Los ciclos y sus diferentes etapas deben tener cierto significado para cada uno de nosotros, asumo. No lo sé, la verdad. Hoy mi mente anda más ambigua y dispersa que de costumbre. He visto demasiadas piernas atractivas y ya saben cómo es mi cabeza: a todo trata de encontrarle sentido en un mundo donde, en realidad, nada lo tiene. El absurdismo es un ticket de solo ida.

El funcionamiento de las cosas. Los elementos en orden. Una película en la mente. Ideas dando vueltas. Una asistente atractiva, otra más, y otra, por qué no. Qué bonitos son los cuerpos femeninos. Ojalá se me concedieran algunos sueños desde donde estoy. Pero no sé. Nadie sabe. La vida tiene sus trucos, sus maneras de darnos clases.

Un día vas a un lugar repleto de bellezas y al siguiente evitan atenderte. Tal vez seas tú el problema, o no. No, la verdad no lo creo. Lo que sí creo es que cada uno está luchando sus propios desafíos y ni tiempo tiene para ponerse a argumentar qué le agradó o qué no del sábado en cuestión.

Perdón si los estoy enredando. Es a propósito escribir ideas entrecruzadas para que no hagan sentido. ¿De qué sirve que te explique cómo un día pasa a valer un millón de dólares tras diez minutos de una experiencia inolvidable?

Los cuerpos perfectos no existen, pero uno los idealiza igual. Porque eso amamos de las mujeres: que con un par de prendas encima se ven de diez; con un par de prendas menos, ahora se ven de mil. No, no estoy confesando nada, solo estoy divagando. Pero podría dar nombres, si así lo quisiera, o describir caminatas enriquecedoras, roces momentáneos y miradas cautivadoras.

Porque sí, hoy me observaron varias veces. De momento me sentí incómodo; luego entendí por qué. Tal vez proyectaron el desprecio con el que podría expresarme y lo bien que me puedo llegar a ver cuando estoy contenido. ¿Un monstruo? No, al menos no en ese contexto. La atracción me hace una bestia pasional bajo control.

Un sorbo más al té. No debería estar diciendo tanto, porque no es tener una camiseta negra lo que me da poder, ni ver pasar a bribonas en tacones mientras me miran, de esas que ponen cuota a sus caricias. ¿Cuál será el precio para mí? Estoy a reventar. Bueno, no yo: algunos de los químicos dentro de mi cuerpo. Pero no dejaremos de lado el hecho de que todo lo que estoy escribiendo, o describiendo —por ejemplo, a la morena de minifalda blanca, con exceso de maquillaje y labios rojos frente a mí— no es más que una alucinación de mi cerebro y no está pasando realmente.

Porque un escritor que se respeta también escribe basura y describe la mierda cuando es necesario. No se queda únicamente en emociones y sensaciones del espectro de lo intangible, no señor. Se mete a lo más profundo y profano, a despedazar las cosas que le hacen sentir frustrado, sin importar que apesten, que tengan un aspecto repugnante o que terminen escurriendo por las alcantarillas de una ciudad colmada de ratas.



 El problema con las adicciones, o mejor dicho, con el proceso de desintoxicación de las mismas, es que a veces, durante uno o dos días, incluso durante la primera semana, te mantienes firme en tu decisión. Crees que lo vas a conseguir, te ocupas para evitar la tentación o sales de casa para no darle vueltas al asunto.

Pero ¿qué pasa cuando estás encerrado y la tentación permanece frente a ti, recordándote lo bien que se siente caer? Entonces se convierte en una lucha difícil, una que pocos logran ganar. Lo peor es que al día siguiente será igual, quizá con mayor intensidad. Porque las adicciones son pacientes: esperan la oportunidad adecuada y, cuando te encuentran vulnerable, te envuelven por completo.

Luego aparece la ansiedad de la abstinencia, porque aquello que te aflige también suele estar ligado a otros problemas. No es lo mismo convencerte de no hacer o consumir algo que mantenerte estable cuando la cabeza duele, cuando el pecho parece querer salirse de su sitio, cuando se acumula el cortisol, cuando los pensamientos toman el control. Así funciona el cuerpo: cuando se acostumbra a algo, lucha por permanecer ahí, en esa zona conocida, en ese pico de dopamina tan breve como engañoso.

