Mujer De Cabello Rubio
Estaba a punto de escribir algo en relación con mi situación actual, aquella que no debería venir a exponer acá. Me detuve en seco. Un segundo pensamiento me invadió. Claro que ver una película es una experiencia interesante. Cambiando de tema, por decir algo.
Mis dedos se mueven al ritmo de las canciones que escucho en los audífonos. Disfruto las bellezas de la vida. A veces solo, a veces acompañado, como mañana, quizá, cuando tenga familiares de visita. No sé qué sentir, si me lo preguntas. Las expectativas son mínimas y, aun así, el tema del orden en la casa, la limpieza y los pequeños pendientes me hace ruido. No un ruido desconcertante. Más bien uno que requiere algo de atención.
Hablando del ruido que me rodea, no estoy escuchándolo. La canción me invita a viajar, a un mundo ficticio de temores y colores. No sé por qué las emociones consideradas negativas suelen colocarse en la otra orilla del espectro cuando, en realidad, todas forman parte de una misma visión del entorno.
Y una mujer de cabello rubio teñido se ha sentado a dos metros de distancia, frente a mí. Es más llamativa de lo que pensé al verla entrar. Camiseta negra con detalles blancos en cuello y mangas, ojos claros, abundante maquillaje —para mi gusto personal—, jeans grises y tenis blancos. En conjunto se ve bastante bien. Trae un matcha de esos de color verde y se come uno de los envueltos que venden en Starbucks mientras habla por teléfono. A veces cruza miradas conmigo, casi como si divisara un espectro en el horizonte.
Al desconectar para concentrarme en lo que escribo, el mundo sigue su curso. Sin ponerme filosófico, sin intenciones rebuscadas. Los jueves por la tarde la plaza suele estar repleta de mujeres atractivas. No pregunten cómo lo sé. Simplemente lo sé.
De momento he visto pasar algunas mujeres guapas. Agradezco la oportunidad de estar aquí y disfrutar de tan agradables vistas mientras me hundo en la silla a escribir sobre mi día, sobre lo simple de la existencia o sobre el hecho de que una mujer de tez blanca, vestido negro y mirada ingenua puede ser lo más espectacular que atraviese mi campo visual a lo largo de la jornada. Sigo.
Es curioso cómo gran parte de lo que ocurre a mi alrededor existe gracias al mismo sistema que tantas personas disfrutan criticar. La cafetería, la plaza, las tiendas, la ropa que viste la gente, las bebidas sobre las mesas, los teléfonos en las manos de casi todos. Hay que aprender a perderle el miedo al capitalismo. Al final estamos rodeados por él y no hay mucho que podamos hacer al respecto si pretendemos evitar morir de hambre.
Cuesta trabajo entender que las reglas de la existencia provienen de mucho más arriba de donde nos encontramos. Resulta más sencillo revolcarse en la miseria, sufrir por las carencias —que a todos nos sucede— y culpar a cualquier cosa que aparezca a la vista. Pero tarde o temprano descubres que debes aprender a montar a la bestia o terminarás debajo de ella. Y no queremos que eso suceda. Ni a mí ni a nadie de los que me rodean.
La vida sin herramientas tal vez no sea nada. Sin embargo, cuando aprendes a programar en Notepad, cuando no le temes a redactar directo sobre una hoja en blanco, cuando te sobrepones a una vida sin redes sociales, asistentes virtuales, inteligencias artificiales, agentes que codifican por ti, entornos de desarrollo prediseñados, música o contenido en streaming, descubres algo importante.
Te descubres a ti mismo.
Te vuelves tú solo frente al mundo moderno y entiendes que eres mucho más grande que los vicios y las vicisitudes contemporáneas.
Te vuelves más grande que la lectura de un simple libro o que un contacto al que llamas por teléfono. Trasciendes los miedos cultivados por no formar parte de tendencias o modas. Superas el FOMO, el contexto interpersonal, las estructuras hechas a la medida, el mercado de consumo y toda la basura que permanece ahí, disputándote la atención.
Porque lo que de verdad importa sigue siendo lo mismo.
Tu capacidad de producir.
Sin ayuda.
Sin aplausos.
Sin recompensa inmediata.
Únicamente por el placer de hacerlo.
Y saber que puedes con eso te coloca en un lugar especial, donde apenas unos pocos logran habitar. En paz contigo mismo. Con tu mente. Con tu historia de vida. Con tus habilidades. Con tu entorno. Con tus pensamientos. Con la simplicidad de tu existencia.
Lo cual es arte en su estado más puro y genuino.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.
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