En primer lugar, voy a cambiar la frecuencia con la que subo textos por acá. Me ha llamado mucho la atención empezar a expandir mis ideas hacia un terreno que me funcione a mediano y largo plazo, porque como saben, desde que empecé este proyecto, mi plan siempre fue mantener el 100% del control sobre él. Que la creación de contenido sucediera cuando yo quisiera, no cuando un calendario o un jefe me obligaran a hacerlo.
En ese sentido, seguir produciendo textos es algo que voy a hacer, pero trabajando en que no funcionen únicamente como una bitácora de vida, sino como textos que escondan literatura entre líneas. Que muestren el estado en el que mi versión “autor” evoluciona y los pensamientos que me acompañan durante el proceso.
Además, me interesa dejar algo, por si alguien llega a leerme algún día. No con la intención egocéntrica de algún coach que quiere demostrar que puede mejorar tu vida, sino como el rastro de alguien que se ha equivocado muchísimo y que ha descubierto cómo ciertas decisiones tomadas en algunas áreas terminan afectando otras.
Porque no me veo a mí mismo como un ejemplo a seguir. Más bien me veo como el más humano de todos: el que se equivoca de la noche a la mañana, el que se arrepiente de haber abusado del consumo de redes sociales durante la noche anterior, el que sabe que dijo una sarta de sandeces imborrables de la memoria de la mujer que le gustaba, el que por miedo al qué dirán nunca se atrevió a aprender a conducir un coche, el que escupe palabrerías en lugares que casi nadie ve.
Mi sueño no es demostrarle a otros de lo que soy capaz. Mi sueño es recordarme todos los días que las cosas que hago las hago por algo más grande: porque quiero llegar a viejo con dignidad. Y para entender ese proceso necesito documentarlo.
Amo el anonimato y vivir bajo las sombras porque ser el centro de atención se siente demasiado bien cuando lo he experimentado, y no hay trampa que me haya hecho caer más fuerte que la exhibición del ego. La realidad es que todos deseamos ser observados, admirados y amados. Quien diga lo contrario miente.
Me encanta hacer dinero, me fascina tener la razón, me atrae la fama. Ese tipo de superficialidades son las que trato de mantener alineadas con mis valores mientras navego por la vida, pero lo dicho: yo fallo, tú fallas, todos fallamos. No hay nadie infalible entre nosotros.
Y el poder que trae consigo la atención es delicioso. Para un adicto al control, saber lo que puede provocar en alguien más es una tentación inmensa. De ahí nacen algunos límites que he tenido que establecer y ciertas reglas que intentan contener el potencial de mis expresiones emocionales.
Porque lo malo no es tener foco o talentos, sino dejarse arrastrar por aquello que atrae a nuestras versiones menos empáticas.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.