Mostrando las entradas con la etiqueta estiré la liga. Mostrar todas las entradas
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 Estaba dándole vueltas en la cabeza a la idea de escribir o no la siguiente entrada. Ha sido una semana especialmente buena, en compañía de mis padres, visitándolos en Colima. Entre las emociones que hoy se adentran en mi cabeza, hay algo interesante: una consecución de decisiones cuestionables alrededor de un tema en particular.

El estrés ha estado reduciéndose. Eso es agradable, saludable. Sin embargo, estiré la liga un poco; la liga de algo que no debí haber hecho, la liga de un límite.

Y es que la vida es así. A veces nos cuesta un mundo conservarnos dentro de una forma de pensamiento, dentro de una dirección específica. Ese límite en particular, quizá, hizo un poco de su parte para que la ansiedad disminuyera. Pienso que tal vez el cortisol, en ocasiones, obedece al exceso de control, a querer conservar todo dentro de lineamientos demasiado estrictos.

Lo cual resulta curioso, porque aquello de dudosa moral en relación con mis propios límites podría haber sido, al mismo tiempo, sanador y liberador de otras sustancias que, en exceso, menguan la existencia y deterioran mi calidad de vida. No pretendo justificar nada. Me arrepiento de haber hecho aquello que considero incorrecto. Pero también soy consciente de que el exceso de control puede provocar estragos.

Punto y aparte.

Me desconcentré un rato con el movimiento de la gente entrando y saliendo del café. Tendré que levantarme a pedir algo más; ya terminé mi bebida y nunca me ha gustado hacer sobremesa en un restaurante sin seguir consumiendo.

Las dudas se apoderan de mi cabeza. El celular ha vibrado durante todo el día con llamadas entrantes que no me interesa atender, pues ni siquiera están dirigidas a mí, sino a un buen amigo por alguna de sus tarjetas de crédito.

Hay una sensación de desesperación y cierta incomodidad reflejándose en mi cuerpo. No es comezón, solo inquietud.

La tarde parece hablar por uno. Uno termina matizándose en medio de la sociedad y entendiendo que no estamos tan marcados como a veces la consciencia nos hace sentir. En realidad, le importamos demasiado poco a quienes están fuera de nuestros círculos más cercanos.

Y para muestra, me levanto y dejo mi computadora abierta sin atender durante unos minutos. Sé que nadie de los presentes leerá nada de lo que aquí está escrito.

Sinceramente, en algún momento he llegado a creer que la vida ocurre como una consecución de obsesiones que terminan transformándose en algo más.

Por ejemplo, la idea de un emprendimiento ante el que decides no rendirte sin importar cuántas veces todo salga mal, hasta que eventualmente se convierte en una empresa. O un narrador que se acostumbra a escribir notas, primero en una especie de diario personal escrito a mano; después, ese diario transformándose en un procesador de textos digital para publicar en Internet; y finalmente, terminando por escribir una obra, o varias, simplemente como consecuencia de su obsesión.

Tal vez por eso no me preocupa demasiado desconectarme durante algunos días o distraerme por algunas horas. Mientras mis ojos permanezcan puestos en el lugar correcto, siempre existe la posibilidad de regresar a donde debo estar para hacer aquello que verdaderamente estoy destinado a hacer.

Es que los seres humanos no somos ángeles —en relación con la canción que está sonando ahora mismo en el lugar—. Nuestra naturaleza consiste en cometer errores y tratar de levantarnos para seguir adelante.

A menos que nazcas en un entorno donde todo te sea enseñado de principio a fin, donde tu familia te proteja de cada tropiezo posible, las conexiones con el exterior, contigo mismo y con tu propio ego te van a tentar muchas veces. Y dependerá de ti permanecer en el camino hacia la persona que deseas convertirte.

No estoy aquí para juzgar a otros, porque yo mismo sería el primero en darme de golpes contra la pared o revolcarme ante la miseria de mis propias acciones.

En mi intento constante por ser una mejor persona, suelo encontrarme frente al reflejo de un ser vil y ruin, lleno de defectos, que simplemente agradece poder irse a la cama un día más con la esperanza de que mañana, al despertar, sea un poco mejor que hoy.