Quizá por eso nos cuesta tanto observarnos con honestidad. Ojalá fuéramos capaces de mirarnos al espejo sin sufrir o sin entrecerrar los ojos. No por el físico, que al final es un asunto temporal, sino por aquello que solo nosotros alcanzamos a ver en el reflejo: nuestras inseguridades, nuestros miedos, nuestras carencias y nuestros pecados.

Tal vez sentirte atado de manos a propósito no sea el mejor método de enseñanza, y es probable que aceptar tus errores como parte de quien eres te ayude más a comprenderlos y navegarlos. Sin embargo, cuando eliminamos todos los filtros y límites de nuestra conducta, corremos el riesgo de convertirnos en aquello que no queremos ser. No porque exista algo perverso en la libertad, sino porque dejamos de considerar las consecuencias de nuestros actos sobre nuestras responsabilidades. Por eso pienso que lo más sano es encontrar un equilibrio entre la disciplina y la liberalidad.

Pero esa es solo mi forma de verlo. A mí me funciona así. Cada persona utiliza sus propios medios para resolver sus conflictos internos: algunos toman distancia, otros acumulan cosas, y otros buscan experiencias que les permitan sentirse parte de un grupo o de un lugar específico.

A veces asociamos la felicidad con la desconexión. Y no es sencillo acostumbrarte a estar solo, encerrado con tus pensamientos, intentando comprenderte. Resulta mucho más fácil entregarte al vicio, irte de viaje, gastar dinero o comprar boletos para algún evento. No digo que nada de eso sea malo; solo pienso que, en ocasiones, también puede convertirse en una forma de evitar aquello que llevamos dentro.

Pero cada quien es libre de utilizar los recursos que quiera y pueda para alcanzar sus propios fines. Porque al final se trata de entender que no somos perfectos y de aceptar que no podemos pasar la vida lamentando nuestras imperfecciones. Debemos seguir adelante, reconociendo que estamos rodeados de porquería, pero sin olvidar que también existen virtud y valores dentro de nosotros.



 Una vida de productividad o una vida sin sentido: eso es lo que parece ofrecer la sociedad moderna. O te ajustas a las reglas de generar para el monstruo insaciable en el que vivimos o simplemente desapareces, dejas de pertenecer y te conviertes en parte de la escoria lastrera que el resto tiene que arrastrar.

Suena fuerte lo anterior, pero en cierto sentido debería serlo. Aunque representa un castigo inmenso para quienes, a veces, lo único que no quieren hacer es seguir el camino trazado y prefieren encontrar por sí mismos aquello que los apasiona, hacer lo que aman. Lo cual, desde mi perspectiva, es algo estupendo.

Pero el mundo no lo ve así. El mundo impone sus reglas, te obliga a formar parte de lo que más le conviene, y eso no refleja ni respeta tu individualidad, tu personalidad única ni aquello que despierta tu interés; por el contrario, te convierte en un engrane más para que la maquinaria siga funcionando.

Sin embargo, ¿hay algo que podamos hacer por cuenta propia para evitarlo? Déjenme ser el detestable fatalista que les diga la verdad: no, no lo hay. Trabajas en función del "bien mayor", y por bien mayor me refiero a la gran escala de las cosas. Si tú no funcionas, te sustituyen, punto. No hay un balance que permita la inflexión, no hay una negociación a puerta cerrada. Eres lo que te asignan y como te etiquetan. Al menos a los ojos de los demás.

Aquí es donde viene lo importante: la lucha por la identidad propia y el mantenerte al margen de modas y tendencias. Eso no te va a poner en el ojo público, ni siquiera te llevará consigo como una ola; pero, en consecuencia, tu alcance será limitado, crecerá despacio y probablemente termines hartándote antes de que alguien note tu existencia.

Pero así es vivir del arte, de hacer aquello que amas, de construir a partir de lo que hay en ti. Porque la alternativa es una, y es horrible: ceder a ser moldeado.

Te toca aprender a vivir con lo mínimo, a esforzarte mientras sostienes una doble vida. Una en la que puedas enriquecer tu interior; la otra, en la que seas un número más del corporativismo. O simplemente dejarte llevar por el camino de la desconexión, habituándote a existir únicamente contigo.

