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Sam intentó salirse con la suya al escribir una carta sobre el pequeño taburete de roble en medio de la sala común de la empresa a su tan querida amiga y compañera:


—Eva, hace años que no puedo dejar de pensar en ti de una forma distinta a la sola amistad que me propones, has suscitado en mí una esperanza a lo que será una forma diferente de ver las cosas, desde que te conozco, me he convertido en el romántico menesteroso del que siempre quise alejarme. No hago males a nadie, ni soy violento, bueno, de hecho hoy ni siquiera tengo deseos de reclamar nada. Te pido, con todas las fuerzas de mi alma que me respondas a una cuestión. ¿Existe alguna posibilidad de que tú y yo seamos pareja? ¿Hay siquiera una mínima circunstancia en la que eso sea probable?


El texto lo dejó en forma de recado donde ella pudiera verlo, tomarlo y escribir posterior a él una respuesta.


Eva, mujer de veinte, soltera, de belleza intelectual muy superior a la media, destacada y prominente en varias instancias al leer la patética nota de Sam solo podía pensar deshacerse de él lo más pronto posible, sin enamorarlo; no tenía intención de causar estragos negativos en su vida. Tan dulce ella lo decidió, tomó una lapicera, la hoja de papel y con toda la convicción que suponía su edad escribió:


—Lo siento pero no, gracias.


Sam fue el hombre más feliz del mundo a partir de entonces, pues se sintió libre del yugo que lo unía a una ilusión imposible, se enamoró más veces, nunca más como de Eva, se casó, hizo fortuna, fama, familia, historia y murió feliz consciente de que el favor que Eva había acometido a su vida era el de desatar el nudo del amor que él lentamente ató alrededor de ella. FIN.