Nada es igual cuando te caes y te arrastras por el piso sin entender qué te está sucediendo, a nivel hormonal, a nivel espiritual, a nivel emocional; cada evento es una carga, en cierto sentido, una que te lleva al arrepentimiento, arrastrando por horas dolor, incomodidad, terror.

Cada día se siente como un nivel dentro de un juego de supervivencia, donde por cada error que cometes, pierdes lo que tenías en el inventario y te toca empezar de nuevo, desde el nivel inicial; y eso es horrible, toda esa responsabilidad de ver lo inclinado que está el horizonte, solo de darte cuenta el pánico se apodera de ti, y cuando digo se apodera, es porque realmente, impone su autoridad sobre ti.

Es cuando entiendes que deberías darte un respiro. Sí, pedir perdón es importante, es crucial para seguir adelante, pero también debes aprender a comprender que no eres una máquina, que te equivocas y la fastidias, aceptar las cosas como lo que son y perdonarte, quitar las ataduras que te mantienen encadenado, respirar profundo, y volver al ruedo.

¿Por que sabes cuándo se van a terminar los errores? Exacto, nunca.

Levántate, pide una galleta y pon una sonrisa en tu rostro; no como acto de rebeldía, sino como determinación de que entiendes que no eres perfecto, pero estás consciente de que nunca llegarás a serlo.

Sé cómo trabajar contra algunos de mis vicios, y sin embargo, hay unos que se sienten mucho más difíciles de manejar que otros. Qué sería de mí si fuera capaz de lidiar con lo que me proponga por el simple hecho de mentalizarlo; no, la vida tiene su propio nivel de complejidad, y ni hablar.

Herramientas y más herramientas, eso debería de ser útil para navegar en un mundo que constantemente bombardea por donde te duele, y no, no es culpa del entorno, al menos no siempre, no cuando se es consciente, no cuando eres tú mismo el que va a embriagarse con el veneno que tanto mal sabe que le hace.

Tiendo a pensar que se requiere de fuerza de voluntad, y probablemente sí, pero también a veces soy muy crudo en cuanto a los juicios contra mi propia persona. Y eso es intenso. Navegar por la vida flagelándose le quita todo el sentido a la misma, terminas sintiéndote como un zombie que está solo porque sí, sin razón de ser, sin un factor determinado o esperanza siquiera, eso es crudo y a decir verdad, cruel. Pero no hay finales felices ni fórmulas mágicas.

Y aun así, incluso en medio de todo ese desastre interno, existe una parte diminuta de uno mismo que no se rinde. Una voz cansada, golpeada, casi sin fuerza, pero que sigue apareciendo cuando abres los ojos por la mañana y decides levantarte otra vez. A veces no es esperanza, ni disciplina, ni valentía; a veces es pura inercia humana, el instinto de seguir avanzando aunque no entiendas hacia dónde. Y curiosamente, muchas reconstrucciones empiezan así, sin épica, sin discursos motivacionales, solo con alguien sobreviviendo a su propio caos un día más.

Tal vez ahí está el verdadero acto de resistencia: no en convertirse en una versión perfecta de uno mismo, sino en dejar de declararse la guerra todos los días. Hay suficiente hostilidad afuera como para además cargar con un verdugo interno que nunca descansa. Aprender a vivir también implica aprender a tratarse con cierta compasión, aunque cueste, aunque se sienta extraño, aunque una parte de ti crea que no la merece. Porque nadie puede sostenerse por mucho tiempo odiándose a cada paso.



 Comer mal me hace estragos, más de los que debería. Me empiezo a sentir terrible de inmediato, comienzan las dolencias en mi organismo, una sensación de cortisol elevado se apodera de mí, y algunos puntos de mi cuerpo se incomodan en sobremanera.

Inicio el día arrepentido, arrepentido por no tener todavía la suficiente estabilidad mental y emocional para evitar caer en tentaciones pasajeras, en promesas vacías de una experiencia agradable, cuando lo único con lo que termino es con falta de agudeza en mi cabeza y la sensación de que todo se ve a través de un plástico borroso.

