Pasé casi un mes fuera de la ciudad. Estaba enfermo. O al menos así me sentía. No había un diagnóstico claro en ese momento, no había una explicación concreta, solo una sensación persistente de que algo dentro de mí no estaba funcionando como debía. La primera vez que lo noté fue algo “simple”, o al menos así lo quise interpretar: un dolor en el pecho que se extendía lento, sin prisa, pero sin pausa. Conforme los días pasaban, ese dolor se volvió menos tolerable. No era incapacitante, pero tampoco era ignorado. Estaba ahí, constante, como un recordatorio de que algo no estaba bien.
Mi preocupación incrementó. No sabía qué era lo que estaba mal, pero las opciones eran muchas, demasiadas. La mente, cuando no tiene respuestas, empieza a fabricar escenarios. Y no fabrica los mejores. Venía sin dormir bien, seis horas o menos. Aunque debo decir que, si uno viera un gráfico con seis horas, parecería un terreno estable dentro del promedio de mis noches completas. Aun así, no descansaba. Comía mal, o al menos no tan bien como hubiera querido. Intentaba hacerlo lo mejor posible: porciones más pequeñas, alimentos más saludables, pocas salidas a comer fuera. Estaba haciendo un esfuerzo, pero mi cuerpo parecía no reconocerlo.
Entonces empezó la pregunta que no se iba: ¿qué pasaba conmigo? ¿Por qué ese dolor no reducía? ¿Por qué seguía ahí, incluso cuando estaba intentando hacer las cosas mejor?
Al cabo de una semana en casa de mis padres, decidí regresar. Pensé que quizá el cambio de entorno me ayudaría, que volver a mi espacio podría estabilizar algo dentro de mí. Aguanté un día. Uno solo. Estando acá, lejos de ellos, lejos de todos, la sensación se volvió más pesada. No era solo el dolor, era la compañía del pensamiento. Les llamé. Les dije que quería regresar. Que seguía sintiendo esa picazón en el pecho cuyo origen no lograba entender.
Regresé esa misma noche. Me asustaba estar solo en la ciudad y que algo pudiera pasarme. Apenas había completado un día. A la mañana siguiente fui al médico. No quise esperar más. La doctora, al escucharme, no dudó. Me mandó a hacer estudios de todo tipo. Incluyó un electrocardiograma, por si acaso. Esa frase, “por si acaso”, pesa más de lo que parece cuando uno está del otro lado. Estaba asustado. No sabía qué esperar, pero sabía que necesitaba respuestas.
Un par de días después, el dolor seguía. Constante. A veces más intenso, a veces más leve, pero siempre presente. Dormir se volvió complicado. No era solo el dolor físico, era el miedo. Era la incertidumbre. Era cerrar los ojos sin saber si al despertar algo iba a cambiar o empeorar. El sábado llegó. Recibí los resultados. Fui con la doctora.
Los revisó. Uno por uno. Sin prisa. Y luego dijo algo que me quitó un peso enorme de encima: “Estás bien, tus índices son excelentes”. Así, sin rodeos. Todo estaba en orden. Había un índice ligeramente elevado, apenas por encima de lo esperado, y me dio medicamento para eso. Nada alarmante. Nada que justificara lo que yo sentía. Y sin embargo, ahí estaba.
Los días siguientes fueron complicados. Porque el dolor no desaparecía. Esa molestia en el pecho, lejos de disminuir, se volvió más frecuente después de tomar la medicina. Algo no cuadraba. Después de otra semana, con una dieta todavía más estricta, mi madre sugirió algo sencillo: probar el medicamento en la mañana y observar cómo evolucionaba la sensación durante el día.
Lo hicimos. Y ahí apareció una respuesta parcial. La taquicardia que había comenzado a notar era reacción a las pastillas. No era el problema original, pero sí un efecto que empeoraba la experiencia. Dejé de tomarlas.
Volví con la doctora. Me mandó ahora sí al electrocardiograma, que había quedado pendiente en la primera ronda. Ya no era un dolor como tal, pero había una sensación constante de presión, como si algo estuviera ocupando un espacio que no le correspondía. Hicimos el estudio. Regresamos con los resultados. La doctora los leyó frente a nosotros.
