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 Nos han querido vender la idea de que el éxito proviene de no cometer errores, de mantenerse siempre en un camino de integridad y decisiones correctas. Pero la realidad es otra: todos, sin excepción, estamos llenos de fracasos, tropiezos y malos ratos. La diferencia no está en quién cayó menos, sino en quién fue capaz de levantarse una vez más para continuar el camino que decidió recorrer.
Aceptar. Arrepentirse. Agradecer. Avanzar.

Me gustó ese párrafo como introducción a éste texto, porque sirve como enganche para elaborar el significado de cada una de esas cuatro palabras:

Aceptar:
Es reconocer la realidad sin maquillarla, es abrazar la imperfección que nos hace humanos desde un profundo grado de comprensión. Nadie brilla por sí solo, ni siquiera los diamantes llegan a nuestras manos sin haber estado rodeados de impurezas y sometidos a una enorme presión.

Arrepentirse:
Es asumir la responsabilidad de tus acciones, de tus decisiones, de lo que sea que hayas vivido y determinarte a hacerlo mejor. Es voltear tu rostro hacia una ruta definida y empezar a andar en la dirección correcta. Es sacarle las vueltas a la tentación, y demostrar un verdadero cambio de conducta.

Agradecer:
Es encontrar el valioso aprendizaje incluso en medio del fracaso. Es extraer lo bueno de cualquier condición y circunstancia y utilizarlo como punto de referencia para continuar hacia tus objetivos, es sentirte satisfecho tanto por las puertas que se te han abierto como por aquellas que nunca tuvieron intención de abrirse para ti.

Avanzar:
Es el acto de no quedarse quieto, viviendo en el error o dejándote absorber por el fracaso como si esa fuera la definición de tu existencia. Es experiementar la vida como un montón de opciones y oportunidades que se abren en el horizonte, no como una sentencia perpetua de encarcelamiento.

Cuando un cerebro está bien nutrido, y un cuerpo saludable es la representación de todo los hábitos en su conjunto, la vida empieza a verse más colorida, las cosas cobran sentido, las esperanzas crecen y proliferan las bondades en nuestro entorno. El brillo no aparece cuando intentamos pulir todo lo que nos rodea. Aparece cuando aceptamos ser partidos, trabajados y pulidos nosotros mismos. Solo entonces descubrimos cuánto éramos capaces de reflejar la luz que siempre estuvo ahí.