Travesía

Desde que tengo memoria, siempre me he considerado un apasionado de los hechos, por eso es que si algo me engancha es muy difícil que me desarraigue; puedo tardar el tiempo que sea necesario para verlo convertirse en realidad, y no me malentiendan, no es una simple obsesión, sé reconocer las cosas cuando son imposibles o inalcanzables, eso también es parte del realismo (a veces demasiado honesto) que he desarrollado. Dejé de creer en la magia o en las cosas que surgen solo porque sí, mi credibilidad está basada en situaciones reales que han impactado o tocado mi vida. Por esa razón también me resulta un reto enorme cuando he de cambiar una actitud, algo que haya formado parte de mi estilo de vida, o siquiera dejar de lado una actividad secundaria; es ahí a donde quería llegar, ver series me cuesta mucho trabajo no porque me disgusten, sino porque no quiero dejarla a medias y utilizo casi cada instante que puedo para avanzar, lo mismo sucede con los juegos de video (por eso preferí quedarme en el rango de jugador casual), y la lista podría continuar...

Ser apasionado me ha abierto las puertas al mundo de la lectura, a la apreciación fílmica, al análisis social, al deseo continuo de aprendizaje, a la autocrítica, a la experimentación multisensorial, al reconocimiento y la aceptación de mis límites y responsabilidades. Y todo lo anterior cada vez me deja más claro lo ínfima e insignificante que es la existencia, en la que sin embargo aquí sigo, tratando de dar mi mejor sonrisa al espejo cuando me veo cada mañana, animándome a no abandonarme a la suerte nunca más, pues el amor propio es sin duda lo único que nos mantiene a flote cuando atravesamos por las peores tempestades de nuestra travesía.