La Verdadera Batalla

 Comer mal me hace estragos, más de los que debería. Me empiezo a sentir terrible de inmediato, comienzan las dolencias en mi organismo, una sensación de cortisol elevado se apodera de mí, y algunos puntos de mi cuerpo se incomodan en sobremanera.

Inicio el día arrepentido, arrepentido por no tener todavía la suficiente estabilidad mental y emocional para evitar caer en tentaciones pasajeras, en promesas vacías de una experiencia agradable, cuando lo único con lo que termino es con falta de agudeza en mi cabeza y la sensación de que todo se ve a través de un plástico borroso.

Un error a la semana se siente como si la construcción de meses se viniera abajo, como si te volvieran a colocar una carga en los hombros más pesada que tu propia vida, te sientes señalado, avergonzado, débil. Lo peor es que ocurra en el transcurso de la mañana, pues todavía te resta el día para lidiar con ello.

Cuesta aceptar nuestra condición humana, falible e imperfecta; si tan solo tuvieras el control tanto de lo que piensas como de lo que haces, y la consciencia plena y clara e imperiosa antes de cometer cualquier error, una que te hiciera sentir libre, pleno, entero.

Pero en lugar de eso, percibes un líquido recorrer tu cuerpo de abajo hacia arriba, hacia el cerebro, y una sensación de temor se apodera de ti, "no quieres ser tú". Deberías estar contento, deberías estar feliz, deberías sentirte agradecido, y en lugar de eso, hay miedo, el cuerpo tiembla, la cabeza duele, estás magullado, moralmente asustado.

Me asombra lo rápido que el cuerpo cobra factura por aquello que la mente intenta disfrazar como recompensa. Un café de más, una comida improvisada, una madrugada mal dormida, y pareciera que todo el sistema entra en huelga. Como si hubiera una parte de ti observándote desde dentro, decepcionada, recordándote que cada pequeño exceso deja una marca diminuta que se acumula hasta volverse visible en el ánimo, en los pensamientos, en la manera de caminar por el día.

Y aun así, hay algo extraño en seguir levantándose después de sentirte así. Porque incluso en medio del miedo, del dolor de cabeza y de esa sensación amarga de haber fallado otra vez, existe una pequeña resistencia que no termina de apagarse. Tal vez no eres la versión disciplinada y perfecta que imaginabas hace años, pero sigues aquí, intentando comprenderte, intentando corregir el rumbo aunque sea un centímetro a la vez. Hay personas que dejan de intentarlo por mucho menos.

Quizá la verdadera batalla no consiste en jamás caer, sino en dejar de convertir cada tropiezo en una sentencia definitiva sobre quién eres. Porque un mal día no borra meses de esfuerzo, así como una buena decisión tampoco arregla una vida completa. Somos acumulaciones extrañas de hábitos, impulsos, cansancio, heridas y pequeños actos de voluntad. Y tal vez crecer consiste en aprender a hablarte con un poco menos de crueldad mientras atraviesas el proceso.



No hay comentarios.

Publicar un comentario

Se agradecen tus comentarios.