Bebida Que Sabe A Chicle
"¿Puedo quedarme aquí a escribir un rato?" —le pregunté a la mesera, una jovencita de unos veinte años, con la mirada ingenua y una trenza que contenía todo su voluminoso cabello.
Fui al cajero a retirar un poco de dinero en efectivo, porque una de las circunstancias que comúnmente enfrenta uno al salir a "pueblear" es precisamente la necesidad de cargar dinero a la mano para cualquier antojo, gusto o recuerdo que quiera darse.
"Hay problemas de comunicación con el servidor. Por favor, inténtalo más tarde."
No pues gracias, Banco de mi preferencia. No sabes el gusto que me da traer al menos un par de billetes conmigo. La vergüenza que habría experimentado si estuviera dependiendo únicamente de lo que pudiera retirar "al momento".
Todo bien. Me trajeron la cuenta y en el lugar donde me hospedaré ya me preguntaron a qué hora pienso llegar.
"Ya estoy aquí", respondí al mensaje. "El check-in es a las tres y estoy esperando a que se haga la hora para llegar."
No más mensajes de momento, o al menos eso parece.
Me quedaré en el café un rato más. La mesera del lugar me dijo que está bien, y yo prisa, de momento, no traigo. Mi plan para el día es seguir nutriendo de reglas de negocio el último proyecto en el que he venido trabajando. Eso lo puedo hacer desde donde esté.
Bendita tecnología, que nos permite producir desde cualquier lugar. Los límites suelen estar en uno.
Vine a gozarme, a desconectarme un rato. Traje conmigo tres escritos que Chuy quiere que le revise. Los imprimí antes de salir de casa esta mañana para tenerlos en papel y analizarlos con mayor facilidad que a través de una pantalla.
Su "Biblia" del mundo en el que está trabajando es un producto ambicioso y extenso. En cierto sentido, me compartió los documentos para darles un primer vistazo desde una óptica editorial.
Pienso que ése sería un trabajo fantástico para mí: escritor y editor. Aunque, reconociendo mi propio ego, seguramente me pelearía demasiado con textos ajenos, pues es difícil aceptar el talento de otros. Aunque destaque.
Desde esa premisa, preferiría dedicarme únicamente a escribir y programar.
Estoy aquí con la intención de reconectar con una versión más simplificada de mi persona. Una que vea a su alrededor, sin conocer a nadie, y se siga sintiendo parte de un ecosistema que le contiene.
Porque al final, cuando uno vive tan pegado a los dispositivos electrónicos, termina alienándose y dependiendo demasiado de su conectividad, cuando allá afuera, en el parque que está enfrente, o aquí mismo en el restaurante, se desarrollan múltiples vidas.
Es una tarde calurosa. Pedí una bebida que sabe a chicle. No es mala, pero tampoco figura entre mis gustos más exquisitos.
No importa. La decisión ya fue tomada y hay que beberla mientras estemos aquí, alquilando este espacio, redactando frases, en lo que llega la hora de irme al lugar donde me hospedaré esta noche.
Así, entre las hojas impresas con el mundo que escribió Chuy, una bebida de sabor curioso, una mesera simpática, una aplicación bancaria que no funciona y una tarde calurosa, me adentro en este fin de semana.
Espero que sirva para reducir un poco los niveles de cortisol en el cuerpo y recuperar algo de esa autonomía y conexión con el entorno que tanto anhelo mientras vivo expuesto a pantallas durante buena parte del tiempo.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.
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