Costal

¿De quién es el tiempo? ¿Qué dice la historia? Yo soy de los que defienden el hecho de que quienes cuentan las cosas, quienes se toman su momento para registrar, para observar, para analizar, para meditar y producir son los que dictan lo que sucederá mañana.

Tenemos la mala costumbre implícita de querer todo y creer merecerlo también, cuanto más ostentoso y presumible mucho mejor, dejamos de lado la sabia supervivencia por el "bien mayor" del momento, que puede ser desde un impulsor básico de la serotonina como una emoción, un placer, un destello de gloria, hasta una aventura completa, una determinación, un viaje, un gasto, un proyecto o una inversión.

¿Qué pasará mañana contigo querido lector? Te diré lo que pasará, observarás con nostalgia todas las malas decisiones que hubiste tomado durante la vida y desearás, no públicamente, claro, pero en lo íntimo de tus pensamientos, haber hecho las cosas de mejor manera, haber tenido la suficiente sabiduría, prudencia, inteligencia, madurez, coraje y sensatez para evitar ese primer cigarro, ese sorbo de alcohol, esa droga de moda en boca de todos, esa mentira "piadosa", esa noche de calor, esa ausencia de clases, esa respuesta grosera, esa vez que te quedaste callado.

¿Y qué harás a partir de ahí? Lo mismo que hacen todos en su inmenso trauma por afrontar las verdaderas consecuencias de sus actos, que no, no son los vicios o frutos visibles a partir del suceso mismo, sino los horrores internos que se arraigan como la amargura, el desánimo, el vacío, la depresión, el dolor y el miedo.

Pero claro, te levantarás pensando que mañana serás mejor persona, y quizá sí lo seas, el problema es que una acción en un punto pasado de la línea temporal trae consigo consecuencias en el tiempo presente que continúan por siempre, dicho sea de otro modo, los errores que hemos cometido y sus efectos, ya están ahí incrustados en nuestra esencia y existencia, ahora mismo no podemos dar un solo paso o escribir un solo verso, sin haberlos oteado centésimas antes.

¿Por qué? Porque son parte de nuestra formación, o deformación, si se me permite el término; ya que el ser en su constitución más básica es puro, y poco a poco lo atacamos con manchas, infecciones y males que al cabo de los días nos vuelven otro elemento maleado, moldeado y manipulado para la sociedad; un número más para el sistema.

La corrupción es reconocida por nuestros órganos antes incluso de que seamos capaces de decidir hacia dónde dar el siguiente gateo por cuenta propia; así de rápido nos volvemos prescindibles, perecederos y patéticos; arruinando la supremacía con la que fuimos en un momento propuestos a habitar este lugar.

¿Se puede hacer algo al respecto? Referente al pasado, querido lector, absolutamente nada podemos hacer; ya está ahí con sus respectivas marcas en nuestra historia; lo que sí deberíamos es, en adelante, pensar mejor las cosas y al menos en cuanto a aquellos caminos que obvio sabemos están mal dirigidos de antemano, evitar con todas nuestras fuerzas seguirlos. Para que así, el costal de carga que cada uno lleva a cuestas no incremente tanto sus dimensiones.