Un error a la semana se siente como si la construcción de meses se viniera abajo, como si te volvieran a colocar una carga en los hombros más pesada que tu propia vida, te sientes señalado, avergonzado, débil. Lo peor es que ocurra en el transcurso de la mañana, pues todavía te resta el día para lidiar con ello.

Cuesta aceptar nuestra condición humana, falible e imperfecta; si tan solo tuvieras el control tanto de lo que piensas como de lo que haces, y la consciencia plena y clara e imperiosa antes de cometer cualquier error, una que te hiciera sentir libre, pleno, entero.

Pero en lugar de eso, percibes un líquido recorrer tu cuerpo de abajo hacia arriba, hacia el cerebro, y una sensación de temor se apodera de ti, "no quieres ser tú". Deberías estar contento, deberías estar feliz, deberías sentirte agradecido, y en lugar de eso, hay miedo, el cuerpo tiembla, la cabeza duele, estás magullado, moralmente asustado.

Me asombra lo rápido que el cuerpo cobra factura por aquello que la mente intenta disfrazar como recompensa. Un café de más, una comida improvisada, una madrugada mal dormida, y pareciera que todo el sistema entra en huelga. Como si hubiera una parte de ti observándote desde dentro, decepcionada, recordándote que cada pequeño exceso deja una marca diminuta que se acumula hasta volverse visible en el ánimo, en los pensamientos, en la manera de caminar por el día.

Y aun así, hay algo extraño en seguir levantándose después de sentirte así. Porque incluso en medio del miedo, del dolor de cabeza y de esa sensación amarga de haber fallado otra vez, existe una pequeña resistencia que no termina de apagarse. Tal vez no eres la versión disciplinada y perfecta que imaginabas hace años, pero sigues aquí, intentando comprenderte, intentando corregir el rumbo aunque sea un centímetro a la vez. Hay personas que dejan de intentarlo por mucho menos.

Quizá la verdadera batalla no consiste en jamás caer, sino en dejar de convertir cada tropiezo en una sentencia definitiva sobre quién eres. Porque un mal día no borra meses de esfuerzo, así como una buena decisión tampoco arregla una vida completa. Somos acumulaciones extrañas de hábitos, impulsos, cansancio, heridas y pequeños actos de voluntad. Y tal vez crecer consiste en aprender a hablarte con un poco menos de crueldad mientras atraviesas el proceso.



 ¿Qué pasa cuando no te quieren? ¿Es posible modificar la percepción ajena con un poco de inversión? Inversión, no necesariamente de dinero, sino de energía agradable y gentil, digo lo anterior porque fui a un restaurante hace rato, tenía ganas de comer boneless y fue lo que se me ocurrió, ya había ido con anterioridad y mis experiencias habían sido de regulares a buenas en cuanto al servicio; pero hoy, hoy estuvo muy malo.

En primer lugar no tenía en mente que hoy era día de semifinal de futbol entre el local Chivas y Cruz Azul, en ese contexto, el restaurante al que fui usa los eventos deportivos como imán para adjudicarse clientela en esas fechas.

Al llegar, como una hora antes de dicho partido, se estaba empezando a llenar, familias completas. Me querían asignar un lugar en la barra porque asumieron que mi plan era beber y ver el juego, a lo que dije que no, que preferiblemente me gustaría estar en una mesa porque iba a comer. Con cara de pocos amigos la recepcionista me llevó a una mesa al fondo, donde cinco minutos después llegó la que sería mi mesera, con una actitud estresada, desesperada por que hiciera mi pedido. Me aventó la carta y al pedirle una naranjada sin jarabe me respondió en tono de reclamo: "¿Algo con alcohol?"

Le negué las cervezas y pedí de una vez mis boneless, además con una entrada, que de inmediato me rechazó porque: "No hicieron". Bueno, está bien, dame un par de minutos por favor. Y se fue.

