Es Sábado

 Es sábado. Olvidé continuar con la escritura que dejé inconclusa. Estoy de nuevo en el café, llevo veinte minutos esperando a alguien que necesita una consulta. No es un cliente, es un caballero que una vez estaba hablando de IA aquí mismo, y le di un par de consejos, pero parece que a partir de ese momento me agarró de guía espiritual en lo referente a IAs. No me molesta, suelo venir casi diario, y por lo general ocupo las mañanas de los sábados en el café, así que suelo citarlo aquí, a éstas horas, éste día en particular. Aunque, asumo que hoy lo olvidó. Como dije, no me fastidia en absoluto. La vez pasada que habíamos acordado me quedé dormido y no me presenté, así que en cierto sentido, estamos a mano.

Tengo la impresión de que escribir no tiene el efecto y poder que tenía antes sobre mí, aunque, como detalle específico, el valor más crucial de la actividad es dejar en un sitio aquello que desborda de mi mente, aquello que me quita el sueño por las noches o lo que mantiene a mi cuerpo en una constante sensación de alerta. Es un escape intelectual a mis ideas, al estrés, a los eventos del presente y futuro que se transofrman en ansiedad si no los saco, tengo que dejar ir muchas dudas, miedos e inseguridades.

Pues aquí estamos todos juntos, jugando a sentirnos grandes, en un mundo que se vuelca en caída libre a un precipicio sin fondo. Intentamos mantenernos en pie, cuando a decir verdad, todos nos venimos arrastrando desde años atrás. Porque los eventos cataclísmicos del enfermo mundo al que pertenecemos están a la orden del día bombardeándonos como constantes alarmas de colores chillantes justo frente a nuestros ojos.

Es por eso que ser un idiota por lo general tiene sus beneficios. Porque no hay nada que te haga sentir abrumado, desconoces la preocupación, y tu empatía está muerta. Solo vives, o mejor dicho, navegas la vida, a modo automático, montado sobre los lomos de un monstruo que en tu insignificancia no tiene ni tendrá intención de hacerte daño alguno; mientras que quienes luchan contra el status quo, se deterioran y autodestruyen con tal de conservar su identidad, superando su estado de personaje no jugable.

Estoy por terminarme el latte que compré el día de hoy, ya desayuné; tengo la impresión de que no podré concentrarme en escribir mucho más estando aquí, pues en cualquier rato tendré que irme. Es cierto que dudo de mis capacidades de escribir algo con sentido, por eso mi elaborado plan de práctica para los meses en curso, para el año en que estamos.

Porque vivir de contemplación no es saludable, no es algo que quiera como evolución de mi existencia, y es lo que me cuesta dejar claro. La narrativa de "lo que sea" en la que trabajo de manera obsesa existe como la necesidad en mí de sobresalir sutilmente y anónimamente en un mundo en el que para destacar tienes que desnudarte en medio de la calle, o humillarte públicamente mientras despotricas de forma irracional. Pero a mí me encanta la comodidad de vivir entre las sombras, de no tener que dar cuentas a un público abundante.

Entre loros y demás mascotas, así percibo a la inmensa mayoría alrededor; y yo mismo sin tratar de ejemplificar lo que no soy. Solo soy un pensador, un enigmático analista, un amante del momento en el que la sabiduría me besa la frente con un destello de talento.

Me levanto al baño, saludo a Denisse en el camino. Volteo hacia el fondo de la barra. Han puesto una ventana en el café para entregar los pedidos a repartidores. Lo cual me parece excelente, porque nos ahorramos la mitad de la fila si dejamos de considerar los que solo vienen a regoger pedidos para llevar.

Tomé la decisión de no llevar el celular al baño conmigo nunca más cuando esté en entornos confiables. Vuelvo a mi lugar. Pasamos de lo banal y superficial en un par de días sin venir a vomitar palabras a algo un poco más mental y existencial. De cierta forma irónica, así funciona la existencia. A veces lo somos todo, estamos en la cima de nuestra identidad y logros, y otras, simplemente podredumbre y miseria.

Es un goce no tener que dar cuentas a nadie, quisiera estar ahí. Pero la conexión con el entorno es lo que nos brinda identidad, lo que fortalece nuestros principios y particularidades, lo que nos hace ser en escencia lo que somos, y estar donde estamos, ¿merecido? Es probable que no, una de cada muchas veces es en realidad cuando obtenemos algo por lo que trabajamos; son nuestros herederos los que disfrutan de los frutos del esfuerzo de una vida, o a veces ni ellos, sino completos extraños. Una verdadera carcajada del absurdo en nuestros rostros.

Reni se aproxima con una sonrisa en la cara. Me dice que si deseo que se lleve mi taza vacía. Le agradezco y se la entrego. No puedo seguir escribiendo ahora mismo. No aquí. Al menos ya no, porque me da pena hacer sobremesa en un lugar en el que he dejado de consumir.

Dos mil palabras, tres mil quizá, ya no sé cuántas llevo y tampoco qué poner aquí. No porque no tenga idea de dónde sacar palabras, sino que mi cabeza está dándole vueltas a los mismos conceptos. Quizá a eso es a lo que se enfrentan los que escriben, al bloqueo provocado por la necesidad de llegar del punto A al punto B sin tener que trazar decenas de circunstancias en el camino, es probable que las convicciones de los escritores al narrar un capítulo de una novela se vengan abajo y terminen cayendo en los vicios literarios comunes, en las tramas más simplistas y la aparición de fenómenos clásicos como el deus ex machina, la consecución de circunloquios o la imposibilidad de salir de sus laberínticas prosas.



 Es sábado. Olvidé continuar con la escritura que dejé inconclusa. Estoy de nuevo en el café, llevo veinte minutos esperando a alguien que necesita una consulta. No es un cliente, es un caballero que una vez estaba hablando de IA aquí mismo, y le di un par de consejos, pero parece que a partir de ese momento me agarró de guía espiritual en lo referente a IAs. No me molesta, suelo venir casi diario, y por lo general ocupo las mañanas de los sábados en el café, así que suelo citarlo aquí, a éstas horas, éste día en particular. Aunque, asumo que hoy lo olvidó. Como dije, no me fastidia en absoluto. La vez pasada que habíamos acordado me quedé dormido y no me presenté, así que en cierto sentido, estamos a mano.

Tengo la impresión de que escribir no tiene el efecto y poder que tenía antes sobre mí, aunque, como detalle específico, el valor más crucial de la actividad es dejar en un sitio aquello que desborda de mi mente, aquello que me quita el sueño por las noches o lo que mantiene a mi cuerpo en una constante sensación de alerta. Es un escape intelectual a mis ideas, al estrés, a los eventos del presente y futuro que se transofrman en ansiedad si no los saco, tengo que dejar ir muchas dudas, miedos e inseguridades.

Pues aquí estamos todos juntos, jugando a sentirnos grandes, en un mundo que se vuelca en caída libre a un precipicio sin fondo. Intentamos mantenernos en pie, cuando a decir verdad, todos nos venimos arrastrando desde años atrás. Porque los eventos cataclísmicos del enfermo mundo al que pertenecemos están a la orden del día bombardeándonos como constantes alarmas de colores chillantes justo frente a nuestros ojos.

