Mantenerme ocupado es quizá una de las mejores estrategias para permanecer ajeno a las cosas que me hacen daño. Algo parecido sucede con quitarme el dinero de encima, porque si tengo un superpoder en la actualidad, probablemente sea el de consumir cualquier cantidad de dinero que traiga conmigo. El monto resulta irrelevante. Se va porque puede irse. Como si el dinero en movimiento evitara que ciertos pensamientos se estacionen demasiado tiempo en mi cabeza.

Dicho así, quedo bastante mal parado respecto a mi responsabilidad financiera, o al menos ésa es la impresión que prefiero proyectar. En una sociedad donde parece importar más lo que posees o lo que traes puesto, verte simple, incluso ligeramente inferior, puede convertirse en una ventaja enorme para tus finanzas. La gente suele asumir demasiadas cosas basándose en la apariencia. Y la verdad es que, si uno lo piensa con calma, cómo nos vemos también es una forma de revelar cuánto espacio ocupa la opinión ajena dentro de nosotros.

Porque sí, nos importa. Mucho más de lo que solemos admitir.

De hecho, quienes dicen que "la opinión de los demás no les importa en absoluto" tendrían que vivir desnudos, sin asearse, insultando a cualquiera y caminando por el mundo sin ninguna intención de encajar. Obviamente no funciona así. Claro que nos afecta cómo nos perciben los demás. Lo que cambia es el peso específico que le damos a ciertas opiniones sobre otras. Hay voces que atraviesan la armadura con facilidad y otras que apenas rozan la superficie.

En mi caminar por el estoicismo he aprendido que una de las tareas más importantes consiste en trabajar lo que ocurre dentro de uno mismo. Las circunstancias jamás son iguales para todos. Hay personas que nacen en ambientes hostiles y otras que parecen avanzar sobre terreno acolchado desde el inicio. Aun así, parte de la influencia que el entorno ejerce sobre nosotros puede delimitarse a través de hábitos, disciplina y decisiones pequeñas que repetimos todos los días.

Aunque decirlo resulta mucho más sencillo que practicarlo.

Las emociones no siempre obedecen. Sobre todo cuando llevamos una vida en constante roce con el riesgo, el cansancio, la ansiedad o los límites personales. Ahí es donde el orden empieza a adquirir valor. No como una obsesión estética ni como un discurso de gurú barato, sino como una estructura mínima para no derrumbarse. Dormir mejor. Comer mejor. Gastar menos. Pensar antes de reaccionar. Hay cierta dignidad silenciosa en intentar poner orden en una vida que por dentro a veces se siente caótica.

Y el punto tampoco consiste en evitar que sucedan incidentes, decepciones o momentos incómodos. El esfuerzo real está dirigido hacia algo mucho más largo. Más estable. Más difícil de medir.

Porque, por ejemplo, ver a una mujer hermosa sentarse frente a ti a beber un latte mientras se queda mirándote durante algunos segundos puede tener una explicación tan simple como que ella es libre de mirar a quien quiera. Nada más. La verdadera cuestión es cuánto permiso le das a tu parte más pasional para fabricar una historia completa con alguien que ni siquiera conoces.

Ahí entra el ego. Ahí entra la necesidad de sentir validación.

Porque, dicho de otra forma, mientras no des el primer paso, no existe ninguna interacción real. Todo ocurre dentro de tu cabeza. Y eso duele desde varios ángulos distintos. Desde el ego, porque acercarte implica aceptar la posibilidad de no gustarle a alguien. Desde la comodidad, porque pocas cosas resultan tan cómodas como quedarse quieto imaginando escenarios donde nunca eres rechazado. Y desde la realidad misma, porque a veces uno descubre que fantasear consume menos energía que vivir.

Pero también consume más tiempo.



