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 Tengo que escribir algo porque se me termina el tiempo. No es una frase dramática ni un recurso literario: es una constatación práctica. El tiempo se acaba porque el día avanza, porque los pendientes no esperan, porque la energía se dosifica mal y casi nunca alcanza. ¿Qué sucede aquí? ¿Por qué hay autores que lanzan palabras y frases sin cansancio, con una coherencia que parece natural, mientras que otros, por el mínimo estrés, caemos en bloqueos creativos que no solo detienen la escritura, sino que erosionan la confianza?

No siempre es silencio lo que aparece cuando uno se bloquea. A veces es saturación. Una acumulación de ideas mal ordenadas, de intuiciones que no encuentran estructura, de frases que prometen algo y se deshacen antes de llegar al punto. Uno se sienta frente al texto y siente que todo está ahí, pero nada se deja tomar. Esa sensación es peor que la página en blanco, porque expone una incapacidad que no es falta de contenido, sino de acceso.

En ese estado es fácil mirar hacia afuera. Comparar. Medir el propio ritmo con el de otros. Hay quienes publican sin pausa, quienes parecen no agotarse, quienes transforman cualquier experiencia en material legible. Uno, en cambio, tropieza con lo cotidiano, se atasca con lo mínimo, siente que cualquier desviación rompe el equilibrio precario que sostiene la escritura. La comparación no inspira, drena.

Podría culpar al contexto. Podría hablar del tercermundismo en mi país, de la precariedad cultural, de la ausencia de entornos que fomenten la exploración intelectual sin castigarla con urgencias prácticas. Podría señalar la falta de tiempo, de silencio, de estímulos que no estén contaminados por ansiedad económica. Todo eso existe y pesa. Pero detenerme ahí sería cómodo. Sería una forma de desplazar la carga hacia afuera y no reconocer la parte que me toca.

Porque al final, nos guste o no, depende de uno. De levantarse cada día y dar un paso extra en la dirección correcta, incluso cuando esa dirección no se siente clara. No hay épica en eso. Hay cansancio, hay fastidio, hay una sensación constante de ir tarde. Es agotador, sí, pero no hay alternativa elegante. No es una cuestión de voluntad heroica, sino de persistencia torpe. Avanzar sin garantías, sin aplauso, sin la promesa de que el esfuerzo será recompensado.

El problema es que el mundo no se conforma con eso. Ya no basta con cumplir. Ahora no solo esperan que hagas tu trabajo, que resuelvas tareas, que monitorees sistemas o procesos. Esperan que lideres, que interpretes, que anticipes. Que tengas criterio, presencia, discurso. Que te adaptes. Que incorpores herramientas nuevas, que trabajes con inteligencia artificial, que te vuelvas eficiente, versátil, productivo. Les urge que seamos una especie de navajas suizas: muchas habilidades, todas disponibles, todas afiladas, aunque el cuerpo y la cabeza no siempre acompañen.

Y aquí viene una confesión que no tiene nada de vergonzosa: yo mismo uso herramientas de IA para editorializar mis textos. Las uso para ordenar, para ampliar, para tensar ideas que sé que están ahí pero que no logro acomodar del todo. Me parecen una invención maravillosa. No porque escriban por mí, sino porque me permiten seguir escribiendo cuando el bloqueo amenaza con cerrarlo todo. No reemplazan la voz, pero ayudan a que no se apague. En un entorno que exige velocidad y claridad, negarse a eso sería una pose inútil.

Eso no elimina el conflicto. Al contrario, lo hace más visible. Porque si incluso con ayuda el cansancio persiste, entonces el problema no es técnico. Es más profundo. Tiene que ver con la carga acumulada, con la sensación de estar siempre reaccionando, con la dificultad de construir algo propio mientras se atiende lo urgente. Vivimos rodeados de una realidad absurda que exige rendimiento constante y, al mismo tiempo, castiga cualquier signo de fragilidad.

Entonces aparece la pregunta que uno evita hasta que se vuelve imposible ignorarla: ¿qué pasará conmigo? No tengo una respuesta clara. No hay un plan maestro ni una narrativa cerrada que tranquilice. Lo único que se vuelve evidente es la necesidad de resolver pendientes. Cerrar cosas. Limpiar el terreno. No por obsesión con la productividad, sino para reducir el ruido. El ruido agota más que el trabajo.