Es por eso que ser un idiota por lo general tiene sus beneficios. Porque no hay nada que te haga sentir abrumado, desconoces la preocupación, y tu empatía está muerta. Solo vives, o mejor dicho, navegas la vida, a modo automático, montado sobre los lomos de un monstruo que en tu insignificancia no tiene ni tendrá intención de hacerte daño alguno; mientras que quienes luchan contra el status quo, se deterioran y autodestruyen con tal de conservar su identidad, superando su estado de personaje no jugable.

Estoy por terminarme el latte que compré el día de hoy, ya desayuné; tengo la impresión de que no podré concentrarme en escribir mucho más estando aquí, pues en cualquier rato tendré que irme. Es cierto que dudo de mis capacidades de escribir algo con sentido, por eso mi elaborado plan de práctica para los meses en curso, para el año en que estamos.

Porque vivir de contemplación no es saludable, no es algo que quiera como evolución de mi existencia, y es lo que me cuesta dejar claro. La narrativa de "lo que sea" en la que trabajo de manera obsesa existe como la necesidad en mí de sobresalir sutilmente y anónimamente en un mundo en el que para destacar tienes que desnudarte en medio de la calle, o humillarte públicamente mientras despotricas de forma irracional. Pero a mí me encanta la comodidad de vivir entre las sombras, de no tener que dar cuentas a un público abundante.

Entre loros y demás mascotas, así percibo a la inmensa mayoría alrededor; y yo mismo sin tratar de ejemplificar lo que no soy. Solo soy un pensador, un enigmático analista, un amante del momento en el que la sabiduría me besa la frente con un destello de talento.

Me levanto al baño, saludo a Denisse en el camino. Volteo hacia el fondo de la barra. Han puesto una ventana en el café para entregar los pedidos a repartidores. Lo cual me parece excelente, porque nos ahorramos la mitad de la fila si dejamos de considerar los que solo vienen a regoger pedidos para llevar.

Tomé la decisión de no llevar el celular al baño conmigo nunca más cuando esté en entornos confiables. Vuelvo a mi lugar. Pasamos de lo banal y superficial en un par de días sin venir a vomitar palabras a algo un poco más mental y existencial. De cierta forma irónica, así funciona la existencia. A veces lo somos todo, estamos en la cima de nuestra identidad y logros, y otras, simplemente podredumbre y miseria.

Es un goce no tener que dar cuentas a nadie, quisiera estar ahí. Pero la conexión con el entorno es lo que nos brinda identidad, lo que fortalece nuestros principios y particularidades, lo que nos hace ser en escencia lo que somos, y estar donde estamos, ¿merecido? Es probable que no, una de cada muchas veces es en realidad cuando obtenemos algo por lo que trabajamos; son nuestros herederos los que disfrutan de los frutos del esfuerzo de una vida, o a veces ni ellos, sino completos extraños. Una verdadera carcajada del absurdo en nuestros rostros.

Reni se aproxima con una sonrisa en la cara. Me dice que si deseo que se lleve mi taza vacía. Le agradezco y se la entrego. No puedo seguir escribiendo ahora mismo. No aquí. Al menos ya no, porque me da pena hacer sobremesa en un lugar en el que he dejado de consumir.

Dos mil palabras, tres mil quizá, ya no sé cuántas llevo y tampoco qué poner aquí. No porque no tenga idea de dónde sacar palabras, sino que mi cabeza está dándole vueltas a los mismos conceptos. Quizá a eso es a lo que se enfrentan los que escriben, al bloqueo provocado por la necesidad de llegar del punto A al punto B sin tener que trazar decenas de circunstancias en el camino, es probable que las convicciones de los escritores al narrar un capítulo de una novela se vengan abajo y terminen cayendo en los vicios literarios comunes, en las tramas más simplistas y la aparición de fenómenos clásicos como el deus ex machina, la consecución de circunloquios o la imposibilidad de salir de sus laberínticas prosas.



Seguir Leyendo

 Es miércoles. Amo los miércoles. Porque yo nací un miércoles. Analizaba el entorno y pensaba: "¿Qué tan difícil será escribir algo que no llegue a ningún sitio realmente, que no intente contar una historia, ni destaque un romance, que no hable de un crimen o de un evento fuera de lo ordinario? ¿Será posible escribir un texto, desde lo profundo de mi corazón en completa calma, mientras veo los coches pasar y la gente formarse por su próxima bebida en el café, conforme algunos llegan y otros se van sin significado alguno?"

Escribir se ha vuelto uno de los medios principales de comunicación conmigo mismo, con lo que ocurre en mi mente, con lo que observo de la vida, aunque no estoy aprendiendo tanto como me gustaría, más allá de eso, sigo cometiendo errores; y en lugar de condenarme he aprendido a lidiar con la fuerza en mi interior que me boicotea y me empuja a repetirlos. Pero como dije, no pretendo escribir de mí, ni de lo que hay en mi mente, que es un mundo de absurdismo y porquería mezclado con belleza y saber.

Doy un pequeño sorbo a mi latte. Veo hacia el exterior del negocio, allá al otro lado de la calle, una joven de pelo castaño paseando un golden retriever, imagino lo que pasará por su mente:

"Amo los perritos, me encanta mi trabajo. Además, me sirve caminar todos los días como ejercicio. Espera, espera, eres muy grande, no tires de la cuerda que me puedes tumbar.

Tu pelo es tan suave, y el color dorado lo hace brillar a la luz del sol. Dame un minuto, se metió una piedra en mi chancla. Acuérdame mañana utilizar los tenis de color blanco. Sí, esos tienen una suela con menos marcas, lo que hace más difícil que se me atoren piedras.

Ya está, hay que seguir. Eres un precioso cachorro."

Y sigue si andar. Así, sin más. Después, volteo hacia la gente que me rodea en las diversas mesas, junto a mí, por la parte de afuera del vidrio divisor, está un caballero clavado en su computadora. Seguramente se dio el día para trabajar desde aquí en lugar de tener que ir a la oficina, yo hice lo mismo, no lo juzgo. La vida adulta consta de instantes de concentración profunda por horas o quizá días de seguir secuencias automatizadas para cumplir con entregas, calendarios y horarios; se trata de voltear a ver al jefe a veces con respeto, otras con estima, unas más con asco, y seguir trabajando en lo tuyo. Porque al final somos eso, una aveja en una colmena que no puede descansar, no sabe cómo hacerlo.

¿En qué estaba? Ah, sí, el tipo de la computadora. Está bebiendo un café caliente, la laptop está conectada a la toma de corriente, que dicho sea de paso se dice receptáculo —desde que aprendí ese detalle se quedó calcado en mi cabeza—. Ve su celular, escribe otro poco. Se ve enfocado. Viste jeans de mezclilla y una hoodie de color negro, deberá tener unos cincuenta años, yo calculo. Después de hacer una llamada se ha empinado el resto de café que le quedaba.

Me ha interrumpido un guardia de aquí de la plaza, a mí y a quienes están dentro del café. Pregunta que si una Mitsubishi es de alguno de nosotros. No lo escuché la primera vez, porque estaba metido en la escritura, pero a la segunda vez, le presté atención a lo que salía de su boca y contesté viéndolo con una negativa de cabeza en completa seriedad.

