Mostrando las entradas con la etiqueta historia del universo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta historia del universo. Mostrar todas las entradas

 Es la verdad: la vida no tiene una manera específica de vivirse. No existe un mapa que conecte los eventos que nos ocurren ni una secuencia de aventuras que, al completarla, nos garantice alcanzar tal o cual objetivo. A veces caes, casi de rebote, en el trabajo de tus sueños; otras, conoces al amor de tu vida mientras esperas tu turno en la fila del súper. La existencia parece sostenerse sobre una sucesión de eventos fortuitos: algunos terminan siendo una bendición y otros, un rotundo fracaso.

Lo que sí nos corresponde, como individuos, es intentar mantenernos en una pieza el mayor tiempo posible. Porque las enfermedades, las dolencias, los malestares físicos, las cargas emocionales, las derrotas, las carencias y las consecuencias más difíciles suelen encontrarse a una sola decisión de distancia. Y, como mencioné antes, eso no significa que controlemos el rumbo de las cosas. Significa, apenas, que podemos decidir cómo habitamos el tiempo que nos toca vivir.

El recordatorio constante de que algún día vamos a morir es una de las pocas formas que conozco para entender que no somos tan importantes ni tan trascendentales como nos gustaría creer. Existe un miedo silencioso a no despertar mañana; a dejar pendientes los proyectos de nuestra lista, a no concluir esa visión personal que tanto trabajo nos costó construir, a ver caer un negocio o descubrir que el amor jamás quiso tocar nuestra puerta. Sin embargo, cuando uno contempla la vida desde esa perspectiva, entiende que casi todo eso ocupa un segundo plano. Al final, el único compañero que permanece desde el primer hasta el último día es nuestro propio cuerpo.

Por eso, todos los abusos de los que es víctima deberían convertirse, poco a poco, en hábitos saludables. Lo digo desde la experiencia. Vivir con neblina intelectual, deshidratación, hambre, sueño acumulado, falta de ánimo, frustración o simple necesidad de contacto humano es como intentar avanzar nadando contra la corriente. El cuerpo, igual que la mente y el corazón, necesita razones para estar bien. Necesita descanso, alimento, movimiento, afecto y momentos de calma. La vida es una sola; aceptar que no somos perfectos y tratarnos con un poco más de cariño termina siendo una de las formas más honestas de respetarla.

No quiero sonar fatalista; ya me conocen. Escribo desde una profunda sinceridad, desde el respeto por el valor humano, por la libertad emocional y por esa sobriedad prudente que tanto cuesta conservar. Porque es muy fácil caer en las trampas del ego, convencernos de que el mundo gira a nuestro alrededor o asumir que el futuro nos debe algo solo porque el presente ha sido amable con nosotros. Del mismo modo, también resulta fácil sentir que el Universo nos traicionó cuando nuestro origen ha estado marcado por la carencia, las penas o la falta de oportunidades. Ninguna de esas posturas alcanza a describir la realidad completa.

Quizá la respuesta sea mucho más sencilla. Somos mente, somos cuerpo y somos emociones; pero también somos un puñado de átomos que, por un instante diminuto dentro de la historia del Universo, decidieron permanecer juntos para experimentar eso que llamamos vida. Pensar en ello no debería hacernos sentir insignificantes, sino profundamente agradecidos. Porque, si todo esto es tan improbable, entonces cada conversación, cada abrazo, cada fracaso, cada oportunidad y cada amanecer poseen un valor difícil de medir.

La tesis de hoy es sencilla: vive agradecido, no contrariado.

Aceptar que vivimos en un mundo donde la soledad parece estar más presente que nunca, incluso mientras acumulamos conexiones; donde mirar a alguien a los ojos comienza a sentirse extraño; donde un abrazo casi siempre llega después de una tragedia; y donde decirle algo bonito a otra persona parece necesitar una justificación, es aceptar también que todavía podemos elegir actuar distinto. Tal vez las personas olvidaron que son valiosas por el simple hecho de existir. Tal vez nosotros también lo olvidamos de vez en cuando. Por eso vale la pena recordarlo: antes de cualquier logro, antes de cualquier fracaso y antes de cualquier explicación sobre el sentido de la vida, seguimos siendo seres humanos intentando atravesar el mismo misterio.