 Esta mañana entendí algo: el gasto se asume como carga dependiendo de cuánto tiempo tardes en recuperarlo. No es lo mismo comprarte un celular de última tecnología con un costo de cincuenta mil pesos cuando ingresas cien mil al mes, que cuando ingresas solamente veinte mil. ¿Y a qué viene eso? A que en el mundo que nos rodea hay muchas cosas que brillan más de lo que ofrecen, con la simple intención de quitarnos un poco de encima.

Y si ese poco que te arrebatan te colapsa económicamente, bueno, estás en un escenario del que debes salir de inmediato para no volver a caer. Dicho lo anterior, fui a cenar anoche, un corte en un lugar muy caro. La comida estuvo bien, la experiencia, sin quejas. Cuando vi llegar a un joven, de esos que mis prejuicios me hacen catalogar de inmediato como alguien dedicado a negocios turbios, sentí muchísimo fastidio, lo reconozco, porque llegó acompañado, muy cariñosamente, de dos mujeres guapísimas.

En retrospectiva entendí que mi fastidio o desprecio no era otra cosa que envidia disfrazada, porque si asumí mal, eran unos amigos pasándola bien juntos; pero si asumí bien, era un hombre disfrutando de los privilegios que el dinero trae consigo, dinero mal habido o bien habido. Como dije, prejuicios solamente. Pero mi incomodidad no era consecuencia del origen de los fondos, sino de que yo no estaba en una condición similar.

Por eso me he puesto a pensar en el peso que tienen los pensamientos negativos y la pasionalidad sobre mi toma de decisiones. He intentado mil veces dejar atrás ciertos comportamientos y actitudes en los que permito que el entorno me influya más de lo que debería, y termino dándome cuenta de que soy un humano cualquiera y que, en mi débil humanidad, confieso que me siento atraído y caigo rendido ante la superficialidad y la belleza. Como dije, entiendo mi condición y no estoy acá con intención de justificarla en absoluto, sino de tratar de llegar a un acuerdo conmigo mismo.

Mi boca me ha hecho caer tanto o más que mi cerebro y mis ojos, por eso la gula es uno de los pecados más presentes en mi persona. Convertir esos errores en oportunidades de mejora me hace pensar que al final, si mis intenciones, anhelos y deseos están bien encaminados, y tengo una estructura de protección fuerte para evitar caer en los mismos males que quiero superar, podría, después del tiempo y esfuerzo suficiente, salir adelante.

Sin embargo, la vida es una y es más corta de lo que uno cree. Hoy estamos, mañana ya no. Por eso vivir autodestruyéndose es sinónimo de vivir en modo supervivencia. Lo mejor sería tener un entorno óptimo de recreación y desarrollo que no niegue la existencia de los riesgos, pero que se enfoque en lo que de verdad importa: el camino correcto, lo positivo.

Tengo que aprender a disfrutar de parecer pobre en medio de riquezas antes de pretender ser rico en un mundo de carencias. La superficialidad no me llena ni tiene nada que ofrecerme. Mi intención de vida no es demostrar mi valía a un grupo de gente en específico, sino identificar a aquellos para quienes soy valioso y gozarme con ellos.



 Nada es igual cuando te caes y te arrastras por el piso sin entender qué te está sucediendo, a nivel hormonal, a nivel espiritual, a nivel emocional; cada evento es una carga, en cierto sentido, una que te lleva al arrepentimiento, arrastrando por horas dolor, incomodidad, terror.

Cada día se siente como un nivel dentro de un juego de supervivencia, donde por cada error que cometes, pierdes lo que tenías en el inventario y te toca empezar de nuevo, desde el nivel inicial; y eso es horrible, toda esa responsabilidad de ver lo inclinado que está el horizonte, solo de darte cuenta el pánico se apodera de ti, y cuando digo se apodera, es porque realmente, impone su autoridad sobre ti.

Es cuando entiendes que deberías darte un respiro. Sí, pedir perdón es importante, es crucial para seguir adelante, pero también debes aprender a comprender que no eres una máquina, que te equivocas y la fastidias, aceptar las cosas como lo que son y perdonarte, quitar las ataduras que te mantienen encadenado, respirar profundo, y volver al ruedo.