Desde ahí, quizá, se pueda empezar a construir algo más sólido. Una versión de uno mismo que no sea ideal, pero sí más capaz. Más firme en lo profesional, menos evasiva en lo relacional, más exigente en lo intelectual. No para destacar, sino para resistir. Para no romperse ante cada cambio de contexto, ante cada nueva exigencia disfrazada de oportunidad.

La vida es un cúmulo de tristezas e insolencias, con destellos optimistas que aparecen de vez en cuando. Es cíclica cuando se le presta atención; romántica cuando uno se detiene a observar, a sentir, a saborear, a respirar y a escuchar cada momento con cierta profundidad. Un conjunto de eventos ocurre en medio de un entorno hostil: instantismo, hiperproductividad, cápsulas de consumo atadas a significados mínimos, todo reducido a números, a identificadores, a tiempos en pantalla, a apariencias maquilladas y a montos en la cuenta bancaria. Me dirás que no lo he entendido, cuando nadie aquí sabe lo que está haciendo. Solo vivimos, o intentamos experimentar la vida, con lo que el Cielo nos deja entrever. Sin juicios ni remordimientos, el tiempo —esa constante usada para medir vitalidad y trascendencia— acaba por colocar las cosas en su sitio.

Escribir esto no arregla nada de fondo. No paga cuentas, no resuelve tensiones laborales, no despeja el futuro. Pero abre un espacio. Un hueco por donde entra algo de claridad, aunque sea parcial. En medio de esta realidad sucia, contradictoria y demandante, escribir sigue siendo una forma de poner el cuerpo. De decir: aquí estoy, con dudas, con cansancio, con herramientas prestadas si hace falta, pero sin renunciar del todo a pensar.

Tal vez eso baste por ahora. Tal vez no se trate de desbloquear la creatividad, sino de aprender a escribir incluso cuando duele, cuando no se siente limpio, cuando el tiempo aprieta. Seguir, aunque sea así. Aunque no luzca. Aunque incomode.



 Que ignoremos nuestros límites nos hace pensar que, con un solo día de malos hábitos, las cosas cambian por completo. Como si el cuerpo fuera una máquina frágil, incapaz de tolerar errores, como si todo el trabajo previo se evaporara con una mala decisión. Algo tan simple como meterle carbohidratos al cuerpo al inicio del día provoca, al menos en mi caso particular, una constante necesidad de comer, una especie de hambre persistente que no se apaga. Lo aclaro desde ahora: hablo únicamente desde mi experiencia personal, no desde una verdad absoluta ni una regla universal que deba aplicarse a todos.

Venía haciendo mi dieta bien, siguiéndola sin mayores problemas. No con una disciplina militar, pero sí con un respeto honesto hacia lo que sé que me funciona. Y es justo ahí donde llego a una conclusión sencilla sobre la forma en la que mi cuerpo reacciona frente a los abusos alimenticios: tres días de alimentación saludable pueden descomponerse con un solo día de malcomer. No porque el cuerpo sea vengativo, sino porque es extremadamente eficiente en recordarte cuándo te sales del camino que le sienta bien.

No me aflige, tengo que reconocerlo. Es parte de entender cómo funciona mi cuerpo y cómo se activan o se sabotean sus mecanismos de eficiencia. No hay drama, no hay culpa, solo observación. Eso sí, anoche caí muerto a la hora de dormir. Me dormí tarde, quizá alrededor de las dos de la mañana, y desperté tardísimo, después de las once. Me desperté asustado porque perdí una junta que tenía a las diez. Ni modo. Ya pedí perdón a la persona involucrada y voy a pasarle instrucciones claras para resolver la consulta pendiente. Asumir errores también es parte del proceso.

En este año, además de las actividades básicas de mi cuerpo, he aprendido otras cosas. Cosas simples, pero contundentes. Por ejemplo, que la cafeína por la tarde me desvela irremediablemente; que el azúcar añadida a cualquier hora me provoca incomodidad e inflamación; que el abuso de ciertos alimentos termina empujándome hacia vórtices de comportamientos indeseables de los que luego me arrepiento. He aprendido también que la adicción a los carbohidratos es una de las más difíciles de controlar, en niveles comparables a los de fármacos altamente adictivos. No es exageración, es química.

