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 Lo fácil que uno se desenamora. Bastan un par de minutos para dejar de pensar en alguien. Para abandonar la ilusión, para dejar atrás aquello que pensaste que podía ser para ti. Y está bien. Es bueno poner los pies en el lugar que les corresponde.

A mí un día me pueden tener comiendo de su mano y, al siguiente, hacerme sentir que no fui valorado. O puedo ser yo mismo quien se hunda en el miedo a la pérdida y la desolación, como si algo hubiera existido previamente, cuando no hay nada. Nada se pierde.

Porque al final nunca se trata solo de la otra persona. También se trata de las decisiones que uno tomó mientras construía esa ilusión.

Todas las decisiones, sean malas o buenas, tienen consecuencias. En mi caso, la mayoría han sido errores, lo reconozco. Engaños, falta de visión, convicciones débiles, cosas así.

Pero al final no se trata de autodestruirnos, aunque a veces esa impresión nos pueda dar; se trata de seguir con tu vida, recuperarte de los golpes, ejercitarte como herramienta de supervivencia. Porque resulta demasiado fácil cometer errores, caer en las trampas que la existencia pone frente a nosotros, dejarnos caer y sentir que ya no quedan fuerzas para continuar.

Es normal un día despertar y no querer sufrir más. Darte cuenta de que nunca has sabido cómo vivir. Comprender que no eres más que un títere de las circunstancias y los contextos. Que nada ni nadie va a venir a salvarte. Eso es cierto. Y duele.

Duele tener que ser uno mismo quien, de entre los restos, reclame su propia energía, su capacidad intelectual, su liderazgo, su valentía, su amor propio, su espiritualidad y las habilidades con las que alguna vez creyó poder construir una vida.

Es duro sentirse confrontado por el ego, por las carencias y las limitaciones. Pero también es parte de vivir.

Me aflige ser víctima de los vicios. Saber que cuando he logrado superar uno, otro emerge de entre las sombras para apoderarse de mí. Eso me hace sentir como un insignificante pedazo de ser que se revuelca en la conmiseración de sus propias desgracias.

Como víctima de una pésima capacidad para seguir el camino correcto.

Y entonces no entiendo qué es lo que me sucede. Por qué, en la privacidad de mis condiciones, caer me resulta tan sencillo. Como si bloquear mis propias habilidades fuera parte de la currícula con la que aprendí a relacionarme con el mundo. Como si la única destreza que hubiera perfeccionado fuera desaparecer justo cuando más me necesito.



 Es la verdad: la vida no tiene una manera específica de vivirse. No existe un mapa que conecte los eventos que nos ocurren ni una secuencia de aventuras que, al completarla, nos garantice alcanzar tal o cual objetivo. A veces caes, casi de rebote, en el trabajo de tus sueños; otras, conoces al amor de tu vida mientras esperas tu turno en la fila del súper. La existencia parece sostenerse sobre una sucesión de eventos fortuitos: algunos terminan siendo una bendición y otros, un rotundo fracaso.

Lo que sí nos corresponde, como individuos, es intentar mantenernos en una pieza el mayor tiempo posible. Porque las enfermedades, las dolencias, los malestares físicos, las cargas emocionales, las derrotas, las carencias y las consecuencias más difíciles suelen encontrarse a una sola decisión de distancia. Y, como mencioné antes, eso no significa que controlemos el rumbo de las cosas. Significa, apenas, que podemos decidir cómo habitamos el tiempo que nos toca vivir.

El recordatorio constante de que algún día vamos a morir es una de las pocas formas que conozco para entender que no somos tan importantes ni tan trascendentales como nos gustaría creer. Existe un miedo silencioso a no despertar mañana; a dejar pendientes los proyectos de nuestra lista, a no concluir esa visión personal que tanto trabajo nos costó construir, a ver caer un negocio o descubrir que el amor jamás quiso tocar nuestra puerta. Sin embargo, cuando uno contempla la vida desde esa perspectiva, entiende que casi todo eso ocupa un segundo plano. Al final, el único compañero que permanece desde el primer hasta el último día es nuestro propio cuerpo.

