En Leggins Negros
En un mundo repleto de egoísmo, algo pasa. No sé exactamente qué es, ni cuándo empezó a volverse tan evidente, pero está ahí, latiendo bajo la superficie de cada interacción, como una vibración incómoda que nadie quiere nombrar. La incertidumbre de ser una persona real, un ser transparente, aterra. De verdad aterra. No como una idea abstracta, sino como una amenaza silenciosa que se cuela en la mirada ajena cuando perciben que no hay máscaras, que no hay doble fondo, que no hay cálculo.
La gente no puede aceptar, al menos no de forma genuina, que alguien llegue y se muestre tal cual es. Se incomodan. Se cuestionan. Para qué. Esa es la pregunta que flota en el aire como si fuera lógica, como si fuera necesaria. No es posible que eso sea todo, piensan. No puede haber alguien que no esté jugando el mismo juego. Y así, en lo que parece la premisa de algún thriller psicológico mal disimulado, navegamos una vida entre miedos constantes, entre la aceptación de percepciones convertidas en realidades, donde no las hay, de quienes no lo son.
Entre factos y defectos, entre dichas y complejos, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuál es el propósito de escondernos? La respuesta parece simple, o al menos eso quiero creer. Estamos aquí para conquistar lo que nos sea posible, de la manera en la que la vida nos lo permita. De arriba a abajo. Sin excepciones. Todos queremos destacar. Es un hambre que no se apaga, una necesidad de ser alguien en un mundo donde todos aparentan ser personajes secundarios, entidades programadas, figuras que se mueven en automático dentro del RPG de la humanidad. Life As It Is, Role Playing Game: Pre-War Expansion. It Is What It Is: Release 2026.03.
Paso mis manos sobre mi cabello, sintiendo la textura como si buscara una respuesta en algo tan trivial. No entiendo por qué la vida me resulta tan complicada cuando, en teoría, debería ser todo lo contrario. Debería ser sencilla. Lineal. Incluso amable. Me alejé de los vicios. Tomé distancia de lo que me destruía. Me enfoqué en mejorar, paso a paso, sin prisas. Y aun así, hay momentos en los que todo se percibe difuso, como si no hubiera un camino claro, como si la salida de esta simulación no existiera.
Una simulación que nos contiene, que nos usa, que después nos abandona a nuestra suerte. Que nos concibe como un sistema en caos, siempre al borde del colapso, solo para vendernos ideas, productos, sueños que, si soy honesto, no queremos alcanzar. No de verdad. Solo creemos que queremos porque alguien más nos dijo que eso era lo correcto.
Escribir se ha convertido en un escape. No en uno elegante, ni en uno romántico, sino en uno necesario. Una válvula de presión para una mente que no deja de perseguirme con ideas cíclicas, con una obsesión enfermiza por el detalle, por lo que pudo haber sido distinto, por lo que debí haber dicho, por lo que no hice. La hermosura está aquí, frente a mí, tangible, casi al alcance de la mano, y aun así no puedo sumergirme en ella como desearía.
Eso pesa. Se siente como una abstinencia. Como una necesidad que no encuentra salida y que, en lugar de desaparecer, se transforma. Me rompe despacio. Me empuja a observar más, a saborear con la mirada, a respirar con intención. A quedarme en el borde sin cruzar.
There's a bunch of fucking lies surrounding us. That's the truth.
Y en medio de todo eso, la vida continúa. Una vida que no es más que aprender a navegar entre sentimientos, emociones, engaños y pequeñas satisfacciones. Viajar del punto A al punto B, y de pronto, sin previo aviso, darte cuenta de que el pasado ya no pesa igual. Que se ha diluido. Que las personas que una vez fueron esenciales ya no aparecen ni en los recuerdos cotidianos. Se vuelven sombras, fragmentos, nombres sin contexto.
Aquello que era crucial se transforma en una memoria borrosa. Algo que quizá ocurrió. Algo que pudo haber sido. Algo que quedó suspendido en una zona gris entre lo real y lo imaginado.