¿Qué es la vida sino un sinfín de eventos que ocurren de manera lineal acompañados de sucesos pequeñitos de forma esporádica que no alteran un ápice lo que ocurre en la generalidad de las cosas?

Sigo. A mi izquierda, en la mesa contigua, una mujer, se ve cansada, fastidiada. Tiene una laptop de color rosa y un mouse externo de color azul rey. No sé para qué sirva contar esos detalles, pero como dije, yo estoy aquí para escribir y tú leyéndome. Su rostro, fatigado, con poco o nulo maquillaje, cabello teñido de rubio, quizá tenga cuarenta y cinco años, o al menos esa impresión me da. Trae un suéter de abuelita de color verde olivo, un pantalón de vestir negro de tela lista y una camisa blanca. En condiciones un poco más serias podría asumir que es oficinista, como la inmensa mayoría de godinez que trabajamos en la ciudad.

Llega más gente. Cuando tomé mi lugar, a penas habríamos cuatro clientes: dos afuera y dos dentro del establecimiento, ahora mismo, hay una fila de ocho personas, cuatro personas en la terraza afuera y dieciocho dentro. Dejaré de observarlos. O mejor dicho, dejaré de escribir de ellos. No me importan. Solo me referí a los dos que tengo más cerca en mis párrafos inciales.

Porque aquí no he venido a contar un evento en específico, ni a narrar algo que imaginé. Solo estoy dejando que mis manos fluyan sobre el teclado mientras las ideas dan vueltas a mi cabeza, de una forma lo más superficial posible, sin meterme a filosofar demasiado. Al café, le he dado dos tragos solamente, así que queda bebida para un rato e ideas para explorar.

Estoy aquí escribiendo en lugar de en la oficina porque de una forma poética hoy se desmantela el proyecto más grande en el que estaba trabajando, se llamaba D1. Se trataba de migrar toda la información de infraestructuras físicas pertenecientes al cliente, a entornos de nube. No los voy a asustar con terminologías que no entienden. Solamente tengo que decir que el cliente canceló el proyecto y prefirió desarrollar por cuenta propia esa infraestructura. Lo cual representó una pérdida muy grande para la empresa en la que laboro y mi muy probable despido dentro de poco tiempo.

Y por qué digo que es poético, porque hoy se celebran treinta y nueve años de que nací. Una parte de mí ha muerto junto a ese proyecto, lo puedo sentir. Sus ritmos de trabajo eran una pesadilla, el estrés que me provocaba una carga difícil de llevar. Pero aquí estamos, aquí seguimos y al final pudimos más que el proyecto que tantas veces intentó destruirnos y hacernos caer.

Otro trago. Tres ancianos se juntaron en una de las mesas de afuera, cada uno con su café del día en mano. ¿De qué hablará uno cuando llega a setenta u ochenta años? Espero tener amigos que quieran pasar tiempo conmigo a esa edad. Espero no estar encerrado en el abandono. O quién sabe, tal vez eso sea lo que más disfrute de tener la dicha de llegar a una edad similar.

Huelo muy bien. Hoy abusé de mi perfume con el doble de atomizaciones —Dior Sauvage—, y al pasar la mano frente al rostro para meditar un segundo, me hundí en el aroma. Ha sido mi perfume del diario los últimos diez años de mi vida, por lo menos. Acababa de llegar a la ciudad cuando asistí con un amigo a la plaza, y ahí nos lo presentaron. Tenía dinero conmigo o una tarjeta, no estoy seguro de recordarlo perfectamente, y solo sé que lo compré. Al igual que un par de camisas Calvin Klein que me terminaron robando en la lavandería. Ah, porque sí, toda mi ropa de ciertas marcas, la hacían perdediza en la lavandería. Pasó mucho tiempo antes de que comprara una lavadora para tener en casa y dejara de perder esas prendas.

Un anciano, con periódico en mano se ha sentado a dos mesas de distancia. Café del día caliente y croissant recién hecho. Se le ve animoso. Usa lentes. A esa edad, casi todos usamos lentes, seguro. Deberá estar rondando los ochenta y cinco años, fácil. Silba mientras lee, genial. Pero silba para sí mismo, una melodía casi imperceptible. Estamos en esto juntos, no se me harten. Una mordida más al pan.

A penas llevo mil trescientas palabras y mi plan es alcanzar al menos tres mil hoy. ¿Que qué es lo que estoy haciendo? ¿No es obvio? Estoy practicando la escritura. Poder escribir lo que sea y de cualquier cosa sin necesidad de un hilo narrativo específico, escribir de lo que veo, de lo que escucho, de lo que me rodea, de lo que me llama la atención, de los aromas, colores, emociones y sensaciones.

Sigo. Un amigo me mandó un meme, es la foto de un gato serio que dice a modo de ironía: "Si yo fuera Jesús no hubiera muerto por ninguno de ustedes". Es gracioso porque es cierto. Tener que morir por alguien más, por una sola persona, es el sacrificio máximo, cuánto más hacerlo por un montón de gente malagradecida, fea y despreciable en su mayoría.

Otro trago a mi café. Ya lo llevo a la mitad. Supongo que no podré llegar a mi meta de palabras aquí mismo. No importa. Le seguiré en casa. Además, la carga de mi computadora está cercana al trece por ciento, lo que se traduce en que a lo mucho aguantaré unos minutos más por acá.

El caballero que estaba trabajando al otro lado del cristal se prepara para irse. Se da prisa. Se bebe el resto de café de un trago (yo pensaba que ya se lo había terminado desde antes). Lanza el cargador, la computadora y el resto de artículos a su mochila, se levanta y se va. Ha dado tres pasos y otro señor ha llegado a ocupar su lugar. O apartarlo al menos.

Camiseta blanca, calvicie evidente, unos sesenta años de edad. Deja una cajetilla de cigarros, un encendedor Bic de color verde fosforescente, una gorra blanca y se mete a la cafetería. Le toca hacer fila. Pero no mucha, habrá una o dos personas antes que él solamente.

El reflejo del sol en el cristal de una camioneta Ford blanca que me queda justo de frente me empieza a fastidiar. A veces pasa eso cuando vengo de día al café, o las luces altas dándome de lleno en la cara cuando estoy aquí en la noche. Son situaciones habituales.

La carga de mi celular está al ochenta porciento. Al amanecer lo puse a cargar porque ya tenía planeado no ir a la oficna y en lugar de eso venir a escribir un rato. Tengo el chat de la empresa y la llamada con mi equipo en activo en la pantalla del celular, por cualquier notificación, llamada o mensaje que se presente. Hasta ahora, solo han sido mensajes para desearme un feliz cumpleaños. Se agradece. La verdad es que no creo que nos toque trabajar hoy, no creo que hagamos casi nada.

Tengo días con un grano en el cartílago entre las fosas nasales, y me da comezón, lo rasco, sangra un poco, y lo dejo en paz. Lo sé, lo sé, no debería estar escribiendo de esas cosas, pero estamos juntos en esto, ¿de acuerdo? Además no todo en la vida ocurre de nosotros hacia afuera, sino que gran perte de lo que importa pasa de nosotros hacia adentro.