Por eso, todos los abusos de los que es víctima deberían convertirse, poco a poco, en hábitos saludables. Lo digo desde la experiencia. Vivir con neblina intelectual, deshidratación, hambre, sueño acumulado, falta de ánimo, frustración o simple necesidad de contacto humano es como intentar avanzar nadando contra la corriente. El cuerpo, igual que la mente y el corazón, necesita razones para estar bien. Necesita descanso, alimento, movimiento, afecto y momentos de calma. La vida es una sola; aceptar que no somos perfectos y tratarnos con un poco más de cariño termina siendo una de las formas más honestas de respetarla.

No quiero sonar fatalista; ya me conocen. Escribo desde una profunda sinceridad, desde el respeto por el valor humano, por la libertad emocional y por esa sobriedad prudente que tanto cuesta conservar. Porque es muy fácil caer en las trampas del ego, convencernos de que el mundo gira a nuestro alrededor o asumir que el futuro nos debe algo solo porque el presente ha sido amable con nosotros. Del mismo modo, también resulta fácil sentir que el Universo nos traicionó cuando nuestro origen ha estado marcado por la carencia, las penas o la falta de oportunidades. Ninguna de esas posturas alcanza a describir la realidad completa.

Quizá la respuesta sea mucho más sencilla. Somos mente, somos cuerpo y somos emociones; pero también somos un puñado de átomos que, por un instante diminuto dentro de la historia del Universo, decidieron permanecer juntos para experimentar eso que llamamos vida. Pensar en ello no debería hacernos sentir insignificantes, sino profundamente agradecidos. Porque, si todo esto es tan improbable, entonces cada conversación, cada abrazo, cada fracaso, cada oportunidad y cada amanecer poseen un valor difícil de medir.

La tesis de hoy es sencilla: vive agradecido, no contrariado.

Aceptar que vivimos en un mundo donde la soledad parece estar más presente que nunca, incluso mientras acumulamos conexiones; donde mirar a alguien a los ojos comienza a sentirse extraño; donde un abrazo casi siempre llega después de una tragedia; y donde decirle algo bonito a otra persona parece necesitar una justificación, es aceptar también que todavía podemos elegir actuar distinto. Tal vez las personas olvidaron que son valiosas por el simple hecho de existir. Tal vez nosotros también lo olvidamos de vez en cuando. Por eso vale la pena recordarlo: antes de cualquier logro, antes de cualquier fracaso y antes de cualquier explicación sobre el sentido de la vida, seguimos siendo seres humanos intentando atravesar el mismo misterio.



 Bloquea todo. Bloquea a personas. Bloquea sitios. Bloquea trayectos. Bloquea decisiones. Bloquea sueños. Bloquea recursos. Bloquea calendarios. Bloquea accesos. Bloquea todo lo que sea necesario bloquear para que logres conseguir lo que te has propuesto. La vida está repleta de pasatiempos y diversiones extremadamente costosos en términos de cualquier aspecto que se pueda consumir de ti.

Suena fatalista, porque lo es.

Vivimos en una época que romantiza tener todas las puertas abiertas, como si decirle "sí" a cualquier oportunidad fuera una señal de inteligencia o de libertad. Pero cada puerta abierta exige tiempo, energía, atención y espacio dentro de tu cabeza. Lo que casi nunca se dice es que cada "sí" también es un "no" silencioso a otra cosa que quizá era más importante.

El cambio cero de paradigma es precisamente aquel en el que decides dejar de dedicarle tu energía a elementos que la distraen, la desgastan o la maltratan. Eres tú, y lo que llevas puesto en términos de lo que no te puedes quitar de encima, lo único que te va a acompañar durante todo el trayecto. Sé tan egoísta como tengas que ser, no caigas en represalias ni en intentos de chantaje.