Por lo mismo, he decidido poner más límites, esta vez conmigo mismo. Después de cierta hora voy a apagar el celular y dejarlo en el piso de abajo. Sé que es una herramienta de trabajo importante, pero también es una tentación constante tenerlo siempre a la mano. Igual que otras dependencias, el consumo abusivo de feeds tiene consecuencias negativas, al menos en mi caso. No he bloqueado mis aplicaciones sociales ni pretendo hacerlo. No demonizo su uso. Simplemente acepto que la dosificación es lo que mejor funciona para mí, en favor de una relación más sana conmigo mismo.

Estoy trabajando por una versión funcional, saludable, empática, eficiente y productiva de mi persona. Una versión que sea autosuficiente en la medida de lo posible, pero que también sepa colocar límites y delegar responsabilidades cuando sea necesario. Tener gente que me respalde, que me acompañe y que me haga fuerte es lo que realmente me vuelve imparable. La soledad, entendida como aislamiento voluntario por ego o miedo, no es fortaleza; muchas veces es solo una falta de carácter disfrazada de independencia.

Estoy haciendo las paces con mi cerebro, con mi corazón y con el resto de mis órganos. Los necesito saludables y funcionales para que el sentido de mi vida apunte hacia el lugar correcto. Una mente llena de dudas suele ser consecuencia de la falta de propósito. Por eso me esfuerzo en mantener presente que mi enfoque está puesto en virtudes más grandes, en herramientas y habilidades que me acerquen a un camino más amplio, más digno, más congruente con quien quiero ser.

Claro que me gusta escribir historias y que quiero hacerlo con mayor frecuencia. La escritura sigue siendo una forma de ordenarme. Pero también me gusta caminar, moverme, permitir que mis neuronas trabajen con claridad. Me motiva hacer dinero, sí, pero no con el objetivo exclusivo de enriquecerme. Quiero estabilidad para no padecer carencias y para poder derramar bendición sobre quienes me rodean. De nada sirve ser un multimillonario amargado y solitario, desconfiando de todo y de todos. Qué vida tan incómoda, qué forma tan triste de existir.

Obviamente tengo deseos. Por supuesto que anhelo posesiones. Hay objetos brillantes que llaman mi atención y no voy a fingir que no es así. Pero mis objetivos van mucho más allá de lo tangible, y eso debe convertirse en un mantra constante. No porque hoy tenga poco o mañana tenga mucho debo pensar distinto en ese sentido. Al final, de eso se trata: no de compensar carencias con objetos, sino de nutrir experiencias que nos conecten con algo más profundo.

Mi plan es convertirme en alguien extremadamente atractivo, generoso, virtuoso, talentoso, creativo y sabio. ¿Por qué? Porque, en el fondo del corazón, eso es lo que todos queremos. No estoy descubriendo el hilo negro de la existencia humana; solo estoy siendo honesto conmigo mismo. Nombrar lo que se desea también es una forma de empezar a caminar hacia ello.

Esto no es un comunicado ni una publicación pensada para el feed principal de mis redes sociales. Es algo público, sí, porque vive en mi blog personal, pero es ante todo un ejercicio de autoconciliación. Un pacto conmigo mismo que reconoce emociones, límites y errores, pero que también propone un deseo genuino de mejora. No desde la exigencia violenta, sino desde la coherencia.

En un mundo donde constantemente se nos bombardea con mensajes que nos recuerdan todo aquello que “nos falta” para ser suficientes, estoy eligiendo aceptar la realidad tal como es y, al mismo tiempo, rechazar el statu quo. Estoy convencido de que mi realidad no depende de lo que el entorno me imponga, sino de lo que yo haga con las herramientas que tengo a mi alcance. Sin miedo. Con responsabilidad. Y, sobre todo, con intención.



Quiero Ser

Por
 Que ignoremos nuestros límites nos hace pensar que, con un solo día de malos hábitos, las cosas cambian por completo. Como si el cuerpo fue...