Dos terceras partes de mi latte se han ido. Y me dio una sensación de somnolencia momentanea. Como cuando la claridad del día se refleja tan fuerte que te hace ver pedazos blancos. Es consecuencia del reflejo del sol que me encandila, sin duda. Estoy un poco molesto conmigo mismo, tengo que ser sincero. Porque a mi edad no he podido dejar de ir atrás de personas que hacen berrinche. Y ahí ando, queriéndoles hacer la vida más sencilla. Pero no me meteré a hablar de esos temas, no aquí, no ahora.

El señor junto al otro lado del vidrio a mí ha vuelto con un café en la mano y un vaso extra. Después de varias caladas a su cigarro, vi la razón de ser de ese vaso extra. Un cenicero.

A una amiga ya le dieron fecha oficial de despido, nos acaba de comunicar. El tres de febrero se va. Quisiera que me avisaran pronto a mí también. Ya me toca decirle "adiós" a la empresa actual, pero no me quiero ir con las manos vacías. Sin embargo, puede que ocurra, porque no me han dicho mi último día ni han coqueteado con la idea de forma directa todavía, aunque todos a mi alrededor en el país ya fueron liquidados, hasta mi jefe local. Como personajes de un shonen cayendo uno a uno en secuencia.

Estaba por cerrar la lap pero llegó una notificación de actualización de un programa, así que esperemos un poco más antes de salir de acá. Mientras, daré fondo a lo que me resta de café. Descargando actualización... Instalando y volviendo a abrir herramienta... Lo único que quiero es ver cuántas palabras llevo escritas antes de levantarme e ir a casa a seguirle. Me he terminado la bebida.

La señora rubia junto a mí se va. La actualización se ha instalado. Es mi hora de salir de aquí también. En un rato sigo escribiendo. Desde casa. Espero.



Es Miércoles

Por
 Es miércoles. Amo los miércoles. Porque yo nací un miércoles. Analizaba el entorno y pensaba: "¿Qué tan difícil será escribir algo que...

 Si tienes la oportunidad de ayudar a alguien dentro de tu gremio, hazlo. Esa ha sido una de las premisas que más temprano integré a mi vida y que, con los años, se volvió casi un reflejo. No siempre ha sido cómodo sostenerla. A veces he dejado ir oportunidades, en otras la competencia ha sido dura y he salido perdiendo beneficios concretos. Aun así, el gusto íntimo —casi silencioso— de saber que alguien alcanzó tal o cual cima y que, en algún punto de su historia, fui una de las manos que empujaron, nadie me lo quita. Ese gusto es real, y basta.

No se trata de una épica personal ni de una medalla invisible que uno se cuelga para dormir mejor. Es algo más simple y más profundo a la vez. Hay una satisfacción particular en saberse útil sin factura, en aportar sin reclamar crédito, en formar parte del trayecto de otro sin necesidad de aparecer en la foto final. Quizá sea una forma discreta de trascendencia, o quizá solo sea humanidad aplicada al día a día. En cualquier caso, funciona.

Digo todo esto porque hoy, estando en el café cerca de mi casa —uno de esos lugares que terminan por convertirse en extensión del pensamiento—, un exempleado me buscó. Fue barista ahí durante un tiempo y ahora está por tomar una oportunidad laboral que lo entusiasma y, al mismo tiempo, lo inquieta. Me pidió consejo. No desde la ingenuidad, sino desde la prudencia de quien sabe que está a punto de dar un paso importante y no quiere hacerlo a ciegas.

Le fui honesto desde el inicio: en esa empresa yo no he trabajado. No tenía experiencia directa que ofrecerle. Pero también sabía que tengo amigos que sí han pasado por ahí, personas confiables que pueden dar una guía más clara de lo que se vive del otro lado. Así que hice lo que estaba en mis manos. Le marqué a uno de ellos, le pedí contexto y perspectiva. Minutos después, tenía información valiosa que, a su vez, le compartí al que hasta hace un tiempo preparaba mi café con una sonrisa en la boca.

No hice nada extraordinario. No moví palancas ocultas ni forcé puertas ajenas. Solo conecté puntos. Aun así, me alegrará saber que mañana ese chico estará trabajando en Oracle. Me alegrará más si, con el tiempo, escala posiciones, cambia de empresa o encuentra un lugar donde su esfuerzo sea reconocido. La gente trabajadora me llena de orgullo. Tal vez porque sé lo difícil que es abonarse al mundo laboral cuando el entorno ofrece tantas tentaciones para optar por rutas más fáciles, más vistosas o más rápidas.

Porque trabajar de verdad implica postergar recompensas. Implica tolerar frustraciones, aprender en silencio, aceptar jerarquías que no siempre son justas y competir en escenarios que rara vez están equilibrados. Implica decir que no a muchas cosas atractivas en el corto plazo para apostar por algo que quizá rinda frutos más adelante. No todos están dispuestos a eso, y no todos tienen por qué estarlo. Pero cuando alguien sí lo hace, cuando insiste, cuando se prepara, cuando se presenta puntual al mundo aun sin garantías, algo en mí se inclina hacia el respeto.

A veces, sin embargo, esta postura me resulta contradictoria. Lo confieso. En mi entorno laboral veo escenas que no encajan del todo con la narrativa del mérito. Jóvenes ocupando puestos que antes pertenecían a empleados con años de experiencia, personas valiosas que son desplazadas por recortes, decisiones que se toman con una hoja de cálculo y no con una mirada humana. Y entonces pienso: ¿por qué no dar trabajo a todos?, ¿por qué insistir en recortar cuando hay talento disponible?, ¿por qué sacrificar experiencia en nombre de la eficiencia?

La respuesta, aunque incómoda, es conocida. Vivimos en un mundo donde la competencia lo permea todo, donde el factor económico suele ser el juez final. El hecho de que tú cobres mil pesos por una actividad que otro hará por cien basta para volverte prescindible. No importa la experiencia acumulada ni la capacidad para evitar conflictos gracias a los años recorridos. No importa el criterio que solo se forma después de haber visto caer varios proyectos. En muchos casos, el costo pesa más que el valor.

Así funcionan las cosas hoy. No existe una lealtad real ni una empatía estructural por parte del sistema capitalista hacia el individuo. Las empresas no nos quieren: nos usan. Tenemos valor mientras producimos. Dejamos de producir y nos convertimos en una carga. En el mejor de los escenarios, dependemos de apoyos mínimos del Estado; en el peor, quedamos fuera del radar. La sociedad, como conjunto, tiende a apartar y aislar a quien deja de ser funcional para sus fines.

Esto no lo escribo desde la victimización ni desde una superioridad moral fingida. Sería deshonesto hacerlo. Yo mismo me beneficio del sistema que critico. Vivo dentro de él y, en cierta medida, gracias a él. Tengo gustos que no oculto y aspiraciones que requieren estabilidad económica. Me interesa una vida citadina tranquila, y para sostener algo así en medio del caos —la sobrepoblación, la escasez de recursos, la explotación constante— es necesario ocupar un lugar al menos un poco privilegiado dentro del esquema.