¿Por que sabes cuándo se van a terminar los errores? Exacto, nunca.

Levántate, pide una galleta y pon una sonrisa en tu rostro; no como acto de rebeldía, sino como determinación de que entiendes que no eres perfecto, pero estás consciente de que nunca llegarás a serlo.

Sé cómo trabajar contra algunos de mis vicios, y sin embargo, hay unos que se sienten mucho más difíciles de manejar que otros. Qué sería de mí si fuera capaz de lidiar con lo que me proponga por el simple hecho de mentalizarlo; no, la vida tiene su propio nivel de complejidad, y ni hablar.

Herramientas y más herramientas, eso debería de ser útil para navegar en un mundo que constantemente bombardea por donde te duele, y no, no es culpa del entorno, al menos no siempre, no cuando se es consciente, no cuando eres tú mismo el que va a embriagarse con el veneno que tanto mal sabe que le hace.

Tiendo a pensar que se requiere de fuerza de voluntad, y probablemente sí, pero también a veces soy muy crudo en cuanto a los juicios contra mi propia persona. Y eso es intenso. Navegar por la vida flagelándose le quita todo el sentido a la misma, terminas sintiéndote como un zombie que está solo porque sí, sin razón de ser, sin un factor determinado o esperanza siquiera, eso es crudo y a decir verdad, cruel. Pero no hay finales felices ni fórmulas mágicas.

Y aun así, incluso en medio de todo ese desastre interno, existe una parte diminuta de uno mismo que no se rinde. Una voz cansada, golpeada, casi sin fuerza, pero que sigue apareciendo cuando abres los ojos por la mañana y decides levantarte otra vez. A veces no es esperanza, ni disciplina, ni valentía; a veces es pura inercia humana, el instinto de seguir avanzando aunque no entiendas hacia dónde. Y curiosamente, muchas reconstrucciones empiezan así, sin épica, sin discursos motivacionales, solo con alguien sobreviviendo a su propio caos un día más.

Tal vez ahí está el verdadero acto de resistencia: no en convertirse en una versión perfecta de uno mismo, sino en dejar de declararse la guerra todos los días. Hay suficiente hostilidad afuera como para además cargar con un verdugo interno que nunca descansa. Aprender a vivir también implica aprender a tratarse con cierta compasión, aunque cueste, aunque se sienta extraño, aunque una parte de ti crea que no la merece. Porque nadie puede sostenerse por mucho tiempo odiándose a cada paso.



 Comer mal me hace estragos, más de los que debería. Me empiezo a sentir terrible de inmediato, comienzan las dolencias en mi organismo, una sensación de cortisol elevado se apodera de mí, y algunos puntos de mi cuerpo se incomodan en sobremanera.

Inicio el día arrepentido, arrepentido por no tener todavía la suficiente estabilidad mental y emocional para evitar caer en tentaciones pasajeras, en promesas vacías de una experiencia agradable, cuando lo único con lo que termino es con falta de agudeza en mi cabeza y la sensación de que todo se ve a través de un plástico borroso.

Un error a la semana se siente como si la construcción de meses se viniera abajo, como si te volvieran a colocar una carga en los hombros más pesada que tu propia vida, te sientes señalado, avergonzado, débil. Lo peor es que ocurra en el transcurso de la mañana, pues todavía te resta el día para lidiar con ello.

Cuesta aceptar nuestra condición humana, falible e imperfecta; si tan solo tuvieras el control tanto de lo que piensas como de lo que haces, y la consciencia plena y clara e imperiosa antes de cometer cualquier error, una que te hiciera sentir libre, pleno, entero.

Pero en lugar de eso, percibes un líquido recorrer tu cuerpo de abajo hacia arriba, hacia el cerebro, y una sensación de temor se apodera de ti, "no quieres ser tú". Deberías estar contento, deberías estar feliz, deberías sentirte agradecido, y en lugar de eso, hay miedo, el cuerpo tiembla, la cabeza duele, estás magullado, moralmente asustado.