 Una de las cosas que se me ocurrió hacer al entrar el año fue dar seguimiento a mis metas de una forma distinta. No más listas sueltas ni notas que se pierden entre capturas de pantalla. Quise algo más concreto, algo que pudiera acompañarme todos los días sin hacer ruido. Así que programé una pequeña aplicación para registrar el avance de mis metas. Nada sofisticado, nada que presuma. Simplemente un lugar donde dejar constancia de lo que hice, cuándo lo hice y cómo fui avanzando.

Porque no es lo mismo decir “leí 50 libros durante el año” que ver, uno por uno, los títulos que pasaron por mis manos. No es lo mismo recordar vagamente que “escribí algunos textos” que poder señalar los días exactos en los que decidí expresar mis ideas aunque no tuviera ganas. Hay algo poderoso en ver el camino completo. No solo el destino, sino las huellas.

Además, saber qué día hice qué me resulta fascinante. No por control, sino por contexto. Porque los días no son iguales. Algunos pesan más que otros. Algunos pasan casi sin dejar rastro, y otros se quedan grabados por razones que en su momento no entendemos. Registrar eso no es vigilarse, es observarse con curiosidad.

Aunado a lo anterior, tener una herramienta configurable para algo así me encanta. No porque sea tecnología, sino porque me invita a usarla. Me obliga, de cierta forma, a justificar su existencia. Si la construí, que sirva. Si está ahí, que tenga sentido. Y en ese pequeño compromiso diario hay algo valioso: una excusa para aparecer.

También ayuda mucho tener una representación gráfica de ese avance. Ver una línea que sube despacio, ver puntos que se acumulan, ver espacios vacíos. Todo eso dice más que un número final. Es un recordatorio silencioso de que el progreso no siempre es parejo, pero sí acumulativo. Que incluso los días pequeños cuentan. Que incluso los días torcidos forman parte del dibujo.

Mi frase para iniciar el año es la siguiente. La anoté en el pizarrón de mi cuarto, con plumón negro, como si fuera un acuerdo firmado conmigo mismo:

“Acepta y perdona las fallas del Pasado. No te obsesiones ni te abrumes por el Futuro. Da pasos firmes que te mantengan estable en el Presente”.

No es una frase motivacional en el sentido tradicional. No promete nada extraordinario. No habla de éxito ni de victorias. Habla de equilibrio. De estar. De sostenerse.

El enfoque tiene que estar en el Presente, porque es muy fácil volver a caer. Me ha pasado. Y cuando pasa, la sensación es pesada. No dramática, pero sí densa. Como si todo se desacomodara al mismo tiempo. Pensamientos que se atropellan, pendientes que crecen, decisiones que se postergan. El cuerpo lo siente antes que la cabeza.

Vivimos en un mundo que ofrece estímulos constantes. Todo compite por nuestra atención. Todo quiere ser urgente. Todo parece importante. Y en medio de ese ruido, perder el presente es sencillo. Basta con mirar demasiado atrás o adelantarse de más. Basta con compararse, con imaginar escenarios, con cargar culpas o expectativas que no están ocurriendo ahora.

Estar pleno en el momento no es una postura filosófica elevada. Es una necesidad práctica. Es lo que evita que te disperses. Es lo que te permite responder en lugar de reaccionar. Es lo que te da piso cuando todo alrededor parece moverse rápido.

No se trata de vivir en una burbuja ni de ignorar lo que viene. Se trata de no abandonarse. De no dejar el cuerpo atrás mientras la mente corre. De no perderse en pensamientos que no exigen acción inmediata.

El dinero es importante. Negarlo sería ingenuo. Pero no es el centro de lo que estoy trabajando en mí. Es solo uno de los pilares de un conjunto de proyectos más amplio. Proyectos que no siempre se miden en cifras, pero sí en calidad de vida. En claridad mental. En descanso. En presencia.

Durante mucho tiempo pensé que avanzar significaba acumular. Más logros, más reconocimiento, más resultados visibles. Con la edad he entendido que avanzar también puede significar simplificar. Elegir mejor. Decidir con calma. Hacer menos cosas, pero hacerlas con más atención.

Todo esto converge en algo más grande: construir una versión más presente de mí mismo. Una versión que entiende que el tiempo es limitado, no desde el miedo, sino desde el cuidado. Una versión consciente de la muerte, no como amenaza, sino como recordatorio. Una que practica el descanso sin culpa. Una que avanza a su propio ritmo. Una que hace las cosas con amor, incluso cuando no hay aplausos.