Me atrae la mujer bonita y con un cuerpo trabajado. Me gustan los gadgets. Disfruto que mi tercer lugar sea un Starbucks a dos cuadras de casa por las tardes. Valoro vivir a distancia caminable de mi oficina o, mejor aún, no tener que salir de casa para producir. Me gusta rodearme de tecnología y que mi fuente de ingresos esté vinculada a la modernidad, no al desgaste físico ni al azar. Todo eso tiene un costo y una posición implícita dentro del sistema.

Por eso no me excluyo del grupo de los capitalistas, aunque sea uno austero. La ostentación no es lo mío, pero la comodidad sí. No me interesa acumular por acumular, pero tampoco romantizo la precariedad. Creo en una vida digna, con margen para el placer cotidiano y el descanso mental. Y sé que esa vida no se construye desde la negación del sistema, sino desde una negociación constante con él.

Tal vez ahí está la clave de todo lo anterior. Ayudar cuando se puede no es un acto revolucionario, pero sí es una forma de resistencia mínima. No cambia las reglas del juego, pero humaniza las jugadas. No derriba el sistema, pero amortigua su impacto en trayectorias individuales. En un mundo que mide valor en números, ayudar a otro a avanzar es recordar que seguimos siendo personas antes que recursos.

Y quizá eso baste. No para salvarlo todo, pero sí para salvar algo. A alguien. A veces, con eso alcanza.



 Tengo que escribir algo porque se me termina el tiempo. No es una frase dramática ni un recurso literario: es una constatación práctica. El tiempo se acaba porque el día avanza, porque los pendientes no esperan, porque la energía se dosifica mal y casi nunca alcanza. ¿Qué sucede aquí? ¿Por qué hay autores que lanzan palabras y frases sin cansancio, con una coherencia que parece natural, mientras que otros, por el mínimo estrés, caemos en bloqueos creativos que no solo detienen la escritura, sino que erosionan la confianza?

No siempre es silencio lo que aparece cuando uno se bloquea. A veces es saturación. Una acumulación de ideas mal ordenadas, de intuiciones que no encuentran estructura, de frases que prometen algo y se deshacen antes de llegar al punto. Uno se sienta frente al texto y siente que todo está ahí, pero nada se deja tomar. Esa sensación es peor que la página en blanco, porque expone una incapacidad que no es falta de contenido, sino de acceso.

En ese estado es fácil mirar hacia afuera. Comparar. Medir el propio ritmo con el de otros. Hay quienes publican sin pausa, quienes parecen no agotarse, quienes transforman cualquier experiencia en material legible. Uno, en cambio, tropieza con lo cotidiano, se atasca con lo mínimo, siente que cualquier desviación rompe el equilibrio precario que sostiene la escritura. La comparación no inspira, drena.

Podría culpar al contexto. Podría hablar del tercermundismo en mi país, de la precariedad cultural, de la ausencia de entornos que fomenten la exploración intelectual sin castigarla con urgencias prácticas. Podría señalar la falta de tiempo, de silencio, de estímulos que no estén contaminados por ansiedad económica. Todo eso existe y pesa. Pero detenerme ahí sería cómodo. Sería una forma de desplazar la carga hacia afuera y no reconocer la parte que me toca.

Porque al final, nos guste o no, depende de uno. De levantarse cada día y dar un paso extra en la dirección correcta, incluso cuando esa dirección no se siente clara. No hay épica en eso. Hay cansancio, hay fastidio, hay una sensación constante de ir tarde. Es agotador, sí, pero no hay alternativa elegante. No es una cuestión de voluntad heroica, sino de persistencia torpe. Avanzar sin garantías, sin aplauso, sin la promesa de que el esfuerzo será recompensado.

El problema es que el mundo no se conforma con eso. Ya no basta con cumplir. Ahora no solo esperan que hagas tu trabajo, que resuelvas tareas, que monitorees sistemas o procesos. Esperan que lideres, que interpretes, que anticipes. Que tengas criterio, presencia, discurso. Que te adaptes. Que incorpores herramientas nuevas, que trabajes con inteligencia artificial, que te vuelvas eficiente, versátil, productivo. Les urge que seamos una especie de navajas suizas: muchas habilidades, todas disponibles, todas afiladas, aunque el cuerpo y la cabeza no siempre acompañen.

Y aquí viene una confesión que no tiene nada de vergonzosa: yo mismo uso herramientas de IA para editorializar mis textos. Las uso para ordenar, para ampliar, para tensar ideas que sé que están ahí pero que no logro acomodar del todo. Me parecen una invención maravillosa. No porque escriban por mí, sino porque me permiten seguir escribiendo cuando el bloqueo amenaza con cerrarlo todo. No reemplazan la voz, pero ayudan a que no se apague. En un entorno que exige velocidad y claridad, negarse a eso sería una pose inútil.

Eso no elimina el conflicto. Al contrario, lo hace más visible. Porque si incluso con ayuda el cansancio persiste, entonces el problema no es técnico. Es más profundo. Tiene que ver con la carga acumulada, con la sensación de estar siempre reaccionando, con la dificultad de construir algo propio mientras se atiende lo urgente. Vivimos rodeados de una realidad absurda que exige rendimiento constante y, al mismo tiempo, castiga cualquier signo de fragilidad.

Entonces aparece la pregunta que uno evita hasta que se vuelve imposible ignorarla: ¿qué pasará conmigo? No tengo una respuesta clara. No hay un plan maestro ni una narrativa cerrada que tranquilice. Lo único que se vuelve evidente es la necesidad de resolver pendientes. Cerrar cosas. Limpiar el terreno. No por obsesión con la productividad, sino para reducir el ruido. El ruido agota más que el trabajo.

Desde ahí, quizá, se pueda empezar a construir algo más sólido. Una versión de uno mismo que no sea ideal, pero sí más capaz. Más firme en lo profesional, menos evasiva en lo relacional, más exigente en lo intelectual. No para destacar, sino para resistir. Para no romperse ante cada cambio de contexto, ante cada nueva exigencia disfrazada de oportunidad.

La vida es un cúmulo de tristezas e insolencias, con destellos optimistas que aparecen de vez en cuando. Es cíclica cuando se le presta atención; romántica cuando uno se detiene a observar, a sentir, a saborear, a respirar y a escuchar cada momento con cierta profundidad. Un conjunto de eventos ocurre en medio de un entorno hostil: instantismo, hiperproductividad, cápsulas de consumo atadas a significados mínimos, todo reducido a números, a identificadores, a tiempos en pantalla, a apariencias maquilladas y a montos en la cuenta bancaria. Me dirás que no lo he entendido, cuando nadie aquí sabe lo que está haciendo. Solo vivimos, o intentamos experimentar la vida, con lo que el Cielo nos deja entrever. Sin juicios ni remordimientos, el tiempo —esa constante usada para medir vitalidad y trascendencia— acaba por colocar las cosas en su sitio.

Escribir esto no arregla nada de fondo. No paga cuentas, no resuelve tensiones laborales, no despeja el futuro. Pero abre un espacio. Un hueco por donde entra algo de claridad, aunque sea parcial. En medio de esta realidad sucia, contradictoria y demandante, escribir sigue siendo una forma de poner el cuerpo. De decir: aquí estoy, con dudas, con cansancio, con herramientas prestadas si hace falta, pero sin renunciar del todo a pensar.