Me asombra lo rápido que el cuerpo cobra factura por aquello que la mente intenta disfrazar como recompensa. Un café de más, una comida improvisada, una madrugada mal dormida, y pareciera que todo el sistema entra en huelga. Como si hubiera una parte de ti observándote desde dentro, decepcionada, recordándote que cada pequeño exceso deja una marca diminuta que se acumula hasta volverse visible en el ánimo, en los pensamientos, en la manera de caminar por el día.

Y aun así, hay algo extraño en seguir levantándose después de sentirte así. Porque incluso en medio del miedo, del dolor de cabeza y de esa sensación amarga de haber fallado otra vez, existe una pequeña resistencia que no termina de apagarse. Tal vez no eres la versión disciplinada y perfecta que imaginabas hace años, pero sigues aquí, intentando comprenderte, intentando corregir el rumbo aunque sea un centímetro a la vez. Hay personas que dejan de intentarlo por mucho menos.

Quizá la verdadera batalla no consiste en jamás caer, sino en dejar de convertir cada tropiezo en una sentencia definitiva sobre quién eres. Porque un mal día no borra meses de esfuerzo, así como una buena decisión tampoco arregla una vida completa. Somos acumulaciones extrañas de hábitos, impulsos, cansancio, heridas y pequeños actos de voluntad. Y tal vez crecer consiste en aprender a hablarte con un poco menos de crueldad mientras atraviesas el proceso.



 ¿Qué pasa cuando no te quieren? ¿Es posible modificar la percepción ajena con un poco de inversión? Inversión, no necesariamente de dinero, sino de energía agradable y gentil, digo lo anterior porque fui a un restaurante hace rato, tenía ganas de comer boneless y fue lo que se me ocurrió, ya había ido con anterioridad y mis experiencias habían sido de regulares a buenas en cuanto al servicio; pero hoy, hoy estuvo muy malo.

En primer lugar no tenía en mente que hoy era día de semifinal de futbol entre el local Chivas y Cruz Azul, en ese contexto, el restaurante al que fui usa los eventos deportivos como imán para adjudicarse clientela en esas fechas.

Al llegar, como una hora antes de dicho partido, se estaba empezando a llenar, familias completas. Me querían asignar un lugar en la barra porque asumieron que mi plan era beber y ver el juego, a lo que dije que no, que preferiblemente me gustaría estar en una mesa porque iba a comer. Con cara de pocos amigos la recepcionista me llevó a una mesa al fondo, donde cinco minutos después llegó la que sería mi mesera, con una actitud estresada, desesperada por que hiciera mi pedido. Me aventó la carta y al pedirle una naranjada sin jarabe me respondió en tono de reclamo: "¿Algo con alcohol?"

Le negué las cervezas y pedí de una vez mis boneless, además con una entrada, que de inmediato me rechazó porque: "No hicieron". Bueno, está bien, dame un par de minutos por favor. Y se fue.

Al rato llegó con mi bebida y pedí un guacamole. No se presentó ni se dio una vuelta a preguntar si algo me hacía falta (cosas que por lo general hacen los meseros de ese lugar), cuando me llevó mi plato de comida me dispuse a degustar los alimentos. Todo bien con los boneless, aunque noté que eran un tercio menos de los que habitualmente sirven, sin quejas.

Al cabo de poco tiempo mi primera naranjada se había terminado y deseaba pedir otra. Duré varios minutos con la mano levantada cazando a mi mesera, sin éxito. Después vi pasar a otra mesera del lugar, quien muy amablemente me dijo que si se me ofrecía algo, le comenté y dijo que pasaría mi recado. Después de unos veinte minutos de esperar mi segunda naranjada ya habiendo pasado un rato de finalizado mi plato, pasó corriendo la mesera asignada, le pregunté por mi bebida y con un ademán de desagrado me dijo: "Ya ya", aseverando que el pedido se había hecho a cocina.