Este texto también es una carta. Una carta de amor a mi yo de los años pasados. A los meses recientes que fueron difíciles. A las últimas semanas del año anterior, cargadas de cansancio y preguntas. A los días que, sin saberlo, dieron inicio a algo nuevo.

Es una forma de decirle: te veo. Entiendo por qué hiciste lo que hiciste. Entiendo las decisiones apresuradas, las omisiones, las veces que seguiste adelante sin detenerte a respirar. Entiendo el esfuerzo que te tomó llegar hasta aquí, incluso cuando no hubo resultados claros. Incluso cuando nadie lo notó.

Pero también es una invitación. Una invitación amable, no un reclamo. A mirar el entorno con ojos menos románticos. No para perder sensibilidad, sino para ganar claridad. Menos idealización, más observación. Menos expectativa, más creatividad. Menos autoengaño, más honestidad.

No todo tiene que ser épico para ser valioso. No todo proceso necesita una narrativa grandiosa. Hay días que solo consisten en cumplir con lo mínimo, y eso está bien. Hay semanas que parecen no avanzar, y aun así sostienen algo que más adelante hará sentido.

Mirar con realismo no significa resignarse. Significa elegir mejor dónde poner la energía. Significa reconocer límites sin convertirlos en excusas. Significa entender que el progreso no siempre se siente bien mientras ocurre.

Este registro de pasos, esta pequeña aplicación, esta frase en el pizarrón, no son el objetivo final. Son anclas. Recordatorios visibles de una intención. Formas de volver cuando la atención se dispersa. Maneras simples de decir: aquí estás, hoy hiciste esto, hoy estuviste presente de esta forma.

No busco perfección. Busco continuidad. No busco resultados inmediatos. Busco constancia. No busco una versión ideal de mí mismo. Busco una versión honesta, atenta y sostenible.

Si algo quiero aprender este año es a no irme. A no desaparecer en planes futuros ni quedarme atrapado en errores pasados. A estar aquí. A dar pasos firmes. A construir, día con día, algo que no dependa de una meta final para tener valor.

Y si en el camino fallo, si me distraigo, si me detengo más de lo esperado, que también quede registrado. No como evidencia de fracaso, sino como parte del trayecto. Porque incluso eso, visto con distancia, también cuenta.

Esto no es un manifiesto. No es una promesa. Es una conversación continua conmigo mismo. Una que espero sostener con paciencia, con curiosidad y con un poco de poesía cotidiana.



Goal Tracker

Por
 Una de las cosas que se me ocurrió hacer al entrar el año fue dar seguimiento a mis metas de una forma distinta. No más listas sueltas ni n...

 Buenos días. Ha comenzado un año más y vengo con ganas de expresarme después de un mes de ausencia. Estuve en casa de mis papás durante este tiempo. Decidí no llevarme la computadora personal conmigo (solo llevé la del trabajo) y ahora que he regresado, arrastro un leve desorden en cuanto a mis horarios de sueño. Normal después de tanto desvelo estando allá; espero recuperar mis hábitos saludables pronto. Al final, estos pequeños desajustes también funcionan como recordatorios de que el cuerpo pasa factura cuando uno baja la guardia, incluso en periodos que deberían ser de descanso.

Uno de mis propósitos de este año está enfocado en escribir al menos un relato corto al mes. No es una meta grandilocuente ni espectacular, pero sí honesta y sostenible. Y así, de ser posible, cuando lleve unos diez u once, colocarlos en una especie de antología. No como una publicación definitiva ni como un punto de llegada, sino como un registro tangible del proceso, de la constancia y de la disciplina creativa. Veremos qué ocurre; al final, escribir también es aprender a convivir con la incertidumbre.

Diciembre es un mes para recapacitar sobre lo que se ha conseguido en el año, para mirar con nostalgia a quienes se fueron y también para mentalizarse respecto a lo que viene; suelo utilizarlo para poner mis objetivos en orden y finalizar aquellos que sea posible. Concluir ciclos, si se quiere ver de alguna forma. Es un mes extraño, cargado de silencios, balances internos y despedidas que no siempre se verbalizan. Un mes que invita tanto al recogimiento como a la proyección.