Tal vez eso baste por ahora. Tal vez no se trate de desbloquear la creatividad, sino de aprender a escribir incluso cuando duele, cuando no se siente limpio, cuando el tiempo aprieta. Seguir, aunque sea así. Aunque no luzca. Aunque incomode.



 Que ignoremos nuestros límites nos hace pensar que, con un solo día de malos hábitos, las cosas cambian por completo. Como si el cuerpo fuera una máquina frágil, incapaz de tolerar errores, como si todo el trabajo previo se evaporara con una mala decisión. Algo tan simple como meterle carbohidratos al cuerpo al inicio del día provoca, al menos en mi caso particular, una constante necesidad de comer, una especie de hambre persistente que no se apaga. Lo aclaro desde ahora: hablo únicamente desde mi experiencia personal, no desde una verdad absoluta ni una regla universal que deba aplicarse a todos.

Venía haciendo mi dieta bien, siguiéndola sin mayores problemas. No con una disciplina militar, pero sí con un respeto honesto hacia lo que sé que me funciona. Y es justo ahí donde llego a una conclusión sencilla sobre la forma en la que mi cuerpo reacciona frente a los abusos alimenticios: tres días de alimentación saludable pueden descomponerse con un solo día de malcomer. No porque el cuerpo sea vengativo, sino porque es extremadamente eficiente en recordarte cuándo te sales del camino que le sienta bien.

No me aflige, tengo que reconocerlo. Es parte de entender cómo funciona mi cuerpo y cómo se activan o se sabotean sus mecanismos de eficiencia. No hay drama, no hay culpa, solo observación. Eso sí, anoche caí muerto a la hora de dormir. Me dormí tarde, quizá alrededor de las dos de la mañana, y desperté tardísimo, después de las once. Me desperté asustado porque perdí una junta que tenía a las diez. Ni modo. Ya pedí perdón a la persona involucrada y voy a pasarle instrucciones claras para resolver la consulta pendiente. Asumir errores también es parte del proceso.

En este año, además de las actividades básicas de mi cuerpo, he aprendido otras cosas. Cosas simples, pero contundentes. Por ejemplo, que la cafeína por la tarde me desvela irremediablemente; que el azúcar añadida a cualquier hora me provoca incomodidad e inflamación; que el abuso de ciertos alimentos termina empujándome hacia vórtices de comportamientos indeseables de los que luego me arrepiento. He aprendido también que la adicción a los carbohidratos es una de las más difíciles de controlar, en niveles comparables a los de fármacos altamente adictivos. No es exageración, es química.

Por lo mismo, he decidido poner más límites, esta vez conmigo mismo. Después de cierta hora voy a apagar el celular y dejarlo en el piso de abajo. Sé que es una herramienta de trabajo importante, pero también es una tentación constante tenerlo siempre a la mano. Igual que otras dependencias, el consumo abusivo de feeds tiene consecuencias negativas, al menos en mi caso. No he bloqueado mis aplicaciones sociales ni pretendo hacerlo. No demonizo su uso. Simplemente acepto que la dosificación es lo que mejor funciona para mí, en favor de una relación más sana conmigo mismo.

Estoy trabajando por una versión funcional, saludable, empática, eficiente y productiva de mi persona. Una versión que sea autosuficiente en la medida de lo posible, pero que también sepa colocar límites y delegar responsabilidades cuando sea necesario. Tener gente que me respalde, que me acompañe y que me haga fuerte es lo que realmente me vuelve imparable. La soledad, entendida como aislamiento voluntario por ego o miedo, no es fortaleza; muchas veces es solo una falta de carácter disfrazada de independencia.

Estoy haciendo las paces con mi cerebro, con mi corazón y con el resto de mis órganos. Los necesito saludables y funcionales para que el sentido de mi vida apunte hacia el lugar correcto. Una mente llena de dudas suele ser consecuencia de la falta de propósito. Por eso me esfuerzo en mantener presente que mi enfoque está puesto en virtudes más grandes, en herramientas y habilidades que me acerquen a un camino más amplio, más digno, más congruente con quien quiero ser.

Claro que me gusta escribir historias y que quiero hacerlo con mayor frecuencia. La escritura sigue siendo una forma de ordenarme. Pero también me gusta caminar, moverme, permitir que mis neuronas trabajen con claridad. Me motiva hacer dinero, sí, pero no con el objetivo exclusivo de enriquecerme. Quiero estabilidad para no padecer carencias y para poder derramar bendición sobre quienes me rodean. De nada sirve ser un multimillonario amargado y solitario, desconfiando de todo y de todos. Qué vida tan incómoda, qué forma tan triste de existir.

Obviamente tengo deseos. Por supuesto que anhelo posesiones. Hay objetos brillantes que llaman mi atención y no voy a fingir que no es así. Pero mis objetivos van mucho más allá de lo tangible, y eso debe convertirse en un mantra constante. No porque hoy tenga poco o mañana tenga mucho debo pensar distinto en ese sentido. Al final, de eso se trata: no de compensar carencias con objetos, sino de nutrir experiencias que nos conecten con algo más profundo.

Mi plan es convertirme en alguien extremadamente atractivo, generoso, virtuoso, talentoso, creativo y sabio. ¿Por qué? Porque, en el fondo del corazón, eso es lo que todos queremos. No estoy descubriendo el hilo negro de la existencia humana; solo estoy siendo honesto conmigo mismo. Nombrar lo que se desea también es una forma de empezar a caminar hacia ello.

Esto no es un comunicado ni una publicación pensada para el feed principal de mis redes sociales. Es algo público, sí, porque vive en mi blog personal, pero es ante todo un ejercicio de autoconciliación. Un pacto conmigo mismo que reconoce emociones, límites y errores, pero que también propone un deseo genuino de mejora. No desde la exigencia violenta, sino desde la coherencia.

En un mundo donde constantemente se nos bombardea con mensajes que nos recuerdan todo aquello que “nos falta” para ser suficientes, estoy eligiendo aceptar la realidad tal como es y, al mismo tiempo, rechazar el statu quo. Estoy convencido de que mi realidad no depende de lo que el entorno me imponga, sino de lo que yo haga con las herramientas que tengo a mi alcance. Sin miedo. Con responsabilidad. Y, sobre todo, con intención.



Quiero Ser

Por
 Que ignoremos nuestros límites nos hace pensar que, con un solo día de malos hábitos, las cosas cambian por completo. Como si el cuerpo fue...

 Una de las cosas que se me ocurrió hacer al entrar el año fue dar seguimiento a mis metas de una forma distinta. No más listas sueltas ni notas que se pierden entre capturas de pantalla. Quise algo más concreto, algo que pudiera acompañarme todos los días sin hacer ruido. Así que programé una pequeña aplicación para registrar el avance de mis metas. Nada sofisticado, nada que presuma. Simplemente un lugar donde dejar constancia de lo que hice, cuándo lo hice y cómo fui avanzando.

