Noche Cualquiera

Hoy tengo ganas de escribir, de explicar lo que pasa en mi mente. Bueno, no es verdad, ni yo mismo puedo comprender todo lo que pasa en mi mente, solo me detengo a ver lo que sucede alrededor, y me fascino por todos, por cuanto logran, por sus éxitos, por sus frutos, por sus méritos. ¿En dónde estoy parado? Jamás lo sabré, porque dedico tanta energía a comprender el entorno que termino sin darme cuenta de lo más importante, ¿quién está redactando la historia de mi vida y por qué se tarda tanto en llevarme a escenas interesantes? Al ritmo que vamos, el probablemente único lector que llegue se habría hartado en el primer capítulo, tan aburrido y falto de acción, sedentario y con desarrollo poco ágil.

Estaba en medio de la nada charlando con mi consciencia cuando súbitamente el reloj dio las nueve, era hora de salir de ahí y caminar alrededor intentando reconocer y adaptarme al terreno; pero era igual, todo era exactamente lo mismo en la gran ciudad como ocurría en los pequeños pueblos, quizá la única diferencia es que el dolor dominante del hábitat verde se transformó en gris, el cielo azul en blanco y las montañas ahora eran construcciones de hormigón.

Conforme avanzaba, los escenarios se volvían cada vez más comunes. Estaba el tipo tratando de impresionar a su conquista más reciente con un regalo valioso en mano, la dama reacia a complacer su súplica; dos metros adelante une joven mujer con la vista puesta en los aparadores de la tienda comercial, doscientos transeúntes cruzando al otro lado de la calle, la mitad vestidos de traje y corbata y con prisa ante el semáforo dándoles el paso. Seguí avanzando, un par de cuadras más, tras encontrarme con un par de personas que casi me arrollan por su ritmo, mientras, lentamente desplazándome por las fascinantes edificaciones que transitaba. Pude ver el rostro de desprecio al observarme de un par atractivas y bien vestidas señoritas; pues claro, no esperarían que alguien con mi perfil y de mi calaña compartiera la banqueta con ellas siquiera.

Tenía deseo de contar una historia, pero que no se quedara en eso solamente; habría que ponerme en pie de guerra contra lo único que me limita, el tiempo. Porque ustedes tal vez no lo sepan, pero cada que me pongo a redactar, me sumerjo en un universo de palabras y oraciones que aparecen en mi mente una tras otra, queriendo expresar algo sin perder la trama.

No nací siendo sofisticado, ni he crecido entre ramificaciones de glorias o cosas por el estilo; entre las ocurrencias que llegan a mi cabeza se encuentra el hecho de que no puedo abandonar mi origen o desarraigarme de la gente que me ama. Sin importar que eso en algún momento pueda ser motivo de desagrado para algunos, realmente no me importa. Sin embargo, aquí estoy, de alguna forma encontré la voluntad para contarles lo que sucedió a continuación:

Aproximándome al edificio vi a un hombre recostado sobre una pared, ¿quién soy yo para juzgarle? Estaba ahí, acostado y sucio, cubriéndose a penas con una cobija para pasar el frío de la noche. Quisiera ser capaz de ayudarlo, hoy más que nunca mi corazón se encuentra dolido por las cosas que ha experimentado. El tipo no cruzó palabra o mirada conmigo, siguió en lo suyo. Acurrucándose y colocándose la ropa encima.

Me acompañaban a penas trescientos pesos en la cartera, seguramente me servirían para pagar mis comidas hasta que me pagaran; ya había dejado atrás al mendigo por unos diez pasos, repentinamente sentí cómo una mano mucho más fuerte que el peso de mi cuerpo se colocó sobre mi pecho y me sostenía evitando mi avance. Durante todo mi andar nocturno no había sentido el frío tan intenso dentro de la piel, los ojos se me que llenaron de lágrimas al tiempo que la presión era más intensa, me tuve que detener.

Minutos más tarde me encuentro escribiendo esto, sin un centavo en la cartera pero con la confianza de que he hecho un pequeño bien a alguien que lo merecía. A veces, ahogados en nuestro ego y autocompasión, consideramos más importantes uno o dos días de carencia nuestros que todo lo demás, e ignoramos que hay personas que duran así semanas e incluso meses sin que nadie les abra la mano y sin decir palabra les brinde algo a cambio de nada.