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 Cómo evoluciona la vida, de maneras tan curiosas.

Estoy de viaje en un lugar al que llegué casi por decisión aleatoria. En la empresa de transportes se equivocaron con mi último boleto y, como reembolso, me dieron uno abierto para cuando quisiera utilizarlo.

Pues bien, hace rato, mientras bebía una limonada por el Centro, caminó a apenas dos metros de mí quien llegué a considerar mi mayor hater de toda la vida. Esa persona que me deseaba lo peor y me insultaba de forma desmedida porque me consideraba miserable.

Y qué interesante lo minúsculos que terminan volviéndose nuestros problemas cuando los vemos de frente. No hablo en sentido literal, sino figurado. Cómo una mujer que primero me pareció bastante atractiva, pero que después llegó a inspirarme miedo en algún punto de la vida, hoy se percibió apenas como un recuerdo agradable del pasado.

Me parece sorprendente la capacidad que tiene el cerebro para reajustarse cuando experimenta la realidad. No todo es horrible, no todas son malas noticias y, definitivamente, no todas las personas nos detestan. La verdad sea dicha: muchas simplemente nos ignoran y siguen con sus vidas. Y eso es fantástico, porque a veces le damos demasiado peso a la opinión de alguien que probablemente, dentro de diez años, ni siquiera recordará lo que un día nos dijo o nos hizo.

No sabía si escribir esto, porque la razón de mi viaje no tenía nada que ver con esa persona. Sin embargo, narrar lo sucedido cumple una función de cierre para una etapa que viví hace mucho tiempo. Dicho sea de paso, verla me produjo una alegría interior y nostalgia que no podía pasar por alto.

Eso es lo fantástico del perdón. Cuando se ofrece con sinceridad, no hace falta esperar nada a cambio. El curso mismo de la existencia acomoda las piezas y nos permite enterarnos, de forma directa o indirecta, de cómo están aquellos que alguna vez nos hirieron.

Pienso en quienes me han estafado, en quienes me han insultado sin merecerlo —porque también hay ocasiones en las que uno sí lo merece—, en quienes me han humillado, me han herido o me han roto el corazón. Y pienso en cómo la vida termina encargándose de esas historias, no yo.

Yo siempre desearé que nuestras vidas encuentren caminos que nos permitan estar mejor. Soy consciente de que actuamos según el lugar en el que nos encontramos y según cómo nos sentimos en el momento. Todos hemos sido impulsivos alguna vez. Todos hemos ofendido a alguien. Lo mejor es no navegar con la piedra en la mano, porque seríamos los primeros en ser apedreados.

No tenía una persona ni una razón específica para estar acá. Salvo aquel error que mencioné algunos párrafos atrás, una experiencia previa bastante deplorable —llovió, se fue la luz, una bebida me hizo daño y terminé regresando de inmediato; ya les conté esa historia el otro día— y las ganas de desconectarme un poco de mi entorno habitual.

Pero miren cuál terminó siendo la sorpresa.

Un cierre simbólico para una historia que llevaba años guardada en el baúl de los recuerdos.

Una mujer hermosa detestándome, en un punto de mi vida en el que sigo luchando contra algo dentro de mí, que irónicamente podría ser cualquier día de mi vida.