“Estás bien de todo”.
Otra vez.
Y entonces la pregunta cambió de tono. Ya no era solo preocupación, era desconcierto. Si todo estaba bien, ¿por qué yo no me sentía bien?
Le conté de la reacción al medicamento. Me dijo que no había problema, que continuara caminando, que redujera el consumo de carnes rojas. Nada fuera de lo razonable. Nada extremo. Seguí las indicaciones.
Días después noté algo más. Mi cuerpo reaccionaba a ciertos alimentos que, en teoría, eran saludables. Hice memoria. Revisé días anteriores. Encontré un patrón. Algunos de los días en los que me había sentido peor coincidían con el consumo de esos alimentos. Los eliminé. Esperé.
A partir de ahí, lo que sentía cambió. Ya no era dolor. Era una especie de pesadez, acompañada de cosquilleos en distintas partes del cuerpo. Cerca del pecho, alrededor del corazón. No era intenso, pero era constante. Lo suficiente para no olvidarlo. Lo suficiente para no ignorarlo.
Estaba desconcertado. Nada dolía de forma clara, pero nada se sentía normal.
Un día fuimos a comer con mi hermana y su marido. En medio de la conversación, mencioné lo que me estaba pasando. Mi hermana me escuchó y luego dijo algo que capturó mi atención de inmediato: ella había sentido algo similar antes. Lo describió con precisión. Cada sensación. Cada detalle. Y luego dijo el nombre de lo que tenía.
Saqué el teléfono. Busqué en Google. Leí.
Ahí estaba. Cada síntoma. Cada sensación. Cada cosa que había estado experimentando. Todo encajaba.
Mi madre intervino. Dijo que años atrás había pasado por algo similar. Un periodo de estrés fuerte. Tan fuerte que el cuerpo empezó a manifestarlo. Dolor, insomnio, incomodidad constante. En aquel momento, la misma doctora le había recomendado un medicamento que eliminó las molestias.
Tomé el teléfono. Marqué desde el restaurante. Le expliqué a la doctora. Me dijo que podía tomar ese medicamento. Que no había conflicto con nada anterior.
Lo hice.
Y a partir de ahí, todo empezó a desaparecer.
Las dolencias se fueron. El cuerpo empezó a soltarse. La presión se desvaneció. El cosquilleo dejó de aparecer. El descanso regresó poco a poco.
En resumen, no estaba enfermo de algo físico en el sentido tradicional. Estaba enfermo por el estrés.
Por el estrés acumulado durante meses de esfuerzo constante en mi trabajo anterior. Por no tener tiempo real para descansar. Por vivir esperando el fin de semana como si fuera una solución, solo para descubrir que tampoco ahí lograba dormir bien. Por la incertidumbre de lo que ocurría alrededor. Por el peso de los eventos sociales, por la tensión del entorno global, por las horas interminables frente a una pantalla.
El cuerpo estaba hablando. Solo que yo no estaba escuchando.
Entonces hice cambios. No graduales, no parciales. Cambios completos.
Eliminé redes sociales de mi celular. Cerré servicios. Cancelé suscripciones. Reduje ruido. Empecé un estilo de vida más limpio. Evité casi por completo los alimentos que me provocaban reacciones. Agregué otros que fortalecen mi sistema. Caminar dejó de ser opcional. Se volvió parte del día, sin negociación.
Los horarios de trabajo se volvieron intocables. Lo que antes regalaba, ahora lo cuido. No hay proyecto que justifique perder salud. No hay entrega que valga más que el equilibrio.
Y tomé una decisión clara: cualquier trabajo que atente contra mi estabilidad física o mental, no tiene lugar.
La moraleja es simple, pero no siempre se vive como tal: la salud debe ser prioridad. Por encima del trabajo. Por encima del dinero. Por encima del ruido externo y de los miedos que uno aprende a cargar sin cuestionar.
Porque cuando el cuerpo decide detenerte, no pregunta si es buen momento.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.