Porque no es lo mismo decir “leí 50 libros durante el año” que ver, uno por uno, los títulos que pasaron por mis manos. No es lo mismo recordar vagamente que “escribí algunos textos” que poder señalar los días exactos en los que decidí expresar mis ideas aunque no tuviera ganas. Hay algo poderoso en ver el camino completo. No solo el destino, sino las huellas.

Además, saber qué día hice qué me resulta fascinante. No por control, sino por contexto. Porque los días no son iguales. Algunos pesan más que otros. Algunos pasan casi sin dejar rastro, y otros se quedan grabados por razones que en su momento no entendemos. Registrar eso no es vigilarse, es observarse con curiosidad.

Aunado a lo anterior, tener una herramienta configurable para algo así me encanta. No porque sea tecnología, sino porque me invita a usarla. Me obliga, de cierta forma, a justificar su existencia. Si la construí, que sirva. Si está ahí, que tenga sentido. Y en ese pequeño compromiso diario hay algo valioso: una excusa para aparecer.

También ayuda mucho tener una representación gráfica de ese avance. Ver una línea que sube despacio, ver puntos que se acumulan, ver espacios vacíos. Todo eso dice más que un número final. Es un recordatorio silencioso de que el progreso no siempre es parejo, pero sí acumulativo. Que incluso los días pequeños cuentan. Que incluso los días torcidos forman parte del dibujo.

Mi frase para iniciar el año es la siguiente. La anoté en el pizarrón de mi cuarto, con plumón negro, como si fuera un acuerdo firmado conmigo mismo:

“Acepta y perdona las fallas del Pasado. No te obsesiones ni te abrumes por el Futuro. Da pasos firmes que te mantengan estable en el Presente”.

No es una frase motivacional en el sentido tradicional. No promete nada extraordinario. No habla de éxito ni de victorias. Habla de equilibrio. De estar. De sostenerse.

El enfoque tiene que estar en el Presente, porque es muy fácil volver a caer. Me ha pasado. Y cuando pasa, la sensación es pesada. No dramática, pero sí densa. Como si todo se desacomodara al mismo tiempo. Pensamientos que se atropellan, pendientes que crecen, decisiones que se postergan. El cuerpo lo siente antes que la cabeza.

Vivimos en un mundo que ofrece estímulos constantes. Todo compite por nuestra atención. Todo quiere ser urgente. Todo parece importante. Y en medio de ese ruido, perder el presente es sencillo. Basta con mirar demasiado atrás o adelantarse de más. Basta con compararse, con imaginar escenarios, con cargar culpas o expectativas que no están ocurriendo ahora.

Estar pleno en el momento no es una postura filosófica elevada. Es una necesidad práctica. Es lo que evita que te disperses. Es lo que te permite responder en lugar de reaccionar. Es lo que te da piso cuando todo alrededor parece moverse rápido.

No se trata de vivir en una burbuja ni de ignorar lo que viene. Se trata de no abandonarse. De no dejar el cuerpo atrás mientras la mente corre. De no perderse en pensamientos que no exigen acción inmediata.

El dinero es importante. Negarlo sería ingenuo. Pero no es el centro de lo que estoy trabajando en mí. Es solo uno de los pilares de un conjunto de proyectos más amplio. Proyectos que no siempre se miden en cifras, pero sí en calidad de vida. En claridad mental. En descanso. En presencia.

Durante mucho tiempo pensé que avanzar significaba acumular. Más logros, más reconocimiento, más resultados visibles. Con la edad he entendido que avanzar también puede significar simplificar. Elegir mejor. Decidir con calma. Hacer menos cosas, pero hacerlas con más atención.

Todo esto converge en algo más grande: construir una versión más presente de mí mismo. Una versión que entiende que el tiempo es limitado, no desde el miedo, sino desde el cuidado. Una versión consciente de la muerte, no como amenaza, sino como recordatorio. Una que practica el descanso sin culpa. Una que avanza a su propio ritmo. Una que hace las cosas con amor, incluso cuando no hay aplausos.

Este texto también es una carta. Una carta de amor a mi yo de los años pasados. A los meses recientes que fueron difíciles. A las últimas semanas del año anterior, cargadas de cansancio y preguntas. A los días que, sin saberlo, dieron inicio a algo nuevo.

Es una forma de decirle: te veo. Entiendo por qué hiciste lo que hiciste. Entiendo las decisiones apresuradas, las omisiones, las veces que seguiste adelante sin detenerte a respirar. Entiendo el esfuerzo que te tomó llegar hasta aquí, incluso cuando no hubo resultados claros. Incluso cuando nadie lo notó.

Pero también es una invitación. Una invitación amable, no un reclamo. A mirar el entorno con ojos menos románticos. No para perder sensibilidad, sino para ganar claridad. Menos idealización, más observación. Menos expectativa, más creatividad. Menos autoengaño, más honestidad.

No todo tiene que ser épico para ser valioso. No todo proceso necesita una narrativa grandiosa. Hay días que solo consisten en cumplir con lo mínimo, y eso está bien. Hay semanas que parecen no avanzar, y aun así sostienen algo que más adelante hará sentido.

Mirar con realismo no significa resignarse. Significa elegir mejor dónde poner la energía. Significa reconocer límites sin convertirlos en excusas. Significa entender que el progreso no siempre se siente bien mientras ocurre.

Este registro de pasos, esta pequeña aplicación, esta frase en el pizarrón, no son el objetivo final. Son anclas. Recordatorios visibles de una intención. Formas de volver cuando la atención se dispersa. Maneras simples de decir: aquí estás, hoy hiciste esto, hoy estuviste presente de esta forma.

No busco perfección. Busco continuidad. No busco resultados inmediatos. Busco constancia. No busco una versión ideal de mí mismo. Busco una versión honesta, atenta y sostenible.

Si algo quiero aprender este año es a no irme. A no desaparecer en planes futuros ni quedarme atrapado en errores pasados. A estar aquí. A dar pasos firmes. A construir, día con día, algo que no dependa de una meta final para tener valor.

Y si en el camino fallo, si me distraigo, si me detengo más de lo esperado, que también quede registrado. No como evidencia de fracaso, sino como parte del trayecto. Porque incluso eso, visto con distancia, también cuenta.

Esto no es un manifiesto. No es una promesa. Es una conversación continua conmigo mismo. Una que espero sostener con paciencia, con curiosidad y con un poco de poesía cotidiana.



Goal Tracker

Por
 Una de las cosas que se me ocurrió hacer al entrar el año fue dar seguimiento a mis metas de una forma distinta. No más listas sueltas ni n...

 Buenos días. Ha comenzado un año más y vengo con ganas de expresarme después de un mes de ausencia. Estuve en casa de mis papás durante este tiempo. Decidí no llevarme la computadora personal conmigo (solo llevé la del trabajo) y ahora que he regresado, arrastro un leve desorden en cuanto a mis horarios de sueño. Normal después de tanto desvelo estando allá; espero recuperar mis hábitos saludables pronto. Al final, estos pequeños desajustes también funcionan como recordatorios de que el cuerpo pasa factura cuando uno baja la guardia, incluso en periodos que deberían ser de descanso.

