El "te vas a morir" es el recordatorio más horrible que nos hace el cuerpo. La mayoría de las veces llega después de haber tomado una decisión irresponsable, pero otras sucede cuando ni siquiera tenías intención de jugar a la ruleta rusa contra el destino.
Hoy por la mañana fui al café por un latte tradicional, de los de toda la vida. Sin embargo, tengo que aclarar que desde hace dos meses o más, cuando pido uno, lo pido descafeinado —me había estado robando la capacidad de dormir durante las noches—. Pues bien, lo que pasó a continuación fue un recordatorio de lo insignificantes que somos.
Para ahondar en lo que experimenté, tengo que comentar que no había comido nada en toda la mañana y aquella bebida fue lo primero que ingerí. Apenas unos minutos después de haber dado el último trago, mi cuerpo comenzó a experimentar un dolor.
Un dolor interno que recorría mi pecho justo donde se encuentra el corazón. Un dolor punzante y continuo. No terrible, tampoco insoportable, pero sí lo bastante incómodo para hacerme sentir muy estresado. No sabía qué hacer. No tenía idea del origen del malestar. Uno se asusta con facilidad cuando aparece alguna dolencia corporal porque, he de confesar, el área de la salud me parece la más difícil de entender. Además, he estado acarreando bastante estrés, cosa que asumí contribuía a que la molestia persistiera.
Fue tal mi incomodidad que terminé acudiendo al médico. Pedí el resto del día en el trabajo. Me estaba sintiendo mal y quería que un profesional me revisara. Iba camino a casa con ansiedad y bastante estrés por llegar al consultorio. En el trayecto le marqué a mi madre para que estuviera enterada. Son situaciones como esa las que hacen que estar solo se vuelva algo verdaderamente terrorífico.
A veces uno cree que desear una pareja es una simple obsesión superficial, pero hay momentos en los que parece una necesidad. Alguien que te acompañe en las penas y las dolencias. Alguien que ayude a reducir el estrés y la ansiedad. Alguien con quien enfrentar las contiendas de la vida y también disfrutar las victorias con las que, de vez en cuando, la vida decide sonreírte.
En fin, prosigo.
Ya con el doctor, después de compartir mis datos y ser sometido a una revisión rutinaria de la que, gracias al Cielo, salí bien; y de contarle que últimamente los mariscos y algunos suplementos me habían provocado reacciones similares, me recetó medicamento para la alergia. Al parecer ya no puedo consumir cafeína. Un poco irónico, si se quiere, porque muchos de los textos que he venido a tirar por acá han surgido sentado en la cafetería de por la casa.
El dolor se mantuvo durante algunas horas más, hasta alrededor de las cinco de la tarde. Aproximadamente el tiempo que tardó la cafeína en abandonar mi organismo. Fue entonces cuando la molestia desapareció. Así que ya sé que, a partir de ahora, el café intenso que consuma tendrá que provenir exclusivamente de los ojos de mujeres hermosas.
¡Qué curiosa es la vida! ¿No les parece? Lo que un día amas puede hacerte daño al siguiente, no porque haya cambiado, sino porque quien cambió un poco fuiste tú.









Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.