Mostrando las entradas con la etiqueta justificar ese malestar. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta justificar ese malestar. Mostrar todas las entradas

 Las campanadas de la iglesia resuenan a una cuadra de distancia. Más allá, otras iglesias parecen responderles en sincronía. Dentro del local, la música suena a un volumen considerable. Afuera, al pie de la calle, pasan coches con sus propias canciones compitiendo por dominar el ambiente. Cerca de mí, una chica sostiene una videollamada con su madre; ambas elevan la voz para vencer los problemas de conexión. Frente a mí, una familia entera mantiene una discusión apasionada donde cada integrante intenta hacerse escuchar por encima de los demás.

¿En dónde estoy?

¿Y por qué de repente me está provocando tanta incomodidad el ruido del entorno?

Mi primera reacción es culpar a todo lo que me rodea. Es fácil hacerlo. Cuando uno se siente mal, resulta tentador buscar responsables en el paisaje. Convertir cada sonido en una agresión. Cada interrupción en una prueba de que algo está fuera de lugar.

Pero conforme pasan los minutos empiezo a cuestionar mi propio diagnóstico.

Las campanadas dejaron de sonar después de un minuto.

La chica de la videollamada probablemente lleva días o semanas sin ver a su familia y encontró en el domingo por la tarde el momento para ponerse al corriente con ellos.

La familia no está peleando. Bueno, quizá sí un poco. Pero también se nota que están disfrutando la comida y la compañía mutua. Como detalle adicional, después de observarlos unos segundos, debo admitir que aquí son muy bonitas las señoras. Se nota que en sus años de juventud debieron llamar bastante la atención.

Sigo.

Es cierto que pasan coches ruidosos, pero sucede de forma esporádica. Mucho menos frecuente de lo que mi molestia inicial me hizo creer.

Y la música. Bueno, la música está reproduciendo canciones que no me gustan. Eso no la convierte en un problema. El desagrado también es un sesgo.

Entonces empiezo a sospechar que el ruido no es el verdadero asunto.

Lo que está pasando en realidad es que tengo sueño.

Me siento agotado.

El sol ha hecho mella en mí durante buena parte del día y eso, combinado con los problemas para dormir de la noche anterior, terminó por provocarme dolor de cabeza. Mi cuerpo está cansado y mi mente está utilizando todo lo que ocurre alrededor para justificar ese malestar.

El mundo no cambió.

El que cambió fui yo.

Necesito respirar más. Tomarme las cosas con calma. Evitar que el entorno me consuma y que el estrés me convenza de que todo está mal cuando quizá lo único que necesito es descansar.

Tomo un sorbo profundo de mi bebida.

Un cold brew tonic de cítricos.

Extremadamente refrescante.

Suspiro.

Hay otro fenómeno curioso que he experimentado durante estos días. La cantidad de personas que me han abordado en la calle para pedir dinero.

Entre quienes aseguran estar enfermos, quienes dicen no tener para comer y quienes simplemente piden porque sí, calculo que al menos unas doce personas se me han acercado durante los últimos dos días. Entre una historia y otra, probablemente me han sacado cerca de trescientos pesos.

Y es que tengo corazón de pollo.

Me resulta demasiado fácil creer lo que me cuenta la gente cuando parecen sinceros. Sobre todo cuando hablan de enfermedad, hambre o dificultades económicas. Algo dentro de mí siempre quiere pensar que están diciendo la verdad.

No menciono esto para parecer generoso.

Mi generosidad no se mide por la cantidad de dinero que entrego en una banqueta.

Sí me considero una persona generosa, pero hay una diferencia entre dar porque uno quiere hacerlo y dar porque alguien encontró la forma de exprimir esa parte sensible de uno mismo.

Tampoco lo digo con desprecio hacia quienes piden ayuda. Al contrario. La empatía es precisamente lo que me impulsa a ayudarlos cuando puedo.

Lo menciono porque forma parte de la experiencia.

Porque, igual que el ruido, son pequeñas demandas constantes de atención.

Historias.

Rostros.

Peticiones.

Voces.

Todo reclamando un poco de espacio dentro de mi cabeza.

Otro sorbito.

Qué deliciosa sabe esta cosa.

Poco a poco me he ido metiendo tanto en lo que ocurre dentro de mi propia burbuja que he empezado a ignorar buena parte de lo que sucede alrededor.

Y quizá esa sea una habilidad importante.

No porque el mundo exterior carezca de valor, sino porque hay días en los que uno necesita distinguir entre lo que realmente está ocurriendo afuera y lo que está ocurriendo dentro de uno mismo.

Mientras menos permita que el ruido de afuera determine mi estado de ánimo, más energía tendré para cuidar lo que sucede aquí adentro.