Porque no todo merece una explicación. No toda invitación merece una respuesta positiva. No toda persona merece acceso permanente a tu vida. Aprender a cerrar puertas es tan importante como aprender a abrirlas. De hecho, sospecho que la mayoría de los cambios importantes que he vivido comenzaron exactamente así: renunciando antes de construir.

Fascínate por tu propia existencia. Gózate de lograr tus objetivos. Y sabes qué. Cállate cuando quieras. A nadie le importas tanto y a nadie debes de importarle, en realidad, más que a aquel que te mira en el espejo. Existe una tranquilidad enorme en dejar de justificar cada decisión que tomas. No necesitas convencer a todos de que vas por el camino correcto. La mayoría está demasiado ocupada viviendo su propia vida como para seguir con atención la tuya.

Ámate, siéntete orgulloso por el camino que has andado, ve con esperanza hacia el futuro, enfócate en construir lo que quieres de ti, y deja de llorar por las cosas que salieron mal; a fin de cuentas, todos cometemos errores. Algunos pequeños, otros monumentales. Algunos nos cuestan dinero, otros amistades, otros años completos. Pero ninguno de ellos tiene por qué convertirse en tu dirección permanente.

No vivas intentando justificar todo lo que haces. La impulsividad existe aquí y en China, es sabido que la vulnerabilidad es parte de nuestra esencia. Habrá días en los que tomarás malas decisiones simplemente porque eres humano. Habrá otros en los que ni siquiera entenderás por qué actuaste como actuaste. No desperdicies demasiado tiempo intentando fabricar una versión perfecta de ti mismo; dedica ese tiempo a construir una versión más consciente.

Sigue creciendo. Continúa avanzando. Mantén tu visión clara y tu mente concentrada. No porque el mundo vaya a recompensarte inmediatamente, sino porque la disciplina tiene una extraña costumbre de devolver intereses compuestos. Los pequeños actos que hoy parecen insignificantes terminan convirtiéndose en el carácter con el que enfrentarás los problemas de mañana.

Te vas a equivocar, de verdad, muchísimas veces. Vas a querer renunciar, caerás en vicios y trampas, serás confiado y abusarán de eso. También habrá días en los que pensarás que todo el esfuerzo ha sido inútil. Respira y sigue caminando. Ya has sobrevivido a versiones de ti mismo que juraban no poder hacerlo.

Y cuando llegue el momento de volver a bloquear algo, hazlo sin culpa. Hay personas, lugares, hábitos, conversaciones y pensamientos que no necesitan una despedida elegante; únicamente necesitan dejar de ocupar espacio. No porque los odies, sino porque aprendiste que proteger tu paz también es una forma de construir tu futuro.

Al final, la vida no se trata de mantener todas las posibilidades abiertas. Se trata de conservar abiertas únicamente aquellas que te acercan a la persona que decidiste ser.



Bloquea Todo

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 Bloquea todo. Bloquea a personas. Bloquea sitios. Bloquea trayectos. Bloquea decisiones. Bloquea sueños. Bloquea recursos. Bloquea calendar...

 Nos han querido vender la idea de que el éxito proviene de no cometer errores, de mantenerse siempre en un camino de integridad y decisiones correctas. Pero la realidad es otra: todos, sin excepción, estamos llenos de fracasos, tropiezos y malos ratos. La diferencia no está en quién cayó menos, sino en quién fue capaz de levantarse una vez más para continuar el camino que decidió recorrer.
Aceptar. Arrepentirse. Agradecer. Avanzar.

Me gustó ese párrafo como introducción a éste texto, porque sirve como enganche para elaborar el significado de cada una de esas cuatro palabras:

Aceptar:
Es reconocer la realidad sin maquillarla, es abrazar la imperfección que nos hace humanos desde un profundo grado de comprensión. Nadie brilla por sí solo, ni siquiera los diamantes llegan a nuestras manos sin haber estado rodeados de impurezas y sometidos a una enorme presión.

