El mundo está dividido entre personas que pueden y las que no, una cosa muy rara, si me lo preguntan, conforme vemos hacia afuera, hacia afuera de nosotros, de nuestros pensamientos, de las debilidades cual acreedores. Como algo que incomoda cuando lo miras de frente. Decidir qué beber, qué comer, a dónde ir, cuándo callar. Con los años, esa capacidad empieza a desdibujarse. No desaparece de golpe. Se va erosionando. Y lo más cruel es que casi siempre lo hace bajo la excusa del cuidado. Esta tarde fui a la cafetería a tomar un té y lo vi pasar delante de mí, un caballero de edad avanzada me habló cuando estaba a punto de sentarme, me hizo preguntas un poco extrañas, que a los pocos segundos, una dama me dijo: "No le hagas caso, tuvo un derrame".
Los sentimientos en mi pecho se entremezclaron, entre la consicencia de saber que la persona a mi lado tiene una condición y el hecho de querer escuchar con genuino interés y atención lo que me decía. Me hico algunas preguntas aleatorias: "¿Sabes qué venden aquí?", "¿Tú cómo te llamas?", "¿Qué venden de comer por aquí cerca?", "¿Vienes aquí a tomar o a jugar?", "¿Sabes dónde puedo comprar una coquita?". Traté de responderle a cada pregunta lo mejor y más sincero que pude: "Es una cafetería, venden café, té, panadería", "Me llamo Carlos", "A dos cuadras hacia aquel lado hay tacos y un restaurante, hacia el otro lado, a una cuadra hay otro restaurante", "Vengo a tomarme un tecito", "En la esquina hay un Oxxo"... Pero a cada respuesta, me ignoraba por completo, decía: "Ah sí, sí", y se volteaba.
Qué difícil puede ser la vida en los últimos años, sinceramente; donde si no pasas desapercibido, te conviertes en el centro de atención que hace comentarios incómodos. El señor está peleando con su hija, él quiere Coca, ella le trajo un Mango Dragon Fruit, lo quiere tirar, se enoja porque lo quiere cambiar por una Coca... "No te lo cambian, aquí no hay Coca, solo café". Llegó alguien más, "Quiero Coca, no quiero esta cosa." Y el señor se puso triste.
Me siento mal por él. Le molesta que le hayan dado una bebida rosa. Si no le dieron Coca para evitar el azúcar, ¿por qué no le compraron una Zero de aquí en corto? Suena más a un capricho de la hija que a tratar de cuidar al pobre hombre. Quisiera acomedirme a regalarle una, pero no quiero caer mal, no quiero ser regañado por una señora de personalidad conflictiva. No se quejaba con violencia. Pero insistía con terquedad. Con esa terquedad que en un niño llamaríamos berrinche y en un adulto mayor empieza a verse como problema.
Después de un par de minutos empezó a comerse su pan, mi amigo. Está en silencio. No ha tocado la bebida que le dieron. La señora está peleando con un hombre más joven, como de su edad, enfrascados en una discusión comercial. ¿Serían pareja? Ni idea. Alegan que de una construcción mal hecha, fallos estructurales en una casa, tal vez ese caballero sea un ingeniero que le entregó una renovación mal implementada. Se fastidian mutuamente por temas de dinero. Uno dice: "Entiende que no te estoy cobrando todavía. Solo me diste el depósito", la otra responde: "Pero es que no hiciste nada", "De qué manera puedo hacerte entender que no te estoy estafando?". Lo dudo, en la actualidad, cualquiera trata de sacar tajada de cualquier negocio, por mínimo que sea.
La señora parece muy molesta. Pensé algo que no sé si es justo: tal vez ella no quería darle la Coca porque no soportaba que él siguiera exigiendo cosas. Tal vez ya estaba cansada de negociar con alguien cuya memoria se rompe. Tal vez no era el azúcar. Tal vez era el control de la situación. Su papá ya se levantó con la bebida en la mano para regresarla: "Yo no quiero esa cochinada", fue atrás de él. "¡Eso no quiero! Ya te dije". "El café te hace daño, y la Coca también te hace daño", dice la señora; "Pues no me importa, yo eso no quiero", finaliza su papá. Al final, el acompañante que llegó más tarde se salió a la calle a comprarle una Coca. Esperemos que eso alegre al Señor cuando la reciba.
El más joven volvió con la Coca; mi amigo, el Señor, se extendió en la silla y empezó a beber con todo el ímpetu del mundo. Tipazo. Sin molestar, sin incomodar, sin renegar, solo quería su Coca. Soy su fan. A veces es bien fácil que nos quedemos tranquilos, en paz. Puede ser con una bebida, con una comida, con un abrazo, con un poco de atención, con un detalle de gentileza, con un poco de empatía.
"¿No que no había?", dice sonriendo voctorioso mientras le da el último trago. "¡Que aquí no venden, lo fueron a comprar allá afuera!". El Señor solo sonríe, la ignora, y extiende la mano hacia mí con la botella vacía en la mano en actitud de "Salud", me roba una sonrisa.
Cuando me levando para irme de regreso a la casa, después de haberme terminado mi bebida, el Señor se me queda viendo y me pregunta: "¿Ya te vas?", "Ya, buenas noches", le respondo. Y sigo mi paso mientras escucho de fondo un "Adiós" de su parte.
La enseñanza que me queda de lo anterior es más profunda de lo que parece: Solemos juzgar a las personas por su apariencia; si alguien llega gritoneando no nos detenemos a ser un poco emáticos, simplemente los vemos como gente fastidiosa; el mundo está repleto de mentes que interdependientemente cada una de ellas funciona como microuniversos llenos de sus propias complicaciones y sinsentidos, sus traumas y enfermedades, sus molestias y dolencias, pero también sus celebraciones y glorias.
Vivir dándonos cuenta de lo que nos rodea requiere de un montón de energía que pocos estamos dispuestos a invertir, porque al final, lo que estamos haciendo aquí, es intentando nuestras propias vidas vivir. Y me retiro con un pensamiento para irme a la cama: A saber que nos creemos a veces más importantes de lo que somos, pues habitamos un mundo donde cada cual es tan insignificante como su prójimo. Deberíamos navegar por la vida con suavidad, reduciendo la hostilidad, y abrazando el afecto mutuo.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.