Al rato llegó con mi bebida y pedí un guacamole. No se presentó ni se dio una vuelta a preguntar si algo me hacía falta (cosas que por lo general hacen los meseros de ese lugar), cuando me llevó mi plato de comida me dispuse a degustar los alimentos. Todo bien con los boneless, aunque noté que eran un tercio menos de los que habitualmente sirven, sin quejas.

Al cabo de poco tiempo mi primera naranjada se había terminado y deseaba pedir otra. Duré varios minutos con la mano levantada cazando a mi mesera, sin éxito. Después vi pasar a otra mesera del lugar, quien muy amablemente me dijo que si se me ofrecía algo, le comenté y dijo que pasaría mi recado. Después de unos veinte minutos de esperar mi segunda naranjada ya habiendo pasado un rato de finalizado mi plato, pasó corriendo la mesera asignada, le pregunté por mi bebida y con un ademán de desagrado me dijo: "Ya ya", aseverando que el pedido se había hecho a cocina.

Pedí la cuenta al recibir mi vaso y para este punto los platos y demás loza utilizados seguían en mi mesa, es raro que no los hubieran recogido después de terminar, pero bueno, ni hablar. Tardó más tiempo, pero bastante, y pasó a recoger lo sucio, incluyendo el último vaso ya también vacío.

Cinco, diez minutos después llegó con la cuenta, y de nuevo su actitud de "me caes mal" cuando ni la conozco, ni le dirigí la palabra intentando amistar, ni nada, yo solo fui a consumir. Cuatrocientos veinte pesos... Tomé uno de quinientos, lo dejé sobre el ticket y me retiré junto con mi dignidad a cuestas.

Ahora, vengo aquí a contar lo anterior no con la finalidad de exponer la mala experiencia de servicio que tuve al comer el día de hoy. Porque al final, como platicaba con un amigo, en parte la culpa es mía por haber acudido este día ignorando el hecho de que había un partido importante de futbol.

Saliendo de ahí pasé por la computadora a la casa y vine directo al café de la esquina, en ése que ya me tratan como de la casa cuando me ven llegar, hasta me encontré a Isa en una de las mesas, una ex-empleada que me conoce y me saludó sonriente diciendo: "Hoy vengo de civil". En fin, mi compromiso es conseguir que quienes me sirven en el restaurante al que acudí hoy, cambien su actitud para conmigo, y me empiecen a tratar con calidad, como ocurre en el café. Por eso vine a dejarlo aquí escrito, a modo de declaratoria.



La Mesera

Por
 ¿Qué pasa cuando no te quieren? ¿Es posible modificar la percepción ajena con un poco de inversión? Inversión, no necesariamente de dinero,...

 Zapopan es mi casa, es el lugar en el que me siento cómodo tanto de estar, como de desplazarme. Me gusta lo que veo cuando salgo, me agradan los lugares que frecuento, me alegra saber que tengo múltiples opciones todavía por explorar, que hay gente con características muy diferentes, que una salida por café puede convertirse en una verdadera aventura si uno lo desea.

Así es aquí, pluricultural, suficientemente grande como para hacer planes, pero no tanto como para colapsar en el trayecto de conseguirlos, es una ciudad viva y llena de vida, con distintos eventos sucediendo al mismo tiempo, y a la vez es una ciudad que se percibe autocontenida, donde mi propia vida puede suceder en el radio de un kilómetro a la redonda sin sentirme aburrido.

Aquí puedo ir a hacer mandado al super, pasar por un esquite, ver a diez mujeres tan guapas como modelos, comer una hamburguesa gigante, asistir al cine en una sala VIP, quedarme una hora en la cafetería mientras leo un libro, recibir un masaje relajante, cenar un corte fino, ver una exposición artística, caminar en el parque, estrenar ropa y ejercitarme en el gimnasio, todo en una misma tarde y a pie. Así de multifascético se siente todo, es un deleite.

