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 El problema con las adicciones, o mejor dicho, con el proceso de desintoxicación de las mismas, es que a veces, durante uno o dos días, incluso durante la primera semana, te mantienes firme en tu decisión. Crees que lo vas a conseguir, te ocupas para evitar la tentación o sales de casa para no darle vueltas al asunto.

Pero ¿qué pasa cuando estás encerrado y la tentación permanece frente a ti, recordándote lo bien que se siente caer? Entonces se convierte en una lucha difícil, una que pocos logran ganar. Lo peor es que al día siguiente será igual, quizá con mayor intensidad. Porque las adicciones son pacientes: esperan la oportunidad adecuada y, cuando te encuentran vulnerable, te envuelven por completo.

Luego aparece la ansiedad de la abstinencia, porque aquello que te aflige también suele estar ligado a otros problemas. No es lo mismo convencerte de no hacer o consumir algo que mantenerte estable cuando la cabeza duele, cuando el pecho parece querer salirse de su sitio, cuando se acumula el cortisol, cuando los pensamientos toman el control. Así funciona el cuerpo: cuando se acostumbra a algo, lucha por permanecer ahí, en esa zona conocida, en ese pico de dopamina tan breve como engañoso.

Quizá por eso nos cuesta tanto observarnos con honestidad. Ojalá fuéramos capaces de mirarnos al espejo sin sufrir o sin entrecerrar los ojos. No por el físico, que al final es un asunto temporal, sino por aquello que solo nosotros alcanzamos a ver en el reflejo: nuestras inseguridades, nuestros miedos, nuestras carencias y nuestros pecados.

Tal vez sentirte atado de manos a propósito no sea el mejor método de enseñanza, y es probable que aceptar tus errores como parte de quien eres te ayude más a comprenderlos y navegarlos. Sin embargo, cuando eliminamos todos los filtros y límites de nuestra conducta, corremos el riesgo de convertirnos en aquello que no queremos ser. No porque exista algo perverso en la libertad, sino porque dejamos de considerar las consecuencias de nuestros actos sobre nuestras responsabilidades. Por eso pienso que lo más sano es encontrar un equilibrio entre la disciplina y la liberalidad.

Pero esa es solo mi forma de verlo. A mí me funciona así. Cada persona utiliza sus propios medios para resolver sus conflictos internos: algunos toman distancia, otros acumulan cosas, y otros buscan experiencias que les permitan sentirse parte de un grupo o de un lugar específico.

A veces asociamos la felicidad con la desconexión. Y no es sencillo acostumbrarte a estar solo, encerrado con tus pensamientos, intentando comprenderte. Resulta mucho más fácil entregarte al vicio, irte de viaje, gastar dinero o comprar boletos para algún evento. No digo que nada de eso sea malo; solo pienso que, en ocasiones, también puede convertirse en una forma de evitar aquello que llevamos dentro.

Pero cada quien es libre de utilizar los recursos que quiera y pueda para alcanzar sus propios fines. Porque al final se trata de entender que no somos perfectos y de aceptar que no podemos pasar la vida lamentando nuestras imperfecciones. Debemos seguir adelante, reconociendo que estamos rodeados de porquería, pero sin olvidar que también existen virtud y valores dentro de nosotros.