Y entonces apareces tú. Deliciosa.
Piel blanca y tersa. Manos y cuello con tatuajes que cuentan historias que no conozco. Ojos grandes, de esos que no piden permiso para quedarse. Una mirada que atrapa sin esfuerzo. Eso eres, mujer frente a mí. Pero de muy poco sirve que lo declare aquí. Solo lo hago porque tengo la computadora abierta, porque mis dedos necesitan traducir lo que mis ojos no pueden procesar en silencio.
Me gustas así. En leggins negros, recién salida del gimnasio. Hay una honestidad en ese momento que no se puede fingir. Tus músculos están vivos, tus piernas marcadas, tu postura relajada. Llevas una gorra blanca, una camiseta negra holgada y esa mochila absurda de Bob Esponja que rompe cualquier intento de tomarte demasiado en serio.
Sigue hablando. No escucho. No porque no quiera, sino porque no puedo. Estoy ocupado observándote. Memorizando el orden de tus pasos. El ritmo con el que te mueves. El ligero vaivén de tu cuerpo al acercarte a la silla frente a mí. Es satisfactorio de una forma difícil de explicar. Es un panorama que no me cansaría de ver. Un aroma que no dejaría de respirar. Un sabor que mi mente inventa y del que no se sacia.
Y de pronto, nada.
¿Qué pasa conmigo? ¿Dónde estaba hace un momento?
Te has ido.
Y está bien.
Gracias por eso. Gracias por recordarme la razón por la que amo estar aquí. Por la que esta ciudad se metió en mi sistema sin pedir permiso. Por la que salir a caminar se convirtió en algo más que moverse de un punto a otro.
Soy un eterno enamorado. No de una persona en particular, sino del instante. Un romántico empedernido que tuvo que aprender, a la fuerza, a contener su apetito. Porque hay consecuencias cuando los sentidos no encuentran salida. Porque hay un tipo de enfermedad silenciosa en la represión constante, en la acumulación de todo lo que no se expresa.
Es más fácil venir aquí. Escribir. Soltar esta verborragia cargada de intención, de deseo contenido, de observación detallada, que soportar la tortura de una mente que no se calla.
No hay agotamiento en esto. Tampoco hay pecado en reconocer lo que siento. En dejar que las emociones lleguen y se vayan sin intentar retenerlas, sin cruzar límites, sin afectar a nadie más. Solo siendo. Solo permitiendo que las palabras fluyan a través de mis dedos, dibujando algo que, aunque intangible, se siente real.
Ve a caminar un poco, belleza. Disfruta el piso mojado después de la lluvia. Hay algo en ese reflejo imperfecto que hace que todo se vea distinto, como si la ciudad respirara de otra forma.
Aquí te volveré a ver. Quizá otro día. A la misma hora. Y cuando eso pase, dejaré que mis ojos recorran, una vez más, el mapa de tu existencia.
El amor platónico de mil mujeres que me inunda cada día cuando salgo a caminar por la ciudad no se compara con nada. Es una experiencia que se consume en silencio, que no necesita validación, que no exige respuesta. La disfruto de inicio a fin. Cada segundo tiene sentido en ese contexto.
Lo que fue me ayuda a aceptar lo que es. Sin resistencia. Sin nostalgia innecesaria.
Mis deseos, los más crudos, los más incómodos, evolucionan. Se transforman en algo que puedo contener. Como alguien que se disciplina. Como alguien que decide no ceder ante todo impulso.
Y entonces hago lo único que sé hacer.
Convierto cada pensamiento en texto.
Cada impulso en imagen.
Cada instante en algo que queda.
Porque si algo he entendido, es que exagerar la realidad no es mentir. Es enriquecerla. Es darle profundidad a esos minutos que, de otro modo, pasarían sin dejar rastro. Sin esa exageración, sin ese detalle, la existencia sería plana. Olvidable.
Y yo no vine aquí a olvidar.



Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.
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