Uno de mis propósitos de este año está enfocado en escribir al menos un relato corto al mes. No es una meta grandilocuente ni espectacular, pero sí honesta y sostenible. Y así, de ser posible, cuando lleve unos diez u once, colocarlos en una especie de antología. No como una publicación definitiva ni como un punto de llegada, sino como un registro tangible del proceso, de la constancia y de la disciplina creativa. Veremos qué ocurre; al final, escribir también es aprender a convivir con la incertidumbre.

Diciembre es un mes para recapacitar sobre lo que se ha conseguido en el año, para mirar con nostalgia a quienes se fueron y también para mentalizarse respecto a lo que viene; suelo utilizarlo para poner mis objetivos en orden y finalizar aquellos que sea posible. Concluir ciclos, si se quiere ver de alguna forma. Es un mes extraño, cargado de silencios, balances internos y despedidas que no siempre se verbalizan. Un mes que invita tanto al recogimiento como a la proyección.

En los últimos años he alcanzado aproximadamente un ochenta por ciento de los propósitos que me he puesto al inicio de cada año. No todos se han logrado; algunos los he dejado atrás porque al final no fueron retos que de verdad me importaran. Supongo que así es la vida: muchas de las intenciones y deseos que tenemos pueden diluirse porque no son para nosotros, porque son caminos que no nos corresponde andar, aunque en nuestra necedad y necesidad a veces nos empeñamos en seguir dando pasos en el sentido erróneo. Es nuestra mente traicionera, tal vez, la que nos hace confiar en nuestras capacidades cuando son demasiadas las variables que deciden qué y qué no nos será posible. Aprender a soltar, en ese sentido, también es una forma de madurez.

Dicho lo anterior, me gustaría dar la bienvenida a un año más, con el ánimo de que sea un año favorable y benevolente. Que las cosas en el trabajo resulten positivas; que al final me liberen del proyecto que drena mis energías y, en lugar de eso, pueda explorar y explotar habilidades sin acabar harto y exhausto cada día; que se me permita proponer y realizar, que tenga la oportunidad de aprender y estudiar. Más que ascensos o reconocimientos, deseo espacios donde el crecimiento no sea una palabra vacía, sino una práctica cotidiana.

Es verdad que la llegada de las IAs resulta aterradora cuando pensamos en el número de empleos que puede llevarse consigo. La velocidad del cambio abruma, y la sensación de reemplazo es difícil de ignorar. Sin embargo, es una tecnología que llegó para quedarse y, así como las calculadoras o las computadoras en su momento, hemos de aprender a convivir con ella sin demonizar el avance tecnológico que representa. Es probable incluso que nos sirva para mejorar las condiciones de vida y la manera en la que producimos, siempre y cuando exista criterio, regulación y ética.

En un mundo ideal, esperaría que la existencia de herramientas tan poderosas nos permita, como humanos, disfrutar, explorar y expandir nuestra individualidad y nuestras características artísticas; además de conectar con otros y empatizar con un mundo donde el acceso al futuro esté más democratizado. Que la tecnología no nos quite humanidad, sino que nos obligue a redefinirla y a protegerla con mayor conciencia.

Es utópico pensar así, lo sé; porque estamos experimentando días de formidable tecnología a precios irrisorios, a cambio de darle acceso y jerarquía a modelos avanzados sobre una inmensa cantidad de información. Información que, sin afán de leerme paranoico, puede en cualquier momento caer en manos equivocadas o ser utilizada con malicia. La historia reciente nos ha enseñado que todo avance conlleva riesgos, y que el problema casi nunca es la herramienta, sino la intención detrás de su uso.

Pero, en fin, no vengo a quejarme de la tecnología ni del hecho de que es muy probable que muchos de nosotros perdamos empleos como consecuencia de su uso indiscriminado o dinero por el simple reventar de la burbuja; mi plan aquí es aceptar mi tarea y prometer que, en lo que se encuentre dentro de mi alcance, actuaré con responsabilidad. Y sí, claro que voy a seguir utilizando cualquier producto que mejore y haga más eficiente nuestro estilo de vida, pero trataré de priorizar de ahora en adelante mi propia existencia, mi plenitud y la de quienes me rodean.

Porque este mes fuera me enseñó que descanso mucho menos de lo que debería, y que no importa cuánto uno se entregue al trabajo: somos simples números destinados a producir hasta que dejamos de hacerlo y terminamos desechados, pues pertenecemos a un sistema insaciable. Reconocer esto no es pesimismo, es lucidez. Y desde esa lucidez, tomar decisiones distintas se vuelve no solo necesario, sino urgente.

Hablando de sistemas, estoy planeando mejor mis días y semanas a partir de seguir uno que me ayude a gestionar mis recursos —tiempo, dinero, energía—. Entender que estos recursos son finitos cambia la manera en la que uno se relaciona con ellos. Dentro de poco emplearé a alguien más que me ayude en casa; sigo resolviendo pendientes y organizando el tema financiero, pero ese punto lo tengo ahí, en espera. Deseo que alguien se haga cargo de mantener la casa en orden mientras yo me dedico a producir cuando esté aquí, sin sentir que todo recae sobre mis hombros.

También es saludable la compañía, porque estando uno solo es muy fácil caer en el círculo vicioso de la autocompasión por la soledad. La presencia de otro, incluso en silencio, puede ser un ancla a la realidad y un recordatorio de que no todo se resuelve desde el aislamiento.

Otro de los cambios que tengo para el periodo que sigue es que he dividido en niveles los propósitos que me he planteado. Así, por ejemplo, un sueño que tengo para “no sé cuándo” lo convertí en una serie de pasos anuales, mensuales y semanales que harán ese sueño posible en un futuro próximo. A veces la obsesión por una meta en específico provoca que olvidemos lo indispensable que es el trayecto para que sea alcanzable, y es por eso que también reduje el número de objetivos. Menos metas, pero más claras; menos ruido, pero más dirección.

Así pues, si mi meta es ahorrar mil pesos y consigo ahorrar cien pesos cada mes, al final del año la habré cumplido. Parece simple, pero en esa simplicidad reside la constancia, y en la constancia, el verdadero cambio. Aprender a celebrar los avances pequeños también es una forma de cuidar la motivación.

En resumen, este año deseo poder amarme más y ser bendición para quienes me rodean. Lograr construir una versión un poco mejor de mí y aprender a utilizar con excelencia cualquier herramienta que esté a mi disposición. Mejorar en cuanto a salud, finanzas, caballerosidad, productividad, creatividad, conocimiento y relaciones. No como una lista de exigencias, sino como áreas vivas que merecen atención y respeto.

Sin más, espero que tengamos un año repleto de dicha, paz, belleza y felicidad. Que nada nos falte y podamos ver avances en nuestros proyectos de vida. Que el cielo, el mar, el silencio, las noches, los días, las estrellas, las nubes, el sol, los árboles, los animales y la naturaleza nos acompañen y estén presentes en nuestra existencia.

Que este año no pase por nosotros: que nos atraviese, nos sacuda y nos obligue a vivir con intención, porque el tiempo no se recupera y la vida no admite borradores. Que sea un hermoso año.



Enero 2026

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 Buenos días. Ha comenzado un año más y vengo con ganas de expresarme después de un mes de ausencia. Estuve en casa de mis papás durante est...