Once
Es el número de páginas que he escrito en mi libreta antes de retirarme de este lugar...
Par algunos, el once es un número que no significa nada, para mí en cambio, es uno más en la lista de mis ocho números favoritos: Uno, tres, siete, ocho, once, trece, veintiocho y setenta y siete. Siendo mi preferido sobre todos el número ocho.
El ocho es una apreciación vertical del infinito, aquello que no tiene principio y tampoco final, que puede ser tanto como uno sea capaz de potenciar la naturaleza del propio pensamiento. Es aquello que se puede ejemplificar pero no contener; podría decirse que es un número representativo de lo que es Dios; pues el infinito lo es todo, pero el infinito también es uno, y para uno es todo.
Y así es, como a partir de la nada una idea alimentada de un circunloquio puede darme algo curioso para escribir; eso es para mí una idea: La apertura de una fuente inagotable de particularidades, la expansión de un agujero negro en el espacio del existencialismo, la explosión nuclear de toda la materia informativa que existe en el Universo.
Par algunos, el once es un número que no significa nada, para mí en cambio, es uno más en la lista de mis ocho números favoritos: Uno, tres, siete, ocho, once, trece, veintiocho y setenta y siete. Siendo mi preferido sobre todos el número ocho.
El ocho es una apreciación vertical del infinito, aquello que no tiene principio y tampoco final, que puede ser tanto como uno sea capaz de potenciar la naturaleza del propio pensamiento. Es aquello que se puede ejemplificar pero no contener; podría decirse que es un número representativo de lo que es Dios; pues el infinito lo es todo, pero el infinito también es uno, y para uno es todo.
Y así es, como a partir de la nada una idea alimentada de un circunloquio puede darme algo curioso para escribir; eso es para mí una idea: La apertura de una fuente inagotable de particularidades, la expansión de un agujero negro en el espacio del existencialismo, la explosión nuclear de toda la materia informativa que existe en el Universo.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.
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