Nada es sencillo para los que estamos aquí. Si no naciste en el privilegio, te toca picar piedra, tocar puertas y derramar un montón de lágrimas ante el fracaso. Y si sigues, los fracasos terminan endureciendo tu piel hasta el punto en que cada vez te importan menos. Del mismo modo, empieza a importar menos lo que digan de ti, porque estás concentrado en conseguir algo que consideras más grande y valioso.

Entonces voltearás hacia atrás, ¿y qué es lo que verás? ¿Alguien que siguió lo que su corazón le dictaba o a alguien que prefirió abandonar sus sueños por un poco de estabilidad?



 El "te vas a morir" es el recordatorio más horrible que nos hace el cuerpo. La mayoría de las veces llega después de haber tomado una decisión irresponsable, pero otras sucede cuando ni siquiera tenías intención de jugar a la ruleta rusa contra el destino.

Hoy por la mañana fui al café por un latte tradicional, de los de toda la vida. Sin embargo, tengo que aclarar que desde hace dos meses o más, cuando pido uno, lo pido descafeinado —me había estado robando la capacidad de dormir durante las noches—. Pues bien, lo que pasó a continuación fue un recordatorio de lo insignificantes que somos.

Para ahondar en lo que experimenté, tengo que comentar que no había comido nada en toda la mañana y aquella bebida fue lo primero que ingerí. Apenas unos minutos después de haber dado el último trago, mi cuerpo comenzó a experimentar un dolor.

Un dolor interno que recorría mi pecho justo donde se encuentra el corazón. Un dolor punzante y continuo. No terrible, tampoco insoportable, pero sí lo bastante incómodo para hacerme sentir muy estresado. No sabía qué hacer. No tenía idea del origen del malestar. Uno se asusta con facilidad cuando aparece alguna dolencia corporal porque, he de confesar, el área de la salud me parece la más difícil de entender. Además, he estado acarreando bastante estrés, cosa que asumí contribuía a que la molestia persistiera.

Fue tal mi incomodidad que terminé acudiendo al médico. Pedí el resto del día en el trabajo. Me estaba sintiendo mal y quería que un profesional me revisara. Iba camino a casa con ansiedad y bastante estrés por llegar al consultorio. En el trayecto le marqué a mi madre para que estuviera enterada. Son situaciones como esa las que hacen que estar solo se vuelva algo verdaderamente terrorífico.

A veces uno cree que desear una pareja es una simple obsesión superficial, pero hay momentos en los que parece una necesidad. Alguien que te acompañe en las penas y las dolencias. Alguien que ayude a reducir el estrés y la ansiedad. Alguien con quien enfrentar las contiendas de la vida y también disfrutar las victorias con las que, de vez en cuando, la vida decide sonreírte.

En fin, prosigo.

Ya con el doctor, después de compartir mis datos y ser sometido a una revisión rutinaria de la que, gracias al Cielo, salí bien; y de contarle que últimamente los mariscos y algunos suplementos me habían provocado reacciones similares, me recetó medicamento para la alergia. Al parecer ya no puedo consumir cafeína. Un poco irónico, si se quiere, porque muchos de los textos que he venido a tirar por acá han surgido sentado en la cafetería de por la casa.

El dolor se mantuvo durante algunas horas más, hasta alrededor de las cinco de la tarde. Aproximadamente el tiempo que tardó la cafeína en abandonar mi organismo. Fue entonces cuando la molestia desapareció. Así que ya sé que, a partir de ahora, el café intenso que consuma tendrá que provenir exclusivamente de los ojos de mujeres hermosas.

¡Qué curiosa es la vida! ¿No les parece? Lo que un día amas puede hacerte daño al siguiente, no porque haya cambiado, sino porque quien cambió un poco fuiste tú.



 La sensación de poder, de contenerte, es inexplicable. En un mundo que se jacta de tenerte como esclavo de tus aficiones y gustos, la vida termina convirtiéndose, por sí sola, en un gasto hormiga. Pero no he venido aquí para hablar de finanzas, porque desde esa óptica, soy el que menos debería aconsejar.

Es un riesgo para mí, por ejemplo, el simple hecho de cargar algo de dinero extra en la billetera. Parece que, por irresponsable, o más bien por impulsivo, no existe presupuesto límite que no tenga la capacidad de consumir. Y lo digo sin orgullo, sino consciente de mi naturaleza propensa a caer en excesos.

