Cambio de estrategia. En un año donde todo debería parecer más sencillo, dentro de mi cabeza las cosas ocurren más lento y, por fuera, el mundo parece girar intempestivamente, sin dar tregua; por lo que necesito cambiar mi manera de afrontar las cosas. No solo hablando de planes y proyectos, sino de cómo experimento cada día.
Llegar a las ocho de la noche exhausto, con la mente atrapada en lo que parece ser la simple rutina de lo cotidiano. Algo ocurre. Quizá es consecuencia de ver cómo el entorno colapsa, de darme cuenta de que por mucho que estudie, me prepare y esfuerce, jamás llegaré a una fracción de lo que las nuevas tecnologías son capaces de hacer. El trabajo se complica y los viejos fantasmas del pasado asoman a través de la pantalla para recordarme cómo he sido víctima, múltiples veces, de la falta de claridad disfrazada de “camino correcto”.
Las responsabilidades y proyectos se acumulan. Las deudas susurran a mis oídos cada noche antes de dormir. “Son las consecuencias de tus actos”, repite la culpa al despertar, sintiéndome peor que ayer, con dolencias musculares que antes no tenía, con la urgencia de destacar en un mundo donde lo único en lo que parezco experto es en insignificancias. Con el terrible deseo de destruir aquello que me cautiva. Con el ego herido ante el frágil reconocimiento de mi propio ser.
Ensombrecido por la naturaleza de las aptitudes, sorprendido por la firmeza de las determinaciones ajenas; no soy un sabio, ni un orador. No soy un genio, ni un pensador. Solo soy un hombre tratando de abrazarse a la poca humanidad que le queda, rescatando y añorando cada instante en que percibe el calor de la compañía, erigiéndose ante distintos duelos, sobreponiéndose a la amarga realidad de que la exclusividad humana parece extinguirse. Porque al final, somos micropartículas en el compuesto de un Universo al que ínfimamente podríamos importarle menos.
Descubrir que somos efímeros es, de alguna forma, la única voz que deberíamos escuchar. No para el reproche, sino para el goce. Para alegrarnos de abrir los ojos y lanzar la primera bocanada de aire del día. Para agradecer que nuestro cuerpo siga siendo capaz de realizar esos procesos de restauración cíclicos que nos permiten envejecer y aproximarnos a la inminente partida; algo que espero me ocurra con dignidad.
Sé que puede sentirse como si estuviera reclamándole cosas a mi presente, y eso no podría ser más irreal. Lo que estoy es agradecido hasta el agotamiento. Fastidiado, eso sí, de mis limitadas capacidades, pero feliz de estar acá, escribiendo letras que me ayuden a liberar un poco de lo que hay en mi cabeza.
Llámalo desfragmentación del disco maestro. O algo así.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.