Y quizá lo más extraño de estos días es que, en medio de todo ese movimiento, he conseguido volver a escribir con disciplina. Mil palabras al día. A veces más, a veces apenas las suficientes para cruzar la meta personal que me propuse, pero constantes, solo tuve que dividir mis textos en dos al día. Y no sé, hay algo profundamente satisfactorio en eso. Como si después de mucho tiempo mi cabeza hubiera encontrado un pequeño orden entre tantas distracciones, ruido y pendientes.

Supongo que también tiene que ver con el ánimo que me provoca la ciudad. Salgo, camino, veo gente, regreso con ideas nuevas. Todo parece alimentar algo. Las conversaciones ajenas, los lugares, los rostros desconocidos, incluso el simple hecho de sentarme una hora en una cafetería con el teclado enfrente y sentir que las palabras vuelven a salir sin tanta resistencia. Mil palabras no parecen mucho hasta que descubres que llevas varios días cumpliéndolo y que, sin darte cuenta, vuelves a sentir entusiasmo por escribir.

Aunque no nací aquí, me hace muy feliz que ésta ciudad me haya adoptado y hecho parte de ella. Y no importa que haga calor afuera, siempre puedo pasar a mi cuarto, encender el aire acondicionado, tirarme un rato y ponerme a leer, escribir, ver algo en la computadora o darme un merecido sueño. Además ya tengo amigos, o personas que se acuerdan de mí, que me saludan cuando me ven y me hacen sentir en como un personaje local más y eso es muy bonito.

En resumen, Zapopan tiene todo lo que me gusta: Mujeres hermosas, un clima agradable, abundancia, espacios abiertos, eventos, oportunidades, plazas comerciales, buena gente, trabajo, cultura, historia, personalidad. Estoy muy agradecido de vivir aquí ya más de once años y espero que sean muchos más.



 Anoche tuve mucho calor, consecuencia tal vez de no haber cenado correctamente, y no, no culpo al corte que me comí, sino al café. Por cierto, la mañana en el pueblo se siente tranquila, quizá demasiado tranquila. No hay más allá de un par de negocios abiertos en el Centro, salí a buscar qué comer antes de regresarme... O en una de esas le doy una oportunidad más el día de hoy y me regreso hasta mañana, todavía no tomo una decisión.

Hay algo extraño en los pueblos cuando uno llega con la cabeza acelerada. Parecen invitarte a bajar el ritmo, pero si vienes arrastrando cansancio o ruido interno, el silencio termina pesando más de la cuenta. Creo que eso me pasó desde que bajé del autobús, como si yo hubiera llegado en una velocidad distinta a la de este lugar.

A ver, la estadía de ayer no fue la mejor experiencia, llegué y fui a un restaurante, me comí un muy buen vacío, aunque el lugar estaba solísimo y eso se siente raro. Después salí al parque, di un par de vueltas por aquí, bastante gente, empezó a llover y se fue la luz. Es como si la naturaleza me tratara de boicotear la experiencia anoche.

Y aun así hubo momentos curiosos. El sonido de la lluvia pegando sobre las banquetas, la gente corriendo a meterse al café en el que también terminé yo cuando regresó la luz. Por un instante pensé que quizá de eso se trataba venir aquí, de aceptar que las cosas no tienen que salir bien para sentirse reales.

Ese café, ese bendito café del que hablé hace un momento, me reventó el estómago, la estaba pasando horrores anoche; y los roomies, ah porque nadie me dijo que el cuarto estaba parcialmente compartido cuando reservé, incomodísimo.

Y entonces lo que sentía dentro de mi cuerpo sumado a que el exterior no era nada propicio para pasar un rato agusto, me obligó a quedarme encerrado a partir de las diez de la noche. Afuera, a un par de cuadras, seguía la fiesta, pude escucharla en varias direcciones a la redonda.

Hay noches donde uno descubre que la incomodidad física puede arruinar cualquier paisaje. Puedes estar en un lugar bonito, distinto, incluso interesante, pero si el cuerpo entra en conflicto, todo alrededor empieza a perder color. El calor, el ruido, el estómago hecho pedazos, la sensación de no tener un espacio propio. Todo termina mezclándose en la cabeza.