Pedí la cuenta al recibir mi vaso y para este punto los platos y demás loza utilizados seguían en mi mesa, es raro que no los hubieran recogido después de terminar, pero bueno, ni hablar. Tardó más tiempo, pero bastante, y pasó a recoger lo sucio, incluyendo el último vaso ya también vacío.

Cinco, diez minutos después llegó con la cuenta, y de nuevo su actitud de "me caes mal" cuando ni la conozco, ni le dirigí la palabra intentando amistar, ni nada, yo solo fui a consumir. Cuatrocientos veinte pesos... Tomé uno de quinientos, lo dejé sobre el ticket y me retiré junto con mi dignidad a cuestas.

Ahora, vengo aquí a contar lo anterior no con la finalidad de exponer la mala experiencia de servicio que tuve al comer el día de hoy. Porque al final, como platicaba con un amigo, en parte la culpa es mía por haber acudido este día ignorando el hecho de que había un partido importante de futbol.

Saliendo de ahí pasé por la computadora a la casa y vine directo al café de la esquina, en ése que ya me tratan como de la casa cuando me ven llegar, hasta me encontré a Isa en una de las mesas, una ex-empleada que me conoce y me saludó sonriente diciendo: "Hoy vengo de civil". En fin, mi compromiso es conseguir que quienes me sirven en el restaurante al que acudí hoy, cambien su actitud para conmigo, y me empiecen a tratar con calidad, como ocurre en el café. Por eso vine a dejarlo aquí escrito, a modo de declaratoria.



La Mesera

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 ¿Qué pasa cuando no te quieren? ¿Es posible modificar la percepción ajena con un poco de inversión? Inversión, no necesariamente de dinero,...

 Zapopan es mi casa, es el lugar en el que me siento cómodo tanto de estar, como de desplazarme. Me gusta lo que veo cuando salgo, me agradan los lugares que frecuento, me alegra saber que tengo múltiples opciones todavía por explorar, que hay gente con características muy diferentes, que una salida por café puede convertirse en una verdadera aventura si uno lo desea.

Así es aquí, pluricultural, suficientemente grande como para hacer planes, pero no tanto como para colapsar en el trayecto de conseguirlos, es una ciudad viva y llena de vida, con distintos eventos sucediendo al mismo tiempo, y a la vez es una ciudad que se percibe autocontenida, donde mi propia vida puede suceder en el radio de un kilómetro a la redonda sin sentirme aburrido.

Aquí puedo ir a hacer mandado al super, pasar por un esquite, ver a diez mujeres tan guapas como modelos, comer una hamburguesa gigante, asistir al cine en una sala VIP, quedarme una hora en la cafetería mientras leo un libro, recibir un masaje relajante, cenar un corte fino, ver una exposición artística, caminar en el parque, estrenar ropa y ejercitarme en el gimnasio, todo en una misma tarde y a pie. Así de multifascético se siente todo, es un deleite.

Y quizá lo más extraño de estos días es que, en medio de todo ese movimiento, he conseguido volver a escribir con disciplina. Mil palabras al día. A veces más, a veces apenas las suficientes para cruzar la meta personal que me propuse, pero constantes, solo tuve que dividir mis textos en dos al día. Y no sé, hay algo profundamente satisfactorio en eso. Como si después de mucho tiempo mi cabeza hubiera encontrado un pequeño orden entre tantas distracciones, ruido y pendientes.

Supongo que también tiene que ver con el ánimo que me provoca la ciudad. Salgo, camino, veo gente, regreso con ideas nuevas. Todo parece alimentar algo. Las conversaciones ajenas, los lugares, los rostros desconocidos, incluso el simple hecho de sentarme una hora en una cafetería con el teclado enfrente y sentir que las palabras vuelven a salir sin tanta resistencia. Mil palabras no parecen mucho hasta que descubres que llevas varios días cumpliéndolo y que, sin darte cuenta, vuelves a sentir entusiasmo por escribir.