Hay que entender de dónde venimos antes de juzgar, pero también tener la claridad de que quizá no fui responsable de mis orígenes. Sin embargo, ahora que soy adulto, entiendo lo horrible que es mantenerse con vida en un mundo que abusa del consumo y acaba con nosotros todo el tiempo.

¿Hay alguna estrategia para seguir? Trabajar en el autocontrol es un reto inmenso, sobre todo cuando las arcas parecen tener un poco más de abundancia que antes. Pero uno no puede fiarse. Las enfermedades y carencias están a la orden del día. Lo digo como alguien que ya se ha quedado sin trabajo varias veces y sabe lo terrorífico que es atravesar esos periodos sin tener siquiera para el sustento diario.

Entonces, la mejor estrategia es planear y ajustarse al plan, tan estricto como sea posible. No importa que una de tus baristas favoritas se aproxime a tu mesa un miércoles por la tarde y te pregunte si además de tu té quieres una galleta. Y no es por el efecto galleta, no es por la carga calórica o porque rompas una dieta, sino porque estás convencido de que la persona más difícil de controlar eres tú mismo.

Por eso tienes que voltear a verla con ojos afectivos y decirle la verdad:

“El día de hoy no quiero, por una decisión personal. Pero te agradezco”.

Me machaca la cabeza creer que, a mi edad, el cuerpo no sea capaz de entrar en razón y obedecer aquello que le resulta más benéfico, en lugar de dejarse arrastrar por el placer del momento. Y es que este documento no va del hambre, el consumo o las dosis recomendadas de nutrientes que uno debería ingerir cada día.

La ansiedad se presenta en el cuerpo como pequeñas incomodidades que recorren el pecho, una especie de dolor que avanza hasta convertirse en un vacío que intenta desesperadamente ser satisfecho. Y ahí aparece un detalle importante: cuando crees que estás luchando solo contra hábitos, terminas descubriendo que en realidad combates una presencia que no tendría por qué estar ahí. Dolor de espalda y cabeza, piernas incapaces de quedarse quietas, manos temblorosas.

Pero la decisión radica en convencerte de que estás haciendo lo que tienes que hacer, aunque el cuerpo haga lo posible por rebelarse, o aunque el mundo alrededor parezca conspirar contra tu voluntad de mejora. Lo importante es seguir, mantenerse firme cada día, hasta lograr persuadirlo de que el obsequio que le ofreces será mucho más valioso conforme el tiempo avance y la vida ocurra.



 En primer lugar, voy a cambiar la frecuencia con la que subo textos por acá. Me ha llamado mucho la atención empezar a expandir mis ideas hacia un terreno que me funcione a mediano y largo plazo, porque como saben, desde que empecé este proyecto, mi plan siempre fue mantener el 100% del control sobre él. Que la creación de contenido sucediera cuando yo quisiera, no cuando un calendario o un jefe me obligaran a hacerlo.

En ese sentido, seguir produciendo textos es algo que voy a hacer, pero trabajando en que no funcionen únicamente como una bitácora de vida, sino como textos que escondan literatura entre líneas. Que muestren el estado en el que mi versión “autor” evoluciona y los pensamientos que me acompañan durante el proceso.

Además, me interesa dejar algo, por si alguien llega a leerme algún día. No con la intención egocéntrica de algún coach que quiere demostrar que puede mejorar tu vida, sino como el rastro de alguien que se ha equivocado muchísimo y que ha descubierto cómo ciertas decisiones tomadas en algunas áreas terminan afectando otras.

Porque no me veo a mí mismo como un ejemplo a seguir. Más bien me veo como el más humano de todos: el que se equivoca de la noche a la mañana, el que se arrepiente de haber abusado del consumo de redes sociales durante la noche anterior, el que sabe que dijo una sarta de sandeces imborrables de la memoria de la mujer que le gustaba, el que por miedo al qué dirán nunca se atrevió a aprender a conducir un coche, el que escupe palabrerías en lugares que casi nadie ve.

Mi sueño no es demostrarle a otros de lo que soy capaz. Mi sueño es recordarme todos los días que las cosas que hago las hago por algo más grande: porque quiero llegar a viejo con dignidad. Y para entender ese proceso necesito documentarlo.

