La Mesera
¿Qué pasa cuando no te quieren? ¿Es posible modificar la percepción ajena con un poco de inversión? Inversión, no necesariamente de dinero, sino de energía agradable y gentil, digo lo anterior porque fui a un restaurante hace rato, tenía ganas de comer boneless y fue lo que se me ocurrió, ya había ido con anterioridad y mis experiencias habían sido de regulares a buenas en cuanto al servicio; pero hoy, hoy estuvo muy malo.
En primer lugar no tenía en mente que hoy era día de semifinal de futbol entre el local Chivas y Cruz Azul, en ese contexto, el restaurante al que fui usa los eventos deportivos como imán para adjudicarse clientela en esas fechas.
Al llegar, como una hora antes de dicho partido, se estaba empezando a llenar, familias completas. Me querían asignar un lugar en la barra porque asumieron que mi plan era beber y ver el juego, a lo que dije que no, que preferiblemente me gustaría estar en una mesa porque iba a comer. Con cara de pocos amigos la recepcionista me llevó a una mesa al fondo, donde cinco minutos después llegó la que sería mi mesera, con una actitud estresada, desesperada por que hiciera mi pedido. Me aventó la carta y al pedirle una naranjada sin jarabe me respondió en tono de reclamo: "¿Algo con alcohol?"
Le negué las cervezas y pedí de una vez mis boneless, además con una entrada, que de inmediato me rechazó porque: "No hicieron". Bueno, está bien, dame un par de minutos por favor. Y se fue.
Al rato llegó con mi bebida y pedí un guacamole. No se presentó ni se dio una vuelta a preguntar si algo me hacía falta (cosas que por lo general hacen los meseros de ese lugar), cuando me llevó mi plato de comida me dispuse a degustar los alimentos. Todo bien con los boneless, aunque noté que eran un tercio menos de los que habitualmente sirven, sin quejas.
Al cabo de poco tiempo mi primera naranjada se había terminado y deseaba pedir otra. Duré varios minutos con la mano levantada cazando a mi mesera, sin éxito. Después vi pasar a otra mesera del lugar, quien muy amablemente me dijo que si se me ofrecía algo, le comenté y dijo que pasaría mi recado. Después de unos veinte minutos de esperar mi segunda naranjada ya habiendo pasado un rato de finalizado mi plato, pasó corriendo la mesera asignada, le pregunté por mi bebida y con un ademán de desagrado me dijo: "Ya ya", aseverando que el pedido se había hecho a cocina.
Pedí la cuenta al recibir mi vaso y para este punto los platos y demás loza utilizados seguían en mi mesa, es raro que no los hubieran recogido después de terminar, pero bueno, ni hablar. Tardó más tiempo, pero bastante, y pasó a recoger lo sucio, incluyendo el último vaso ya también vacío.
Cinco, diez minutos después llegó con la cuenta, y de nuevo su actitud de "me caes mal" cuando ni la conozco, ni le dirigí la palabra intentando amistar, ni nada, yo solo fui a consumir. Cuatrocientos veinte pesos... Tomé uno de quinientos, lo dejé sobre el ticket y me retiré junto con mi dignidad a cuestas.
Ahora, vengo aquí a contar lo anterior no con la finalidad de exponer la mala experiencia de servicio que tuve al comer el día de hoy. Porque al final, como platicaba con un amigo, en parte la culpa es mía por haber acudido este día ignorando el hecho de que había un partido importante de futbol.
Saliendo de ahí pasé por la computadora a la casa y vine directo al café de la esquina, en ése que ya me tratan como de la casa cuando me ven llegar, hasta me encontré a Isa en una de las mesas, una ex-empleada que me conoce y me saludó sonriente diciendo: "Hoy vengo de civil". En fin, mi compromiso es conseguir que quienes me sirven en el restaurante al que acudí hoy, cambien su actitud para conmigo, y me empiecen a tratar con calidad, como ocurre en el café. Por eso vine a dejarlo aquí escrito, a modo de declaratoria.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.
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