En los últimos años he alcanzado aproximadamente un ochenta por ciento de los propósitos que me he puesto al inicio de cada año. No todos se han logrado; algunos los he dejado atrás porque al final no fueron retos que de verdad me importaran. Supongo que así es la vida: muchas de las intenciones y deseos que tenemos pueden diluirse porque no son para nosotros, porque son caminos que no nos corresponde andar, aunque en nuestra necedad y necesidad a veces nos empeñamos en seguir dando pasos en el sentido erróneo. Es nuestra mente traicionera, tal vez, la que nos hace confiar en nuestras capacidades cuando son demasiadas las variables que deciden qué y qué no nos será posible. Aprender a soltar, en ese sentido, también es una forma de madurez.

Dicho lo anterior, me gustaría dar la bienvenida a un año más, con el ánimo de que sea un año favorable y benevolente. Que las cosas en el trabajo resulten positivas; que al final me liberen del proyecto que drena mis energías y, en lugar de eso, pueda explorar y explotar habilidades sin acabar harto y exhausto cada día; que se me permita proponer y realizar, que tenga la oportunidad de aprender y estudiar. Más que ascensos o reconocimientos, deseo espacios donde el crecimiento no sea una palabra vacía, sino una práctica cotidiana.

Es verdad que la llegada de las IAs resulta aterradora cuando pensamos en el número de empleos que puede llevarse consigo. La velocidad del cambio abruma, y la sensación de reemplazo es difícil de ignorar. Sin embargo, es una tecnología que llegó para quedarse y, así como las calculadoras o las computadoras en su momento, hemos de aprender a convivir con ella sin demonizar el avance tecnológico que representa. Es probable incluso que nos sirva para mejorar las condiciones de vida y la manera en la que producimos, siempre y cuando exista criterio, regulación y ética.

En un mundo ideal, esperaría que la existencia de herramientas tan poderosas nos permita, como humanos, disfrutar, explorar y expandir nuestra individualidad y nuestras características artísticas; además de conectar con otros y empatizar con un mundo donde el acceso al futuro esté más democratizado. Que la tecnología no nos quite humanidad, sino que nos obligue a redefinirla y a protegerla con mayor conciencia.

Es utópico pensar así, lo sé; porque estamos experimentando días de formidable tecnología a precios irrisorios, a cambio de darle acceso y jerarquía a modelos avanzados sobre una inmensa cantidad de información. Información que, sin afán de leerme paranoico, puede en cualquier momento caer en manos equivocadas o ser utilizada con malicia. La historia reciente nos ha enseñado que todo avance conlleva riesgos, y que el problema casi nunca es la herramienta, sino la intención detrás de su uso.

Pero, en fin, no vengo a quejarme de la tecnología ni del hecho de que es muy probable que muchos de nosotros perdamos empleos como consecuencia de su uso indiscriminado o dinero por el simple reventar de la burbuja; mi plan aquí es aceptar mi tarea y prometer que, en lo que se encuentre dentro de mi alcance, actuaré con responsabilidad. Y sí, claro que voy a seguir utilizando cualquier producto que mejore y haga más eficiente nuestro estilo de vida, pero trataré de priorizar de ahora en adelante mi propia existencia, mi plenitud y la de quienes me rodean.

Porque este mes fuera me enseñó que descanso mucho menos de lo que debería, y que no importa cuánto uno se entregue al trabajo: somos simples números destinados a producir hasta que dejamos de hacerlo y terminamos desechados, pues pertenecemos a un sistema insaciable. Reconocer esto no es pesimismo, es lucidez. Y desde esa lucidez, tomar decisiones distintas se vuelve no solo necesario, sino urgente.

Hablando de sistemas, estoy planeando mejor mis días y semanas a partir de seguir uno que me ayude a gestionar mis recursos —tiempo, dinero, energía—. Entender que estos recursos son finitos cambia la manera en la que uno se relaciona con ellos. Dentro de poco emplearé a alguien más que me ayude en casa; sigo resolviendo pendientes y organizando el tema financiero, pero ese punto lo tengo ahí, en espera. Deseo que alguien se haga cargo de mantener la casa en orden mientras yo me dedico a producir cuando esté aquí, sin sentir que todo recae sobre mis hombros.

