Mostrando las entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas

Tiempo.

Es relativo, dicen. Pero cuando la semana se te va encima sin pedir permiso, la relatividad se siente más como una burla que como una teoría. Miro el backlog y siento que avancé poco. Siempre poco. Como si el esfuerzo tuviera fugas invisibles.

Estoy feliz, lo admito. Por fin me siento parte de un proyecto con margen de crecimiento. Entiendo lo que tengo que hacer. Entiendo mis responsabilidades. No soy un número que ejecuta sin contexto. Eso debería bastar.

Y sin embargo, la duda.

La duda se sienta a la mesa aunque no la invite. Se instala con una naturalidad que ya no sorprende. Confío en mis habilidades; no es falsa modestia. Los años pesan y enseñan. La experiencia no es un adorno en el currículum, es una cicatriz acumulada. Pero cualquiera puede equivocarse. Basta un error, uno solo, para que el castillo mental empiece a inclinarse. El síndrome del impostor no grita; susurra. Y cuando lo dejas que se quede, convence.

No estoy solo. Y eso no siempre tranquiliza.

Somos humanos. Nos enfermamos. Nos confundimos. Tomamos decisiones con información incompleta y luego fingimos que sabíamos lo que hacíamos. Nuestra visión no alcanza para abarcarlo todo, aunque el entorno exija precisión quirúrgica. El mundo no premia la duda; la castiga. Produce o desaparece. Mejora o estórbalo.

En ese contexto, avanzar sin titubear parece un acto heroico. No por grandeza épica, sino por desgaste acumulado. Levantarse, cumplir, sostener la mirada cuando el miedo quiere bajarla. No confiarse. No dormirse. No ceder terreno.

El amor propio no resuelve la existencia. La confianza no elimina los problemas. El temor no desaparece porque uno lo nombre. Pero navegar con miedo constante desgasta la estructura interna. Sentirse seguro, de verdad seguro, ha sido un lujo extraño en mi vida. Cuando no es la salud, es la incertidumbre económica. Cuando no es el cuerpo, es el entorno. Siempre hay algo que amenaza la estabilidad. Algo que recuerda que el equilibrio es provisional.

Pero hay que moverse.

Quedarse inmóvil, lamentarse, enumerar injusticias biológicas o sociopolíticas no cambia la ecuación. Los genes no se negocian. Las condiciones del mercado tampoco. Hay variables que no responden a la voluntad. Resistirse a eso solo consume energía que podría usarse en otra cosa.

Aun así, me niego a dejar de amar lo que me gusta. La belleza, la bondad, ciertos cánones estéticos que ahora parecen sospechosos. Tal vez soy hijo del consumismo. Quizá la mercadotecnia moldeó parte de mis preferencias. No lo niego. Pero borrar mis predilecciones para encajar en una narrativa moral ajena sería perder algo más grave: mi propia coherencia.

Venir al café me produce una satisfacción difícil de explicar sin sonar superficial. Me gusta que me reconozcan. Que sepan mi nombre. Que anticipen mi pedido según la hora. Ese pequeño ritual confirma que existo en la memoria de alguien. Que no soy un cliente habitual flotando entre el flujo de transacciones.

La plenitud viene cuando te ves en el lugar que te sientes cómodo tal cual eres, donde no hay necesidad de máscaras para disimular, ni de demostrar grandilocuencia o intelectualismo para destacar. Donde tanto la banalidad como el absurdismo son parte fundamental de la construcción del entorno, un momento que se convierte en un lugar en el que te gusta estar en tu versión más transparente.

Y sí, me gusta estar rodeado de gente atractiva. Lo digo sin rodeos. Me gusta observar la armonía de un rostro, la proporción de un cuerpo, la forma en que alguien camina con seguridad. No es devoción pasional; es contemplación estética. Es un descanso breve del ruido interno.

Había alguien. No fue la persona más amable conmigo. No hubo complicidad especial ni conversaciones memorables. No fue una historia. Fue una presencia. Una cara muy atractiva detrás del mostrador. Una figura que aportaba orden visual a mis ratos. Y eso bastaba.

Se fue a otra sucursal. Ascendió a gerente. La camiseta del negocio bien puesta, como debe ser. A veces vuelve de visita. La veo por minutos, entre risas compartidas con sus antiguas compañeras. No me busca. No la busco. No hay drama. Solo ese instante breve en el que el espacio recupera algo que había perdido. Nos saludamos.

Y después se va otra vez.

No es romance. No es obsesión. Es la constatación de que ciertas presencias, aunque superficiales, sostienen pequeñas estructuras internas. Rutinas mínimas. Expectativas discretas. Cuando desaparecen, el vacío no es trágico, pero existe.

Pensar en ella no me define. Pero revela algo: necesito belleza alrededor para no endurecerme. Necesito rituales para no diluirme. Necesito proyectos que me reten para no estancarme. Necesito moverme, incluso cuando dudo.

El tiempo pasa. El backlog sigue ahí. La incertidumbre no desaparece. El mundo no se vuelve más amable.

Pero sigo viniendo al café. Sigo trabajando. Sigo mirando. Sigo avanzando.

Aunque sea poco.

Extraño a Ana.



Tiempo

Por
Tiempo. Es relativo, dicen. Pero cuando la semana se te va encima sin pedir permiso, la relatividad se siente más como una burla que como un...
Corazón, si quieres que hablemos claro podemos hacerlo.
No me olvido de todas tus ocupaciones, ni proyectos,
no me olvido de que lo que más necesitamos ambos ahora es tiempo.

Yo requiero tiempo para pensar que lo que quiero hacer contigo es pertinente,
que somos un par capaces y suficientemente inteligentes.

Necesito tiempo para no dudar de mi actitud,
para contemplar el espacio, para descifrar la pulcritud.

Quería escribir hoy, tenía muchas ganas de hacerlo,
pero como me siento, en donde estoy,
como vivo justo ahora, todo se junta y provoca que
mi disposición se mantenga al margen;
nadie más aparte de mí tiene que ver con esto,
no es miedo, es ausencia de puertas,
o la mínima cantidad de las que he encontrado abiertas.

Y así podría quejarme,
pero sé que es cuestión de tiempo,
se reparará mi historia,
o comenzaré de nuevo.

Hay decepción y penas,
hay dolor y desconsuelo,
pero no puedo dejarlo todo
en manos de un simple miedo.

Probablemente no nací para ser grande,
no nací para ser bueno,
no nací para ser alguien
o para merecer lo que quiero...

Pero sigo, continúo intentando,
una y otra vez sin desmayar,
el camino parece largo,
no pienso desistir de pelear.

En el anonimato he sido criado,
entre montón de falsedad,
de nuevo aquí, te digo hermano
que no sé si podré llegar.

Me siento mal te soy sincero,
de sentirme incompetente,
de encontrarme en el abismo
de lo mejor que da mi mente.

¿Y si nada surge pronto?
No lo sé, no quiero pensar en eso,
leí que me tocaba vivir días bajos;
aunque quiera olvidar el tema,
a cada uno avanzo un paso,
y un día olvidar éste poema.

Tiempo

Por
Corazón, si quieres que hablemos claro podemos hacerlo. No me olvido de todas tus ocupaciones, ni proyectos, no me olvido de que lo que ...