Amo el anonimato y vivir bajo las sombras porque ser el centro de atención se siente demasiado bien cuando lo he experimentado, y no hay trampa que me haya hecho caer más fuerte que la exhibición del ego. La realidad es que todos deseamos ser observados, admirados y amados. Quien diga lo contrario miente.

Me encanta hacer dinero, me fascina tener la razón, me atrae la fama. Ese tipo de superficialidades son las que trato de mantener alineadas con mis valores mientras navego por la vida, pero lo dicho: yo fallo, tú fallas, todos fallamos. No hay nadie infalible entre nosotros.

Y el poder que trae consigo la atención es delicioso. Para un adicto al control, saber lo que puede provocar en alguien más es una tentación inmensa. De ahí nacen algunos límites que he tenido que establecer y ciertas reglas que intentan contener el potencial de mis expresiones emocionales.

Porque lo malo no es tener foco o talentos, sino dejarse arrastrar por aquello que atrae a nuestras versiones menos empáticas.



 Asumir la responsabilidad de nuestras circunstancias es un terreno difícil, sobre todo cuando creemos entender el mundo que nos rodea. Todos somos tan egocéntricos que asumimos que la percepción individual que poseemos de las cosas es, como tal, la realidad. Y qué equivocados estamos.

Hoy me desperté motivado desde temprano, con el plan de avanzar de forma positiva en mis pendientes. Pero conforme amanece, la sensación de lo mucho que me agobia el sinsentido de las cosas se apodera de mí, convirtiéndome en una persona más aburrida, más distante y con cierto desagrado por el entorno.

No me malinterpreten. Trato, dentro de mis posibilidades, de ser alguien agradable y estimado dondequiera que me presento. Porque la culpa no es de la gente del servicio, ni de las personas aledañas a mí, ni siquiera de mis compañeros de oficina o del hombre que va pasando por la calle y se cruza conmigo. Si yo me siento mal, por lo general es consecuencia de mis propias decisiones y de esas manías que se cuelgan de cualquier oportunidad para restregarme en la cara mi incompetencia, mis errores y mis fracasos.

Eso termina convirtiéndome en un ser a medio dormir que navega por esta sociedad con la carga de sus propios miedos y con el peso de todas sus huidas a cuestas. Todos esos conceptos negativos trato de mantenerlos ocultos dentro de mi pasado, pero a veces aparecen solo para fastidiarme el rato o para sacarme un susto.

El absurdismo, la insatisfacción y el agotamiento frente a todo lo que sucede fuera de mí no hacen más que recordarme lo minúsculos que somos ante la gran escala del universo. Y ver esa insignificancia provoca que, después de un rato ahogándome en pensamientos negativos, alce la mano desde las profundidades y me disponga a salir a flote.

Porque no soy especial por sentirme así, y eso me queda claro. Cada persona, a lo largo de sus días —o incluso dentro de un mismo día— sufre algún tipo de insuficiencia desde una óptica que se percibe menos de lo que le gustaría ser. Aunque también quiero pensar que, como yo, muchos se aferran con fuerza a cualquier elemento que los mantenga de pie en tierra firme y les evite terminar de colapsar. En mi caso, la escritura.

A veces la sensación de haber dormido mal, de haber cenado de más, de haberte consumido por las redes durante la madrugada, de haber descuidado tus hábitos, de haber traicionado a la versión de ti mismo que despertó esa mañana, de haberte humillado por algo o por alguien —y podría seguir enumerando tonterías que nos pasan a todos— parece mucho más importante de lo que realmente debería ser.

Entonces, ¿estamos aquí para quejarnos, afligirnos y autosabotearnos, o para disfrutar lo efímera que es nuestra existencia mientras encontramos sentido en los pequeños detalles que enriquecen los momentos que amamos?

La autocompasión es tan fácil que termina convirtiéndose en una droga de consumo habitual para quienes la frecuentan.

Porque victimizarnos siempre será más sencillo: culpar al sistema, al gobierno, a la sociedad, al vecino, al empleador, a los vicios, a quien nos rechaza, a las condiciones sociales o al drama mismo, antes que tomar acción por cuenta propia y seguir moviéndonos en la dirección correcta.