Luego, ya en mi cuarto, se soltó el calor, es un horno, sin ventilación, sin que se sintiera el circular del aire siquiera y sin poder abrir la puerta porque ahí estaban los otros inquilinos, no siento la verdad que merezca seguir pasando una experiencia mediocre, y tal vez tenga que irme hoy para darle otra oportunidad más adelante, en dos semanas que regrese. Quizá venir más temprano en la semana, y darme más días por aquí, rentar un lugar con aire acondicionado e independiente para mí solo.

Porque al final creo que eso resume todo, la experiencia de estar acá no ha sido catastrófica, pero sentir que todo me ocurre a las prisas no me permite disfrutar las bellezas de un pueblo que tiene su propia identidad y sobre todo su propio ritmo de vida.



 Solo. Es como llegamos al mundo y, en cierto sentido, como nos vamos a ir. Estoy viendo interacciones en la ciudad mientras la rondo en soledad. ¿Qué está pasando? ¿Por qué parece que la gente sigue patrones similares? Los observas un poco: caminan, se toman de las manos, se sientan un rato en el parque, deciden ir por un café. ¿Y qué más? No puede ser tan aburrida una noche de viernes después de lo que significa la jornada laboral de toda la semana.

Aquí hay algo que no he comentado. Tengo que hacerlo, aunque me provoque cierta pena ajena: se suben a los coches y salen a dar vueltas por el Centro con música a volumen elevado. Crucé miradas con más de un conductor que me devolvió una sensación evidente de mutua repugnancia, y eso, de hecho, no es malo. Que sus formas de "divertirse" y "pasar el tiempo" sean tan distintas a las mías no tendría por qué significar algo negativo.

Diría que es ridículo, pero eso no sería otra cosa que la proyección de mis propios sesgos. Quería experimentar algo diferente, y lo estoy haciendo, sintiéndome más ajeno que nunca a aquellos años pasados en los que también cumplía el papel de foráneo, aunque con el ego inflado en el pecho de estar en Plazas como Andares o Galerías, viendo pasarelas en tiempo real de mujeres adultas en cuerpos llamativos, como pez en el agua.

Toda la Zona Centro se quedó sin electricidad. Un apagón. Afuera, la lluvia no daba tregua. Bastantes personas seguían caminando por la calle, y eso se lo doy como mérito, porque de donde yo soy la gente es de azúcar: comienzan a caer un par de gotas y salen huyendo a casa. Aquí no. Aquí se mantuvieron estoicos. Asumo que conocen muy bien sus climas y saben cuánto puede durar la lluvia. Y así fue. Apenas media hora.

Después de eso, la gente siguió en las mismas: circulando en sus coches, platicando, ocupando las bancas, compartiendo, entrando a los cafés. ¿Acaso es envidia lo que estoy sintiendo en el pecho?

"Un café y un panino" más tarde, pienso que no es realmente el exterior lo que me incomoda, ni lo que nunca me ha provocado incomodidad como tal, sino la falta de pertenencia. Soy un inadaptado que les pone las cosas difíciles a quienes intentan aproximarse a sus círculos cercanos. Tal vez por eso soy bueno redactando las ideas que hacen pasarela en mi cabeza conforme paso tiempo frente al procesador de textos. Aunque no es el procesador en sí: es mi cerebro intentando desenmarañar un muladar de ocurrencias y eventos aleatorios ocurriendo en distintos niveles de absurdismo. ¿Y por qué? Ni siquiera tiene sentido que impersone a un crítico.

La crítica es de lo más ruin que podemos aportar, siendo honesto. No hace nada, no produce nada, ni se expone a menos que alcance cierto nivel de influencia. Es el placebo de la productividad.

