Visita de Medianoche

Los momentos de ansiedad a media noche tras despertarte con la serenata de los vecinos son cero cool. Estoy a poco más de un mes de que el año termine, y la oscuridad lo sabe y me coloca en su punto más siniestro, por eso mis manos tiemblan, mis uñas se acaban, mis labios se resecan, mi cabeza duele, mis pensamientos se enciman uno sobre el otro, el palpitar de mi corazón se hace uno con la inquietud intrigante del segundero y empiezo a sudar estando a diez grados, horrorizado ante quien esté viéndome sufrir desde la ventana evocando una obvia sonrisa burlona.

A nadie puedo desearle ese tormento, cuando los huesos de la espalda crujen no importando hacia donde intente acomodarme, está claro que tengo que aguantarme. El ardor de los ojos combinado con la imposibilidad de girar la cabeza de modo que la comodidad vuelva a mí. Pero no es solo eso, el continuo susurro de mis miedos crece, debería de tener algún significado que hasta ahora desconozco, o probablemente sea solo eso, el súbito deseo de conocer mi entorno es lo que atemoriza a esa parte de mí; pues todos tenemos un yo oculto que no nos gusta dejar libre, alguien que asimila distinto la realidad y los valores.

Una tercera voz acaba con la armonía del momento; los ruidos son reales, están caminando hacia mí y no sé cómo confrontarlos. Tengo que irme por hoy, dejarle que controle mi mente y se haga cargo de mis sentidos, espero me extrañen aquellos por los que en un punto hice algo, o tal vez no recuerden ni quién soy, pues nunca me vi abundante de una personalidad cautivadora, y hoy menos, el silencio va a ser una de las características que lo describa, como una vez hizo conmigo, seguro hará de nuevo. El presionar de sus brazos rodeándome la garganta se hace presente, claro que es más fuerte. Mis mejillas entumecidas se entregan a su voluntad, la cabeza me arde, me quema. La vista se nubla, gracias por darme otra oportunidad.

Y las palabras de esa desagradable criatura fueron: Suelo creer en todos, menos en mí.