También es saludable la compañía, porque estando uno solo es muy fácil caer en el círculo vicioso de la autocompasión por la soledad. La presencia de otro, incluso en silencio, puede ser un ancla a la realidad y un recordatorio de que no todo se resuelve desde el aislamiento.

Otro de los cambios que tengo para el periodo que sigue es que he dividido en niveles los propósitos que me he planteado. Así, por ejemplo, un sueño que tengo para “no sé cuándo” lo convertí en una serie de pasos anuales, mensuales y semanales que harán ese sueño posible en un futuro próximo. A veces la obsesión por una meta en específico provoca que olvidemos lo indispensable que es el trayecto para que sea alcanzable, y es por eso que también reduje el número de objetivos. Menos metas, pero más claras; menos ruido, pero más dirección.

Así pues, si mi meta es ahorrar mil pesos y consigo ahorrar cien pesos cada mes, al final del año la habré cumplido. Parece simple, pero en esa simplicidad reside la constancia, y en la constancia, el verdadero cambio. Aprender a celebrar los avances pequeños también es una forma de cuidar la motivación.

En resumen, este año deseo poder amarme más y ser bendición para quienes me rodean. Lograr construir una versión un poco mejor de mí y aprender a utilizar con excelencia cualquier herramienta que esté a mi disposición. Mejorar en cuanto a salud, finanzas, caballerosidad, productividad, creatividad, conocimiento y relaciones. No como una lista de exigencias, sino como áreas vivas que merecen atención y respeto.

Sin más, espero que tengamos un año repleto de dicha, paz, belleza y felicidad. Que nada nos falte y podamos ver avances en nuestros proyectos de vida. Que el cielo, el mar, el silencio, las noches, los días, las estrellas, las nubes, el sol, los árboles, los animales y la naturaleza nos acompañen y estén presentes en nuestra existencia.

Que este año no pase por nosotros: que nos atraviese, nos sacuda y nos obligue a vivir con intención, porque el tiempo no se recupera y la vida no admite borradores. Que sea un hermoso año.



Enero 2026

Por
 Buenos días. Ha comenzado un año más y vengo con ganas de expresarme después de un mes de ausencia. Estuve en casa de mis papás durante est...

 En un mundo acelerado donde todos, sin excepción, parecen tener la necesidad inminente de demostrar valía, ser un revolucionario intelectual implica darte el tiempo para pensar, aceptar que los errores son responsabilidad personal, aprender a llevar lo que te toca, tranquilizarte cuando te sientes tentado por nuevas ofertas y contemplar la belleza donde no suele ser vista. A veces tendrás que levantarte a las cinco de la mañana un sábado y empezar a escribir lo que sientes a modo de resumen semanal, como un acto de honestidad contigo.

Venía viviendo con la intención de mejora continua, poniéndome objetivos claros, cada vez más agresivos, y entonces me pregunté para qué, de verdad, para qué. Citando mi frase favorita de Fight Club: “Nos compramos cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a gente que no nos importa.”

Hace tiempo dejé de perseguir esa carrera sin sentido. Reconocí que no todos van a encontrar valor en mí, y eso está bien. Comprendí que debía dejar ir a las personas que quisieran alejarse de mi vida sin dramatizar, y que las posesiones no definen el valor de nadie. Sí, es cierto que algunas cosas son necesarias para el funcionamiento de la existencia y que otras brindan comodidad. Pero fuera de esos dos parámetros, cualquier cosa adicional es un extra superficial.

Y con eso no busco afirmar que lo material carece de utilidad. Cada quien es libre de poseer lo que pueda y quiera tener. No hablo desde un sermón anticonsumista que me queda grande, al contrario: me conozco y sé que mis gustos pueden ser costosos. Hablo desde la lógica del apego. Para mí, en este momento de mi vida, las pertenencias o son funcionales o son un adorno. Y si solo adornan, entonces no deberían llegar a convertirse en sobrecarga emocional, económica o espiritual.

