Mostrando las entradas con la etiqueta sintiéndome más ajeno. Mostrar todas las entradas
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 Solo. Es como llegamos al mundo y, en cierto sentido, como nos vamos a ir. Estoy viendo interacciones en la ciudad mientras la rondo en soledad. ¿Qué está pasando? ¿Por qué parece que la gente sigue patrones similares? Los observas un poco: caminan, se toman de las manos, se sientan un rato en el parque, deciden ir por un café. ¿Y qué más? No puede ser tan aburrida una noche de viernes después de lo que significa la jornada laboral de toda la semana.

Aquí hay algo que no he comentado. Tengo que hacerlo, aunque me provoque cierta pena ajena: se suben a los coches y salen a dar vueltas por el Centro con música a volumen elevado. Crucé miradas con más de un conductor que me devolvió una sensación evidente de mutua repugnancia, y eso, de hecho, no es malo. Que sus formas de "divertirse" y "pasar el tiempo" sean tan distintas a las mías no tendría por qué significar algo negativo.

Diría que es ridículo, pero eso no sería otra cosa que la proyección de mis propios sesgos. Quería experimentar algo diferente, y lo estoy haciendo, sintiéndome más ajeno que nunca a aquellos años pasados en los que también cumplía el papel de foráneo, aunque con el ego inflado en el pecho de estar en Plazas como Andares o Galerías, viendo pasarelas en tiempo real de mujeres adultas en cuerpos llamativos, como pez en el agua.

Toda la Zona Centro se quedó sin electricidad. Un apagón. Afuera, la lluvia no daba tregua. Bastantes personas seguían caminando por la calle, y eso se lo doy como mérito, porque de donde yo soy la gente es de azúcar: comienzan a caer un par de gotas y salen huyendo a casa. Aquí no. Aquí se mantuvieron estoicos. Asumo que conocen muy bien sus climas y saben cuánto puede durar la lluvia. Y así fue. Apenas media hora.

Después de eso, la gente siguió en las mismas: circulando en sus coches, platicando, ocupando las bancas, compartiendo, entrando a los cafés. ¿Acaso es envidia lo que estoy sintiendo en el pecho?

"Un café y un panino" más tarde, pienso que no es realmente el exterior lo que me incomoda, ni lo que nunca me ha provocado incomodidad como tal, sino la falta de pertenencia. Soy un inadaptado que les pone las cosas difíciles a quienes intentan aproximarse a sus círculos cercanos. Tal vez por eso soy bueno redactando las ideas que hacen pasarela en mi cabeza conforme paso tiempo frente al procesador de textos. Aunque no es el procesador en sí: es mi cerebro intentando desenmarañar un muladar de ocurrencias y eventos aleatorios ocurriendo en distintos niveles de absurdismo. ¿Y por qué? Ni siquiera tiene sentido que impersone a un crítico.

La crítica es de lo más ruin que podemos aportar, siendo honesto. No hace nada, no produce nada, ni se expone a menos que alcance cierto nivel de influencia. Es el placebo de la productividad.

Una señora con una niña caminando a su lado llegó a pedirme dinero para comer. Cómo me duele que me pidan dinero para comer, porque yo sé lo feo que es no poder hacerlo. O que el dinero no alcance ni siquiera para eso. Me lo dijo con los ojos llorosos. Y aquí está su corazón de pollo, que terminó abriendo la cartera aun sabiendo que los billetes de menor denominación que tenía eran de doscientos. Tome uno. "A comer, pues", le dije a secas.

Escribo lo anterior no con intención de mostrar compasión o empatía en ningún sentido, sino como el engrane que malfunciona dentro del microcosmos que me rodea. El que abruptamente es sacado de su ensopor mientras tira frases en la computadora. ¿La víctima perfecta? Si se quiere pensar así. O quizá el más ingenuo de los que estamos aquí: por la soledad, por el aspecto, por la laptop, por los lentes, por cualquier cosa.

Y ya es todo. No hay remate que funcione. Probablemente he quedado peor parado que en otras ocasiones al narrar desde la honestidad. Porque un cerebro honesto no necesariamente es ajeno a cometer errores; muy por el contrario, suele estar habituado al desliz fácil.