Una señora con una niña caminando a su lado llegó a pedirme dinero para comer. Cómo me duele que me pidan dinero para comer, porque yo sé lo feo que es no poder hacerlo. O que el dinero no alcance ni siquiera para eso. Me lo dijo con los ojos llorosos. Y aquí está su corazón de pollo, que terminó abriendo la cartera aun sabiendo que los billetes de menor denominación que tenía eran de doscientos. Tome uno. "A comer, pues", le dije a secas.

Escribo lo anterior no con intención de mostrar compasión o empatía en ningún sentido, sino como el engrane que malfunciona dentro del microcosmos que me rodea. El que abruptamente es sacado de su ensopor mientras tira frases en la computadora. ¿La víctima perfecta? Si se quiere pensar así. O quizá el más ingenuo de los que estamos aquí: por la soledad, por el aspecto, por la laptop, por los lentes, por cualquier cosa.

Y ya es todo. No hay remate que funcione. Probablemente he quedado peor parado que en otras ocasiones al narrar desde la honestidad. Porque un cerebro honesto no necesariamente es ajeno a cometer errores; muy por el contrario, suele estar habituado al desliz fácil.



 "De una", una frase común de escuchar aquí. Significa hacer las cosas sin miramientos ni dilación; entrarle al momento, sin repensar, actuar porque es lo que hay que hacer. Puede que fracases, que rompas lo que servía, que te partas la cara contra un muro al intentarlo, pero ni modo.

Nada hace más daño que la quietud. La comodidad de quedarse en el mismo lugar haciendo exactamente lo mismo: muriendo, pudriéndote, entumecido por la falta de movimiento. Estamos hechos para producir, para ser, para crecer y aportar conforme tengamos posibilidades, de acuerdo con nuestros contextos y las habilidades que hayamos desarrollado. El chiste es enfrentarse a lo que venga.

Escribo lo anterior porque hace unos días una persona me dijo que no podemos vivir con temor a lo que nos pueda pasar, haciendo del miedo nuestra bandera y refugio. Que si quieres conseguir algo debes entender que hay riesgos: quizá te estafen, quizá te lastimen, quizá te engañen. Lo importante es que, por lo menos, hayas podido experimentar, y eso, a largo plazo, trae sus recompensas.

Digo lo anterior convencido de que no todos tenemos las mismas oportunidades. No de forma discursiva, sino con la convicción de que la única garantía de seguir igual es no hacer nada. También es cierto que la mayoría de éxitos provenientes desde abajo, si los observamos a través de una lupa, son la consecución de múltiples errores, humillaciones y fracasos.

Y a nadie le gusta sentirse humillado o fracasado, pero es lo que toca enfrentas cuando no vienes de orígenes tan privilegiados que te brinden cobertura suficiente para levantarte después de múltiples descalabros.

Existir es difícil. Elegir lo que te conviene antes de lo que te atrae o entretiene lo es todavía más, lo confieso. Y sin embargo, creo que es una vida que merece ser disfrutada, porque al final de todo, cuando hagas cuentas, cuando medites en tu pasado, es un privilegio llegar a una meta que te hayas propuesto, o a todas ellas si tuviste la fortuna suficiente.

Pues en la ruleta de circunstancias que pueden tocarte, con los condimentos específicos, si tuviste la dicha de caer de pie, cada día se convierte en una victoria. Cada anochecer es un funeral de lo que aprovechaste o no durante las horas que tuviste disponibles. Y no lo digo desde el optimismo, porque es comprensible que a veces, por mucho que nos esforcemos, la obtención de méritos jamás llegue.

También es cierto que habrá quien, con hábitos cuestionables, habilidades inexistentes y una personalidad deplorable, termine mejor que tú. Y ¿sabes qué? No importa. Así es vivir: darte cuenta, cada cierto tiempo, de que poder sentarte a escribir agradeciendo la lucidez que has tenido hasta ahora ya es un triunfo suficiente para alegrarte el rato.



De Una

Por
 "De una", una frase común de escuchar aquí. Significa hacer las cosas sin miramientos ni dilación; entrarle al momento, sin repen...