Arrepentirse:
Es asumir la responsabilidad de tus acciones, de tus decisiones, de lo que sea que hayas vivido y determinarte a hacerlo mejor. Es voltear tu rostro hacia una ruta definida y empezar a andar en la dirección correcta. Es sacarle las vueltas a la tentación, y demostrar un verdadero cambio de conducta.

Agradecer:
Es encontrar el valioso aprendizaje incluso en medio del fracaso. Es extraer lo bueno de cualquier condición y circunstancia y utilizarlo como punto de referencia para continuar hacia tus objetivos, es sentirte satisfecho tanto por las puertas que se te han abierto como por aquellas que nunca tuvieron intención de abrirse para ti.

Avanzar:
Es el acto de no quedarse quieto, viviendo en el error o dejándote absorber por el fracaso como si esa fuera la definición de tu existencia. Es experiementar la vida como un montón de opciones y oportunidades que se abren en el horizonte, no como una sentencia perpetua de encarcelamiento.

Cuando un cerebro está bien nutrido, y un cuerpo saludable es la representación de todo los hábitos en su conjunto, la vida empieza a verse más colorida, las cosas cobran sentido, las esperanzas crecen y proliferan las bondades en nuestro entorno. El brillo no aparece cuando intentamos pulir todo lo que nos rodea. Aparece cuando aceptamos ser partidos, trabajados y pulidos nosotros mismos. Solo entonces descubrimos cuánto éramos capaces de reflejar la luz que siempre estuvo ahí.



 Vamos a hablar desde la sinceridad el día de hoy. Ha sido una temporadita que no encuentro la manera de dejar atrás. Entre desveladas muy duras y malas dinámicas alimenticias, aunque no he caído realmente en abusos con respecto a la nutrición, sí he sentido ese "faltante" que me lleva a recapacitar al final del día. Luego está el hecho de que, no sé por qué, me cuesta trabajo cerrar algunas puertas que recientemente abrí. Conexiones con gente que no me beneficia en absoluto y que preferiría mantener a distancia. Y la actitud de descaro ante la pérdida de una relación laboral. Les digo, es un cúmulo de circunstancias, una intensificación de debilidades.

Considerando lo anterior, resulta lógico caer enfermo por falta de energía y defensas; es el resultado de la suma de hábitos y descuidos continuos. No estoy aquí justificando nada, ni moralizando mi actuar con la intención de verme bien.

De hecho, anoche sentí que me vulnerabilicé de más, porque expresé sentimientos desde la frustración y la fatiga, en lugar de reaccionar a tiempo. Al final, a eso de las cuatro de la mañana, sin haber dormido un solo segundo hasta ese momento, empecé a restaurar los escudos que me protegen de caer en hábitos innecesarios. Porque eso es lo que son: hábitos. A pesar de que apenas lleve dos semanas cayendo en ellos.

Y digo lo anterior con la finalidad de dejar constancia de que lo sigo intentando, de que toca volver a revestirme de armas para sobreponerme a todo aquello que me fastidia la existencia. Me interesa aislar mi entorno de la toxicidad y mantenerme alejado de lo que representa un riesgo, porque, al final, la lucha contra aquello que constantemente te hace caer no se gana de forma frontal, sino alejándote.

Ser consciente de tus límites y defectos te vuelve, en cierto sentido, más sensible al entorno; pero, más importante todavía, a lo que llevas dentro de ti. Identificas las raíces de la amargura, la podredumbre provocada por tus miedos, la insatisfacción y la alienación que una confianza diezmada deposita sobre tu cabeza.

Pero ser consciente de ello no lo es todo, porque juzgarse a golpes contra el metal no consigue nada. Se trata de darle sentido a la experiencia y utilizar correctamente cualquier herramienta que sirva para fortalecer tu autonomía. Las tentaciones van a seguir ahí. Los vórtices de perdición aparecerán a lo largo del camino. Y lo peor es que dejarse absorber es de las cosas más humanas que existen; recuperarte es donde se encuentra el verdadero reto. Fácil, para nada. Sin embargo, existen maneras de volver a levantarse y seguir caminando.