Abrazar el minimalismo y la austeridad sin caer en extremos enfermizos resulta liberador. Decir “no necesito más allá de unos cuantos pesos para sobrellevar mis necesidades diarias, y lo que venga después es un detalle que embellece mi existencia” me ha puesto las cosas en perspectiva. No se trata de volverte tacaño ni de dejar de ser generoso. Quiero que quede claro: se puede vivir ligero sin obsesionarse con economizar hasta en el jabón del baño. Porque nada hay más alejado del minimalismo que el amor al dinero. Lo que busco es sentirme pleno con lo que tengo y con lo que puedo permitirme, sin aflicción, sin envidia, sin FOMO, y sin ambiciones absurdas que solo llenan vacíos con ruido.

Quizá es parte de madurar darte cuenta de que no necesitas hacer una y mil cosas que todo mundo presume en redes. Tal vez es consecuencia de haber marcado una distancia necesaria con respecto a la vida digital que solía drenarme. Quizá es solo que las tendencias dejaron de importarme.

En el trabajo me preguntan si estoy preocupado porque una nueva generación de empleados, además de la inteligencia artificial, está ocupando los puestos que antes eran de perfiles como el mío. La verdad: no. La vida es una suma de ciclos. Aunque busques permanencia, hay momentos en que no te van a respetar ni valorar. Puede llegar el día en el que un jefe diga “prefiero al Junior que cobra una fracción de tu sueldo”, y ni modo. Así funciona el capitalismo: generar más, gastar menos, explotar los recursos mientras dure la oportunidad.

¿Y qué pasará conmigo ahora que puedo quedarme sin trabajo de nuevo?
No lo sé.

De momento ni siquiera tengo fecha de salida, nadie me lo ha comunicado. Pero estoy en paz. Y eso es lo crucial.

En estos días hice algo que me tiene escribiendo con otra mentalidad: recorrí un mes mis propósitos del año. En lugar de enero a diciembre, mi ciclo ahora es de diciembre a noviembre. ¿Por qué? Porque diciembre suele percibirse como cierre, descanso prematuro, autocomplacencia disfrazada de “me lo gané”, una invitación a la flojera que posterga sueños. Es un truco psicológico que se convierte en autoengaño. Y así empezamos enero con entusiasmo y conforme avanza el calendario, las metas se diluyen. Yo tampoco he sido ajeno a esa dinámica.

Así que decidí jugar diferente esta vez: mi mes extra de motivación será diciembre. Cuando todos se rindan, yo estaré trabajando en mí. Falta ver qué tal funciona cuando llegue noviembre del año que viene, pero tengo una buena sensación.

Me alegra haber alcanzado algunos propósitos del año actual. Otros siguen en proceso, más complejos de lo que imaginé. Pero volví al hábito de leer un libro a la semana, lo cual me ayuda a rescatar espacios diarios que antes regalaba a las redes sociales. Ha habido metas que no logré y, en vez de frustrarme, tomé decisiones: avanzar con lo que aún me sirva y soltar lo que ya no aporta sentido.

Para este nuevo periodo decidí reducir mis propósitos a siete. Uno por cada área esencial que considero importante en mi vida. Son metas menos grandilocuentes, pero más conscientes. No busco presumir nada ni vivir bajo presión. Solo crecer de forma que tenga sentido para mí.

Y así, cada meta, cada plan, cada hábito, cada intención y cada responsabilidad termina consolidándose como una pieza de mi identidad. Algo que me representa como ser humano que intenta actualizarse sin negar sus sombras. Alguien que reconoce sus errores y su egoísmo. Que es consciente de sus defectos, de sus vacilaciones, de la manera en que puede fallarse a sí mismo sin darse cuenta. Pero también alguien que sabe que, en medio del caos, del colapso informativo y de la velocidad absurda con la que gira el mundo, todavía vale la pena sentarse en una banca del parque, respirar hondo y mirar el presente.

Tomar una foto a mis propios pies, jugueteando con el pasto y la tierra. No para intelectualizar el instante ni convertirlo en discurso motivacional. Sino para recordar lo que nos vuelve humanos: el suelo que pisamos, las victorias y derrotas pasajeras, la vida que pasa sin pedir permiso, la conexión con este universo que compartimos, incluso cuando sentimos que vamos solos.

Porque estar vivo ya es un proyecto enorme. Y vale la pena registrarlo.
Quizá la verdadera revolución sea aprender a ser menos y vivir más.