Aunque no nací aquí, me hace muy feliz que ésta ciudad me haya adoptado y hecho parte de ella. Y no importa que haga calor afuera, siempre puedo pasar a mi cuarto, encender el aire acondicionado, tirarme un rato y ponerme a leer, escribir, ver algo en la computadora o darme un merecido sueño. Además ya tengo amigos, o personas que se acuerdan de mí, que me saludan cuando me ven y me hacen sentir en como un personaje local más y eso es muy bonito.

En resumen, Zapopan tiene todo lo que me gusta: Mujeres hermosas, un clima agradable, abundancia, espacios abiertos, eventos, oportunidades, plazas comerciales, buena gente, trabajo, cultura, historia, personalidad. Estoy muy agradecido de vivir aquí ya más de once años y espero que sean muchos más.



 Anoche tuve mucho calor, consecuencia tal vez de no haber cenado correctamente, y no, no culpo al corte que me comí, sino al café. Por cierto, la mañana en el pueblo se siente tranquila, quizá demasiado tranquila. No hay más allá de un par de negocios abiertos en el Centro, salí a buscar qué comer antes de regresarme... O en una de esas le doy una oportunidad más el día de hoy y me regreso hasta mañana, todavía no tomo una decisión.

Hay algo extraño en los pueblos cuando uno llega con la cabeza acelerada. Parecen invitarte a bajar el ritmo, pero si vienes arrastrando cansancio o ruido interno, el silencio termina pesando más de la cuenta. Creo que eso me pasó desde que bajé del autobús, como si yo hubiera llegado en una velocidad distinta a la de este lugar.

A ver, la estadía de ayer no fue la mejor experiencia, llegué y fui a un restaurante, me comí un muy buen vacío, aunque el lugar estaba solísimo y eso se siente raro. Después salí al parque, di un par de vueltas por aquí, bastante gente, empezó a llover y se fue la luz. Es como si la naturaleza me tratara de boicotear la experiencia anoche.

Y aun así hubo momentos curiosos. El sonido de la lluvia pegando sobre las banquetas, la gente corriendo a meterse al café en el que también terminé yo cuando regresó la luz. Por un instante pensé que quizá de eso se trataba venir aquí, de aceptar que las cosas no tienen que salir bien para sentirse reales.

Ese café, ese bendito café del que hablé hace un momento, me reventó el estómago, la estaba pasando horrores anoche; y los roomies, ah porque nadie me dijo que el cuarto estaba parcialmente compartido cuando reservé, incomodísimo.

Y entonces lo que sentía dentro de mi cuerpo sumado a que el exterior no era nada propicio para pasar un rato agusto, me obligó a quedarme encerrado a partir de las diez de la noche. Afuera, a un par de cuadras, seguía la fiesta, pude escucharla en varias direcciones a la redonda.

Hay noches donde uno descubre que la incomodidad física puede arruinar cualquier paisaje. Puedes estar en un lugar bonito, distinto, incluso interesante, pero si el cuerpo entra en conflicto, todo alrededor empieza a perder color. El calor, el ruido, el estómago hecho pedazos, la sensación de no tener un espacio propio. Todo termina mezclándose en la cabeza.

Luego, ya en mi cuarto, se soltó el calor, es un horno, sin ventilación, sin que se sintiera el circular del aire siquiera y sin poder abrir la puerta porque ahí estaban los otros inquilinos, no siento la verdad que merezca seguir pasando una experiencia mediocre, y tal vez tenga que irme hoy para darle otra oportunidad más adelante, en dos semanas que regrese. Quizá venir más temprano en la semana, y darme más días por aquí, rentar un lugar con aire acondicionado e independiente para mí solo.

Porque al final creo que eso resume todo, la experiencia de estar acá no ha sido catastrófica, pero sentir que todo me ocurre a las prisas no me permite disfrutar las bellezas de un pueblo que tiene su propia identidad y sobre todo su propio ritmo de vida.