de mover la silla para quedar viendo hacia la cristalería que separa el establecimiento de la terraza. A veces “mi” silla —la del rincón— la dejan orientada hacia el baño, y la volteo porque me resulta incómodo ver quién entra o sale, o al menos dar esa impresión a la gente que pasa.

Algo tan simple como sentirme con la libertad de cambiar la posición de mi silla forma parte de la comodidad que encuentro aquí. Este lugar se ha convertido, genuinamente, en mi tercer espacio; y los empleados, en una especie de brazo extendido de mis amistades.

Probablemente no conozca todo de ellos, pero me entero de cosas personales que me hacen sentir una parte fugaz de sus vidas. Esta mañana, por ejemplo, Reni me mostró que amaneció con el ojo rojo.

“Puede ser el aire”, le dije.

Sonrió y respondió que no sabía, pero que se había estado tallando toda la noche y le molestaba bastante. A modo de broma le contesté que seguro alguien la había golpeado y no quería confesarlo. Ella se rió y Andy, detrás de ella, también.

A ese nivel de cercanía siento a la gente de este lugar. Y he de confesar que también me alegra que hayan dejado ir a la única empleada que tenía mal modo. De nombre curioso, que no pienso escribir aquí porque tampoco quiero hablar mal de ella. El otro día la vi en otra sucursal; nos reconocimos, pero ninguno saludó al otro. Su personalidad es lo que otros empleados describirían como “difícil”.

Y es curioso cómo algo tan banal como una mañana sentado en el café, escribiendo sobre lo bien que hace a mi cuerpo salir a caminar temprano mientras medito y planeo mi día, puede resignificar la forma en la que comienzan mis obligaciones.

Porque con la cabeza fría puedo definir el tiempo, la concentración y la dedicación que debo ponerle a cada cosa. Organizar mi día como si se tratara de una estrategia silenciosa para obtener mejores resultados.

Venir aquí —el café, el procesador de textos, la rutina completa— representa para mí algo más que liberar tensión acumulada en forma de frases. También es una manera de nutrir pequeños canales de comunicación y contacto humano que me hacen sentir parte funcional de un sistema mucho más grande.